Jakob Lorber


La infancia de Jesús


Recibido al dictado de la voz interior


Obras de la Nueva Revelación


INDICE


LA INFANIA DE JESÚS


PREFACIO

Jakob Lorber. El llamamiento. La voz interior del espíritu.

Las obras de la Nueva Revelación

INTRODUCCIÓN

PRÓLOGO

EL EVANGELIO DE JACOBO

  1. José como profesional. El sorteo de María en el Templo.

    Testimonio de Dios a José. María en casa de José

  2. El nuevo velo del Templo. Trabajo de María con el velo

  3. Un ángel anuncia el nacimiento del Señor

  4. Ingenua conversación de María con Dios

  5. Entrega del trabajo terminado por María en el Templo.

    Viaje de María a ver a su tía

  6. Isabel recibe a María.Un evangelio acerca de las mujeres

  7. Presentimientos y predicciones de José. El consuelo de María.

    Embarazo evidente de María

  8. Opinión del médico.José interroga a María

  9. Relato de María sobre los acontecimientos misteriosos y santos.

    José está preocupado y decide abandonar a María

  10. El censo romano. El traidor Anás

  11. Detención e interrogatorio de María y José. José, enojado con Dios.

    Sentencia de muerte sobre María y José y conmutación por una sentencia divina.

    María, esposa de José

  12. El censo del pueblo, ordenado por Augusto. Más sufrimiento y consuelo

  13. Palabras de consuelo de un antiguo amigo de José.

    Testimonio consolador desde las alturas. Feliz partida para Belén

  14. Comienzo de los dolores. María halla posada en una gruta

  15. María en la gruta.José en busca de una comadrona. El testimonio de la naturaleza ...

  16. Visión de la comadrona y sus palabras proféticas.

    Salomé, hermana de la comadrona, duda de la virginidad de María

  17. Castigo y arrepentimiento de Salomé, y su curación

  18. El descanso de la santa familia en la gruta. Adoración de los pastores

  19. Visita del comandante a la gruta

  20. Cornelio pregunta por el Mesías y presiente la Divinidad en el Niño Jesús

  21. Palabras de José acerca de la libre voluntad del hombre

  22. Cornelio con la santa familia en la gruta. El nuevo y eterno Sol espiritual

  23. Los seis días en la gruta.

    El ángel avisa a José para que se ponga en camino hacia Jerusalén

  24. La circuncisión del Niño. Simeón y el Niño

  25. Testimonio de la profetisa Ana en el Templo

  26. Nicodemo reconoce al Señor

  27. Vuelta de la santa familia a Belén. Un pesebre como cuna para el niño

  28. José tiene prisa por marcharse. El comandante aconseja esperar todavía.

    Noticia de una caravana persa. Herodes está buscando al Niño

  29. La caravana persa delante de la gruta.

    Los tres sabios dan un buen testimonio del Niño

  30. Los tres sabios adoran al Señor en el Niño.

    Los espíritus de los tres sabios son Adán, Caín y Abraham

  31. Las tres dádivas benditas de Dios: su santa Voluntad, su Gracia y su Amor

  32. El ángel, consejero de los tres sabios

  33. Preparación de la huida a Egipto

  34. La huida. El incidente de los ladrones. José llega a Tiro

  35. La sagrada familia en la casa de Cirenio

  36. José, interrogado severamente acerca del nacimiento y naturaleza del Niño Jesús. Justificación enérgica de José ante el «procurador»

  37. Cirenio adora al Niño

  38. Propuesta pagana de Cirenio para llevar al Niño milagroso

    a la corte del emperador en Roma

  39. Sobriedad de Cirenio al comer y beber.

    Oración de gracias de José y su buena influencia sobre Cirenio. Palabras de José acerca de la muerte y la Vida eterna.

    Naturaleza y valor de la Gracia

  40. Gran estima de Cirenio por María.

    Palabras de José acerca de la verdadera sabiduría

  41. José predice la matanza de los inocentes. Ira de Cirenio contra Herodes. El afortunado viaje a Egipto.

    Bendición de Cirenio y los barqueros como recompensa por el viaje

  42. Llegada a Zoán (Egipto)

  43. Cirenio compra una casa para la sagrada familia

  44. José y la sagrada familia en el nuevo hogar. Cirenio, invitado

  45. Visita al nuevo hogar. Cirenio se interesa por la historia de Israel

  46. Relato de José sobre la creación de la humanidad y del pueblo judío

  47. Vuelta de Cirenio y previsiones suyas para la seguridad de la sagrada familia.

    Noticias del infanticidio

  48. Efectos de la carta. El ardid de Herodes. Segunda carta de Cirenio a Herodes

  49. Efectos de la segunda carta. Llegada a Tiro de Herodes y del prefecto de Jerusalén. Maronio Pila ante Cirenio

  50. Cirenio interroga al prefecto. Intentos del prefecto de embellecer las cosas.

    Confesión y castigo de Maronio Pila

  51. Confesión completa de Maronio Pila. Cirenio, sabio juez

  52. Viaje de Cirenio a Egipto. Las primeras palabras del Niño

  53. José y María quieren huir del lugar del desfile.

    Encuentro con Cirenio y Maronio Pila

  54. José intranquilo por la presencia de Maronio Pila

  55. Banquete en casa de José. La sabiduría divina del Niño eclipsa toda filosofía

  56. Elevada opinión de Maronio acerca del Niño

  57. Maronio Pila es interrogado sobre la sagrada familia.

    Él reconoce su mentira inocente

  58. Discurso de defensa de Maronio. José como árbitro. Sentencia noble de Cirenio

  59. La corona de sufrimiento de Herodes y su triste fin

  60. Ira de Cirenio contra Herodes y palabras de apaciguamiento del Niño Jesús.

    El Niño pregunta: ¿Quién tiene el brazo más largo?

  61. Confesión pagana de Maronio

  62. Empeño amoroso por salvar un alma humana.

    Por qué los hombres tenemos dos ojos y dos orejas, pero una sola boca 76

  63. Jacobo de niñera; su curiosidad y reprimenda del pequeño Salvador 77

  64. José predica sobre el amor a Dios y el amor al mundo 78

  65. El Niño predice una tempestad 78

  66. La tormenta aumenta pero el Niño duerme. Un evangelio de le fe en Dios. 79

  67. Noticia horrible de los mensajeros.

    Petición sedienta de sangre de los sacerdotes paganos.

    Dilema de Cirenio entre su conciencia y el mundo 80

  68. Aflicción de las dos mil víctimas 80

  69. Los tres diabólicos sacerdotes paganos. Justa sentencia de Cirenio:

    libertad para las víctimas y muerte para los tres sacerdotes 81

  70. José trata de intervenir. Los condenados imploran la misericordia de Cirenio 82

  71. La simulada condena de los tres sacerdotes subalternos, remedio para su mejora 83

  72. María duda de la Omnipotencia del Niño.

    Por qué el poderoso león de Judea huyó ante Herodes.

    Bienaventuranza de los niños degollados 84

  73. El Niño Jesús pone condiciones a favor de las tres víctimas 85

  74. Indulto de los tres sacerdotes subalternos.

    Estos mueren de alegría, pero el Niño Jesús los reanima 86

  75. Visita a la ciudad después de la tormenta. Cirenio quiere tirar su espada 87

  76. José presenta una breve y buena mitología de los dioses 87

  77. Exhumación de los enterrados.

    Reanimación de los tres guías de las catacumbas aparentemente muertos 88

  78. Más reanimaciones. Una tormenta inteligente 89

  79. En el puerto y vuelta a la casa. Desvío al volver a casa 90

  80. Alegría del Niño al encontrar a Jacobo.

    «A los que amo, también les gasto bromas y les pellizco» 91

  81. Cirenio desea que el santo Niño también le pellizque. Una profecía sobre Roma 91

  82. José cita el velo de Isis; buena explicación de Maronio 92

  83. Los tres sacerdotes subalternos paganos quieren huir 93

  84. Leyenda sobre el origen de la ciudad de Zoán 94

  85. José recomienda una sólida fe en Dios y anuncia el fin de Zoán 95

  86. Cirenio y su séquito se despiden de José 95

  87. María, ejemplo de humildad femenina 96

  88. Joel muere por la picadura de una serpiente. Resurrección del muerto 97

  89. José hace la promesa de un sacrificio. El Niño Jesús protesta.

    El sacrificio agradable a Dios 98

  90. La cuestión de las abluciones. Oposición de los tres sacerdotes

    a las instrucciones de José. El Niño los lleva a la obediencia 98

  91. El amor, verdadera oración a Dios 99

  92. La ceguera e insensatez de los tres sacerdotes al descubierto. El Templo del corazón 100

  93. La mendiga ciega y su sueño. Curación de la ciega con el agua del baño del Niño 101

  94. La mujer curada predice la veneración a María 101

  95. Acogida de la curada en la casa de José. Historia sentimental de la mujer 102

  96. Pregunta de la mujer sobre «esos padres». Cree que José es Júpiter 103

  97. José adopta a la ciega curada 104

  98. Cariñosa escena entre la joven y el Niño 104

  99. Llegada de Cirenio y Maronio Pila. Cirenio se interesa por la hija adoptiva de José .. 105

  100. Relato de Cirenio sobre los doscientos aparentemente muertos.

    El triple derecho matrimonial en Roma 106

  101. Un descubrimiento fascinante: Tulia, prima y primer amor de Cirenio 107

  102. Cirenio pide la mano de Tulia y ella le pone a prueba. Un evangelio del matrimonio . 108

  103. Explicación del Niño sobre la ley viva y continua del matrimonio 108

  104. El Niño exige que Cirenio renuncia a Eudosia La firme Voluntad del Niño 109

  105. Victoria del espíritu en Cirenio. María consuela a Eudosia 111

  106. El Niño Jesús habla con Eudosia 111

  107. Gratitud de Cirenio que quiere confiar ocho huérfanos a José para que los eduque 112

  108. Cirenio se preocupa sobre el reconocimiento de su matrimonio

    por un sumo sacerdote de Himeneo 113

  109. Los sacerdotes ponen reparos. Enlace de Cirenio y Tulia 113

  110. Tulia con traje real y pena de Eudosia.

    El Niño la consuela; lágrimas de alegría de Eudosia 114

  111. El Niño bendice a los recién casados 115

  112. Nueva sorpresa en casa de José:

    Unos jóvenes desconocidos vestidos de blanco ayudan al trabajo doméstico 116

  113. Los ángeles adoran al Niño 116

  114. María habla con Zuriel y Gabriel 117

  115. Un asalto de trescientos malvados rechazado por los ángeles 118

  116. Disposiciones para el banquete de bodas.

    Reanimación de los asesinos muertos con el agua del baño del Niño 119

  117. Indignación de Cirenio contra los traidores 120

  118. Diferencia entre el poder del Señor y el de sus siervos 120

  119. La ropa festiva de los ángeles 121

  120. Preocupación de José por la conmemoración de la Pascua,

    e inconveniente de la presencia de muchos paganos 122

  121. José en apuros; Cirenio le invita a celebrar la Pascua en su palacio 123

  122. José preocupado por el destino de los trescientos asesinos pagados

    y de los sacerdotes subalternos 124

  123. Excursión a un monte sagrado.

    Los dos jóvenes celestiales amansan a unas bestias salvajes 124

  124. Serpientes venenosas en la cumbre. María y el Niño limpian el lugar 125

  125. El templo peligroso. El enjambre de moscas negras 126

  126. Merienda al aire libre. Incendio del palacio imperial 127

  127. El poder de la voluntad de los jóvenes apaga el fuego a distancia 127

  128. Los tirones de pelo del Señor prometidos a Cirenio 128

  129. Pregunta de Cirenio sobre la facultad de hablar del Niño

    que no tenía sino tres meses 129

  130. Testimonio claro de los ángeles sobre la naturaleza del Señor y de su encarnación ... 130 131. Los leones presienten una tempestad y huyen 131

  1. Los paganos temen la ira de los dioses.

    La tempestad se serena con la palabra poderosa del Niño 132

  2. El estupefacto capitán quiere saber. Las leyes de la naturaleza y su legislador 133

  3. Relato de Joel. Los tres leones, guardianes de Cirenio 133

  4. El Niño predice una agresión contra Cirenio 134

  5. Interrogatorio de la servidumbre de Cirenio. Pánico ante los tres jueces.

    La justicia del león 135

  6. Tulia despierta de un sueño profundo 136

  7. Amor y piedad valen más que justicia 137

  8. Arrepentimiento del traidor. Los tres leones lo compadecen 137

  9. La servidumbre que se queja a Cirenio por celos 138

  10. Preparativos para un desayuno festivo. Invitación a los pobres.

    Comida para los tres leones 139

  11. Discusión amistosa entre Cirenio y José sobre la distribución de los asientos 140

  12. El capitán curioso desea saber más sobre Dios 140

  13. José quiere ver la reproducción del santísimo. El Niño Jesús establece condiciones. Elucidación posterior del capitán 141

  14. El capitán pregunta por el Mesías venidero.

    El Templo vivo en los corazones de los hombres 142

  15. El grupo entra en la reproducción perfecta del santísimo 143

  16. Curación de los enfermos y enseñanza de los ángeles.

    El capitán en busca del bienhechor 144

  17. El capitán y Cirenio rivalizan en hacer el bien 145

  18. Un viejo barco cartaginés reparado milagrosamente por los ángeles en sábado 145

  19. Visita al magnífico barco 146

  20. El capitán en busca de los necesitados 147

  21. Cirenio, precursor de Pablo.

    Predicción sobre la caída de Jerusalén por la espada de los romanos 148

  22. Pregunta de Cirenio sobre la Divinidad del Niño 149

  23. Conversación del ángel con el capitán curioso 150

  24. Cirenio se preocupa por el barco. José predice una aventura en alta mar 151

  25. La gratitud de Maronio, de los tres sacerdotes y de Tulia 151

  26. Conversación amorosa entre el Niño Jesús y Jacobo.

    El Niño pierde repentinamente la palabra 152

  27. Celo de José por la santificación del sábado 153

  28. Confusión de Eudosia causada por la desaparición repentina

    de los maravillosos jóvenes 154

  29. Sueño de Eudosia y testimonio del Señor 154

  30. María y José preocupados por el silencio del Niño 155

  31. José interroga a Jacobo sobre su poder curativo 156

  32. Llegada de los ocho adolescentes de Tiro. María, profesora 157

  33. Un año tranquilo en la casa de José. Jacobo cura a un niño de una familia negra 158

  34. Jacobo visita al pescador Jonatán 159

  35. Jonatán y José, amigos de la infancia 160

  36. La comida favorita del Niño: El corazón de Jonatán.

    Testimonio de Jesús sobre Jonatán 160

  37. Indulgencia del Niño con Joel 161

  38. El Niño Jesús predice la divinización de María 162

  39. Vana pregunta de Jonatán sobre la relación interior que José mantiene con el Niño .. 163 171. Las moscas en el tarro de miel 163

  1. Respeto exagerado de Jonatán ante el Niño Jesús 164

  2. El Niño Jesús, ligero como una pluma. El peso de la ley de Moisés 165

  3. Disertación del Niño referente al saber y al amar mucho. Naturaleza de la Luna 166

  4. Un eclipse lunar 167

  5. Aclaración sobre el eclipse lunar 168

  6. Jesús profesor de ciencias naturales 169

  7. Buena intención de Jonatán. El Niño hace una contrapropuesta 170

  8. Rescate de Cirenio y su séquito 170

  9. Salvamento del barco de Cirenio. Llegada de José y los suyos 171

  10. Reencuentro conmovedor del Niño y Cirenio 173

  11. Inclinar el corazón en vez de doblar las rodillas 174

  12. Cirenio ruega a José que le explique las circunstancias de su viaje 175

  13. José interpreta sabiamente el viaje marítimo de Cirenio.

    Cómo el Señor conduce a los suyos 176

  14. Cómo hay que rezar para que agrade a Dios.

    La razón fundamental de la encarnación del Señor 176

  15. Regalo del joven Sixto a Cirenio:

    una disertación sobre la naturaleza y la forma de la Tierra 177

  16. Gran alegría de Cirenio con el modelo del globo terráqueo 178

  17. Afirmación solemne de Cirenio sobre su amor al Señor.

    Una prueba instantánea: La muerte de Tulia 179

  18. José invita a Cirenio a comer.

    Este rechaza la invitación porque está satisfecho con el Señor 180

  19. Resurrección de Tulia 181

  20. Una carrera entre Jesús y Cirenio 182

  21. Un juego significativo. Los hoyos que representan la vida y su orden 183

  22. Continúa el juego significativo, un juego que demuestra las reacciones

    de los seres humanos. Las leyes establecidas por el Niño como rey del juego 183

  23. Cirenio en el hoyo del ministro. La niña descontenta.

    Remedio eficaz del “rey” para la intimidación. El milagro de los ratones 184

  24. Conversación de Jesús con la niña obstinada 185

  25. Más discordia en el segundo juego. El tercero y último juego.

    Se restablece el orden básico de la Vida 186

  26. El Niño explica el significado del juego.

    En la condición de los niños todos reconocerán al Padre eterno 187

  27. Cuadro profético sobre el culto a María 188

  28. Significado de la encarnación del Señor 189

  29. Más revelaciones del Niño: Muerte y resurrección de Jesús 190

  30. Una predicción triste:

    El Señor y sus seguidores serán menospreciados por el mundo 191

  31. El Niño se queja de la poca atención que se le presta 191

  32. Diferencia entre disimulo y prudencia 192

  33. Parábola del rey pretendiente 193

  34. El manjar preferido de Jesús. La antigua y la nueva Tulia 195

  35. Palabras sabias del Niño sobre las diferentes lágrimas 196

  36. El Niño predice una noche tormentosa 197

  37. José maldice la tempestad 197

  38. Motivo de la tormenta: El exterminio de unos ladrones asesinos 198

  39. El Niño da tres vueltas por el lugar de la hoguera. Sus palabras proféticas 198

  40. El gran apetito del Niño 199

  41. Jacobo y el Niño se quedan sin comer por no haber rezado 200

  42. María y Cirenio critican a José 201

  43. Los hijos de José en busca del Niño. La verdadera oración 201

  44. José lleva la cruz. El evangelio de la cruz 202

  45. El régimen alimenticio de Moisés. El régimen según el Nuevo Testamento:

    El Señor es el mejor cocinero 203

  46. Motivo por el que el Mediterráneo puede llevar este nombre con razón 204

  47. La investigación vana sobre las relaciones divinas.

    La ingenuidad infantil, camino hacia la verdadera sabiduría 205

  48. La cruz impuesta como expresión del Amor de Dios a los hombres 205

  49. La carne del cuerpo es un atributo del pecado 206

  50. El Niño aleja los mosquitos molestos 207

  51. Comentario pagano sobre los cometas como mensajeros de guerras y desgracia 208

  52. Naturaleza de los cometas 209

  53. Más sobre la naturaleza de los cometas 209

  54. Perjuicios de un excesivo estudio profundo de las obras de Dios 210

  55. La Divinidad deja de manifestarse en el Niño 211

  56. La despensa vacía 212

  57. Los auténticos y los falsos siervos de Dios 212

  58. El alegre desayuno. José habla sobre la bondad del Señor.

    Encantadora escena entre el Niño Jesús y Cirenio 213

  59. La escena infantil continúa 214

  60. La gratitud de Cirenio 215

  61. José, preocupado por los ladrones 216

  62. Ayuda de Jonatán tras su fe en Dios 217

  63. Cirenio se encuentra en un aprieto por la visita de una delegación 217

  64. El Niño descontento con su sitio en la mesa secundaria mal atendida 218

  65. El Evangelio básico de la Encarnación 219

  66. Palabras humildes y cordiales de los cuatro hermanos al Niño 220

  67. Significado de la comida. Las fases del estado espiritual en la Tierra:

    1. En general, 2. El judaísmo, 3. La iglesia griega, 4. La iglesia romana,

      5. Las otras sectas cristianas 221

  68. También los habitantes del Sol están destinados a ser hijos de Dios 222

  69. El Niño llama la atención a los huéspedes 223

  70. Decisión malvada por parte de los huéspedes celosos 224

  71. Cirenio se preocupa por los arruinados y por el incendio 225

  72. El orgullo engendra la caída. La generosidad de José con los perjudicados 226

  73. Amor eficiente de José al prójimo 227

  74. Cirenio prepara su barco para la salida 227

  75. El Niño: Donde está vuestro corazón, allí también está vuestro tesoro 228

  76. La salida de Cirenio 229

  77. Jonatán ve un barco en peligro 230

  78. «En todas partes donde se me ama estoy en casa» 230

  79. José encuentra su casa saqueada 231

  80. María llora por la pérdida de toda la ropa y de los vestidos 232

  81. Jacobo habla sobre el milagro del grano de trigo 233

  82. Un evangelio sobre ladrones.

    El Niño muestra inflexibilidad ante malhechores inveterados 234

  83. Griterío de los ladrones de la ropa ante la puerta de José 234

  84. La nobleza interna de María. Misericordia y amor con el enemigo 235

  85. La sabiduría de José hace que los grandes y los ricos de la ciudad se avergüencen 236

  86. Muerte de Herodes. Arquelao sube al trono.

    El ángel del Señor indica a José que vuelva a Israel 237

  87. Llegada a Nazaret 237

  88. Cornelio descubre la pequeña caravana 238

  89. José quiere pasar la noche al aire libre 239

  90. Salomé y Cornelio sospechan de la pequeña caravana 240

262. La vuelta al antiguo caserío .........................................................................................

424002

  1. Salomé entrega el caserío en el mejor estado 241

  2. El plato favorito del Niño 242

  3. Cornelio tranquiliza a José acerca de Arquelao 242

  4. Cornelio explica el sistema romano de las cartas secretas 243

  5. Cornelio pregunta sobre lo divino en el Niño 244

  6. Cornelio fija la placa de exención tributaria en casa de José 244

  7. José tiene la intención de visitar a los parientes; extraño comportamiento de Jesús ... 245 270. La Tierra tiembla bajo los pasos de Jesús 246

  1. José es recibido calurosamente 246

  2. José se indigna con Arquelao 247

  3. Admiración y predicción del médico acerca del Niño tan sabio 248

  4. El Niño prueba la fe de los enfermos y cura a una niña paralítica 249

  5. El Niño enseña al médico cómo curar a los enfermos.

    José lleva a la niña curada a su casa 249

  6. La santa familia visita al maestro Dumás 250

  7. José cita a Sócrates ante el filósofo Dumás 251

  8. Pelea con los siervos de Arquelao 252

  9. Durante dos años el Niño no hace milagros 252

  10. El Niño de cinco años juega al lado de un arroyo.

    Los doce hoyos y los doce gorriones de barro 253

  11. Jesús castiga a un niño perverso. Llega el juez mayor para condenar a José 254

  12. El Niño Jesús es atropellado intencionadamente. La recompensa del mozo pastor 255

  13. Los ruegos del padre del pastor muerto 256

  14. El Niño consuela a las mujeres.

    Promesas maravillosas para todos aquellos que tengan buena voluntad 256

  15. El pastor resucitado teme al santo Niño 257

  16. El juez de la aldea acusa falsamente a Jesús. Los testigos falsos.

    El Niño reprende a José 258

  17. Por sed de gloria, el profesor Pirás Zaqueo quiere tener a Jesús como alumno

    en su colegio. Jesús avergüenza al profesor hipócrita 259

  18. Jesús aclara su misión a Pirás Zaqueo. ¿Dónde está el arriba y dónde el abajo? 260

  19. Jesús, Luz para los paganos y juicio para los judíos. El profesor huye 261

  20. Cordialidad de algunos vecinos en casa de José. Los niños juegan en la azotea.

    Zenón se rompe la nuca. Jesús resucita al muerto 262

  21. Los vecinos piden consejo a José por ser amigo de Cornelio.

    A tal pueblo, tal gobierno 263

  22. Jesús resucita a un siervo vanidoso de Salomé 263

  23. Jesús rompe el cántaro altamente apreciado por María y trae agua en su abrigo 264

  24. Dos años sin milagros.

    José siembra todavía en el séptimo mes y el mismo Jesús echa la simiente.

    Curación del niño consumido 265

  25. José y María deciden llevar a Jesús al colegio.

    El maestro pega al Niño y se vuelve mudo y loco 266

  26. El segundo maestro visita a José. Jesús le agradece su sinceridad

    y cura al primero 267

  27. Una culebra muerde a Jacobo que muere. Jesús lo resucita.

    Resurrección del niño Caifás y del carpintero Mallás 268

  28. Breve relato sobre la presencia en el Templo del Niño de doce años 269

  29. Explicaciones importantes acerca de la naturaleza de Jesús

    y relación en Él entre lo divino y lo humano 270

  30. Vida y luchas en el alma de Jesús desde los doce hasta los treinta años.

Epílogo y bendición del Señor 271

PREFACIO


En todas las épocas ha habido hombres puros y devotos que han sido la voz del Espíritu divino en sus corazones.

Todos conocemos los diversos pasajes del Antiguo Testamento, cuando el profeta habla: «Y la Palabra de Jehová vino a...».

¿Sería imaginable que esta unión íntima entre Dios y el hombre, como nos fue relatado por Moisés, Samuel, Isaías, y otros profetas e iluminados, ya no fuese posible en nuestra época?

¿No es Dios, el Señor, el mismo desde los tiempos primordiales, y no son los hombres de hoy de la misma naturaleza que los de antaño?

Sería totalmente ilógico admitir que Dios sólo hubiese hablado con Moisés y los profetas y nunca, antes o después, con otros hijos suyos, y que la Biblia encerrase en forma integral todas las revelaciones.

Sabemos a través de fuentes antiguas y auténticas que la voz interior, como medio para la revelación divina, ya iluminaba, antes de Moisés, a los «Hijos de lo alto», como por ejemplo a Enoc, y que también, después de los apóstoles, la voz interior recreaba a aquellos que la buscaban con anhelo. El conocimiento de la voz interior se proyecta como un hilo luminoso de la cristiandad. Padres de la Iglesia como Jerónimo y Agustín ya confirmaron la importancia de la revelación interior para el hombre, al igual que los místicos de la Edad Media como Bernardo de Clairvaux, Tauler, Suso y Tomas Kempis. También muchos santos de la Iglesia católica, después Jakob Böhme y más tarde el visionario nórdico Emanuel Swedenborg, recibieron revelaciones por medio de la voz interior.

Jesús mismo, Verbo Vivo de Dios, prometió: «Quién tiene mis mandamientos y los guarda es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él». Y después, «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que Yo, como Jesús, os he dicho durante mis días en la Tierra» (Jn 14, 21-26).

Este flujo espiritual de la voz interior no podía impedir que la gran dádiva de Luz enviada en Jesús a los hombres por el Padre fuese obscurecida en el curso de los siglos, y, por el amor propio de la humanidad, casi fuese exterminada poco a poco.

Como los hombres, en su mayoría, no se dejaban guiar por el Espíritu divino, prefiriendo seguir sus tendencias egoístas y arbitrarias, cada vez se manifestaban más las sombras de una noche espiritual, tanto que la apostasía completa de la fe y del amor a Dios -a pesar de la Biblia y de la Iglesia- exigía para nuestra época una nueva y gran revelación de la Voluntad y del Amor divino.

Previniendo la evolución desastrosa del mundo, como consecuencia de las guerras mundiales, el Padre de la Luz transmitió esta gran Nueva Revelación en el curso del siglo último a diversos pueblos de la Tierra, a través de nuevos profetas e iluminados, predicando de nuevo la antigua y verdadera doctrina de Jesucristo: la Religión del Amor.

La revelación más extensa e importante fue transmitida durante los años 1840 a 1864, en el idioma alemán, a un hombre simple y de alma pura llamado Jakob Lorber, quien por la voz interior recibió comunicaciones inmensamente profundas sobre la Divinidad, la Creación, el Plan de la Salvación y el Camino para la Vida Eterna.


Jakob Lorber

Sobre la vida de este instrumento de la Gracia y del Amor divino existe una pequeña biografía escrita por un amigo y contemporáneo de Jakob Lorber: Karl Gottfried Ritter von Leitner.

Según esta biografía Jakob Lorber nació el 22 de julio de 1800 en el pequeño pueblo de Kanischa, cerca de Marburg, Austria. Su padre, Michael Lorber, era un pobre cultivador de viñas. Como su propiedad, dos viñas, no era bastante para alimentar a la familia, en el invierno se veía obligado a ganarse la vida como director de un pequeño conjunto de música en los pueblos de alrededor.

El joven Jakob pronto demostró un carácter despierto y aprendió a tocar algunos instrumentos de música. También se descubrieron en él otros dones, espirituales, de manera que su maestro y su madre piadosa dijeron: «Un día Jakob tendrá que ser maestro de escuela o sacerdote».

Sus padres ahorraban todo lo posible para los estudios de su hijo. Cursaba con grandes sacrificios la escuela, dando clases particulares de música a otros estudiantes más jóvenes. Sin embargo, vino el día en que se vio obligado a dejar sus estudios y se tuvo que ganar la vida como maestro particular en casa de una familia distinguida de Graz. Pasaron algunos años y, cuando Jakob cumplió los 30, tenía bastantes ahorros para seguir adelante con sus estudios para el profesorado.

Mientras tanto su afición por la música había aumentado y, cuando tuvo la oportunidad de conocer al famoso violinista Paganini, quién además le dio algunas clases, surgió en su alma el deseo de abandonar el profesorado para dedicarse a ella. Fue tan aventajado tocando el violín que hasta compuso algunas piezas que fueron alabadas por profesionales.

Pero tampoco esta profesión podía llenar el alma contemplativa de Jakob Lorber. Demasiadas preguntas le asediaban constantemente sobre la causa y la razón de la vida humana, sobre los misterios de la Divinidad y la Creación. Le interesaba mucho la astronomía. Se construyó él mismo un telescopio para abstraerse en las maravillas de las estrellas del cielo nocturno. En los libros de contemporáneos como Justinus Kerner, Jung-Stilling, Swedenborg, Tennhardt, Kerning y otros, y, especialmente en el libro de los libros, la Biblia, procuraba interesarse sobre el mundo invisible de los espíritus relacionados con nuestra vida en esta Tierra.


El llamamiento

Cuando tenía casi 40 años, un acontecimiento notable le mostró cuál era la misión que las fuerzas del Cielo le habían destinado.

Transcurría marzo de 1840, cuando Lorber recibió de Trieste una oferta para director de música, lo que representaba para él un empleo agradable con un buen sueldo. Sin embargo, el día 15 de marzo cuando Lorber se levantó de su cama después de sus rezos matinales lleno de esperanza, de repente oyó una voz dentro de sí mismo, en donde está el corazón: «¡Levántate, toma tu pluma y escribe!».

Perplejo, obedeció la voz, tomó su pluma y, para asombro suyo, escribió las palabras que percibía como un flujo de pensamientos, pronunciados con la mayor claridad dentro de su corazón:

«Así habla el Señor a cada cual, y esto es verdadero, fiel y cierto: quien quiera hablar conmigo que venga a Mí y Yo le daré la respuesta en su corazón. Pero solamente los puros, cuyos corazones están llenos de humildad, oirán el sonido de mi voz.

Y quien me prefiere a todo el mundo, quien me ama como una novia dedicada ama a su novio, con él andaré abrazado; él podrá verme como un hermano y como Yo le vi desde la eternidad, antes de que existiera».

Cuando Lorber oyó y escribió estas palabras, las lágrimas resbalaron por sus mejillas. ¿Sería posible que a él, un pecador, el Altísimo le hubiese considerado digno de dar un mensaje a la humanidad, como lo hizo con los profetas de la antigua y nueva alianza? Para un hombre tan modesto y humilde esto era casi increíble. La voz, mientras tanto, continuaba hablando con toda claridad y persistencia, tanto que Lorber se vio impulsado a seguir adelante escribiendo lo que le dictaba. Así surgió un capítulo entero, lleno de maravillosas enseñanzas de amor y sabiduría. Al día siguiente otro capítulo y así sucesivamente... Parecía que iba a ser un libro completo.

¿Acaso podía Lorber, con su nuevo y buen empleo, rehuir esta tarea misteriosa del Cielo que seguramente no le aportaría ni un céntimo sino con toda certeza rechazo, persecución y hasta la muerte, como a muchos profetas?

La voz interior del espíritu

Pero el convocado resistió a la tentación; su corazón no anhelaba fortunas ni posición. Abandonó la oportunidad de un empleo fabuloso y, desde entonces, durante 25 años de su vida, se dedicó a la voz maravillosa de su corazón. Todas las mañanas se sentaba en su pequeña mesa y escribía sin interrupción, sin descanso ni correcciones, como si alguien le estuviese dictando.


En cuanto a la manera de cómo oía aquella voz tan cierta y clara, un día lo escribió a un amigo:

«...Referente a la voz interior y como se percibe, sólo puedo decir, hablando de mí mismo, que oigo al Verbo santísimo del Señor como pensamientos extremadamente claros, igual que palabras claramente pronunciadas, por ahí donde el corazón. Nadie, aunque esté muy cerca de mí, puede oír nada. Para mí, sin embargo, esta voz de la Gracia suena más clara que cualquier sonido material, por fuerte que sea».

El 19 de junio de 1864 Jakob Lorber, recibiendo las comunicaciones del tomo 10 del Gran Evangelio de Juan, dejó de anotarlas en medio de una frase; el día 23 de julio el Señor le reclamó de su actividad terrenal.

Durante los años 1891-1893 Leopold Engel recibió la continuación, el tomo 11, siguiendo en la misma frase que Jakob Lorber dejó a medias.


Las obras de la Nueva Revelación

De este modo surgieron las siguientes obras: El Gobierno de Dios, El Sol Espiritual*, Obispo Martín: el desarrollo de un alma en el Más Allá*, Del Infierno al Cielo (La vida del revolucionario Roberto Blum en el Más Allá)*, Tierra y Luna, El Sol Natural*, Explicaciones de Textos de la Escritura, Saturno, Correspondencia entre Jesús y Abgaro*, Cartas del Apóstol Pablo a la Comunidad de Laodicea, Dádivas del Cielo, La Infancia de Jesús*, Los Tres Días del Niño Jesús en el Templo*, Más Allá del umbral*, La mosca o los misterios de la creación* La fuerza curativa del Sol*... La obra principal de Jakob Lorber y la coronación de toda la revelación es el Gran Evangelio de Juan* en once volúmenes, donde nos habla con el espíritu de amor del apóstol Juan y de su Evangelio Bíblico.



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* Publicadas en español en soporte papel por esta editorial. También se han publicado las siguientes antologías:

Joyas del gran Evangelio de Juan (tomos 1 y 2), selección de pasajes significativos de los 11 volúmenes de El gran Evangelio de Juan y El renacimiento espiritual, selección de pasajes sobre el tema, escogidos en toda la obra de Lorber.


INTRODUCCIÓN


La infancia de Jesús...

¿Quién no desearía saber más sobre la vida maravillosa del Salvador, más de lo que las escrituras bíblicas nos ofrecen? ¿Quién no querría saber más, precisamente sobre el desarrollo y progreso de esta Alma divino-humana tan singular?

En los tiempos en los que empezó la vida de los fieles en comunidades existía un relato sobre la infancia y adolescencia de Jesús, el «Evangelio de Jacobo». Este relato anotado por el hermano del Señor ya circuló en el primer y segundo siglo d.C. en las comunidades cristianas del oriente y del occidente.

Justino, el mártir que murió 166 d.C., parece haberlo conocido y Orígenes lo nombró (Kurtz: Historia eclesiástica, tomo I, lin. 4). Pero en el siglo 4 d.C. -con motivo de la comprobación de las escrituras canónicas por las escuelas teológicas y los patriarcas de Alejandría y Roma- este evangelio de Jacobo, entonces ya muy mutilado, fue considerado como de origen inseguro y, por esto, excluido del conjunto de las escrituras santas; una suerte que durante muchos siglos también sufrieron el Apocalipsis de Juan, la Carta de Jacobo y diversas otras partes del Nuevo Testamento de hoy día.

El parecer de la cristiandad acerca del Evangelio de Jacobo está dividido hasta hoy. Considerado como auténtico, está incluido en la «Biblia de Berlenburg» que, por supuesto, no conoce más que fragmentos del antiguo Evangelio de Jacobo. Por lo demás esta escritura cayó en el olvido.

Así estaban las cosas referente al sublime relato sobre la infancia del Señor, cuando el 22 de agosto 1843 un alemán muy devoto, el místico y vidente Jakob Lorber en Graz, Austria, recibió de la voz del Espíritu divino que hablaba en él, la nueva de que aquel evangelio perdido le iba a ser revelado «a partir de cuando José tomó a María en custodia», para que de esta manera el Evangelio de la infancia de Jesús estuviera de nuevo al alcance de la humanidad.

«Jacobo, un hijo de José, ya lo anotó todo», dijo la voz interior a Jakob Lorber. «Pero con el tiempo el texto fue tan mutilado que no era tolerable que fuera incluido en las escrituras como auténtico... Por esto Yo te voy a revelar el auténtico Evangelio de Jacobo, a partir del tiempo que te indiqué, a pesar de que el relato de Jacobo empezaba con una biografía de José y de María, desde su nacimiento».

De esta manera, a través de la voz del espíritu, el escribiente y mensajero recibió en su corazón un relato -en 299 capítulos- sobre el nacimiento y la infancia de Jesús, de una belleza tan conmovedora que ningún corazón algo sensible puede negar el origen divino y la veracidad de esta sublime revelación. El crecimiento del Niño Jesús bajo el cuidado de María en casa de José, la huida a Egipto y después, de nuevo, en la casa de Nazaret, todo se desarrolla ante nuestros ojos. Presenciamos las primeras milagrosas manifestaciones del Espíritu divino en el Niño y, con admiración, nos enteramos de muchos detalles inesperados del santo secreto acerca del personaje de Jesús. Recibimos la gran Gracia de reconocer al «Padre» en el «Hijo», con lo que en Jesús encontramos reunidos al «Padre, Hijo y Espíritu santo».

Considerando las mutilaciones que el texto ha sufrido, puede observarse una gran coincidencia con los fragmentos del antiguo Evangelio de Jacobo de la Biblia de Berlenburg, casi idéntica. Con lo que en el mismo texto se comprueba que el mensajero alemán, Jakob Lorber, reprodujo realmente con este relato sobre la infancia de Jesús un antiguo documento cristiano de un valor incalculable.


Jakob Lorber recibió la obra «La Infancia de Jesús» a partir del 22 de julio 1843, en Graz. Una primera edición fue realizada en Weinsberg, el año 1852, por intervención del médico, investigador y poeta alemán, Justinus Kerner.

¡Que la presente obra en idioma vernáculo pueda traer a los corazones las bendiciones y la Luz del Cielo como alimento delicioso para la Vida eterna!


La editorial Lorber-Verlag

PRÓLOGO


dado por el Señor Mismo como introducción para el relato de su infancia, revelado a través del mismo medio que él eligió para la recepción de esta obra recibida entre el 22 de julio de 1843 y el 9 de mayo 1851:


1.


«Hasta los treinta años viví primero como cualquier otro niño bien educado, luego como adolescente y después como adulto. Por medio de una conducta conforme a ley de Moisés tuve que despertar la Divinidad dentro de mí, al igual que cada hombre tiene antes de todo que despertarme a mí dentro de sí.

Como cualquier otro hombre hecho y derecho, también Yo tuve primero que empezar a creer en un Dios para luego, con todas las renuncias imaginables, atraerle y agarrarle más y más con un amor cada vez más profundo. De este modo, poco a poco, me compenetré con la Divinidad en toda su plenitud.

Así fui Yo, Jesús, un ejemplo vivo para todos los hombres. Por esto, ahora, cada hombre puede atraerme del mismo modo que Yo atraje a la Divinidad dentro de mí. Y cada hombre, por iniciativa propia y por medio del amor y la fe, puede volverse uno conmigo, así como Yo mismo como hombre-Dios en toda plenitud soy uno con la Divinidad».


2.


A la pregunta de qué relación hay entre los milagros de Jesús durante su infancia y su misión divina-espiritual, y entre su identidad humana aislada durante su adolescencia hasta que fue ya hombre, sirva como respuesta el aspecto de un árbol desde la primavera hasta el otoño:

En la primavera el árbol florece maravillosamente y está en gran actividad. Después de la caída de las flores da la impresión que se hubiera vuelto inactivo. No obstante, al acercarse el otoño, de nuevo se le ve en gran actividad: Los frutos se colorean, haciéndose más hermosos que antes las flores, y maduran. Con la bendición puesta en ellos, liberados de sus lazos, los frutos se desprenden y caen en las manos de los niños hambrientos.

Sólo con el ojo del corazón uno es capaz de concebir esta imagen, pero jamás con los del intelecto mundano.

En la medida en que el hombre se vuelve puro de corazón, aceptando y guardando con fe la Divinidad de Jesús, percibe fácilmente que la unión completa de la Divinidad con el hombre Jesús, que sólo con la muerte en la cruz llegó a cumplirse, no se dio de una vez como de golpe sino, como todo lo que está bajo la dirección de Dios, poco a poco, a pesar de que la Divinidad en toda su plenitud moraba ya en el niño Jesús, aunque se manifestaba sólo en ocasiones excepcionales.


3.


La muerte física de Jesús es la más profunda condescendencia de la Divinidad con la materia, y sólo esta condescendencia posibilita la creación de relaciones totalmente nuevas entre el Creador y la criatura.

Sólo a través de la muerte de Jesús, Dios mismo se vuelve hombre hasta la última consecuencia. Por esta suprema Gracia, el hombre creado se vuelve hijo de Dios, incluso con la consecuencia de volverse un auténtico Dios. Así la criatura puede presentarse ante su Creador como su retrato fiel y ver, hablar y reconocer en él a su Dios, Creador y Padre, y amarle por encima de todo, ganándose de esta manera la Vida eterna e indestructible en Dios, de Dios y junto con él. De este modo se rompe también el poder o más bien la voluntad de Satanás, de forma que ya no puede impedir la aproximación absoluta de la Divinidad al hombre ni la del hombre a la Divinidad.

En síntesis: Ahora, a través de la muerte de Jesús, el hombre puede fraternizar con Dios sin que Satanás pueda ya interponerse. Razón, por la que en el versículo de las mujeres que visitaron la tumba, se lee: «Id e informad a mis hermanos». Cierto que la actividad de Satanás, en su forma externa, será siempre evidente. Pero el velo entre la Divinidad y el hombre una vez rasgado, ya no lo podrá levantar jamás, con lo que ya nunca podrá rehacer el antiguo abismo invencible entre Dios y los hombres.

Por medio de esta breve exposición cada uno que ve y piensa con su corazón podrá fácil y claramente reconocer el infinito beneficio de la muerte física de Jesús. Amén.


EL EVANGELIO DE JACOBO

que trata de la infancia de Jesús

y cuenta de la época en que José acogió a María


«Este evangelio fue escrito por Jacobo, un hijo de José. Pero con el tiempo fue desfigurado de tal manera que ya no fue posible aceptar su incorporación como auténtico en la Escritura. Por esto te voy a transmitir el genuino Evangelio de Jacobo, pero sólo desde la época antes indicada. Pues, él había igualmente indicado la biografía de María desde su nacimiento, así como la de José. Escribe, pues...».


1

José como profesional. El sorteo de María en el Templo.

Testimonio de Dios a José. María en casa de José


1 José andaba ocupado con la construcción de una casa en la zona entre Nazaret y Jerusalén.

2 Este trabajo lo había encargado un ciudadano distinguido de Jerusalén porque entre estas dos ciudades no había albergue alguno.

3 María, tras su educación en el Templo, había crecido y, de acuerdo con las leyes del Templo, tenían que sacarla de allí.

4 Para este fin enviaron mensajeros por toda Judea para anunciar a los padres de familia que aquel que fuera digno podría llevarse a la joven a su casa.

5 José, nada más oír esta noticia, apartó su hacha y se dirigió lo antes posible a Jerusalén, al lugar del Consejo del Templo.

6 Habían pasado tres días cuando, conforme a las instrucciones, los interesados se reunieron en el lugar determinado, cada uno con una vara de lirio. El sacerdote las recogió y se retiró al interior del Templo para rezar.

7 Terminada la oración, el sacerdote salió con las varas y devolvió a cada cual la suya.

8 Pero en esto, todas las varas se cubrieron con manchas; sólo la última, entregada a José, quedó fresca y limpia.

9 Pero algunos de los pretendientes se quejaron y declararon esta prueba como parcial y por tanto nula, y exigieron otra que impidiera cualquier fraude.

10 El sacerdote, algo irritado, mandó llamar a María, le puso una paloma en la mano y la hizo pasar por entre sus pretendientes, para que luego la soltara allí.

11 Antes de que la paloma fuera soltada, el sacerdote avisó a los pretendientes: «Mirad, vosotros que hacéis falsas interpretaciones de las señales de Jehová. Esta paloma es un animal inocente y puro, y no tiene oído para nuestros convenios.

12 Conforme a la Voluntad del Señor no comprende más que la lengua omnipotente de Dios.

13 Ahora, ¡levantad vuestras varas! El propietario de la vara en la que la paloma se pose y en cuya cabeza se posará después, ¡se llevará a María!».

14 Los pretendientes estuvieron de acuerdo: «Sí, ésta será una señal infalible».

15 En el momento en que María por orden del sacerdote soltó la paloma, ésta se dirigió directamente hacia José, se posó en su vara y, acto seguido, en su cabeza.

16 «¡He aquí la Voluntad del Señor!», constató el sacerdote. «A ti, honrado profesional, te ha sido asignado recibir a la virgen del Señor. En el nombre de Dios, llévala a tu casa para que allí la ampares. Amén».

17 Con estas palabras y este resultado José se asustó, y dijo: «Ungido según la ley de Moisés y siervo del Señor Dios Sebaot, ya sabes que soy un anciano. Desde hace mucho tiempo estoy viudo y tengo hijos adultos en casa. Por eso temo que quedaré en ridículo ante los hijos de Israel si llevo a esta joven conmigo a mi casa.

l8 Por esto te ruego que repitas el sorteo, esta vez dejándome esperar fuera para no contar entre los pretendientes».

19 Pero el sacerdote levantó la mano y con voz severa le contestó: «José, ¡teme a Dios el Señor! ¿Acaso ignoras lo que él hizo a Datán, Qóraj y Abiram?

20 Mira: La tierra se abrió ante ellos y se los tragó a todos a causa de su terquedad. ¿No piensas que a ti podría caberte la misma suerte?

21 Has visto la señal infalible de Jehová. ¡Por esto obedece al Señor omnipotente que es justo y que siempre castiga a los que vacilan en llevar a cabo su Voluntad!

22 ¡Teme por los tuyos, para que el Señor no os haga sufrir la misma suerte que a Datán, Qóraj y Abiram!».

23 Profundamente asustado, José respondió al sumo sacerdote: «Te ruego, pues, que reces por mí para que el Señor vuelva a ser misericordioso conmigo y luego entrégame la virgen, según su Voluntad».

24 El sacerdote se retiró al santísimo para rezar por José. Allí el Señor le dijo:

25 «No aflijas al hombre que Yo escogí, pues, no hay hombre más justo en Israel, ni en toda la Tierra y ni tampoco ante mi trono en todos los Cielos.

26 Sal pues y entrega la virgen -a la que Yo mismo eduqué- al hombre más honrado de todo el mundo».

27 El sacerdote se golpeó el pecho y exclamó: «¡Oh, Señor, Dios poderoso de Abraham, Isaac y Jacob, sé misericordioso con el gran pecador que soy, porque ahora veo que visitarás tu pueblo!».

28 El sacerdote se levantó, salió y -en el nombre del Señor- entregó la joven a José que estaba atemorizado.

29 «José, eres justo ante el Señor. Por eso Él te escogió entre muchos miles. Sigue en paz. Amén».

30 José tomó a María de la mano y con fervor pronunció las palabras: «¡Que se cumpla siempre la Voluntad de mi Dios, de mi Señor! Lo que Tú das, Señor, siempre es bueno. Por esto, de buen grado, acepto esta dádiva de tu mano. Bendícela para mí y a mí para ella, para que yo sea digno de ella ante ti, ahora y siempre. ¡Que siempre se haga tú Voluntad! Amén».

31 Al hablar de esta manera al Señor, José se sintió fortalecido en su corazón. Salió con María del Templo y la llevó a su modesta casa en la región de Nazaret.

32 Como le requerían las obligaciones de su trabajo no pudo entretenerse mucho en casa.

33 Por esto dijo a María: «Ya ves que de acuerdo con la Voluntad de Dios, te he recibido del Templo del Señor y te he acogido en mi casa. Pero no puedo permanecer contigo para protegerte porque tengo que seguir con la construcción de la vivienda que te mostré en el camino hacia aquí.

34 Aun así, no te quedarás sola: Una parienta devota se quedará contigo y mi hijo más joven te hará compañía.

35 Dentro de poco volveré con mis cuatro hijos y te seré un guía en los caminos del Señor. Mientras tanto Él cuidará de ti y de mi casa. Amén».


2

El nuevo velo del Templo. Trabajo de María con el velo


1 En aquella época el velo del Templo estaba ya muy deteriorado y era necesario arreglar los defectos.

2 Por esto los sacerdotes reunidos en consejo constataron: «Habrá que hacer un velo para el Templo del Señor y así poder reparar el deteriorado.

3 De acuerdo con la Escritura, pudiera ser que hoy o mañana se presentase el Señor. ¿Cómo quedaríamos ante Él si encontrase el Templo tan descuidado?».

4 «¡Que criterio más insensato!», criticó el sumo sacerdote. «¡Cómo si el Señor cuyo santuario está en el Templo ignorase la situación del mismo!

5 A pesar de todo, mándame siete vírgenes inmaculadas del linaje de David y sortearemos el reparto del trabajo».

6 Los mensajeros se fueron en busca de vírgenes inmaculadas del linaje de David, pero -y esto con dificultad- sólo encontraron seis.

7 El sumo sacerdote se acordó que María, a la que hacía pocas semanas habían entregado a José, también era del linaje de David y lo indicó a los mensajeros.

8 Estos se fueron para informar a José, que se presentó con María, acompañado por los mensajeros del Templo.

9 Cuando las vírgenes estuvieron reunidas en el atrio, el sumo sacerdote salió para hacerles entrar en el Templo.

10 Allí dentro, todos reunidos, el sumo sacerdote tomó la palabra:

11 «Oíd, vírgenes del linaje de David, que conforme a la Voluntad de Dios ordenó que el bordado fino del velo que separa al santísimo del Templo siempre fuera ejecutado por las vírgenes de su linaje.

12 Y que, según su testamento, habría que repartir el trabajo mediante un sorteo. Después cada una de las vírgenes debe cumplir con su trabajo lo mejor que pueda.

13 Aquí veis el velo deteriorado y en esta mesa están ya preparadas las diversas materias primas necesarias para el trabajo.

14 Ya veis la gran falta que hace. Proceded en seguida al sorteo para que se decida quién de vosotras va a hilar el hilo de oro, el de amianto y el de algodón,

15 él de seda, luego el de color jacinto, el de escarlata y el de púrpura auténtica».

16 Un poco tímidas, las vírgenes procedieron al sorteo, mientras que el sumo sacerdote rezaba por ellas.

17 De acuerdo con el resultado, a la virgen María, hija de Ana y de Joaquín, le tocó el escarlata y el púrpura auténtico.

18 Dio gracias a Dios por este trabajo para realizarlo en su honor, tomó la materia prima y volvió con José a su casa.

19 Llegados allí, María empezó su tarea con buenos ánimos. José le recomendó mucho celo, la bendijo y volvió a su obra.

20 Esto aconteció precisamente cuando Zacarías, con ocasión de un sacrificio en el Templo, enmudeció como castigo por una falta de fe. El sorteo de las vírgenes tuvo lugar bajo el sustituto de Zacarías.

21 María era pariente de Zacarías y de su sustituto, lo que le llevó a duplicar su celo para, tal vez, ser la primera en terminar su trabajo.

22 Pero no fue por llamar la atención sino porque se imaginaba que para el Señor sería una alegría mayor.

23 Primero empezó con el hilo escarlata porque éste, para hilarlo, necesitaba la máxima atención. Porque de lo contrario el hilo sería unas veces más fino y otra vez más grueso.

24 Todos los que venían a casa de José se admiraban de su habilidad extraordinaria.

25 Al cabo de tres días terminó con el escarlata y, sin tardar, cogió el púrpura. Pero como había que humedecerlo continuamente, tenía muchas veces que salir con el cántaro a buscar agua.


3

Un ángel anuncia el nacimiento del Señor


1 Era un viernes por la mañana cuando María salió de nuevo con el cántaro para llenarlo de agua, cuando quedó sorprendida por una voz que le dijo:

2 «¡Dios te salve María, llena eres de Gracia! El Señor es contigo, bendita tú entre las mujeres».

3 María estaba profundamente asustada porque no le sabía de donde había venido aquella voz. Miró por todas partes, pero no pudo descubrir a nadie.

4 Llena de pavor tomó su cántaro y volvió corriendo a casa.

5 Toda temblorosa, dejó el cántaro en su sitio y volvió a su trabajo.

6 Apenas había cogido el ritmo del trabajo, cuando se presentó el ángel del Señor ante ella con estas palabras:

7 «No temas, María, porque el Señor te concede una Gracia extraordinaria: ¡Concebirás en tu seno por la palabra de Dios!».

8 María reflexionó qué podrían significar estas palabras, pero no podía entender su sentido. Por eso preguntó al ángel:

9 «¿Cómo será esto? Estoy todavía lejos de tener un marido y hasta ahora aún no he encontrado a nadie que tenga la intención de casarse conmigo para que después, igual que otras mujeres, me quede encinta y dé a luz a un niño».

10 «Virgen elegida de Dios, no sucederá como tú piensas, porque la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra», le respondió el ángel.

11 «Por esto el Santo que nacerá de ti será el Hijo del Altísimo, y así será llamado.

12 En cuanto des a luz, le darás el nombre de Jesús, pues, Él salvará a su pueblo de todos los pecados, del juicio y de la muerte eterna».

13 María se puso de rodillas ante el ángel y con devoción le dijo: «He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí su Voluntad, según tu palabra». El ángel desapareció y María volvió a su trabajo.


4

Ingenua conversación de María con Dios


1 Cuando el ángel ya se había ido, María alabó al Señor y en su corazón se dirigió a Él:

2 «Señor, ¿qué soy yo ante ti para que Tú me concedas Gracia tan grande?

3 ¡Yo dar a luz a un niño sin jamas haber conocido hombre y sin saber qué diferencia puede haber entre un hombre y una mujer!

4 ¿Qué es en realidad estar encinta? Señor, ¡no lo sé!

5 ¿Qué sé yo de lo que sucede cuando una mujer da a luz un niño? Señor, ¡mírame con indulgencia, porque no soy más que una muchacha de catorce años y, aparte de algunas palabras que he oído, soy totalmente inexperta!

6 Ay, pobre de mí, ¿qué me ocurrirá cuando esté encinta y cómo será tal estado?

7 ¿Qué dirá el padre José cuando se lo diga o se entere?

8 Me imagino que no puede ser nada malo, sobre todo cuando una criada, como entonces lo era Sara, fue designada por el mismo Señor para eso.

9 En el Templo oí unas cuantas veces que las mujeres se ponen muy contentas cuando están encinta.

10 Entonces tal estado tiene que ser algo muy bueno y una bendición, con lo que seguramente también tendré mucha alegría en cuanto Dios haga que esto sea así...

11 ¿Pero cómo y cuándo sucederá? Tal vez ya he concebido... ¿O tendré que esperar todavía?

12 Oh, Señor, Santo de Israel, ¡da una señal a tu pobre sierva cuando suceda para que te pueda alabar por ello!».

13 En ese momento María fue tocada por un hálito etéreo luminoso y una voz muy suave respondió a su pregunta:

14 «María, no te preocupes en vano. Ya concebiste y el Señor está contigo. Sigue tranquila tu trabajo y termínalo. Y sabe que en adelante ya no se harán trabajos de esta clase para el Templo».

15 Al oír estas palabras María se puso de rodillas, rezó a Dios y le alabó por la gran Gracia concedida. Y se levantó para seguir con su trabajo.


5

Entrega del trabajo terminado por María en el Templo.

Viaje de María a ver a su tía


1 Algunos días después María terminó el trabajo con el hilo púrpura y lo ordenó, junto con el escarlata.

2 Agradeció a Dios que el trabajo hubiera salido tan bien, lo envolvió todo en lienzos limpios y se puso en camino hacia Jerusalén.

3 Fue sola hasta la obra donde José trabajaba. Desde allí José la acompañó al Templo

4 donde ella entregó el trabajo al sumo sacerdote.

5 Este lo examinó y, encantado, lo agradeció con estas palabras:

6 «María, ¡tal habilidad no viene de ti sino del Señor que te ayudó con su propia mano!

7 Te volviste grande por la Gracia de Dios y entre todas las mujeres de la Tierra serás bendita. Pues fuiste la primera en entregar en el Templo tu trabajo al Señor».

8 María, muy humilde y con gran alegría en el corazón, respondió al sumo sacerdote:

9 «Digno siervo del Señor en su santuario, no me alabes demasiado y no me eleves ante las demás porque este trabajo no es mérito mío sino del Señor, que guió mi mano.

10 Por eso toda alabanza y toda honra sean para Él, como también mi incesante adoración y mi gran amor».

11 «Amén. María, virgen pura del Señor, hablaste muy bien. Sigue en paz y que el Señor esté contigo».

12 María se levantó y volvió con José a la obra donde tomó algo de pan, leche y agua.

13 A medio día de viaje de allí, detrás de una pequeña montaña, vivía una tía de María que se llamaba Isabel a la que quería visitar. Por eso le pidió permiso a José.

14 Este, en seguida, se lo concedió y llamó a su hijo mayor para que la acompañase por lo menos hasta donde ya se podía ver la casa de Isabel.


6

Isabel recibe a María. Un evangelio acerca de las mujeres


1 Llegada a la casa de Isabel, María llamó discretamente a la puerta como era la costumbre entre los judíos.

2 Al oír esta llamada tan prudente, Isabel se preguntó quién podía llamar de manera tan suave:

3 «Será un hijo de mi vecina. No es posible que sea mi marido pues todavía está esperando su curación en el Templo.

4 ¿Debo interrumpir mi trabajo por la llamada de un niño?

5 Pues, no. Mi trabajo para el Templo es más importante que las travesuras de un niño que no querrá otra cosa que tomarme el pelo.

6 De modo que me quedo con mi labor y que el niño llame tanto como quiera».

7 Cuando María volvió a llamar, Isabel sintió que el hijo que estaba en su seno brincaba de alegría. Y percibió una voz muy baja desde donde su hijo estaba dando brincos:

8 «¡Corre, madre!, ¡es la madre de nuestro Señor, de nuestro Dios, la que está llamando a la puerta y te hace una visita».

9 Al oír estas palabras Isabel tiró todo lo que tenía en las manos y corrió a abrir la puerta.

10 Conforme a las costumbres de los judíos, primero bendijo a la visitante y luego la recibió con los brazos abiertos, exclamando:

11 «¡Bienvenida, María!, ¡bendita eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

12 Pero, ¿cómo es que la madre de mi Señor y Dios viene a visitarme?».

13 María, que no entendía nada, le respondió:

14 «Querida tía, vengo simplemente para hacerte una visita amistosa. Pero me estás hablando de cosas que no entiendo... ¿Acaso de veras ya estoy encinta puesto que me llamas madre?».

15 Isabel le explicó lo sucedido: «Cuando llamaste por segunda vez a la puerta, el hijo que llevo dentro de mí dio saltos de alegría y me lo anunció todo, incluso que tú venías».

16 María levantó la vista al cielo y recordó las palabras que el arcángel Gabriel le había dicho y, como todavía no entendía nada de todo esto, dijo pensativa:

17 «Gran Dios de Abraham, Isaac y Jacob, ¿qué has hecho de mí? ¿Y quién soy yo para que todas las generaciones de la Tierra deban considerarme bienaventurada?».

18 «Pero ahora entra, María; entra y confórtate. Ya hablaremos de todo y juntas alabaremos a Dios con todo nuestro corazón».

19 María pasó y aceptó algo de comer y de beber. Se sentía muy a gusto y se puso de buen ánimo.

20 Isabel le preguntó por muchos pormenores acerca de su estancia en el Templo como pupila de custodia del Señor, y qué impresión había sacado de todo ello.

21 María le respondió: «Tía Isabel, yo diría que estas cosas son demasiado elevadas para nosotras. Y las mujeres no hacemos bien discutiendo asuntos para los cuales el Señor ha puesto a los hijos de Aarón.

22 Por eso pienso que las mujeres deberíamos confiar los asuntos divinos a Dios y a quienes Él ha puesto para que se ocupen de ellos.

23 Mientras amemos a Dios sobre todo y cumplamos con sus santos mandamientos, ya vivimos como es debido. Lo que se salga de ahí es cosa de hombres designados por el Señor.

24 Tía Isabel, creo que así tiene que ser. Por eso dispénsame de hacer comentarios referentes al Templo porque nada mejoraría con ello. Si es su Voluntad, entonces el Señor ya castigará y purificará el Templo a su debido tiempo».

25 Al oír estas palabras Isabel reconoció la profunda humildad y modestia de María y confirmó pensativa:

26 «Sí, virgen agraciada de Dios, con ese modo de pensar una tiene que merecer la mayor Gracia ante Dios.

27 Pues únicamente la inocencia más pura puede expresarse como tú. Y quien vive una vida según estos conceptos, seguro que vive una vida justa ante Dios y ante el mundo».

28 «La vida justa no es nuestra sino del Señor y es una Gracia», contestó María.

29 «Y quien cree vivir una vida justa, seguro que ante Dios no aparecerá como tal. Quien, por el contrario, reconoce siempre su culpa ante Dios es el que vive una vida justa ante el Señor.

30 No puedo hablar de mí y decir cómo vivo, sólo que mi vida es pura Gracia del Señor. Por ello no puedo hacer otra cosa sino amarle y alabarle continuamente con toda mi alma. Si tu vida es como la mía, haz entonces lo mismo que yo. Esto agradará más al Señor que cualquier clase de conversación sobre la situación en el Templo».

31 A Isabel le quedó bien claro que en María hablaba el Espíritu divino. Por eso dejó de preguntar más sobre la situación en el Templo.

32 María pasó tres meses en casa de Isabel y le ayudó en sus quehaceres como si fuera su criada.

33 Mientras tanto también José terminó su obra y se encontraba ya en casa con sus hijos cuidando el pequeño terreno que había arrendado.

34 Un día José llamó a su hijo mayor: «Joel, prepárame la mula para mañana, pues quisiera salir temprano a buscar a María.

35 La muchacha lleva ya tres meses fuera de casa y no tengo idea de lo que puede estar pasando.

36 Sé bien que está en compañía de la mujer del sumo sacerdote mudo, sin embargo, nunca se sabe si allí estará libre de las tentaciones de aquel que también tentó a Eva.

37 De modo que mañana iré a buscarla para evitar que los hijos de Israel me puedan calumniar y para que el Señor no me castigue por despreocuparme de ella».

38 Joel lo preparó todo como su padre le había dicho. Pero nada más terminar, María se presentó en la puerta, saludó a José y le pidió permiso para entrar.

39 José se sorprendió al verla: «Mira, mira, ¿Tú aquí? ¡Parece que te olvidaste de nosotros!».

40 «Sí, soy yo, ¡pero no me olvidé de vosotros!», respondió María. «Al contrario, me hubiera gustado haber vuelto antes pero no me he atrevido a atravesar la montaña sola, y como tú tampoco mandaste a nadie para buscarme...

41 Por eso tuve que aprovechar la vuelta de tres levitas que habían venido a visitar a la mujer de Zacarías y se ofrecieron para acompañarme hasta aquí. Ellos me bendijeron y siguieron su camino. Y aquí estoy otra vez contigo, padre José».

42 José había pensado reprenderla por su larga ausencia; pero al fin no fue capaz de hacerlo porque, por un lado, la voz de ella había conmovido su noble corazón y por otro, también se consideraba a sí mismo culpable por no haber mandado antes a alguien para buscarla.

43 De modo que la bendijo y ella, por su parte, acudió a él y le acarició con ternura como los niños inocentes lo hacen con sus padres o con otros bienhechores.

44 José estaba profundamente conmovido y le dijo: «María, ya ves que soy un pobre viejo, pero tu amor fiel me hace olvidarlo. El Señor me ha dado una gran alegría al entregarte a mí. Por eso, hija mía, hasta mi trabajo me dará más satisfacción que antes ya que con él también gano el pan diario para tu subsistencia».

45 Al hablar así, las lágrimas corrían por los ojos del viejo José. María se las secó y dio gracias a Dios por haberle dado un padre adoptivo tan bueno.

46 En esta ocasión José tuvo la impresión de que oía cantar salmos fuera de su casa.


7

Presentimientos y predicciones de José. El consuelo de María.

Embarazo evidente de María.


1 Movido por intuiciones sublimes, José dijo a María: «Hija del Señor, con tu presencia llega una gran alegría a mi casa, ¡mi alma está llena de presentimientos maravillosos!

2 Pero también sé que el Señor prueba dolorosamente a aquellos que ama. Por eso roguémosle siempre que tenga misericordia de nosotros.

3 Es probable que el Señor quiera renovar a través nuestro la antigua Arca de la Alianza, ya bastante deteriorada.

4 ¡Si tengo razón y algo así se está preparando, entonces ¡ay de los dos! En fin, habrá que enfrentarse con lo que venga. Pero, por el momento, no le demos más vueltas al asunto.

5 Lo que tenga que venir, seguro que vendrá, sin que nosotros lo podamos evitar: ¡Cuando se presente ante nosotros nos sobresaltará, nos dominará y nos hará temblar ante Aquel que puso la Tierra en su sitio!».

6 María no entendió nada de todo esto y como vio a José tan preocupado, procuró consolarle:

7 «Querido padre José; no te aflijas con la Voluntad del Señor, pues sabemos que Él siempre procura lo que es mejor para el bien de las almas de sus hijos. Estando Él con nosotros -como siempre lo estuvo con Abraham, Isaac y Jacob, y todos aquellos que le aman- ¿qué nos podrá ocurrir de malo?».

8 Tranquilizado con este consuelo, José agradeció al Señor con todo su corazón el haberle enviado un ángel con María y dijo a sus hijos:

9 «Bueno, ya es tarde. Vamos a entonar un cántico, después cenaremos y cuando sea la hora, iremos a descansar».

10 Lo dicho, hecho. María fue a buscar pan y José lo repartió. Todos admiraron el buen gusto que tenía el pan aquel día.

11 «El Señor sea alabado», dijo José. «Sabido es que lo que Él bendice siempre da buen sabor al paladar».

12 «Tampoco, querido padre, debes temer las aflicciones que el Señor nos pueda haber preparado porque, a la vez, son también sus bendiciones», observó María.

13 «Sí, pura hija del Señor, tienes razón», respondió José. «Tendré que soportar con sumisión todo lo que el Señor quiera cargarme. En fin, espero que su yugo no sea demasiado duro ni su carga demasiado pesada; pues aun en su celo es un padre de bondad y misericordia. Que siempre se haga su Voluntad».

14 Después de esta conversación toda la familia se fue a dormir.

15 Cada día el estado de María era más y más evidente. Y como ella era la primera en darse cuenta, procuraba disimularlo ante José y sus hijos.

16 Pero dos meses más tarde todo disimulo era vano; José empezó a sospechar y, en secreto, fue a uno de sus amigos de Nazaret para consultarle sobre el extraño estado de María.

8

Opinión del médico. José interroga a María


1 El amigo de José era un médico muy experimentado que muchas veces asistía a las comadronas en caso de partos difíciles.

2 Aceptó la invitación de José para poder observar a María en su casa sin llamar su atención. Y después de haberla observado informó a José:

3 «Oye, hermano de Abraham, Isaac y Jacob; una gran desgracia ha sucedido en tu casa. Pues la muchacha está en un estado de embarazo muy avanzado.

4 Tú mismo tienes la culpa porque durante una larga temporada no estuviste en casa debido a la obra en la que trabajaste. Dime, ¿quién cuidó de ella mientras tanto?».

5 «Cuando la traje a casa aquí no se quedó por más de tres semanas», le respondió José.

«Pues se fue por tres meses a casa de su tía Isabel.

6 Después de haber vuelto ha pasado aquí otros dos meses bajo nuestra continua vigilancia, y nunca vi a nadie que la visitara abierta o escondidamente.

7 También durante mi ausencia estuvo en óptimas manos, pues mi hijo que la acompañó hasta la casa de su tía me había jurado antes solemnemente que en todo el camino no le tocaría ni el vestido.

8 Por lo tanto estoy seguro de que María, en lo que se refiere a mi esfera, tiene que estar absolutamente pura. Si de la casa de Zacarías se puede decir lo mismo... eso ya es otra cosa.

9 ¿No será obra de uno de los servidores del Templo cuando todavía estaba allí? ¡Pero Dios me libre de semejante sospecha! Seguro que en tal caso el Señor ya hubiera hecho que el sumo sacerdote lo descubriera.

10 Pero ya sé qué tengo que hacer para descubrir la verdad. Tú puedes seguir en paz, interrogaré a todos los míos severamente».

11 Cuando el amigo de José se marchó, este se dirigió en seguida a María y la preguntó:

12 «¿Hija, cómo voy a levantar ahora mi vista hacia mi Dios? ¿Qué voy a decir de ti?

13 ¿Acaso no te recibí del Templo como virgen pura y no he cuidado de ti fielmente con mis oraciones diarias y con los fieles que viven en mi casa?

14 ¡Por eso exijo que me digas quién ha osado traicionarme de tal manera a mí, un hijo de David, y a ti que también desciendes del mismo linaje!

15 ¿Quién ha conseguido trastornar tu mente pura de tal manera que haya podido seducirte a ti, una virgen del Señor, haciéndote una segunda Eva?

16 ¡La antigua historia de Adán se repitió en mí! Pues, ¡es evidente que también a ti te sedujo una serpiente como a Eva! ¡Contesta a mi pregunta y no creas que me puedes engañar!».

17 Desesperado de dolor, José se tiró de bruces encima de un saco lleno de ceniza y rompió a llorar.

18 María, temblando de temor, empezó a llorar y a sollozar, y, por miedo y tristeza, no le salían las palabras.

19 José, entre tanto, se levantó del saco y en tono más moderado le preguntó:

20 «María, hija de Dios, que estuviste bajo la custodia de Él mismo, ¿por qué me haces esto?

¿Por qué rebajaste tanto tu alma y te olvidaste de tu Dios?

21 Tú -educada en el Templo donde recibiste tu alimento de las manos de los ángeles y que tuviste por compañeros a estos siervos relucientes de Dios - ¿cómo has podido hacer algo parecido? ¡Deja de callar y habla ahora!».

22 Entonces María recobró su valor y le respondió: «Padre José, hombre justo e implacable, te digo, tan ciertamente como que Dios existe, que soy pura e inocente y hasta ahora no he conocido a varón alguno».

23 «¿De dónde entonces viene lo que llevas en tu vientre?».

24 «Mira, todavía soy una niña y no entiendo los secretos de Dios. Pero escucha y te diré todo lo que me ha pasado. Y esto es tan verdadero como el Señor mismo».

9

Relato de María sobre los acontecimientos misteriosos y santos.

José está preocupado y decide abandonar a María


1 María empezó su relato, explicando sobre todo lo que le sucedió cuando estaba todavía trabajando con el hilo púrpura. Terminó con la siguiente afirmación:

2 «Por eso, padre José, te repito: Tan cierto como que existe Dios, Señor del Cielo y de la Tierra, es cierto que soy pura, que ni conozco a los hombres ni tampoco el secreto de Dios que ahora tengo que llevar en mi vientre para gran sufrimiento mío».

3 José se quedó profundamente asustado porque estas palabras de María penetraron en su preocupada alma, pues vio confirmada su intuición.

4 Empezó a meditar sobre qué debía hacer y, en su corazón, se dijo a sí mismo:

5 «Tal como es el mundo, María pasará inevitablemente por pecadora. Si ahora la oculto ante el mundo porque para mí es pura, entonces me tratarán de sacrílego ante la ley del Señor, sin que pueda escapar del castigo.

6 Y si contra mi propia convicción la descubro como pecadora ante los hijos de Israel, pese a que según a su declaración que no deja lugar a dudas, lo que lleva bajo de su corazón resulta de un ángel,

7 entonces figuraré ante Dios como alguien que entregó a una inocente a un juicio mortal.

8 ¿Qué haré con ella? ¿Debiera llevarla a las montañas y esconderla para guardar el secreto?

¿O tal vez debiera esperar el día en que el Señor mismo me lo revele?

9 Pero y si mientras tanto viene alguien de Jerusalén y se da cuenta del estado en que se encuentra María, ¿entonces qué? Me parece que lo mejor será llevármela de aquí sin que nadie se entere, aparte de mis hijos.

10 Seguro que con el tiempo el Señor descubrirá su inocencia y todo se arreglará. En el nombre del Señor, que así sea».

11 José le informó de su plan y ella se sometió a su buena voluntad. Como ya era muy tarde, después de terminar con los preparativos se fue a dormir.

12 José, absorto en sus pensamientos, se durmió. En su sueño se le apareció un ángel del Señor que le dijo:

13 «¡José, no temas nada por María, la virgen más pura del Señor! ¡Porque lo que tiene debajo del corazón ha sido engendrado por el Espíritu Santo de Dios! ¡El día que nazca, dale el nombre de “Jesús”!».

14 En este momento José se despertó y alabó a Dios por la singular Gracia que le había concedido.

15 Cuando amaneció, María estaba preparada para el viaje e indicó a José que ya era hora de ponerse en camino.

16 Este la abrazó con cariño. «María, ¿te quedas conmigo?», le dijo « Pues esta noche el Señor me ha dado una gran noticia sobre ti. El hijo al que darás a luz se llamará “Jesús”!».

17 Con esto María supo que el Señor había hablado con José, pues era el mismo nombre que el ángel le había indicado a ella, sin que ella se lo hubiera comunicado a José.

18 José la cuidó mucho y no dejó que le faltase nada que requiriese su estado.


10

El censo romano. El traidor Anás


1 Dos semanas después de este acontecimiento hubo un gran consejo en Jerusalén para averiguar qué era eso que se había oído de que los romanos iban a censar a todo el pueblo judío.

2 Esta noticia espantó a los judíos porque ellos tenían prohibido hacer el recuento de los seres humanos.

3 Por esto el sumo sacerdote convocó una asamblea a la cual todos los ancianos, como José, tenían que presentarse.

4 Pero en aquellos días José había ido a las montañas porque necesitaba madera para la construcción. De modo que durante algún tiempo no estaría presente.

5 En esos días de ausencia llegó un mensajero de Jerusalén con una convocatoria, pero al enterarse de que José no estaba, le dejó el recado a su hijo.

6 José volvió al día siguiente por la mañana y, sin tardar, Joses le informó de las noticias que le habían llegado desde Jerusalén.

7 «Durante cinco días he recorrido las montañas y estoy cansado», le contestó su padre. «Si ahora no descanso algunos días, las piernas me fallarán. Por eso me veo incapaz de cumplir la petición del consejo.

8 Aparte de eso, toda esta reunión no vale para nada, porque el poderoso emperador de Roma, que ya ha extendido su cetro hasta los países de los escitas, poco se va a preocupar por nuestra reunión, y de todos modos hará lo que le dé la gana. ¡De modo que me quedo en casa!».

9 Tres días más tarde se presentó un tal Anás de Jerusalén, que era un gran doctor de la ley, y le dijo a José:

10 «José, a ti, que eres un hombre del linaje de David y que estás muy versado en las Escrituras, te tengo que preguntar por qué no acudiste a la reunión de la asamblea».

11 «Mira, estuve durante cinco días en las montañas», le respondió José, «y no sabía nada acerca de la convocatoria.

12 Cuando volví a casa y mi hijo Joses me informó, me fue imposible ponerme en camino hacia Jerusalén porque estaba demasiado cansado. Además, desde el primer momento comprendí que toda la reunión iba a ser en vano».

13 Mientras José le estaba dando explicaciones, Anás miró alrededor y, por desgracia, descubrió a la virgen en su muy avanzado estado de embarazo.

14 Sin decir ni una palabra abandonó la casa de José y, a toda prisa, fue a Jerusalén.

15 Nada más llegar allí, jadeante, Anás se dirigió al sumo sacerdote:

16 «Escucha y no me preguntes por qué el hijo de David no vino a la reunión, ¡acabo de descubrir la mayor atrocidad en su casa!:

17 José, del que Dios y tú disteis testimonio, confiándole la virgen, ha faltado vilmente ante Dios y ante ti».

18 El sumo sacerdote, espantado, le dijo con impaciencia: «¿Cómo es eso? ¡Dime la verdad, si no hoy morirás!».

19 «Te digo que la virgen María, a la que José, por Orden de Dios, había recibido del Templo en custodia, ha sido depravadamente deshonrada por él», acusó Anás a José. «El estado avanzado de su embarazo es ya más que evidente».

20 Pero el sumo sacerdote exclamó: «¡No, José no sería nunca capaz de algo parecido!

¿Acaso Dios puede dar falso testimonio?».

21 «Entonces envía tus siervos de más confianza», le propuso Anás, «y conocerás el estado tan adelantado de embarazo en que se encuentra la virgen. Y si no es así, ¡que me lapiden aquí mismo!».


11

Detención e interrogatorio de María y José. José, enojado con Dios.

Sentencia de muerte sobre María y José y conmutación por una sentencia divina. María, esposa de José


1 El sumo sacerdote reflexionó un rato y se dijo: «¿Qué puedo hacer? Anás se muere de celos por la adjudicación de María a José, y además nunca se debe seguir el consejo de un envidioso.

2 ¿Pero si la situación de María es realmente así y yo tratase este asunto con indiferencia,

¿qué dirían los hijos de Israel y cuál serían mis responsabilidades?

3 Por eso, si mando en secreto a algunos sirvientes de confianza a José, y se confirma este hecho fatal, tendré que hacerlos traer aquí a los dos inmediatamente».

4 De modo que el sumo sacerdote llamó a algunos sirvientes adecuados y los mandó en secreto a casa de José.

5 Una vez allí se confirmaron las palabras del sumo sacerdote.

6 Y el de más edad dijo a José: «Mira, hemos venido aquí mandados por el Templo para que averigüemos si los comentarios que han llegado a los oídos del sumo sacerdote son verdaderos.

7 Por desgracia, la sospecha se ha confirmado. Por lo tanto síguenos con María, sin oponer resistencia al Templo, en donde el sumo sacerdote pronunciará una sentencia justa».

8 Sin la menor objeción José y María siguieron a los siervos del Templo para presentarse al juicio.

9 Cuando llegaron ante el sumo sacerdote, este, profundamente sorprendido, preguntó a María con voz severa:

10 «¿Por qué, María, nos hiciste esto y cómo es posible que envilecieras tu alma tan gravemente?

11 Tú que fuiste educada en el sancta sanctorum y que recibiste tu alimento diario de la mano del ángel, olvidaste al Señor, tu Dios.

12 Tú que siempre oíste los cánticos de alabanza y que jugaste y bailaste ante el semblante de Dios, dinos, ¿por qué nos hiciste esto?».

13 María, llorando amargamente, se explicó: «Tan cierto como que Dios existe, tan cierto es que yo soy pura y que jamás he conocido a varón. Pregunta a José, el elegido del Señor».

14 Después de estas palabras el sumo sacerdote se dirigió a José: «En el nombre de Dios eternamente vivo te pregunto: ¿Cómo sucedió esto? ¿Lo hiciste tú?».

15 «En nombre de todo lo que para ti y para mí es santo, ¡yo soy inocente ante esta virgen como ante ti y ante Dios!», le respondió José.

16 Pero el sumo sacerdote le replicó: «¡No des falso testimonio ante Dios y di la verdad! Te digo que preparaste tu boda secretamente y con maña, sin haberla anunciado previamente al Templo y sin haber inclinado tu cabeza ante el Todopoderoso, para que Él bendijera tu semen.

¡Por eso exijo que digas la verdad!».

17 Ante semejante acusación por parte del sumo sacerdote, a José le faltaron las palabras y no quiso decir nada, porque este era demasiado injusto con él.

18 Al callarse José, el sumo sacerdote tomo de nuevo la palabra:

19 «¡Devuélvenos a la virgen igual de pura que cuando la recibiste del Templo del Señor; pues era tan pura como el sol del alba!».

20 Anegado en lágrimas, después de un profundo suspiro, José exclamó:

21 «Señor, Dios de Abraham, Isaac y Jacob, ¿qué mal hice yo, pobre anciano, para que me castigues tan despiadadamente?

22 ¡Sácame de este mundo porque para alguien que ante ti y ante él siempre ha sido justo, es demasiado duro sufrir semejante ignominia.

23 Castigaste a mi padre David porque había pecado contra Urías.

24 Pero yo jamás pequé contra nadie ni contra la propiedad de nadie, ni siquiera contra un animal. Y siempre seguí la ley con rigor. Señor, ¿por qué me castigas así?

25 Oh Señor, ¡muéstrame el pecado que cometí ante ti y soportaré voluntariamente la hoguera! Y si realmente he pecado contra ti, ¡entonces, maldita sea la hora en que nací!».

26 Irritado por las palabras de José, el sumo sacerdote decidió lo siguiente:

27 «Como hasta ante Dios niegas tu evidente culpa, os haré beber a los dos del agua maldita de Dios y vuestros pecados se manifestarán ante vosotros y ante el pueblo».

28 Acto seguido, el sumo sacerdote tomó el agua maldita y se la dio a beber a José. Después, de acuerdo con la ley, lo hizo llevar a una montaña cerca de Jerusalén, destinada a tal fin.

29 Mas tarde también le toco a María beber el agua maldita y la llevaron a la misma montaña.

30 Pasados tres días los dos volvieron al Templo sin resultar perjudicados por la bebida y todos se asombraron al ver que no se había manifestado ninguna culpa.

31 El sumo sacerdote, igual de perplejo que los demás, decidió: «Como Dios, el Señor, no quiso manifestar vuestro pecado, yo tampoco os quiero juzgar y os declaro inocentes y libres.

32 Puesto que la virgen ya está embarazada y como guardasteis silencio sobre vuestra unión,

¡que en penitencia ella sea tu mujer! Y si se quedara viuda, aunque fuera muy joven, nunca más podrá tener otro marido!, ¡que así sea! ¡Y ahora id en paz!».

33 Después de esto, José volvió con María a su casa y, sumamente feliz porque ahora ella era su legítima esposa, alabó a Dios de todo corazón.


12

El censo del pueblo, ordenado por Augusto. Más sufrimiento y consuelo


1 José y María, ahora legítimamente casados, pasaron dos meses más con buenos ánimos.

2 Al acercarse la hora del parto hubo otro repentino suceso que causó a José una gran preocupación.

3 Resultó que el emperador Augusto dio orden de censar a todos los pueblos de su imperio por razones de impuestos y alistamientos.

4 Y los nazarenos no estaban excluidos de esta ley. De modo que José también se vio obligado a desplazarse a Belén, la ciudad de David, donde se encontraba la comisión romana del censo.

5 Ante esta orden, por cuya causa el Templo ya le había convocado para ir a Jerusalén, José se dijo a sí mismo:

6 «Dios mío, esto es un golpe duro para mí, precisamente ahora que María está esperando el parto.

7 ¿Qué voy a hacer? En lo que se refiere a mis hijos, no me queda más remedio que empadronarlos, puesto que ante el emperador están sujetos al servicio militar obligatorio. Pero, en el nombre del Señor, ¿qué haré con María?

8 En casa no puedo dejarla sola. ¿Que haría ella si le llegara la hora?

9 Pero si me la llevo conmigo, ¿quién me puede garantizar que el parto no le llegará durante el viaje? Yo, desde luego, en ese momento no sabría qué hacer con ella.

10 Y aunque llegásemos con dificultades a Belén, ¿cómo podría inscribirla ante los funcionarios de Roma?

11 ¿Acaso como mi mujer, si esto hasta ahora sólo lo sabemos el sumo sacerdote y yo?

12 En realidad, casi tengo vergüenza ante los hijos de Israel porque saben que ya soy un viejo de setenta años. ¿Qué dirán si declaro como legítima mujer mía a la joven de ni siquiera quince años cumplidos, y en un estado de embarazo tan avanzado?

13 ¿Y si la inscribiese como mi hija? Pero los hijos de Israel conocen muy bien su procedencia y saben muy bien que no es mi hija.

14 Y si la inscribiera como la virgen del Templo del Señor que me fue confiada, ¿qué dirían aquellos que la ven en tal estado y que no saben que ante el Templo estoy justificado?

15 Ah, ya sé lo que haré: voy a esperar el día en que el Señor actúe según su Voluntad; esto será siempre lo mejor. ¡Que así sea!».


13

Palabras de consuelo de un antiguo amigo de José.

Testimonio consolador desde las alturas. Feliz partida para Belén


1 Ese mismo día vino un antiguo amigo de José para invitarle.

2 «Hermano», le dijo, «así es cómo el Señor lleva a su pueblo por toda clase de desiertos: aquellos que le siguen libremente, a ellos los conduce; y llegarán bien a la meta.

3 Tuvimos que sufrir en Egipto y lloramos bajo la cautividad de Babilonia; pero el Señor nos liberó.

4 Ahora, por Voluntad del Señor, los romanos mandan a sus águilas y tenemos que aceptar su Voluntad; Él tendrá sus motivos».

5 José comprendió muy bien lo que su amigo le decía. Y cuando este, después de haberle bendecido, se fue, José dijo a sus hijos:

6 «Escuchadme. Os digo que es la Voluntad del Señor que todos vayamos a Belén.

¡Aceptemos de buen grado su Voluntad!

7 Tú, Joel, prepara la burra con el aparejo y tú, Joses, embrida el buey y engánchalo al carro en el que llevaremos los víveres.

8 Luego Samuel, Simeón y Jacobo, cargad el carro con frutas que se conserven bien, con pan, miel y queso en cantidad suficiente para quince días. Pues, no sabemos cuando allí nos tocará el turno. Como tampoco sabemos cuándo María dará a luz al niño, llevaremos también lienzos y pañales».

9 Los hijos de José arreglaron todo de la manera que su padre les había indicado.

10 Luego volvieron y dijeron a su padre que todo estaba ya arreglado según su voluntad.

11 Entonces José y los suyos se pusieron de rodillas y oraron a Dios para recibir su bendición.

12 Al terminar su oración, José escuchó una voz que se hizo oír como si viniera de fuera de la casa:

13 «José, fiel hijo de David que era un hombre que complacía Dios...

14 Cuando David se enfrentó al gigante, un ángel estaba con tu padre, y tu padre resultó victorioso.

15 Pero contigo está Él mismo; El que siempre fue y creó los Cielos y la Tierra. El que en la época de Noé hizo que lloviera durante cuarenta días y cuarenta noches e hizo que se ahogase toda criatura contraria a Él;

16 contigo está Aquel que dio Isaac a Abraham, quien guió a tu pueblo en la salida de Egipto y quien habló con Moisés en el monte Sinaí.

17 Él es quien ahora está contigo en tu casa y el que te acompañará a Belén. Por eso no tengas miedo, pues Él no permitirá que nadie te toque ni la punta de un cabello».

18 Al oír estas palabras José se quedó muy sosegado y, sumamente feliz, lo agradeció a Dios e inició el viaje.

19 Sentó a María en la burra lo más cómodamente posible, tomó las riendas en la mano y empezó a guiar a la burra.

20 Los hijos, preocupados por la carga del carro, anduvieron al paso de la burra.

21 Al cabo de un rato José pasó las riendas a su hijo mayor para quedarse al lado de María que, a veces, se sentía débil y casi no podía mantenerse sola en la silla.


14

Comienzo de los dolores. María halla posada en una gruta


1 De este modo la piadosa familia llegó hasta un lugar a unas seis horas de Belén, donde quiso descansar un poco al aire libre.

2 En este momento, a José le pareció que María estaba sufriendo y pensó un tanto confundido:

3 «¿Qué pasa ahora? La expresión de su cara me dice que está sufriendo y los ojos los tiene llenos de lágrimas. ¿Tal vez se esté acercando la hora?».

4 Entonces José la miró más de cerca y se asombró al ver que se estaba riendo.

5 Por eso le preguntó: «María, dime, ¿qué te pasa?».

6 «Mira, ahora tengo dos pueblos ante mí. Uno de los dos lloraba, por lo que yo también tenía que llorar.

7 Pero el otro se me presentó lleno de alegría e hilaridad, de modo que tuve que reírme con él. Esto es lo que has visto en mi cara, dolor y alegría».

8 Oyendo esto, José se calmó porque sabía que María a veces tenía visiones. De modo que siguieron su camino hacia Belén.

9 Pero, antes de llegar allí, María llamó a José:

10 «Escucha, José, ¡el niño empieza a apretar con fuerza. Así que déjanos parar!».

11 José se asustó profundamente porque comprendió que en este momento tan inoportuno había llegado la hora.

12 Por eso les hizo detenerse a todos. Y de nuevo María se dirigió a José:

13 «Bájame de la burra, el niño me está apretando porque quiere salir, ¡ya no puedo resistir!».

14 «Por Dios, ¿no ves que por aquí no hay albergue?», le preguntó José. «¿Dónde quieres que te deje?».

15 «Mira allí en la montaña hay una gruta; no habrá más de cien pasos hasta ella», le respondió María. «Llevadme allí porque me es imposible seguir adelante».

16 José dirigió la pequeña caravana hacia allí, y al llegar se alegró de encontrar algo de paja y heno, pues la gruta servía de establo de emergencia a los pastores. De modo que pudieron preparar en ella un lecho modesto para María.


15

María en la gruta. José en busca de una comadrona.

El testimonio de la naturaleza


1 Cuando el lecho estuvo preparado, José la acostó y ella empezó a notar cierto alivio.

2 Una vez que María estuvo atendida, José dijo a sus hijos:

3 «Los dos mayores ocupaos de María y atendedla caso de que sea necesario, en la medida justa. Y me refiero especialmente a ti, Joel, por los conocimientos que en esta especialidad adquiriste de mis amigos de Nazaret».

4 A los otros tres hijos les ordenó preocuparse por el buey y la burra, y les dijo que procurasen meter también el carro en la gruta ya que esta era bastante grande.

5 Algo después José informó a María que iba a salir: «Iré a la ciudad de mi padre. A ver si encuentro una comadrona; voy a traerla lo antes posible».

6 José salió de la gruta. Como era muy tarde y el cielo estaba completamente despejado podía ver las estrellas.

7 Dejemos que José explique con sus propias palabras lo que al salir de la gruta había experimentado.

8 De modo que José, cuando volvió a la gruta con la comadrona y vio que María ya había dado a luz, dijo a los suyos: «Hijos, se están anunciando cosas maravillosas. Ahora empiezo a entender las palabras que en la víspera del viaje me dijo la voz. Es cierto que si el Señor no estuviera entre nosotros, aunque sea invisiblemente, no podrían suceder cosas tan maravillosas como las que acabo de experimentar.

9 ¡Fijaos en esto!: Cuando salí de la gruta tuve la impresión como si no anduviera. Vi que la luna llena que estaba cerca del horizonte no se movía y asimismo vi que las estrellas no subían ni bajaban. Todo parecía estar quieto.

10 Vi muchos pájaros posados en las ramas de los árboles, todos con las cabezas vueltas hacia la gruta y vi que estaban temblando como si presintiesen que un fenómeno natural se preparaba; y no se dejaban asustar por gestos ni gritos.

11 Y bajando la vista del cielo vi unos labradores cerca de mí, sentados alrededor de un plato hondo lleno de comida.

12 Todos estaban inmóviles, y algunos de ellos tenían sus manos en el plato sin poder servirse la comida. Mientras que los que habían logrado servirse algo, permanecían inmóviles con sus manos ante la boca, sin poder abrirlas. Los ojos los tenían dirigidos hacia el cielo como si vieran cosas grandiosas.

13 También vi como un pastor intentaba empujar a sus ovejas. Sin embargo no se movían y la mano del pastor, levantada para golpearlas, quedó suspendida en el aire como paralizada.

14 También vi un rebaño de corderos con sus cabezas inclinadas para beber, pero que no podían hacerlo puesto que también estaban paralizados.

15 Luego vi un arroyo que terminaba en cascada; pero lo extraño era que el agua estaba parada sin seguir su camino. De modo que tuve la impresión de que toda la vida se hubiera parado.

16 Cuando me quedé así, sin saber si estaba andando o parado, al fin vi algo con vida.

17 Era una mujer que bajaba del monte dirigiéndose directamente hacia mí; y cuando se encontró a mi altura me preguntó: “Amigo, ¿a dónde vas a esta hora?”.

18 “Estoy buscando a una comadrona”, le respondí, “pues hay una mujer a punto de dar a luz en la cueva”.

19 La mujer me preguntó: “¿Es de Israel?”. Le respondí: “Sí señora, somos todos de Israel y David es nuestro padre”.

20 “La mujer que está a punto de dar a luz, ¿es tu mujer, una pariente o una criada?”, insistió ella.

21 A esta pregunta le dije que era mi mujer: “Únicamente ante Dios y el sumo sacerdote, y desde hace muy poco. Sin embargo cuando concibió aún no era mi mujer. Por el testimonio de Dios el Templo me la había dado en custodia; pues ella había recibido su educación en el Templo.

22 Pero no te extrañes por el embarazo, pues concibió por obra y Gracia del Espíritu Santo”. Estupefacta, ella insistió: “¡Buen hombre, te ruego que me digas la verdad!”, con lo que le invité a acompañarme para que pudiera convencerse aquí mismo».


16

Visión de la comadrona y sus palabras proféticas. Salomé, hermana de la comadrona, duda de la virginidad de María


1 La mujer estuvo de acuerdo y siguió a José hasta la gruta. Pero al llegar allí encontraron el sitio de la entrada cubierto por una niebla blanca tan densa, que no podían encontrarla.

2 Asombrada por este fenómeno, la comadrona dijo a José:

3 «Hoy han sucedido cosas maravillosas en mi alma. Esta mañana he tenido la impresión de haber visto de antemano lo que estoy presenciando ahora. Y sé que aún voy a ver mucho más.

4 Tú eres el mismo hombre que el que se me acercó en mi visión. Vi como todo lo que me rodeaba se paralizaba de repente. También vi como una nube cubría la entrada de la gruta y además me vi hablando contigo como lo estoy haciendo ahora.

5 En mi visión vi muchas cosas milagrosas en la gruta y vi que mi hermana, la única persona a quien por la mañana había confiado el secreto de mi visión, me había seguido.

6 Y por eso ante ti y ante Dios mi Señor, te digo que Israel ha recibido una Gracia especial en la hora de nuestro gran desamparo: ha llegado el Salvador desde lo alto».

7 Nada más pronunciar estas palabras, la nube desapareció. Ahora irradiaba una luz tan fuerte desde la gruta que los ojos de ambos no la podían soportar. Viéndolo, la comadrona dijo: «¡De modo que mi visión es verídica! Oh feliz hombre, ¡aquí se trata de algo más que de Abraham, Isaac, Jacob, Moisés o Elías!».

8 Lentamente la luz se volvió más soportable, de modo que los dos pudieron ver como el Niño mamaba por primera vez.

9 José y la comadrona entraron en la gruta. Ella examinó al Niño y a su madre y al comprobar que todo había pasado bien dijo:

10 «En verdad este es el Salvador anunciado por todos los profetas, que ya en el vientre de su madre estaba libre de todo cordón para indicar así que soltará las duras ataduras de la ley.

11 ¿Quién ha visto a un niño que nada más nacer ya mama del pecho de su madre?

12 ¡Con ello parece evidente que este Niño, el día que sea un hombre, no juzgará al mundo según la ley sino según el Amor!

13 Escucha, feliz marido de esta mujer, todo está en su mejor orden. Por eso, déjame salir de la gruta; pues siento un gran peso en mi pecho porque sé que no soy lo bastante pura como para soportar la santa presencia de nuestro Dios».

14 Al oír estas palabras de la comadrona José se asustó profundamente. Y ella salió rápidamente de la gruta.

15 Al salir se encontró con su hermana Salomé que le había seguido a causa de la visión en la que ella le había iniciado.

16 «¡Salomé, ven y mira! ¡Mi visión de esta mañana se ha confirmado!», le comunicó la comadrona. «Ha ocurrido algo que para la naturaleza humana es inconcebible, y te digo la pura verdad: ¡La virgen ha dado a luz a un niño!».

17 Pero Salomé no se lo creía; de modo que dijo: «¡Hasta que no la haya examinado con mis propias manos no podré creer que una virgen haya dado a luz».

17

Castigo y arrepentimiento de Salomé, y su curación


1 Después de pronunciar estas palabras, Salomé entró en la gruta y dijo a María:

2 «Mi alma se encuentra muy confundida. Por eso te ruego que te prepares para que con mi mano experimentada pueda examinar tu virginidad».

3 María estaba dispuesta a concederle su deseo y se preparó para el reconocimiento.

4 Pero nada más tocar el cuerpo de María, Salomé soltó un grito tremendo y empezó a lamentarse:

5 «¡Ay de mí, que soy sacrílega! ¡Por mi falta de fe en Dios mi mano se está quemando en el fuego de la ira divina!».

6 Después de estos lamentos se postró ante el Niño y le rogó:

7 «Dios de mis padres, Tú, Señor omnipotente de todas las maravillas, ¡no olvides que también yo procedo del tronco de Abraham, de Isaac y de Jacob!

8 ¡No permitas que yo sea motivo de burla ante los hijos de Israel y devuélveme la salud de mi mano!».

9 En el mismo instante al lado de Salomé apareció un ángel del Señor. «Dios ha atendido a tus preces», dijo. «¡Acércate al Niño, tómalo en tus brazos y recibirás una gran Gracia».

10 Salomé en seguida le hizo caso y, arrastrándose de rodillas, se dirigió a María para pedirle el Niño.

11 María se lo entregó de buena voluntad. «De acuerdo con lo que ha dicho el ángel, que sea para tu bien. El Señor tenga piedad de ti», dijo María a Salomé.

12 Esta tomó al Niño en sus brazos y, todavía de rodillas, rezó con fervor:

13 «Oh Dios, Señor omnipotente de Israel, que reinas desde las eternidades; en verdad aquí ha nacido el Rey de todos los reyes que será aún más poderoso que David a quien Dios amaba. Alabado seas eternamente».

14 Nada más pronunciar estas palabras, Salomé quedó del todo curada y con su corazón totalmente contrito, devolvió el Niño a María. Luego, acompañada por su hermana, salió de la gruta.

15 Afuera quiso proclamar en voz alta el milagro de los milagros y también comunicar a su hermana lo que le había pasado.

16 Pero en ese momento oyó una voz que la llamó desde las alturas: «Salomé, ¡no hables a nadie de estos acontecimientos extraordinarios, porque ya llegará el momento en que el Señor mismo dará testimonio de sí por medio de palabras y acciones!».

17 Salomé en seguida se calló. En ese momento José salió de la gruta para invitarlas a volver a entrar en ella para que según el deseo de María nadie se enterara del milagro. De modo que ambas, con gran humildad, volvieron a entrar en la gruta.


18

El descanso de la santa familia en la gruta.

Adoración de los pastores


1 Cuando de nuevo todos estuvieron reunidos en la gruta, los hijos de José preguntaron a su padre:

2 «¿Qué vamos a hacer ahora? Todos están bien atendidos. Y nosotros estamos bastante cansados del largo viaje. ¿No nos vamos a acostar?».

3 José dijo: «Ya veis la Gracia especial que nos llegó desde las alturas; por eso, juntos, vamos a velar y a alabar a Dios.

4 Ya habéis visto lo que le ocurrió a Salomé cuando demostró su falta de fe. Por eso, mientras Dios nos concede semejante Gracia, no os dejéis llevar por vuestro cansancio.

5 Acercaos a María y tocad al niño, ¡quién sabe!, tal vez recobraréis vuestras fuerzas como si hubierais dormido profundamente durante muchas horas».

6 Los hijos siguieron el consejo y tocaron al Niño. Este les sonrió y les tendió los brazos como si les hubiera reconocido como sus hermanos.

7 Todos le admiraron y dijeron: «Sinceramente, ¡este niño no es un niño cualquiera! ¿Dónde se ha visto que alguien fuera saludado tan amablemente por un recién nacido?

8 Además, de repente todos nos sentimos tan reposados como si no hubiéramos hecho este viaje y estamos descansados como en casa por la mañana».

9 «¿Veis como mi consejo ha sido bueno?», dijo José. «Pero ahora ya se empieza a sentir frío. Por lo tanto, acercad el buey y la burra. Al estar cerca de nosotros estos animales calentaran un poco el ambiente con el calor de su cuerpo. Y, por la misma razón, acostémonos junto María».

10 Nada más traer los animales, los hijos los acercaron a María y al Niño para que los calentaran con su aliento.

11 Y la comadrona comentó: «De veras, alguien a quien hasta los animales atienden como si tuvieran inteligencia no puede ser cualquiera ante Dios».

12 «Hermano», añadió Salomé pensativa, «parece como si estos animales percibiesen algo que nosotros no vemos ni entendemos, algo en lo que nosotros aún no nos atrevemos ni a pensar, mientras que ellos ya están adorando a aquel que los creó.

13 Créeme, hermana, tan cierto como que Dios existe es que aquí delante de nosotros está el Mesías prometido. Porque sabemos que ni en el nacimiento del mayor de los profetas se presentaron fenómenos tan maravillosos como aquí ahora».

14 «Salomé», continuó María, «Dios te ha concedido una gran Gracia al dejarte ver todo esto que a mí hasta me ha hecho temblar el alma.

15 Pero guarda silencio como te dijo el ángel del Señor; de lo contrario podrías causarnos desdicha en el futuro».

16 Salomé y su hermana prometieron solemnemente guardar silencio durante toda su vida.

17 Así se hizo silencio en la gruta. Pero una hora antes de que el Sol saliera, fuera de la gruta se pudieron oír cánticos alabando a Dios, cantados con voces poderosas.

18 José mandó a su hijo mayor para que averiguase el origen de estas canciones en honor de Dios.

19 Cuando Joel salió, vio que el firmamento estaba cubierto de miríadas de ángeles luminosos, por lo que volvió corriendo a la gruta para llamar a todos la atención sobre lo que había visto.

20 Todos quedaron sorprendidos y todos menos María salieron a prisa para ver si era cierto lo que Joel les había dicho.

21 Al contemplar estas maravillas, José volvió a la gruta para explicar a María lo que se veía:

22 «Oye, virgen la más pura del Señor, el fruto de tu vientre fue realmente engendrado por el Espíritu Santo de Dios; pues todos los Cielos están dando testimonio de ello.

23 ¿Pero qué será de nosotros cuando todo el mundo sepa lo que ha pasado aquí? Porque he visto que muchos pastores tenían su vista dirigida hacia arriba; es claro que mucha gente está viendo este testimonio sobre nosotros que todos los cielos irradian.

24 Los pastores han unido sus voces a los coros de los ángeles y cantan con ellos:

25 “¡Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad y Gloria a Dios que está en Aquel que ha venido!”.

26 Mira María, esto se está manifestando ahora ante todo el mundo, con lo que habrá malvados que nos perseguirán, de modo que tendremos que huir.

27 Por eso pienso que debiéramos irnos de aquí lo antes posible. En cuanto haya cumplido con el empadronamiento, incluso hoy mismo por la mañana, volveremos a Nazaret y, para huir de los judíos, desde allí tendremos que continuar hasta donde viven los griegos, a algunos de los cuales conozco bastante bien. ¿Qué piensas al respecto?».

28 «Confiemos todo al Señor, puesto que sabes que hoy aún no puedo abandonar el lecho», le respondió María. «Él nos trajo aquí bajo su protección; por lo tanto también nos guiará y nos protegerá en el futuro.

29 Si Él quisiera descubrirnos ante el mundo, ¿a qué lugar podríamos huir donde sus cielos no nos pudieran descubrir?

30 Que se haga su Voluntad y todo saldrá bien. Mira, aquí en mi pecho reposa Aquel por cuya causa está ocurriendo todo esto.

31 Aunque huyéramos a donde fuese, estando Él con nosotros, la Gloria de Dios no nos abandonará nunca».

32 Nada más pronunciar estas palabras se presentaron dos ángeles ante la gruta, que habían traído a un grupo de pastores para mostrarles dónde había nacido Aquel a quien sus cánticos de alabanza estaban dirigidos.

33 Los pastores entraron en la gruta y se pusieron de rodillas ante el Niño para adorarlo.

34 Muy sorprendidos, José y sus hijos miraron al Niño. «¡Dios mío!, ¿qué pasa aquí?», exclamó José. «¿Es posible que Tú mismo te hayas encarnado en este Niño?

35 Si no, ¿cómo se explica que hasta tus propios ángeles lo adoren? Y si Tú estás aquí ¿qué será del Templo y del sancta sanctorum?».

36 En este momento uno de los ángeles se acercó a José. «Ni preguntes, ni te preocupes por ello», le dijo. «Como profetizó por boca de sus hijos, sus siervos y sus profetas, el Señor eligió la Tierra como escenario de su misericordia y ahora ha venido para visitar a su pueblo.

37 Lo que ahora está sucediendo ante tus ojos es la Voluntad de Aquel que es santo, sumamente santo».

38 El ángel dejó a José para volver a adorar al Niño que, a todos aquellos que le adoraban, les sonreía y les tendía sus brazos abiertos.

39 Al levantarse el Sol los dos ángeles desaparecieron; sólo los pastores se quedaron allí y le preguntaron a José cómo había sucedido todo esto.

40 Pero José les contestó: «Id, mirad y escuchad el milagro de cómo brotan las hierbas de la tierra: Ved, este milagro ocurre de la misma manera. No os puedo explicar más porque no lo sé. Dios lo quiso así. Esto es todo lo que os puedo decir».


19

Visita del comandante a la gruta


1 Los pastores se conformaron con esta respuesta y se fueron a buscar algunos alimentos para María.

2 Una hora después de levantarse el Sol, José se dirigió a la comadrona:

3 «¿Sabes?, eso del empadronamiento me preocupa bastante y no deseo otra cosa que acabar con este asunto.

4 Vamos a dejar a Salomé aquí con María. Y tú, llévanos a mí y a mis hijos al comandante romano que se encarga del empadronamiento porque yo no sé dónde está el lugar en cuestión.

5 Si llegamos los primeros es fácil que nos despachen pronto».

6 «Hombre lleno de gracia», le respondió la comadrona, «el comandante Cornelio de Roma reside en mi casa, que es una de las primeras al entrar en la ciudad.

7 Además tiene allí su oficina. A pesar de ser pagano es un hombre bueno y justo. Iré allí para indicarle todo menos lo del milagro. Espero que así se os solucione todo a primera hora».

8 Como José tenía mucho miedo de los romanos, se quedó muy contento con esta propuesta y le rogó a la comadrona que lo hiciera así.

9 Esta se fue y en su casa encontró a Cornelio que aún no se había levantado, de modo que con pocas palabras le pudo poner al corriente.

10 En seguida Cornelio se levantó. «Te creo», le respondió a la propietaria de la casa, «así que voy a acompañarte, pues siento un gran impulso de hacerlo.

11 Según tus indicaciones no está lejos de aquí, de modo que podré volver a tiempo al trabajo. Vamos, pues, ahora mismo».

12 La comadrona quedó muy complacida y llevó al sincero y joven romano hasta la gruta. Llegados allí, Cornelio confesó a la mujer: «Te digo que en Roma puedo ver al emperador con todo la tranquilidad del mundo, pero aquí hay algo que me desconcierta, me resulta difícil entrar en esta gruta.

13 ¿Tienes alguna idea de por qué experimento un sentimiento tan extraño? ¡Dímelo con toda franqueza, pues sé que eres una judía muy sincera!».

14 «Oye, comandante, déjame que entre un momento sola en la gruta y te traeré la respuesta», le insinuó la comadrona.

15 Entró para informar a José que el mismo comandante estaba fuera esperando, y que quería entrar pero que no se atrevía sin saber el por qué.

16 Con esta noticia José se sintió aliviado. «¡Oh Dios!», exclamó, «de todo corazón te doy las gracias por haber convertido en bendición aquello que para mí era una gran pesadilla! ¡Tú seas honrado y alabado!».

17 Después de haber pronunciado estas palabras, José salió de la gruta y se puso de rodillas ante Cornelio: «¡Digno representante del emperador de Roma, ten misericordia de un pobre viejo. Mira, mi joven mujer que el Templo me entregó mediante un sorteo, esta noche ha dado a luz a un Niño en esta gruta. Como tan sólo llegamos anoche, no me ha sido posible presentarme antes a ti».

18 Pero Cornelio le cogió del brazo para que se levantara, y le dijo: «Hombre de buenos modales, ¡no te preocupes por eso! Todo está ya en el mejor orden. Pero déjame entrar para ver cómo estás acomodado».

19 José entró con él en la gruta. Cuando Cornelio vio que el Niño le recibía con una sonrisa, se quedó sumamente sorprendido. «¡Por Júpiter!», exclamó. «¿Qué me está ocurriendo? Qué cosa más extraordinaria, ¡me siento como recién nacido!: ¡Nunca en mi vida he sentido tanta paz y tanta alegría dentro de mí como ahora! ¡Os digo que por hoy mi oficina permanece cerrada y me quedo aquí como huésped vuestro!».


20

Cornelio pregunta por el Mesías y presiente la Divinidad en el Niño Jesús


1 José se alegró mucho con este detalle y preguntó al comandante: «Honrado representante del emperador, ¿qué puede un hombre pobre como yo ofrecerte a cambio de tu gran amistad?

2 ¿Qué pudiera ofrecerte yo que fuera digno de tu condición? Mira, en este carro está todo lo que tengo; una parte me la traje de Nazaret y otra parte me la dieron los pastores de aquí como regalo.

3 Si alguna de estas cosas fuera de tu gusto, que cada bocado que tomes te sea bendecido mil veces».

4 «Apreciado amigo, ¡de ninguna manera te preocupes por mí, pues esta mujer de aquí es mi ama de casa», le interrumpió el comandante. «Ella se encargará de todo, y con una pequeña moneda decorada con la imagen del emperador habrá más que suficiente para todos nosotros».

5 Con estas palabras el comandante entregó a la comadrona una moneda de oro para un buen almuerzo, una buena cena y además, en cuanto fuera posible, para un mejor alojamiento de María.

6 En esto José intervino: «Noble amigo, te ruego que no te metas en gastos por nosotros, porque mira, para los pocos días que nos vamos a quedar estamos todavía muy bien abastecidos, gracias a Dios».

7 «Está bien tener suficiente, pero es mejor tener más», contestó el comandante. «Permíteme que de esta manera y con mucho gusto haga una ofrenda a tu Dios. Porque yo honro a los dioses de todos los pueblos.

8 De modo que también voy a honrar al tuyo; pues le aprecio desde que vi su Templo en Jerusalén. Tiene que ser un Dios muy sabio al haberos enseñado un arte de construcción tan impresionante».

9 «Amigo mío, si me fuera posible hacerte comprender que la naturaleza de nuestro Dios es única y exclusiva», le dijo José pensativo, «con gran alegría lo haría para tu mayor y eterno beneficio.

10 Pero soy un hombre débil y no soy capaz de ello. En cambio tú, si tienes interés, puedes buscar algunos de nuestros libros. Léelos y en ellos encontrarás detalles que te llamarán mucho la atención».

11 «Lo que acabas de aconsejarme ya lo hice hace tiempo», respondió el comandante, «y reconozco que realmente he encontrado cosas sorprendentes.

12 Entre otras di con una profecía que promete a los judíos un nuevo rey eterno. A ver si tú sabes interpretármela... ¿Cuándo y de dónde vendrá este rey?».

13 Con esta pregunta José se quedó desconcertado, pero al cabo de un rato respondió:

«Vendrá desde los Cielos como hijo eterno del Dios vivo. Y su Reino no será de este mundo sino del mundo del Espíritu y de la Verdad».

14 «Comprendo», dijo Cornelio, «pero también tengo entendido que este rey nacería de una virgen en un establo cerca de esta ciudad... ¿Cómo se entiende esto?».

15 «Reconozco que tienes una mente realmente aguda», observó José. «Lo único que puedo decirte respecto a ello es que vayas a ver a la joven con el Niño recién nacido y encontrarás a la virgen que andas buscando».

16 Cornelio se acercó a la virgen y, con gran atención, procuró averiguar si podría reconocer en el Niño a un futuro rey de los judíos.

17 Motivado por el mismo interés también se dirigió a María para averiguar cómo quedó encinta siendo tan joven.

18 «Noble señor, tan cierto como que mi Dios existe, jamás he conocido varón», le respondió ella con mucha sencillez.

19 «Hace nueve meses se me presentó un ángel del Señor y me dijo que iba a quedarme encinta por el Espíritu de Dios.

20 Y así ocurrió: quedé encinta sin haber conocido jamás a varón. Y aquí, delante de ti, está el fruto de aquella promesa tan milagrosa. ¡Dios es mi testigo!».

21 Volviéndose hacia las dos hermanas, Cornelio preguntó: «¿Qué os parece esta historia?

¿Acaso no pudiera ser una idea astuta de este anciano para sustraerse a su juez, para aparecer inocente de este embarazo ante el pueblo ciego e incrédulo?

22 Sé muy bien que en tales casos los judíos aplican la pena de muerte. Además, si realmente hubiera algo cierto acerca del nuevo rey de los judíos, entonces la situación sería mucho más grave que en el caso anterior, pues me vería obligado aplicar la ley del emperador con toda severidad. Porque esta ley exige sofocar cualquier rebelión en su origen. ¡Decidme la verdad para que sepa a que atenerme con esta familia!».

23 Pero Salomé le advirtió: «Cornelio, ¡guárdate de tomar cualquier medida contra esta familia que por una parte es pobre pero por otra rica.

24 Que me decapiten si no te digo la pura verdad. Todas las fuerzas de los Cielos obedecen a esta familia de la misma forma que te obedece a ti tu propio brazo; de esto me he convencido personalmente».

25 Con estas palabras Cornelio quedó aún más perplejo y preguntó a Salomé: «¿Entonces, también los santos dioses de Roma, sus héroes, sus armas y su fuerza invencible tendrán que obedecer a esta familia? Salomé, ¡piensa lo que estás diciendo!».

26 «Es tal como lo has dicho», confirmó ella, «de eso estoy completamente convencida. Y en caso de que no te lo creas, sal y fíjate en el Sol que ha salido hace ya cuatro horas pero que todavía está inmóvil en el horizonte y no se atreve a seguir su camino».

27 Cornelio salió de la gruta, observó el Sol y volvió a entrar. «Es verdad», dijo con asombro,

«tienes toda la razón. Si esto tiene relación con la familia, entonces les obedecerá hasta el dios Apolo.

28 Por consiguiente tiene que tratarse del más poderoso de todos los dioses, de Júpiter. ¡Va a repetirse la época de Deucalión y Pirra! En tal caso estoy obligado a informar a Roma».

29 En este momento aparecieron dos ángeles impresionantes, con sus rostros tan brillantes como el Sol y sus vestidos con la claridad de un relámpago. «Cornelio, ¡mantén en silencio todo lo que has visto!», le advirtieron, «¡de lo contrario incluso hoy pereceréis Roma y tú!».

30 Los dos ángeles desaparecieron, pero a causa de la visión un gran estupor se apoderó de Cornelio. Mirando a José, exclamó: «¡Hombre de Dios!, ¡aquí hay algo infinitamente más sublime que sólo un futuro rey de lo judíos; aquí esta aquel a quien obedecen todos los Cielos y todos los infiernos! ¡Dejadme marchar porque no merezco encontrarme tan cerca de Dios!».

21

Palabras de José acerca de la libre voluntad del hombre


1 José, perplejo por las palabras de Cornelio, reconoció: «Ni yo mismo tenía idea de la gran envergadura que encierra en sí este milagro.

2 Pero puedes creerme que detrás de todo ello hay fuerzas mayores invisibles, puesto que por asuntos de inferior importancia las potencias de los eternos Cielos no se movilizarían de esta manera.

3 Aun así todo ser humano dispone de su libre y espontáneo albedrío, y puede hacer lo que le parezca bien. Esto lo deduzco del aviso que acabas de recibir de los ángeles de Dios.

4 Porque mira: Sería fácil para el Señor controlar nuestra voluntad a través de su Omnipotencia, así como lo hace con los animales, y no nos quedaría otra posibilidad sino actuar de acuerdo con ella.

5 Pero no lo hace; simplemente nos da un mandamiento para que sepamos cuál es su Voluntad y para que lo cumplamos libremente.

6 Dado que no estás sujeto al menor imperativo que limite tu libre voluntad, también eres absolutamente libre de hacer lo que quieras. Si hoy quieres quedarte con nosotros, ¡quédate! Pero si no quieres o no te atrevas a quedarte, entonces eres absolutamente libre de marcharte.

7 Si yo fuera alguien para darte un consejo, por supuesto te aconsejaría que te quedases porque no puede haber otro lugar en el mundo en el que puedas estar en mejores condiciones que aquí, bajo la protección evidente de todas las potencias celestiales».

8 «Sí, hombre justo ante tu Dios y todos los hombres, tu consejo es bueno», contestó Cornelio. «De modo que voy a seguirlo y me quedaré contigo hasta mañana.

9 Sólo que voy a salir un rato con mi ama de casa para buscar algunas cosas que hagan que vuestra estancia aquí en la gruta os pueda resultar algo más agradable».

10 «Apreciado señor, haz lo que te parezca bien y habrá un día en que Dios te compensará», le respondió José.

11 De modo que el comandante y la comadrona se fueron a la ciudad. Allí Cornelio hizo pregonar por todas las calles que aquel día su oficina estaría cerrada. Luego llamó a treinta soldados, les dio tiendas de campaña, mantas y leña, y les mandó llevar todo a la gruta.

12 Mientras tanto la comadrona se ocupó de la comida y de la bebida en cantidad suficiente.

13 De vuelta a la gruta, el comandante hizo montar dentro de ella tres tiendas; la más cómoda para María, otra para él mismo y para José y sus hijos, y otra para la comadrona y su hermana.

14 En la tienda de María, entre otras comodidades convenientes, hizo preparar una cama muy blanda. Como hacía bastante frío en la gruta, Cornelio mandó que los soldados dispusieran un fuego y el mismo lo encendió.


22

Cornelio con la santa familia en la gruta. El nuevo y eterno Sol espiritual


1 De este modo Cornelio cuidó de la sagrada familia en cuya compañía se quedó hasta la noche.

2 Por la tarde volvieron los pastores para adorar al Niño y trajeron toda clase de ofrendas.

3 Pero cuando, al entrar en la gruta, vieron las tiendas y se enteraron de la presencia del comandante romano, quisieron huir por el miedo que le tenían.

4 Pues, algunos de entre ellos no habían cumplido con el censo y temían el castigo que les pudiera caer.

5 Pero el comandante los llamó, se acercó a ellos y les dijo: «No tengáis miedo de mí, pues os voy a perdonar vuestro descuido. No obstante, tenéis que comprender que hay que cumplir con la voluntad del emperador. Por eso venid mañana y os registraré con toda la benevolencia posible».

6 Los pastores, al darse cuenta de que el comandante era un hombre accesible, perdieron su temor; al día siguiente se presentaron en la oficina del comandante para inscribirse.

7 Después del incidente con los pastores, el comandante preguntó a José: «¿Acaso en adelante el Sol ya no se moverá del levante donde ahora está?».

8 «¡Este Sol que hoy ha salido para todo el mundo allí quedará para siempre! Pero lo que se refiere al Sol natural, de acuerdo con la Voluntad del Señor, continúa y continuará su camino habitual y se pondrá dentro de unas horas».

9 En el fondo ni José entendía sus propias palabras que fueron proféticas.

10 Pero el comandante insistió: «¿Qué estás diciendo? No he logrado entender el sentido de tus palabras, ¡háblame de una manera más comprensible!».

11 «Llegará un tiempo en que te calentarás con los santos rayos de este Sol», dijo José, «y te bañarás en la emanación de su espíritu.

12 No puedo decirte más porque ni yo logro entender lo que estoy diciendo. Pero te será revelado con el tiempo, cuando yo ya no exista».

13 El comandante desistió de hacer más preguntas y conservó estas palabras en el fondo de su alma.

14 Al día siguiente el comandante se despidió de toda la familia y les confirmó que mientras se quedaran allí iba a preocuparse de ellos, y que los guardaría durante toda su vida en su corazón.

15 Después volvió a sus quehaceres, y dio una moneda más a su ama de casa para que siguiera ocupándose de la familia.

16 Al irse el comandante, José dijo ante sus hijos: «¿Cómo es posible que un pagano sea mejor que muchos judíos? Tal vez es a esto a lo que se refieren las palabras de Isaías: “Ved, mis siervos lanzarán gritos de júbilo, mientras que vosotros gritaréis de aflicción y lloraréis de desesperación”». Los hijos se lo confirmaron: «Sí padre, no hay la menor duda de que estas palabras adquieren aquí toda su significación».


23

Los seis días en la gruta. El ángel avisa a José para que se ponga en camino hacia Jerusalén


1 José se quedó durante seis días en la gruta donde Cornelio le visitó diariamente preocupándose de que a la familia no le faltara nada.

2 Pero al sexto día por la mañana se le presentó un ángel a José que le dijo: «Procúrate unas tórtolas para marcharte a Jerusalén en cuanto llegue el octavo día.

3 Y que allí, de acuerdo con la ley, María las sacrifique. Hay que circuncidar al Niño y le daréis el nombre que os fue indicado.

4 Después de la circuncisión volved para quedaros aquí hasta que yo os indique cuándo y a dónde debéis poneros en marcha.

5 Sé que te prepararás para salir antes del tiempo indicado, pero te aseguro que no te irás ni un momento antes de que sea la Voluntad de aquel que está contigo en la gruta».

6 Después de estas palabras el ángel desapareció y José se dirigió a María para hablarle de su visita.

7 «Mira, José: Yo, sobre todo, soy una sierva del Señor, de modo que hágase en mí su Voluntad.

8 Esta noche he tenido un sueño en el que vi lo mismo de lo que me estás hablando ahora. Por eso te aconsejo que te preocupes por conseguir las tórtolas. Y al octavo día iré contigo de buen grado a la ciudad del Señor».

9 Poco después de esta conversación, se presentó el comandante de visita matinal. José le dijo que el octavo día tendría que ir a Jerusalén y le explicó la razón.

10 El romano le ofreció toda clase de facilidades y quiso dar orden de que le acompañaran hasta allí.

11 José se alegró de la buena disposición del comandante pero le contestó: «La Voluntad de mi Dios y Señor es que me vaya a Jerusalén de la misma manera que he venido aquí.

12 Y así lo haré para que el Señor no me castigue por mi desobediencia.

13 Si quieres hacerme un favor, entonces procura conseguirme dos tórtolas para que las pueda sacrificar en el Templo como lo exige la tradición, y guárdame este alojamiento.

14 Al noveno día volveremos aquí para quedarnos hasta cuando Dios quiera».

15 Cornelio se lo prometió y pronto volvió personalmente con una jaula llena de tórtolas para que José eligiera las más bonitas.

16 Después el comandante tuvo que volver a sus ocupaciones; la jaula de tórtolas la dejó de momento en la gruta para llevársela por la tarde.

17 Al octavo día, nada más ponerse José en camino hacia Jerusalén, Cornelio colocó un guardia delante de la gruta. Sólo podían entrar y salir los dos hijos mayores de José que se quedaron y Salomé que les traía de comer y de beber. La comadrona acompañó a José a Jerusalén.


24

La circuncisión del Niño. Simeón y el Niño


1 Al octavo día por la tarde (según nuestro cálculo actual a las 15 horas) el Niño fue circuncidado en el Templo y le dieron el nombre de Jesús, de acuerdo con lo que había indicado el ángel aún antes de que María hubiera concebido.

2 Con la virginidad de María comprobada, el plazo de tiempo para su purificación1 podía ser

considerado como suficiente. De modo que en ese mismo momento María fue purificada en el Templo.

3 Después de su circuncisión María tomó al Niño en sus brazos y, conforme a la ley de Moisés, José y María lo presentaron al Señor.

4 Porque está escrito: «Que todo varón primogénito sea consagrado al Señor,

5 y que como ofrenda sean sacrificados un par de tórtolas o de pichones».

6 María sacrificó las tórtolas que había traído, dejándolas en la mesa prevista. El sacerdote las aceptó y bendijo a María.

7 Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel, pues estaba penetrado del Espíritu de Dios.

8 Resulta que el Espíritu santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber contemplado a Jesús, el ungido de Dios y Mesías del mundo.

9 Movido por un impulso interno, Simeón vino al Templo donde encontró a José y a María con el Niño, dispuestos a cumplir lo que les prescribía la ley.

10 Simeón, nada más ver al Niño, se dirigió a sus padres y les rogó que le permitieran tomarlo un rato en sus brazos.

11 Los padres le conocían y le ofrecieron el Niño de buen grado.

12 Simeón lo tomó en sus brazos, lo acarició y, alabando a Dios con fervor, dijo al fin:

13 «Señor, de acuerdo con tu palabra ya puedes dejar que me vaya en paz

14 porque ahora mis ojos ya han visto al Salvador que nos prometiste a través de los ancianos y de los profetas.

15 Éste es a quien has preparado y anunciado:

16 Una Luz para los paganos y una Luz para la gloria de tu pueblo de Israel».

17 María y José quedaron atónitos ante las palabras de Simeón porque aún no podían entender lo que había dicho acerca del Niño.

18 Simeón devolvió al Niño y bendijo a los padres. Dirigiéndose a María, añadió:

19 «Éste es la piedra angular colocada para ruina y salvación de muchos en Israel, y por señal de contradicción.

20 Una espada de dolor atravesará tu alma para que se manifieste lo que está anunciado a muchos corazones».


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1 Según la tradición la mujer que ha dado a luz consta durante un cierto tiempo como impura. Dado el caso excepcional de la virginidad de María reconocida por el sumo sacerdote, su purificación pudo ser celebrada antes del tiempo habitual.

21 María no entendía estas palabras proféticas de Simeón; no obstante las grabó profundamente en su corazón.

22 También José lo hizo así, alabando a Dios y glorificándole en silencio.


25

Testimonio de la profetisa Ana en el Templo


1 Había en aquel tiempo una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser.

2 Además de ser de edad avanzada, era tan piadosa que cuando en su adolescencia se unió con un hombre, conservó su virginidad por amor a Dios durante siete años.

3 A los ochenta años se quedó viuda y se retiró al Templo del cual ya no salió más.

4 Allí, por su propio impulso, servía únicamente a Dios, rezando y ayunando día y noche.

5 Ana permaneció así durante cuatro años, hablando a todos que esperaban al Mesías con las palabras que el Espíritu de Dios le ponía en la boca. Con ocasión de la visita de José y María al Templo, Ana también se dirigió a ellos.

6 Cuando terminó sus palabras proféticas, también le pidió el Niño a María. Lo cogió en brazos y lo acarició, alabando a Dios.

7 Luego se lo devolvió a María con estas palabras: «Virgen afortunada, bendita eres y llena de Gracia porque eres la madre de mi Señor.

8 Pero nunca admitas que te alaben por ello porque el único digno de alabanza y adoración es El que está amamantándose en tu pecho».

9 Con estas palabras la profetisa se retiró. Y José y María, después de haber pasado tres horas en el Templo, fueron a la casa de un pariente para pasar la noche allí.

10 Pero al llegar encontraron la casa cerrada porque el pariente, a causa del mismo censo, también se había ido a Belén.

11 José no sabía qué hacer porque ya era de noche y a esas horas resultaba difícil encontrar alguna casa todavía abierta, más aún siendo víspera de sábado.

12 Para dormir al aire libre hacía demasiado frío, pues había escarcha en los campos y soplaba un viento helado.

13 José reflexionó y rogó al Señor que le ayudara a salir de dicho apuro.

14 De repente se le acercó un joven y distinguido israelita que le preguntó: «¿Qué haces a estas horas en la calle, con tantos como sois? Suponiendo que también seas israelita, ¿es posible que no conozcas nuestras costumbres?».

15 «Soy del linaje de David», se explicó José. «Resulta que estuve en el Templo para sacrificar una ofrenda a Dios y sin darme cuenta la noche me ha sorprendido. Ahora no encuentro alojamiento y estoy profundamente preocupado por mi familia».

16 «Entonces venid conmigo», le invitó el joven israelita, «y os daré una habitación por una pequeña moneda o su equivalente».

17 José siguió con los suyos al israelita a una casa magnífica donde en un anejo encontraron alojamiento en una habitación muy inhóspita.


26

Nicodemo reconoce al Señor


1 Cuando a la mañana siguiente José se preparaba para marcharse, el joven israelita se presentó con la intención de cobrar.

2 Pero al entrar en la habitación se apoderó de él un miedo tan enorme que no pudo pronunciar ni una palabra.

3 A eso, José se le adelantó: «Amigo, examíname y si encuentras algo que yo posea que pueda valer la moneda que vienes a cobrarme, entonces tómalo, pues no tengo dinero».

4 Al joven israelita le costó un poco recobrar su valor. «Hombre de Nazaret, ¡ahora te reconozco!», pronunció al fin, con la voz algo temblorosa. «Tú eres José el carpintero, el mismo a quien hace nueve meses el Templo entregó a María, la virgen del Señor.

5 Aquí veo a la misma virgen. ¿Pero qué has hecho con ella para que haya sido madre a los quince años? ¿Qué es lo que ha ocurrido?

6 Además, tú no puedes ser el padre, porque hombres de tu edad y temerosos de Dios como es tu caso nunca osarían hacer tal cosa.

7 Pero tienes hijos adultos... ¿Puedes garantizar que no es culpa de alguno de ellos? ¿Estás seguro que nunca los perdiste de vista y que siempre estuviste al tanto de sus intenciones?».

8 A esta altura de la conversación José le cortó la palabra: «Ahora también te reconozco a ti: Eres Nicodemo, un hijo de Benjam de la tribu de Leví. ¿Con qué derecho te atreves a pedirme cuentas que están totalmente fuera de tu incumbencia? El Señor me las pidió en el santuario del Templo y en el monte maldito y me justificó ante el sanedrín. ¿Qué clase de culpa esperas todavía encontrar en mí y en mis hijos?

9 Ve al Templo y pregunta al sanedrín y recibirás un testimonio justo sobre toda mi familia».

10 Estas palabras penetraron profundamente en el corazón de Nicodemo. «Pero, por el Amor de Dios, si es así, ¿cómo el posible que ella virgen haya dado a luz a un niño siendo virgen?», se preguntó en voz alta. «¿Es posible que se trate de un milagro? ¡Algo así no puede ser un hecho natural!».

11 En esto la comadrona se dirigió a Nicodemo. «Hombre, ¡por Dios!», le dijo, «¡aquí tienes el dinero por este alojamiento que no ha podido ser más modesto! Pero no nos detengas inútilmente porque tenemos que llegar hoy mismo a Belén.

12 Para que seas consciente de a quién has dado alojamiento tan mezquino como este, por un importe considerable, te digo que tus más espléndidas habitaciones ornamentadas con oro y piedras preciosas habrían sido demasiado pobres para la magnificencia de Dios, que ha entrado en esta celda a lo sumo aceptable para presos.

13 Ahora acércate y toca al Niño para que caiga la densa venda de tus ojos y veas quién te ha visitado. Yo, como comadrona de este Niño, tengo el derecho tradicional de permitirte que lo toques».

14 Nicodemo se acercó al Niño y lo tocó. Y por algunos momentos le fue concedida la visión espiritual, con lo que vio la Gloria de Dios.

15 En seguida cayó de rodillas ante el Niño y exclamó: «Dios mío, ¡qué inmensa Gracia y misericordia has de tener para que Tú visites así a tu pueblo!

16 ¿A qué castigo tendré ahora que someterme por haber ignorado la Gloria de Dios?».

17 «Tú, continúa tal como eres», le aconsejó la comadrona. «Pero guarda un completo silencio acerca de todo lo que aquí has visto, de lo contrario te tocará un severo castigo de Dios». Nicodemo devolvió la moneda y salió llorando del cuarto. José se puso en camino sin perder más tiempo. Y acto seguido Nicodemo mandó adornar este cuarto con oro y piedras preciosas.


27

Vuelta de la santa familia a Belén. Un pesebre como cuna para el niño


1 Por la tarde, una hora antes de la puesta del Sol, volvieron a Belén y de nuevo ocuparon la gruta.

2 Los dos hijos, Salomé y el comandante les recibieron con los brazos abiertos y les preguntaron cómo había ido el viaje.

3 José contó todo lo que les había ocurrido. Al final dijo que estaban todavía en ayunas, pues las modestas provisiones que se habían llevado no habían sido suficientes ni siquiera para María en su estado todavía algo débil.

4 Al oír eso, el comandante fue al fondo de la gruta y trajo una gran cantidad de alimentos de los permitidos a los judíos.

5 «Que tu Dios te los bendiga», le dijo a José. «Y también tú puedes bendecirlos conforme a vuestra costumbre. ¡Y que a todos os aproveche».

6 José dio gracias a Dios, bendijo la comida y todos comieron muy a gusto.

7 Como María había tenido todo el día al Niño en los brazos, se le empezaban a cansar. Por eso dijo a José:

8 «Si tuviera algo cerca para dejar al Niño, entonces podría descansar un poco y además el Niño dormiría mejor».

9 Nada más oír el deseo de María, el comandante fue de nuevo corriendo al fondo de la gruta y trajo un pequeño pesebre, que estaba pensado para las ovejas.

10 En seguida Salomé tomó paja y heno fresco para rellenarlo, lo cubrió con un paño nuevo y así preparó una pequeña cama bastante suave para el Niño.

11 María envolvió al Niño en pañales limpios, lo apretó contra su pecho y lo besó. Después se lo dio a José para que también lo besara y luego se lo dio a todos los demás. Después acostó al Niño en una cama realmente muy modesta para el Señor del Cielo y de la Tierra.

12 Como el Niño en seguida se durmió, ella pudo comer más tranquilamente y fortalecerse con la comida que el generoso comandante les había preparado.

13 «Ahora también me podéis preparar una cama a mí», dijo María después de haber terminado de comer. «Me siento muy fatigada del viaje y me gustaría descansar».

14 «Ven, María, madre de mi Señor, todo está ya preparado», le dijo Salomé.

15 María se levantó, tomó al Niño en sus brazos y rogó que le pusieran el pesebre en su tienda de campaña. Esta fue la primera noche después de haber dado a luz en la que María realmente pudo descansar.

16 El comandante mandó que calentaran piedras blancas en el fuego y que las colocaran alrededor de la tienda de María para que ella y el Niño no pasaran frío. Pues hacía una noche tan cruda que en el exterior de la gruta el agua se estaba helando.


28

José tiene prisa por marcharse. El comandante aconseja esperar todavía.

Noticia de una caravana persa. Herodes está buscando al Niño


1 «¿Para qué quedarnos más tiempo aquí?», se preguntó José al día siguiente. «María ya se ha recuperado. De modo que podíamos muy bien irnos, teniendo en cuenta que nos está esperando un hogar bastante más cómodo que éste».

2 Cuando José estaba preparándose para ponerse en camino, volvió el comandante que antes de amanecer ya había ido a la ciudad para resolver un asunto y le dijo a José:

3 «Hombre de Dios, ¿ya te estás preparando para volver a tu casa? Tengo que aconsejarte que no te vayas ni hoy, ni mañana, ni pasado.

4 Pues mira: Acabo de recibir noticias de mis hombres que esta mañana volvieron de Jerusalén, y resulta que tres caravanas persas han llegado allí.

5 Los jefes, tres magos, han pedido información a Herodes sobre el recién nacido rey de los judíos.

6 Y como Herodes no sabía nada, hizo venir a los sacerdotes para que le informaran dónde iba a nacer el ungido.

7 Los sacerdotes le indicaron que según decía la Escritura tendría que acontecer en Belén de Judea.

8 Después de haber despedido a los sacerdotes, Herodes, acompañado de todos sus servidores, visitó a los tres jefes de las caravanas para comunicarles lo que estos le habían dicho.

9 Y les recomendó que buscaran al nuevo ungido de los judíos con todo empeño, rogándoles que después se lo comunicaran porque él, Herodes, también quería ir a rendirle homenaje.

10 Pero sabes, mi apreciado amigo José, que no me fío de los persas y aún menos de Herodes que es extremadamente ambicioso.

11 Dicen que estos persas son magos que supieron el nacimiento por la aparición de una estrella muy particular, lo que en principio no sería imposible teniendo en cuenta la gran cantidad de milagros que aquí hubo al nacer el Niño, por lo que es posible que también ellos vieran en Persia algo parecido.

12 Es evidente que buscan a este Niño. Y si lo encuentran los persas, también lo encontrará Herodes.

13 De modo que tendremos que mantenernos alertas para escapar a las garras de este zorro astuto.

14 Por eso tendrás que quedarte al menos tres días en este lugar apartado. Y yo, mientras tanto, ya encontraré una manera de despistar a los rastreadores del rey de los judíos. Tengo doce legiones a mis órdenes. De modo que no te preocupes. Ahora sabes todo lo necesario. ¡Por eso, de momento, quédate aquí! Ahora me voy y volveré a mediodía».

15 José estaba intimidado por estas noticias y, con toda devoción porque se cumpliese la Voluntad del Señor, esperaba que la situación tan complicada se solucionase.

16 Cuando José contó a María todo lo que el comandante le había dicho, ella respondió simplemente:

17 «¡Hágase la Voluntad del Señor! Ya hemos pasado por otras amarguras y al final el Señor siempre las convirtió en miel.

18 Si los persas vienen a visitarnos, puedes estar seguro de que no lo harán con malas intenciones.

19 E incluso aunque tramasen algo contra nosotros, gracias al Señor, tendríamos la protección del comandante».

20 «A los persas no les temo tanto como al mismo Herodes que es un animal feroz en forma humana», observó José. «¡Hasta el comandante le teme!

21 Si los persas descubren que nuestro Niño es el nuevo rey ungido, tendremos que huir vergonzosamente.

22 Porque entonces incluso nuestro comandante tendrá que volverse nuestro enemigo por lealtad al imperio romano y por su propia seguridad. Y en vez de protegernos nos tendrá que perseguir para no ser considerado rebelde.

23 Estoy seguro que es consciente del compromiso en que se encuentra y no quiere decírnoslo; lo deduzco de ciertas dudas que me confió acerca de Herodes.

24 Será por eso por lo que insiste tanto en que nos quedemos tres días más aquí. Si todo va bien, seguro que seguirá siendo nuestro amigo.

25 Pero si las cosas van mal, encerrados aquí en la gruta, nos tendría completamente en sus manos para entregarnos a la crueldad de Herodes y, encima, recibiría una condecoración por haber exterminado de manera astuta al rey de los judíos que un día podría ser peligroso para el imperio romano».

26 «No le des vueltas a la cabeza con conjeturas vanas», añadió María. «Mira, hemos bebido del agua maldita y no nos ha ocurrido nada. ¿Por qué afligirnos ahora, teniendo en cuenta los muchos testimonios de la Gloria de Dios que ya se han manifestado gracias a este Niño? Suceda lo que suceda, te digo que el Señor es más poderoso que los persas, Herodes, el emperador de Roma y el comandante con sus doce legiones. Así que tranquilízate, ¡ya ves lo tranquila que estoy yo!

27 Además de eso estoy convencida de que el comandante hará todo lo posible antes de ser obligado a la fuerza a volverse nuestro enemigo».

28 Estas palabras de María hicieron que José se tranquilizara. De modo que se conformó en hacer lo único que podía, esperar la vuelta del comandante. Mientras tanto los hijos calentaron la gruta y cocieron algunas frutas.


29

La caravana persa delante de la gruta.

Los tres sabios dan un buen testimonio del Niño


1 José estaba esperando al comandante ansiosamente. Ya era mediodía pero aún no había llegado.

2 Por eso José se dirigió al Señor: «Dios mío, te ruego que no permitas que me tenga que afligir de esta manera. Ya sabes que soy bastante viejo y por lo tanto también débil.

3 ¡Fortaléceme anunciándome qué es lo que debo hacer!».

4 Apenas hubo terminado esta oración, el comandante se presentó en la gruta jadeante.

5 «Ahora mismo vuelvo de una marcha que he hecho hasta Jerusalén con una legión entera», dijo a José, «con el fin de descubrir algo sobre la caravana persa.

6 Coloqué espías por todas partes, pero sin resultado. Pero puedes estar tranquilo. Si se aproximan darán con algunos de mis guardias.

7 Y entonces le será difícil romper estas líneas y avanzar hasta aquí sin que los haya interrogado y examinado. Ahora mismo voy a volver a irme para aumentar la guardia. Al anochecer estaré de vuelta».

8 El comandante partió a toda prisa y, más sosegado, José alabó a Dios. «Podéis servir la comida», dijo a sus hijos, «y tú, Salomé, pregúntale a María si quiere comer con nosotros en la mesa o si prefiere que le llevemos la comida a su lecho».

9 En este momento María, con el Niño en brazos, salió de su tienda y dijo con buenos ánimos: «Como me siento bastante fuerte, tomaré la comida con vosotros en la mesa. Pero traedme el pesebre para el Niño».

10 El buen ánimo de María causó mucha alegría a José que por su parte escogió los mejores bocados para ella. Todos alabaron al Señor y comieron y bebieron con mucho apetito.

11 Apenas terminada la comida, se escuchó un gran alboroto delante de la gruta.

12 Joel salió y vio una gran caravana de persas con camellos de carga.

13 Llamando a su padre, exclamó: «Por Dios, ¡estamos perdidos! Mira, ¡los terribles persas están aquí con muchos camellos y un gran séquito!

14 ¡Están montando sus tiendas de campaña en círculo alrededor de nuestra gruta y tres jefes adornados con oro, plata y piedras preciosas descargan sacos dorados, y parecen tener la intención de entrar aquí!».

15 La noticia asustó a José profundamente. Sólo con un gran esfuerzo pudo pronunciar las palabras: «Señor, ten piedad de tu siervo pecador, ¡ahora, sí, estamos perdidos!». María, a su vez tomó al Niño entre sus brazos y dijo con valor: «¡Mientras yo viva no me quitarán al Niño!».

16 Desde la gruta José y sus hijos observaron furtivamente a los persas para ver lo que hacían.

17 Al ver la gran caravana y las muchas tiendas montadas, José se afligió aún más. De nuevo empezó a implorar fervorosamente al Señor para que les salvara.

18 En este mismo momento el comandante, en montura de combate, se presentó con mil guerreros e hizo que se apostaran a ambos lados de la gruta.

19 Y el mismo comandante se dirigió a los tres magos para preguntarles el motivo de su visita y cómo habían podido llegar hasta allí sin que nadie les hubiera visto.

20 Los tres le respondieron al unísono: «¡No nos tomes por enemigos, pues ya ves que no llevamos armas con nosotros, ni abierta ni ocultamente.

21 Somos astrónomos persas y conocemos una antigua profecía en la que dice que en este tiempo les nacería a los judíos el Rey de los reyes y que una estrella indicaría el lugar de su nacimiento.

22 Y los que vieran esta estrella tendrían que seguirla porque allí donde parase se encontraría al Salvador del mundo.

23 Ved la estrella que incluso a la luz del día es visible para todos encima de este establo. Ella ha sido nuestro guía y puesto que se ha parado aquí, hemos llegado al lugar donde se encuentra la maravilla de las maravillas: un niño recién nacido, el Rey de los reyes, el Señor de los señores desde y para toda la eternidad.

24 Tenemos que verle, adorarle y ofrecerle nuestra mayor veneración. Por eso no nos impidas entrar, pues no es una estrella mala la que nos ha guiado hasta aquí».

25 Guiado por estas palabras el comandante se fijó en una estrella que se encontraba justo encima de ellos. Parecía estar a poca altura y su luz era casi tan potente como la del Sol.

26 Al verificarlo, el comandante dijo a los tres magos: «Vuestras palabras y la estrella me han convencido de que sois de buena índole. Pero aún no comprendo cuál era vuestra intención al ir junto a Herodes a Jerusalén. ¿Acaso la estrella también os mostró ese camino?

27 ¿Por qué vuestro guía milagroso no os condujo directamente hasta aquí, teniendo en cuenta que este era el destino de vuestro viaje? ¡Explicádmelo, de lo contrario no entraréis en la gruta!».

28 Los tres contestaron: «Eso sólo lo sabrá el Altísimo. Seguramente que habrá sido parte de su plan porque ninguno de nosotros teníamos la intención de ver Jerusalén ni de lejos.

29 Puedes creernos que la gente de Jerusalén no nos ha gustado en absoluto, y mucho menos el rey Herodes. Pero una vez allí, con toda la ciudad alerta, hemos tenido que decirles cuál era nuestro propósito.

30 Los sacerdotes nos orientaron a través del rey Herodes y este nos rogó que le informáramos acerca del nuevo Rey, para que, como dijo, también él pudiera venir a rendirle homenaje».

31 El comandante replicó: «¡Ni se os ocurra!, ¡pues yo conozco su índole y su malvada intención! ¡Mejor os tomo como rehenes! De momento voy a entrar sólo en la gruta para comentar este asunto con el padre del Niño».


30

Los tres sabios adoran al Señor en el Niño.

Los espíritus de los tres sabios son Adán, Caín y Abraham


1 A José, al enterarse de la conversación, se le quitó un gran peso de encima.

2 De modo que el comandante volvió y al entrar en la gruta le comentó la situación:

3 «Los hombres orientales que están ahí fuera esperando han encontrado la gruta con la ayuda de Dios. Los he registrado concienzudamente y no he podido encontrar nada sospechoso.

4 De acuerdo con la promesa de su dios ellos quieren rendir homenaje al Niño. Si te parece bien, los puedes dejar entrar sin la menor preocupación».

5 «Si es así», dijo José sosegado, «entonces alabo a Dios, pues de nuevo me ha quitado un peso de encima.

6 Ahora mismo voy a mirar a María a ver cómo se encuentra porque al enterarse de que los persas empezaban a acampar alrededor de la gruta se ha llevado un gran susto. Y para evitarle otro nuevo tengo que advertirle que estos señores van a entrar en la gruta».

7 El comandante estuvo de acuerdo y José informó a María de la situación.

8 La madre estaba de buenísimo ánimo y le respondió: «Paz a todos aquellos cuyo corazón está lleno de buena voluntad y se dejan guiar por Dios.

9 ¡Cuando el Espíritu del Señor se lo indique que vengan, y su fidelidad hacia Él será bendecida! En cuanto a mí, no les tengo el menor miedo.

10 Pero quédate cerca de mí, pues no sería conveniente que yo los recibiera sola en mi tienda».

11 «Si tienes suficientes fuerzas, levántate con el Niño y lo pondremos en el pesebre aquí delante de ti; así podrán venir los visitantes a rendirle homenaje».

12 Dicho y hecho, José avisó al comandante de que estaban preparados para recibir a los visitantes.

13 «Dentro de lo que nuestra modesta situación nos permite estamos preparados. Que entren los tres cuando quieran».

14 El comandante salió para informarlos. Felices por haber conseguido permiso para entrar, los tres se arrodillaron y alabaron a Dios.

15 Luego tomaron los sacos de oro y, con sumo respeto, entraron en la gruta; en este momento el Niño brillaba con luz muy fuerte.

16 Cuando vieron al Niño en el pesebre, se postraron a pocos pasos de Él y lo adoraron con fervor.

17 Permanecieron absortos en su adoración hasta que empezaron a levantarse lentamente al cabo de una hora. De rodillas y con lágrimas en los ojos, miraron al Señor, Creador del infinito y la eternidad.

18 Los nombres de los tres eran Melchor, Gaspar y Baltasar.

19 El primero, que tenía el espíritu de Adán, dijo: «¡Alabad y honrad a Dios, hosanna a Dios trino y uno de eternidades en eternidades!».

20 A continuación tomó el saco tejido con hilo de oro que contenía treinta y tres libras del incienso más fino, y con el mayor respeto lo entregó a María con las siguientes palabras:

21 «Apreciada madre, toma sin vacilación esta pequeña ofrenda material como testimonio de la gran fe que en adelante llenará todo mi ser. Acepta este simple tributo material que toda criatura racional, desde el fondo de su corazón, debe a su Creador omnipotente».

22 María tomó el pesado saco y lo entregó a José. El donador se retiró a la entrada de la gruta donde de nuevo se puso de rodillas para adorar al Señor en el Niño.

23 A continuación se levantó el segundo, un negro que tenía el espíritu de Caín y que traía un saco más pequeño pero del mismo peso, lleno de oro puro. Entregándoselo a María, dijo:

24 «Señor de toda magnificencia, te traigo una ofrenda que es insignificante en relación con lo que correspondería al Rey de los espíritus y de los hombres de la Tierra. ¡Acéptalo, oh madre que diste a luz a aquel que la lengua de todos los ángeles nunca será capaz de expresar!».

25 María tomó el segundo saco y también lo pasó a manos de José. El sabio se levantó, se juntó con el primero y también se puso de rodillas para continuar su adoración del Señor en el Niño.

26 Finalmente se levantó el tercero, tomó su saco de mirra muy fina, esencia aromática que en aquella época tenía un gran valor, y se lo entregó a María con las siguientes palabras:

27 «El espíritu de Abraham está conmigo, y ahora presencia el día del Señor que con tanta ansia había esperado.

28 Yo, Baltasar, ofrezco en miniatura lo que en realidad correspondería al Niño de los niños. Acéptalo, madre de toda Gracia. Una ofrenda mayor que esta la guardo en mi pecho, que es mi amor; esta será la ofrenda verdadera y eterna para el Niño».

29 María también aceptó este saco que pesaba treinta y tres libras como los demás, y se lo entregó a José. Luego el mago se unió a los otros dos para continuar la adoración del Niño. Más tarde, los tres salieron de la gruta y se dirigieron a sus tiendas.


31

Las tres dádivas benditas de Dios: su santa Voluntad, su Gracia y su Amor


1 Una vez que los tres magos hubieron salido de la gruta, María dijo:

2 «Mira, José, que eres pesimista y desconfiado... ¿Ves como el Señor cuida de nosotros, maravillosamente?

3 ¿Quién de nosotros hubiera podido soñar con algo parecido? De nuestro excesivo temor y de todas nuestras preocupaciones Él ha hecho una gran bendición, de modo que las ha transformado en una inmensa alegría.

4 Precisamente vimos adorar al Niño como tan sólo se adora a Dios precisamente a aquellos de quienes habíamos sospechado que iban a amenazar su vida.

5 Y encima de todo hasta nos han traído regalos de tanto valor que con ellos podríamos fácilmente conseguir una buena Tierra en la que podríamos dar una buena educación al divino Niño, una educación del agrado de Dios.

6 Desde hoy tenemos aún más motivos que nunca para agradecer al Señor su bondad; voy a alabarle toda la noche... Pues Él acabó con nuestra pobreza. De modo que en este sentido ya no tenemos de qué preocuparnos. ¿Cómo lo ves tú, José?».

7 «Sí María, Dios es infinitamente bueno para todos los que le aman por encima de todo y ponen toda su esperanza en Él», le respondió. «Pero pienso que como los regalos le fueron ofrecidos al Niño, no tenemos derecho a emplearlos como bien nos parezca.

8 El Niño es hijo del Altísimo. Por eso, antes que nada, tendremos que preguntarle al Padre excelso qué es lo que debemos hacer con estos tesoros.

9 Cumplamos lo que Él disponga... Sin conocer cuál es su Voluntad, no los tocaré en toda mi vida. Prefiero que nos ganemos nuestro sustento bendito aunque sea con el trabajo más duro del mundo.

10 ¿Acaso, hasta ahora, no he sido capaz de alimentaros con el trabajo bendito de mis manos? Y ya veréis como también podré hacerlo en el futuro.

11 No te dejes llevar por lo que se pueda hacer con los regalos, sino únicamente por la Voluntad del Señor, su Gracia y su Amor.

12 Estas son las tres mayores dádivas que nos concedió el Señor una vez para siempre. Te digo que para mí su santa Voluntad es el incienso más delicioso, su Gracia el oro más puro, y su Amor la mirra más exquisita.

13 De estos tres tesoros nos podremos siempre servir sin límites. Pero debemos tocar el incienso, el oro y la mirra de los sacos dorados sin tener en cuenta los tres tesoros fundamentales que hasta ahora, y siempre, nos han dado el mejor resultado.

14 Esto es lo que haremos y sé que el Señor nos mirará con la mayor benevolencia, ¡que esta benevolencia sea nuestro mayor tesoro!

15 Qué te parece, María, ¿no es ésta la mejor aplicación que les podemos dar a los tesoros?».

16 María quedó tan conmovida que se le llenaron los ojos de lágrimas y alabó la sabiduría de José. También muy emocionado, el comandante le abrazó y le dijo: «¡Realmente, tú eres un hombre que vive de acuerdo con la Voluntad de tu Dios!».

17 El Niño miró a José con una sonrisa y levantó una manita como si quisiera bendecirle.


32

El ángel, consejero de los tres sabios


1 Los tres sabios se juntaron en una de sus tiendas para discutir lo que debían hacer:

2 «¿Vamos a cumplir con la palabra que hemos dado a Herodes o sería mejor que faltemos a ella por primera vez?

3 Si tomamos otro camino para volver a nuestro país, ¿cómo sabremos si es seguro?».

4 Y entre ellos se preguntaban: «¿Quién sabe si la estrella milagrosa que nos ha traído hasta aquí también nos guiará a nuestra Tierra si tomamos otro camino que el que ella nos indica?».

5 De repente, mientras que los sabios estudiaban el asunto, apareció un ángel entre ellos que les dijo: «No os preocupéis, el camino está libre;

6 Pues mañana seréis guiados a vuestra patria, sin pasar por Jerusalén, tan derechamente como cae un rayo de Sol sobre la Tierra al mediodía».

7 Apenas pronunciadas estas palabras, el ángel desapareció y los tres se acostaron. A la mañana siguiente, muy temprano, se pusieron en camino y con fe en el Dios único llegaron a su patria por el camino más corto.

8 En la misma mañana de la salida de los tres magos, José preguntó al comandante cuánto tiempo debía de quedarse todavía en la gruta.

9 «Hombre de mi mayor consideración, ¿acaso crees que te retengo como a un prisionero?», exclamó el comandante. «¡Vaya idea más absurda!

10 Yo, un gusano ante el poder de tu Dios, ¿cómo iba a mantenerte cautivo? ¿Pero cómo es posible que las precauciones que tomo por amor hacia ti las interpretes como un encarcelamiento?

11 Del alcance de mi poder eres libre en cuanto quieras; puedes ir a donde te dé la gana aun cuando mi corazón siempre desee retenerte aquí porque os ama profundamente a ti y al niño.

12 Ten todavía un poco de paciencia por algunos días. En seguida mandaré algunos espías a Jerusalén para que vigilen la actitud de Herodes por si acaso los persas no cumplen su palabra.

13 Entonces sabré a qué atenerme y os protegeré contra cualquier persecución por parte de esa fiera humana.

14 Puedes creerme, Herodes es el mayor enemigo de mi corazón y voy a combatirle cuando y donde pueda.

15 Por cierto no soy más que un comandante subordinado al general que reside en Sidón y Esmirna, y que manda las doce legiones de Asia.

16 Por otro lado, como soy patricio, tampoco soy un centurión corriente. Este título me autoriza a mandar sobre las doce legiones de Asia y si las necesitase, no preciso la aprobación de Esmirna. Como patricio no tengo más que mandarles para que me obedezcan. De modo que puedes contar conmigo si a Herodes se le ocurriera a sublevarse».

17 José agradeció al comandante sus atenciones. Sin embargo aún argumentó:

18 «Sabes la gran estima en que te tengo y te agradezco lo mucho que te empeñaras en vigilar a los persas. Pero a la hora de la verdad, ¿qué resultado tuvieron tus esfuerzos?

19 Pese a los mil vigilantes que colocaste a los persas, pudieron llegar hasta aquí y ya tenían sus tiendas de campaña levantadas antes de que vieras al primero de ellos.

20 Si entonces el Señor, mi Dios, no me hubiera protegido, ¿dónde estaría yo ahora pese a toda tu ayuda? Antes de que hubieras llegado, habrían tenido tiempo más que suficiente para acabar conmigo y con toda mi familia.

21 Por eso, como amigo muy agradecido, te digo que la ayuda de los seres humanos no vale para nada porque ante Dios no son nada.

22 De modo que si Dios quiere ayudarnos, y Él es el único que nos puede ayudar, no vale la pena que nos empeñemos tanto, porque a pesar de todo nuestro empeño siempre se cumplirá la Voluntad del Señor y nunca la nuestra.

23 Por eso no te expongas inútilmente en Jerusalén, lo que es muy arriesgado; pues no ganamos nada con ello sino al contrario, si descubrieran que estás espiando, sólo conseguirías crear una situación amarga para ti mismo.

24 Seguro que esta noche el Señor me revelará las intenciones de Herodes y lo que tengo que hacer. De modo que podemos estar tranquilos y dejar que el Señor reine sobre nosotros, con lo que todo andará bien».

25 El comandante se quedó desconcertado ante estas palabras de José y al mismo tiempo sintió mucho que rechazara su ayuda.

26 «Apreciado amigo mío», continuó José, «me parece que estás disgustado porque te aconsejo que no te preocupes por nuestra causa.

27 Pero, considerándolo bien, hasta tú mismo tienes que llegar obligatoriamente a la misma conclusión.

28 ¿Quién de nosotros jamás ha contribuido a que el Sol, la Luna y las demás estrellas anduvieran su camino por el firmamento? ¿O acaso alguno de nosotros ha podido dar ordenes a los vientos y a los rayos?

29 ¿Quién cavó el lecho del enorme mar? ¿Quién indicó el rumbo a los grandes ríos?

30 ¿Dónde está el pájaro al que hayamos enseñado el vuelo rápido y al que hayamos dado su garganta armoniosa y sonora?

31 ¿Dónde la hierba para la cual criamos la semilla viva?

32 Todo esto el Señor lo hace diariamente. Si su actividad poderosa y maravillosa en cada momento te hace recordar su presencia infinitamente amorosa, ¿cómo puedes desconcertarte si yo, muy amigo tuyo, llamo tu atención sobre el hecho de que ante Dios toda ayuda por parte del hombre es inútil?».

33 Con este razonamiento de José el estado de ánimo del comandante mejoró visiblemente. No obstante, en secreto, todavía mandó a algunos espías a Jerusalén para enterarse de lo que allí pasaba.


33

Preparación de la huida a Egipto


1 A María y a José se les presentó en sueños aquella noche un ángel que les dijo:

2 «José, vende los tesoros y cómprate algunos animales de carga porque con toda tu familia tienes que huir a Egipto.

3 Herodes, al verse traicionado por los tres sabios, se irritó sobremanera y decidió mandar matar a todos los niños menores de doce años.

4 Su idea era que los tres le indicasen el lugar donde se encontraba el nuevo rey recién nacido con el fin de poder mandar a sus verdugos para que mataran al Niño.

5 Nosotros, los ángeles de los Cielos, recibimos la Orden del Señor, antes de su encarnación en este mundo, de que veláramos cuidadosamente por vuestra seguridad.

6 Por eso vine a informarte sobre lo que Herodes hará al no poder apoderarse con certeza de aquel a quien está buscando.

7 El propio comandante tendrá que prestarle su apoyo si no quiere que le denuncie al emperador. Por eso tendrás que emprender el viaje mañana mismo.

8 Puedes comunicárselo todo al comandante y él te ayudará en esta salida precipitada. Así sea, en el nombre de aquel que vive y está amamantándose del pecho de María».

9 En esto los dos se despertaron. Con voz tímida, María llamó a José para contarle el sueño que había tenido. Este, al ver que se trataba de su misma visión, le dijo:

10 «María, no hay motivos para preocuparnos. Aún antes del mediodía estaremos al otro lado de la montaña y dentro de siete días en Egipto.

11 Como ya está amaneciendo voy a salir a hacer los preparativos necesarios para poder marcharnos lo antes posible».

12 Y José salió junto con sus tres hijos mayores, llevándose los tesoros para vendérselos a un cambista. Este en seguida les abrió la puerta y les pagó su equivalente real.

13 Luego, acompañado por un sirviente del cambista, José fue a un vendedor de caballos y compró seis burros fuertes de carga. Así equipado volvió a la gruta.

14 Allí ya le estaba esperando el comandante que le contó las noticias crueles llegadas de Jerusalén.

15 El comandante, al comprobar que José no se extrañaba, le pidió explicaciones:

16 «Apreciado amigo, todo lo que ahora me estás diciendo, y con muchos más detalles acerca de las intenciones de Herodes, ya me lo ha revelado el Señor esta noche tal como iba a suceder.

17 Incluso tú mismo tendrás que prestarle apoyo porque ha mandado que maten a todos los niños de Belén y sus alrededores, desde los recién nacidos hasta los de doce años, para estar seguro de que entre ellos también se encuentre el mío.

18 Tengo que huir hoy mismo hacia donde me lleve el Espíritu del Señor para escapar a la crueldad de Herodes.

19 Ahora te ruego que me indiques el camino más seguro hacia Sidón porque partiré en una hora».

20 Oyéndolo, el comandante se enfureció tanto contra Herodes que le juró venganza eterna:

21 «Te digo que tan seguro como que ahora el Sol se levanta y tan cierto como que tu Dios existe, yo, un verdadero patricio de Roma, prefiero dejar que me crucifiquen antes de que tal acción de esa fiera humana quede sin castigo.

22 Ahora mismo voy a acompañarte personalmente por las montañas y con una buena escolta. Una vez que sepa que estás seguro, volveré para mandar un mensajero a Roma que informe al emperador sobre todo lo que Herodes esta haciendo.

23 Por mi parte haré todo lo posible para que fracasen los planes de esta fiera humana».

24 Y José le dijo: «Amigo mío, si piensas que puedes conseguir algo, procura salvar entonces si te es posible por lo menos a los niños de tres a doce años.

25 A los menores de tres años y a los recién nacidos no los podrás salvar.

26 Incluso la salvación de los mayores de tres años no la conseguirás a la fuerza sino sólo con astucia.

27 Pero el Señor te guiará y para ello no hará falta que reflexiones mucho sobre qué es lo que hay que hacer porque Él te inspirará en secreto».

28 El comandante protestó: «¡No!, ¡no se puede derramar la sangre de los niños! ¡Antes usaré la fuerza militar!».

29 A lo que José contestó: «¿Qué harás si Herodes ya hubiera salido de Jerusalén con una legión romana? ¡Se supone que no vas a luchar contra tu propio ejército! Así que haz lo que el Señor te inspire para que finalmente puedas salvar pacíficamente al menos a los que tengan de tres a doce años». El comandante se rindió a la evidencia.


34

La huida. El incidente de los ladrones. José llega a Tiro


1 Después de la conversación con el comandante José se dirigió a sus hijos para decirles que preparasen los animales:

2 «Los seis burros nuevos son para vosotros y para mí, y el viejo que ya está acostumbrado a María es para ella. Llevad tantos alimentos como podáis. Como recuerdo y como recompensa por la atención que ha tenido hacia nosotros le dejaremos a la comadrona el buey y el carro».

3 De modo que la comadrona se quedó con el buey y con el carro, y en adelante el animal ya no fue utilizado para trabajo alguno.

4 A Salomé le hubiera gustado ir con la familia y se lo propuso a José.

5 «Eso depende únicamente de ti misma», le respondió. «Tú sabes que soy pobre y que en caso de que quisieras servirnos como criada no te podría pagar salario.

6 Pero si tienes medios para alimentarte y vestirte y estás preparada para preocuparte por nuestro bien, entonces serás bienvenida».

7 «Hijo del gran rey David, mis ahorros son suficientes no sólo para mí sino también para toda tu familia, y esto durante cien años», le anunció Salomé,

8 «pues soy más rica en bienes mundanos de lo que te puedes imaginar. Espérame sólo una hora y estaré de vuelta con muchos tesoros».

9 Pero José le contestó: «Oye, Salomé, tú eres una viuda joven y además eres madre. De modo que también tendrás que traer a tus dos hijos.

10 Todo esto te causará mucho trastorno. Yo, sin embargo, ya no puedo perder ni un minuto más porque dentro de tres horas Herodes estará aquí y, en una, ya se habrá presentado su vanguardia.

11 De modo que comprenderás que de ninguna manera puedo esperar a que te hayas preparado.

12 A mí me parece mejor que te quedes. Así, por lo menos, no me harás perder tiempo. Si es la Voluntad del Señor que algún día volvamos, entonces será para quedarnos en Nazaret.

13 Si estás dispuesta a prestarme un servicio, entonces, en cuanto puedas, ve a Nazaret. Allí, para que mi propiedad no caiga en manos de extraños, arriéndala por tres o hasta tal vez por diez años».

14 Finalmente Salomé desistió de su idea y se conformó con este encargo.

15 José abrazó al comandante y le bendijo; y a María le dijo que ya había llegado la hora que montase en el burro con el Niño.

16 Viendo que todos estaban preparados para el viaje, el romano todavía le preguntó a José:

«¿Amigo mío, ¿piensas que alguna vez volveré a verte, y también al Niño y a su madre?».

17 «Antes de que pasen tres años te volveré a saludar junto con el Niño y con su madre. De eso puedes estar seguro. Pero ahora déjanos ir. Amen».

18 Todos tomaron sus animales y salieron de la gruta.

19 Pero nada más salir, se vieron rodeados por una gran muchedumbre. Todos querían ver la partida del recién nacido, pues se habían enterado de ello por la comadrona y por el cambista.

20 A José esta curiosidad popular le resultaba muy inoportuna, por lo que rogó al Señor que le liberase de la indiscreción de de estos ociosos indiscretos.

21 En ese mismo instante cayó sobre toda la ciudad una niebla tan densa que nadie podía ver más allá de cinco pasos.

22 La gente se retiró contrariada, mientras que José, el comandante y Salomé que lo acompañaban, pudieron alcanzar las montañas próximas sin ser vistos.

23 Cuando llegaron a la frontera de Judea con Siria, el comandante le entregó un salvoconducto para Cirenio, gobernador de Siria.

24 José se lo agradeció mucho y el comandante le explicó: «Cirenio es mi hermano. No hace falta que te diga más. ¡Buen viaje y buen regreso!». El comandante y Salomé dieron la vuelta y la pequeña caravana siguió su camino.

25 Hacia el mediodía José alcanzó la cumbre de la montaña, que entonces los romanos llamaban «Celesiria», ya totalmente en Siria, a doce horas de Belén.

26 Había sido preciso hacer este desvío porque desde Palestina no había ningún camino seguro hacia Egipto.

27 El primer día la familia llegó hasta cerca de la pequeña ciudad de Bostra donde pasó la noche. En aquella ocasión unos ladrones quisieron aprovecharse de la oportunidad para robarle,

28 pero al ver al Niño, cayeron de rodillas ante Él y huyeron espantados hacia la montaña.

29 Al día siguiente, José atravesó otra montaña y por la noche llegó hasta cerca de Panea, una pequeña ciudad en la frontera entre Palestina y Siria.

30 Al tercer día llegó a la provincia de Fenicia y se dirigió hacia Tiro, donde al cuarto día, provisto de la carta de recomendación, visitó a Cirenio que en aquellas fechas residía allí para resolver algunos asuntos urgentes.

31 Cirenio recibió a José con gran amabilidad y le preguntó si le podía ser útil. «Intento ir a Egipto de la manera más segura», fue la respuesta de José.

32 «Pero hombre, ¡menuda vuelta la que has dado!», exclamó Cirenio. «Palestina está mucho más cerca de Egipto que Fenicia. Ahora te tocará volver por Palestina... Desde aquí tendrás que ir por Samaria, Joppe, Ascalón, Gaza, Geras y Elusa que está en Arabia».

33 Al oírlo, José se puso muy triste por haber dado semejante vuelta. Pero Cirenio tuvo compasión de él: «Tu situación me aflige, aunque seas judío y por tanto enemigo de los romanos. Pero como mi hermano que es todo para mí te quiere tanto, también yo estoy dispuesto a prestarte un servicio.

34 Mañana un barco, pequeño pero seguro, saldrá de aquí para Zoán, en Egipto. También te daré una carta de recomendación que te permitirá vivir allí. Por hoy eres mi invitado; ya puedes decir a tus hijos que traigan vuestro equipaje».


35

La sagrada familia en la casa de Cirenio


1 José salió para buscar a su familia y Cirenio mandó a sus siervos que cuidasen de los burros.

2 Luego Cirenio llevó a José, a María y a los cinco hijos a la mejor sala que tenía, que estaba sobrecargada de piedras preciosas, oro y plata.

3 Lo que a José le llamó mucho la atención fue una mesa de mármol blanco muy fino con una gran cantidad de estatuas de bronce de Corinto muy bien hechas,

4 por lo que le preguntó al gobernador qué representaban esas estatuas.

5 «Son nuestros dioses», le explicó este, «y conforme a la ley de Roma los tenemos que colocar aunque no creamos en ellos.

6 Yo los considero solamente como obras de arte, es lo único en que para mí tienen valor. Pero por lo demás, los miro con desprecio».

7 «Pero dime, si piensas así, entonces eres un hombre sin Dios ni religión. ¿No inquieta eso a tu conciencia?», le preguntó José, sorprendido.

8 «En absoluto», le respondió este, «porque si no hay otro dios sino estos de bronce, entonces cada ser humano es más dios que este vil metal sin vida. En mi opinión tiene que haber un dios verdadero, eterno y todopoderoso. Por eso desprecio tamañas tonterías».

9 Cirenio era un gran amigo de los niños. Por eso se acercó a María que tenía al Niño en sus brazos y la preguntó si no se cansaba de tenerlo continuamente encima.

10 «Sí, señor, por supuesto estoy muy cansada. Sin embargo, mi gran amor al Niño me hace olvidar toda fatiga», le respondió ella.

11 «Yo también soy muy amigo de los niños y estoy casado, pero desgraciadamente ni la naturaleza ni Dios me han bendecido con descendientes», se lamentó el gobernador. «Por eso ya he adoptado unos cuantos, aunque sean hijos de esclavos.

12 Bueno, con esto no quiero hacer alusiones a que me dejes el tuyo porque es parte de tu vida...

13 Pero aun así te ruego que me permitas que lo tome un rato en mis brazos para poder acariciarlo un poco».

14 Como el gobernador lo pidió con tanto cariño, María se lo dio diciéndole las siguientes palabras: «Quien tiene un corazón como tú, muy bien puede tomar a mi Niño en sus brazos».

15 En el momento en que lo tocó, el gobernador se vio invadido por un estado de inmensa felicidad que nunca antes había experimentado.

16 Dando vueltas en la sala, se acercó con el Niño a la mesa en la que se encontraban las estatuas de los dioses.

17 Fue el fin de las estatuas: todas se derritieron como cera sobre hierro incandescente.

18 Al verlo, Cirenio se espantó y exclamó: «¿Qué pasa aquí? ¡El bronce se ha derretido sin dejar rastro! Sabio hombre de Palestina, ¡dame una explicación! ¿Acaso eres mago?».


36

José, interrogado severamente acerca del nacimiento y naturaleza del Niño Jesús. Justificación enérgica de José ante el «procurador»


1 También José estaba profundamente sorprendido por este acontecimiento y se explicó ante Cirenio: «Gobernador poderoso del país, supongo que sabes que según las leyes de mi pueblo a todo mago le corresponde la hoguera.

2 De modo que si fuera mago nunca hubiera llegado a la edad que tengo porque desde hace mucho ya habría caído en manos de los sumos sacerdotes de Jerusalén.

3 La única explicación plausible que encuentro es que el fenómeno tenga que ver con la gran santidad de este Niño.

4 Ya acompañaron a su nacimiento unos cuantos prodigios que asombraron a todos quienes los vieron: los cielos se abrieron, los vientos se calmaron, los ríos y arroyos se detuvieron, y el Sol quedó inmóvil en el horizonte.

5 Durante tres horas ni la Luna ni las estrellas se movieron. Los animales no comieron ni bebieron y todo lo que en general se mueve estaba paralizado. También yo que estaba andando me quedé inmóvil».

6 Al oír este relato, Cirenio dijo: «Entonces tiene que ser éste el Niño tan singular del que mi hermano me ha escrito:

7 “Hermano, tengo que transmitirte una novedad: cerca de Belén, una joven judía dio vida a un niño del que emana una gran fuerza milagrosa. Yo opino que tiene que tratarse de un hijo de los dioses.

8 Pero como su padre es un judío tan honrado y leal, no he sido capaz de investigar el asunto más profundamente.

9 Si dentro de poco fueras a Jerusalén valdría la pena hacerle una visita. A mí me parece que este niño tiene que ser un joven Júpiter o por lo menos un Apolo. Ve y convéncete tú mismo”.

10 Esto es todo lo que sé del asunto. Pero lo que ahora acabas de contarme es completamente nuevo para mí. Por eso dime si eres el mismo hombre sobre el que mi hermano me ha escrito».

11 «Sí, poderoso señor, soy el mismo», le confirmó José. «Y tu hermano tiene suerte por no haberte informado más acerca del Niño.

12 Pues ha recibido un aviso del Cielo para que no hable de todos esos acontecimientos. Si te hubiera dicho más, cierto es que a Roma le habría acontecido lo mismo que a las estatuas de esta mesa.

13 Dichosos, tú y tu hermano, si guardáis silencio; pues seréis bendecidos por el Señor, el Dios eternamente vivo y Creador del Cielo y de la Tierra».

14 Estas palabras despertaron en Cirenio un gran respeto por José y miedo ante el Niño, tanto que inmediatamente lo devolvió a los brazos de María.

15 Luego, de nuevo, se dirigió a José. «Ya me he dado cuenta de que eres un hombre muy honesto», le dijo. «Y ahora presta atención a lo que te voy a decir,

16 porque se me acaba de pasar una idea por la cabeza; te la expondré y luego me vas a contestar con precisión.

17 Si este niño es de ascendencia divina, entonces tú, siendo su padre, también tienes que serlo porque “ex trunco non fit Mercurius”2. Del mismo modo de un simple ser humano no puede resultar un niño divino.

18 Y tú, por lo demás me pareces ser un hombre común, incluso tus cinco hijos. Tampoco la madre, a pesar de la buena impresión que produce, parece tener nada de diosa.

19 Según la tradición, alguna vez ha habido mujeres que tuvieron relaciones con los dioses; pero para ello tenían que ser de una belleza sobrenatural. Yo, por supuesto, no tengo tanta fe como para creérmelo.


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2 Mercurio no se hizo de un tronco. En sentido figurado: De cardos no crecen uvas.

20 Además tengo que llamar tu atención sobre otra discrepancia: Cuando con tu hijo divino te pusiste en camino desde Belén a Egipto, ¿cómo es posible que te equivocaras de camino? Me di cuenta de que así ha sido porque te pusiste triste y perplejo cuando te indiqué cuanto te habías desviado para ir a Egipto.

21 ¿Será posible que tu Dios desconozca el camino más corto desde Belén a Egipto?

22 Estas contradicciones evidentes aumentan a medida que profundizamos en los hechos. Aparte de esto proferiste una amenaza sobre el exterminio de Roma si yo o mi hermano hubiéramos divulgado acerca del niño.

23 ¿Por qué los dioses han de amenazar a los débiles mortales como si tuvieran miedo de ellos? Bastaría que aparecieran en la Tierra para que todos les siguieran ciegamente.

24 Me parece que tus explicaciones no son nada más que pretextos para engañarme y para que no me dé cuenta de quién eres en realidad: un mago judío camino de Egipto para poderse ganar allí la vida con su arte, puesto que en su patria ya no se siente seguro,

25 o un experto espía judío pagado por Herodes para descubrir las fortificaciones marítimas de los romanos.

26 Verdad es que tengo la carta de recomendación de mi hermano y la que te leí, pero aún no he llegado a hablar con él sobre este asunto. De modo que todavía cabe dentro de lo posible que se traten de falsificaciones, pues también la letra de mi hermano puede haber sido imitada.

27 A mí me parece que eres las dos cosas: mago y espía. Justifícate ahora exhaustivamente. De lo contrario serás mi prisionero y no escaparás al debido castigo».

28 Durante todo este discurso de Cirenio José le miraba fijamente a los ojos y a continuación le contestó: «Manda las dos cartas con un mensajero a tu hermano Cornelio y que él mismo te dé testimonio referente a mi causa, a ver si resulta tan abominable como tú la pintas con tanta malicia vergonzosa.

29 Esto te lo exijo porque mi honra está justificada ante Dios y no va a venir ahora un pagano a ultrajarla. Por muy patricio romano que seas, yo soy descendiente del gran rey David ante quien la tierra temblaba, y como tal no me dejo deshonrar por un pagano.

30 ¡Y ahora no me iré de tu lado hasta que no restablezcas mi honor, porque mi honor ha sido recibido de Dios y no me lo va a quitar un pagano!».

31 Ante estas enérgicas palabras de José, Cirenio quedó totalmente desconcertado porque jamás nadie había osado hablar de tal manera ante él, gobernador y dueño absoluto de la vida y de la muerte. Por eso se dijo a sí mismo: «Si este hombre no fuera consciente de que le respalda un poder extraordinario y superior al mío, no podría hablarme así. De modo que tendré que emplear una estrategia distinta».


37

Cirenio adora al Niño


1 Con este propósito Cirenio se dirigió de nuevo a José y le dijo: «Hombre, ¡no hace falta que te enojes conmigo! Pues tienes que reconocer que como gobernador tengo perfectamente derecho a examinar a quien sea para ver cuál es su intención.

2 Y aunque lo hubiera evitado con mucho gusto, no podía hacer una excepción contigo. Ya que la fatal desaparición de los adornos de aquella mesa tiene que ver algo con tu presencia aquí, tendrás que permitirme que a personas como tú haya de examinarlas algo más rigurosamente.

3 Si bien lo miras, no lo deberías tomar como una ofensa sino como un honor, pues te he dado una gran importancia y hablé contigo como me corresponde en tanto que gobernador.

4 La única cosa que me interesa saber y que considero muy importante es la verdad acerca de tu procedencia.

5 Y por esta razón tenía que comprometerte para que te explicaras con claridad.

6 En fin, tus palabras me han confirmado que eres un hombre que no conoce el engaño; de modo que no necesito más información por parte de mi hermano ni tampoco por otra. Ya veo que eres un judío muy sincero, de modo que no necesito más justificación. ¿Estás conforme?».

7 José todavía insistió: «Amigo, como ves, soy pobre. En cambio tú eres un señor poderoso. Mi riqueza consiste en la lealtad a mi Dios, y en la honradez absoluta ante los demás.

8 Tú, aparte de la lealtad a tu emperador eres sumamente rico en bienes mundanos que yo no tengo. Si te deshonrasen todavía te quedarían tus bienes mundanos.

9 ¿Pero qué me queda a mí si pierdo mi honor? Tú lo puedes comprar con tus tesoros mundanos. ¿Con qué lo compraría yo?

10 Una vez que el pobre ha perdido su honor y libertad ante el rico, se vuelve un esclavo.

11 Me has amenazado con apresarme. ¿Acaso no perdería así mi honor y mi libertad?

12 Si tú, gobernador de Siria y vicegobernador de la costa de Tiro y Sidón, me pediste explicaciones, ¿no tenía yo derecho a justificarme?».

13 El gobernador transigió: «Buen hombre, ahora te ruego que olvidemos este asunto.

14 Mira, el Sol ya se oculta en el horizonte y mis servidores han preparado una buena comida. Venid conmigo al comedor. No es cocina romana sino comida que corresponde a las reglas de vuestro pueblo, de modo que la podéis comer a gusto. Seguidme sin rencor; ahora soy vuestro amigo».

15 José, María y los cinco hijos le siguieron. Al entrar en la sala se sorprendieron del esplendor extraordinario de la misma y de la vajilla que casi toda estaba hecha de oro y plata, y adornada con piedras preciosas.

16 Viendo que las preciosas copas estaban adornadas con figuras de dioses paganos, José observó:

17 «Amigo, veo que toda tu vajilla está decorada con tus dioses. Como ya conoces la fuerte irradiación de mi Hijo,

18 si ahora me siento con mi mujer y el Niño a la mesa, temo que en un solo instante puedas perder toda tu vajilla.

19 Por eso te aconsejo que la cambies por otra que no esté decorada con vuestros dioses, o ponla simplemente de barro».

20 Ante estas palabras de José, Cirenio se sobresaltó y, profundamente asustado, mandó a sus siervos que cambiasen toda la vajilla preciosa por otra de barro.

21Pero la curiosidad le tentó tanto que dejó una preciosa copa de oro cerca del Niño para averiguar si su cercanía también podía aniquilar el oro como antes el bronce.

22 Finalmente Cirenio tuvo que pagar su curiosidad con la pérdida repentina de esa copa preciosa.

23 Por eso pareció como si un rayo le hubiera alcanzado. Le costó un buen rato recobrar el ánimo.

24 «¡Bueno, José!, ¡te agradezco el buen consejo que me has dado!», dijo Cirenio después de haberse tranquilizado un poco;

25 «¡pero que yo sea condenado si me muevo de este sitio sin que me hayas dicho quién es este niño para que pueda emanar de él tal fuerza!».

26 En pocas palabras José le relató la historia de la anunciación y del nacimiento del Niño.

27 Al enterarse, Cirenio se hincó de rodillas ante el Niño y lo adoró.

28 Y en el mismo momento la copa deshecha reapareció ante Cirenio, con el mismo peso, pero totalmente lisa. Cirenio se levantó y no cabía en sí de contento.


38

Propuesta pagana de Cirenio para llevar al Niño milagroso a la corte del emperador en Roma


1 Todavía arrebatado, Cirenio confesó a José: «¡Te digo que si yo fuera el emperador de Roma, ahora mismo te cedería el trono y la corona!

2 Y si el mismo emperador Augusto supiera lo de este Niño, también haría lo mismo. Le importa mucho que le consideren como el emperador más poderoso del mundo; pero aun así sé que considera todo lo divino como algo muy superior a él.

3 Si quieres, le escribo. Y te afirmo de antemano que te llamará a Roma para colmarte de honores.

4 Y al Niño, como hijo del supremo Dios, le hará construir el Templo más grande y magnífico donde se le ensalzará sobremanera. Y él mismo se humillará ante el Señor al que los dioses y los elementos tienen que obedecer.

5 Por segunda vez me he convencido de quién es el Niño. Pues, ni siquiera Júpiter podría defenderse contra Él y no hay metal que pueda resistir su poder.

6 Te lo repito: Si quieres, hoy mismo mandaré un mensajero a Roma. Sepas que causaría una enorme sensación en la metrópoli, y seguro que desarmaría un poco al orgulloso sacerdocio que ya no sabe como puede engañar a la humanidad más provechosamente».

7 Pero José le contestó: «Amigo mío, ¿piensas que le va importar el homenaje de Roma a aquel al que obedecen el Sol, la Luna, las estrellas y todos los elementos?

8 Si Él hubiera querido que todo el mundo le rindiera homenaje como a un ídolo, entonces habría descendido a la Tierra revestido de su eterna e infinita majestad divina. Pero ello hubiera paralizado inevitablemente el libre criterio de cada cual y así habrían caído en la perdición.

9 Él, sin embargo, eligió precisamente la bajeza del mundo para beatificarlo, tal como está escrito en el libro de los profetas. ¡De modo que vale más que olvides eso del mensajero de Roma!

10 Si no te importa correr el riesgo de la destrucción de Roma, entonces haz lo que te parezca. Porque mira: Éste ha venido para caída de todos los grandes y poderosos, para salvación de los necesitados, sosiego de los afligidos y para la resurrección de quienes están en la muerte.

11 Esta es mi firme convicción que vivo con todo mi corazón. Te la revelé únicamente a ti y nadie más me la oirá.

12 Pero ahora guarda estas palabras en el santuario de tu corazón hasta que el nuevo Sol de la vida salga un día para ti, y te irá muy bien».

13 Estas palabras penetraron el corazón de Cirenio como flechas y le hicieron cambiar de actitud, hasta el punto de que ya estaba dispuesto a renunciar a todo prestigio y continuar en la más baja condición, cuando José le advirtió:

14 «Amigo mío, sigue como lo que eres porque el poder en manos de hombres con tu forma de pensar y actuar es una bendición de Dios para el pueblo. Porque lo que eres no lo eres por ti mismo ni por Roma sino únicamente por Dios. Por eso ¡continúa siéndolo!».

15 Cirenio alabó al Dios para él desconocido y, de muy buen ánimo, invitó a José y a María a que se sentasen con él a la mesa.


39

La sobriedad de Cirenio al comer y beber. Oración de gracias de José y su buena influencia sobre Cirenio. Palabras de José acerca de la muerte

y la Vida eterna. Naturaleza y valor de la Gracia


1 Pese a que los romanos en general estaban acostumbrados a banquetes muy prolongados, Cirenio era una excepción.

2 Aparte de las grandes fiestas que de vez en cuando tenía que dar en honor del emperador de Roma, sus comidas eran normalmente ligeras. Pues Cirenio estaba de acuerdo con aquellos filósofos que decían: «El hombre no vive para comer sino come para vivir; y para eso no hacen falta banquetes que duren varios días».

3 De modo que también esta comida sagrada fue frugal y no hubo más de lo que el cuerpo necesita para su alimentación.

4 Después de la comida José dio las gracias a Dios y bendijo al anfitrión por haberla ofrecido.

5 Cirenio estaba profundamente conmovido y reconoció: «¡Cuánto más vale tu religión que la mía y cuánto más cerca estás tú de la Divinidad todopoderosa que yo!

6 ¡Por eso eres más hombre de lo que yo nunca podré ser!».

7 «Pero noble amigo, no te preocupes por algo que ya es tuyo», le tranquilizó José, «pues, ¡el Señor acaba de dártelo!

8 Te digo: Sigue tal como eres. No obstante, en tu corazón humíllate únicamente ante Dios, el eterno Señor. Procura hacer el bien secretamente a quien puedas y estarás tan cerca de Dios como mis padres Abraham, Isaac y Jacob.

9 ¡Considera que en este Niño te visitó el Dios todopoderoso y que lo tuviste entre los brazos!

¿Qué más podrías desear? ¡Te digo que estás salvado de la muerte eterna y nunca sentirás la muerte!».

10 Ante estas palabras Cirenio dio un salto de alegría y exclamó: «¿Qué me dices?, ¿que no moriré?

11 Dime, ¿cómo será esto? ¡Porque hasta ahora nadie se salvó de la muerte! ¿Es posible que realmente pudiera ser admitido entre los dioses inmortales y continuar vivo como ahora soy y existo...?».

12 «Espera, noble amigo, ¡no me has comprendido!», le interrumpió José. «Pero voy a revelarte cómo se desarrollará tu fin terreno:

13 Si murieras sin esta Gracia, sería porque una enfermedad grave, dolores, preocupaciones y desesperación habrían matado tu espíritu y tu alma, junto con el cuerpo; y después de semejante muerte no te quedaría sino una conciencia vaga y penosa de tu existencia.

14 En este caso te parecerías a uno sobre el que se ha derrumbado su casa: Debajo de los escombros, enterrado vivo y sin poder salvarse, tiene que sentir el proceso de la muerte con amargura y desesperación...

15 Pero si mueres en Gracia de Dios sólo te será quitado el pesado cuerpo y te despertarás a una Vida eterna y perfecta en la que ya no preguntarás dónde ha quedado tu cuerpo terreno...

16 En cuanto el Señor de la Vida te llame, podrás tú mismo, en la medida de tu libertad espiritual, quitarte tu cuerpo de encima como un viejo vestido ya molesto».

17 Estas palabras surtieron un efecto tan grande en Cirenio que se postró ante el Niño y exclamó: «Oh, Señor de los Cielos, ¡concédeme esta Gracia!». Y el Niño le sonrió y le tendió la mano.


40

Gran estima de Cirenio por María.

Palabras de José acerca de la verdadera sabiduría


1 Luego Cirenio se levantó y se dirigió a María: «Oh tú, ¡la más dichosa de todas las mujeres y madres de la Tierra! ¡Qué sensación tiene que experimentar tu corazón al estar totalmente convencido de que llevas el cielo y la Tierra en los brazos!».

2 «¡Me estás preguntando algo que tu propio corazón ya ha respondido!», le contestó ella.

«Andamos en la Tierra que Dios ha creado de su propia esencia y estamos continuamente pisando sus milagros con los pies;

3 y aun así hay millones y millones de hombres que prefieren doblar las rodillas ante las obras de sus propias manos en vez de hacerlo ante el eternamente vivo y verdadero Dios.

4 Si las grandes obras de Dios no son capaces de despertar a los hombres, ¿cómo podrá hacerlo un niño que todavía está en pañales?

5 Por eso pocos tendrán el don de reconocer al Señor en este Niño, a no ser que posean la misma buena voluntad que tú.

6 Ellos no necesitarán venir a mí para que les diga qué es lo que siento en mi corazón;

7 pues el Niño mismo se manifestará en sus corazones, los bendecirá y les hará sentir lo mismo que siente la madre que lo tiene en brazos.

8 Sí, soy feliz, sumamente feliz por llevar este Niño en mis brazos,

9 pero aún más felices serán aquellos que, en el futuro, lo lleven únicamente en el corazón.

10 Llévalo tú también grabado en él y experimentarás lo que mi marido, José, te ha prometido».

11 Al oír estas palabras Cirenio se admiró de la sabiduría de María y, dirigiéndose a José, exclamó:

12 «Hombre más feliz de toda la Tierra, ¿quién habría sospechado semejante sabiduría en tu mujer tan joven como es?

13 Si realmente existiera algo parecido a Minerva, ¡tendría que esconderse muy lejos ante esta madre tan encantadora!».

14 «Cada cual puede ser sabio a su manera, pero aun así consta que sin Dios no habría sabiduría en la Tierra.

15 De esta manera se explica también la sabiduría de mi mujer...

16 Si el Señor habló con los hombres incluso a través de la boca de animales, ¿cómo no iba a poderlo hacer a través de bocas humanas?

17 Pero dejemos eso ahora porque me parece que ya es hora para preparar el viaje de mañana».

18 «No te preocupes, pues ya hace rato que he tomado las disposiciones necesarias», le respondió Cirenio. «Mañana yo mismo te acompañaré hasta Zoán».


41

José predice la matanza de los inocentes. Ira de Cirenio contra Herodes. El afortunado viaje a Egipto. Bendición de Cirenio y los barqueros como recompensa por el viaje


1 «Noble amigo, tienes las mejores intenciones», reconoció José, «pero te resultará imposible realizarlas.

2 Porque mira: esta noche te llegarán cartas de Herodes en las que te obligará a capturar en la franja costera mediterránea a todos los niños varones de dos años abajo, para que los mandes a Jerusalén donde en seguida los matará.

3 Tú, por supuesto, puedes oponerte a Herodes. Pero tu hermano Cornelio, por desgracia, tiene que poner políticamente a mal tiempo buena cara, para no exponerse a la picadura de la más venenosa de todas las serpientes.

4 Créeme, en este mismo momento cientos de madres lloran el cruel asesinato de sus hijos.

5 Y todo eso acontece a causa de este Niño del que los tres magos persas testimoniaron, en el sentido espiritual, que será el Rey de los judíos.

6 Pero Herodes cree que se trata de un rey mundano. Y como quiere asegurar su poderío sobre Judea en base a la línea de sucesión, ahora intenta matarle ineluctablemente; pues teme que un día pudiera quitarle su reinado. Herodes no puede pensar que este Niño sólo ha venido al mundo para salvar a la humanidad de la muerte eterna».

7 Al oír estas palabras, Cirenio se sobresaltó y, lleno de ira contra Herodes, exclamó:

8 «Hombre de Dios, ¡te digo que este monstruo no hará de mí un instrumento suyo! Hoy mismo partiré contigo en mi galera particular que dispone de treinta remos. En ella encontraréis un buen lecho.

9 Daré instrucciones a mis ayudantes más seguros, los que prestaron juramento en nombre de todos los dioses, sobre lo que deben hacer con todos los mensajeros que lleguen hasta aquí con mensajes de Herodes para mí.

10 Conforme a nuestras leyes secretas los mensajeros quedarán detenidos hasta que yo mismo vuelva.

11 Mis ayudantes les quitarán las cartas y tomarán medidas para que estas me sigan sin que los mensajeros se enteren; pues es preciso que sepa su contenido.

12 Si después llegara un segundo grupo de mensajeros, también para ellos habrá en la torre alojamiento suficiente hasta que yo vuelva.

13 Ahora avisa a tu familia para que se prepare porque en seguida embarcaremos».

14 José estuvo de acuerdo y al cabo de una hora estaban todos bien acomodados en la galera, incluso los animales de carga. Soplaba un viento del norte que les favorecía.

15 El viaje duró siete días y toda la tripulación afirmaba que nunca habían atravesado estas aguas sin el menor contratiempo como ahora.

16 Dijeron que era sorprendente porque -según su credo- en aquella temporada Neptuno solía comportarse muy caprichosamente dentro de su elemento, porque ordenaba sus creaciones en el fondo del mar y celebraba consejos con su servidumbre.

17 «Oíd, hay dos clases de ignorancia: una es libre, la otra impuesta», fue la reacción de Cirenio;

18 «si vuestra ignorancia fuera la libre, entonces aún habría remedio. Pero la vuestra es impuesta y sancionada... ¡De modo que para vosotros no hay remedio!

19 Seguid pues con vuestra creencia de que Neptuno ha perdido su tridente y que por eso no se atreve a castigar nuestra imprudencia con su mano escamosa».

20 José cambió de tema: «¿Supongo que es costumbre dar a la tripulación una recompensa? Dímelo y haré lo que se debe según la costumbre; tampoco quiero que después nos critiquen».

21 «No te preocupes; están a mi servicio y reciben un sueldo».

22 «Eso se supone. No obstante, son humanos como nosotros y como tales debiéramos tratarles.

23 Si su ignorancia es impuesta, ¡que consagren su piel a los que les mandan, pero mi dádiva liberará su espíritu!

24 Por eso diles que se acerquen para que los bendiga y para que sus corazones sean conscientes de que también para ellos ha surgido el Sol de la Gracia y de la salvación».

25 En seguida Cirenio llamó a la tripulación y José tomó la palabra:

26 «Siervos fieles de Roma y de este vuestro señor; manejasteis esta galera con diligencia y lealtad. Como habéis hecho este viaje sobre todo por mi causa merecéis una recompensa por mi parte.

27 Soy pobre y no tengo oro ni plata, pero poseo en abundancia la Gracia de Dios al que vosotros llamáis “el Dios desconocido”.

28 ¡Quiera el gran Dios derramar esta Gracia en vuestros corazones para que vivifique vuestro espíritu!».

29 Nada más pronunciar estas palabras, todos los tripulantes entraron en un estado de delicias y empezaron a alabar al Dios «desconocido».

30 Cirenio se admiró del efecto de la bendición y se dejó también bendecir.


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Llegada a Zoán (Egipto)


1 «Ahora experimento la misma sensación deliciosa que cuando tenía el Niño en los brazos», dijo Cirenio;

2 «¿acaso tú y el Niño sois de una sola naturaleza? ¿O cómo se explica que ahora experimenta la misma dicha?».

3 José lo negó terminantemente: «¡Este poder no viene de mí sino que únicamente puede emanar del Señor del Cielo y de la Tierra!

4 En ocasiones como esta, tal fuerza apenas me traspasa para luego fluir en ti, bendiciéndote. Yo, personalmente, ni pensar en que pudiera tener una fuerza semejante, ¡nunca! ¡Únicamente Dios está en todo sobre todo!

5 Honra siempre a este único y verdadero Dios, hónrale en tu corazón y la plenitud de su bendición nunca te abandonará».

6 Y luego continuó: «En fin, con la ayuda del Señor hemos llegado a la costa; pero me parece que todavía nos falta mucho para Zoán.

7 ¿Por dónde habrá que ir para poder dirigirnos directamente allí? ¿Qué vamos a hacer, pues el día ya está declinando? ¿Qué será mejor, continuar o pasar la noche aquí en el barco?».

8 «Estamos a la entrada de la gran bahía a la derecha de cuyo confín se encuentra Zoán, un puerto mercantil muy rico.

9 En menos de tres horas podremos estar allí; pero como llega la noche tendremos dificultades para encontrar posada. Por eso soy de la opinión que vale más pasarla en el barco y continuar mañana».

10 «Bueno, ¡si no nos faltan más que tres horas entonces seguiremos adelante! Tu barco puede quedarse aquí para que no llames la atención en Zoán, pues me interesa llegar desapercibido al lugar de mi destino.

11 Porque si la guarnición romana se enterara de la llegada del barco de un gobernador romano, tendrían que recibirte con grandes honores. Y yo, nolens volens3, tendría que participar en los homenajes, lo que me resultaría fatal.

12 Por eso me interesa continuar ahora mismo a pie.

13 Durante este viaje mis animales de carga han descansado mucho y pueden llevarnos fácilmente en poco tiempo hasta Zoán; mis hijos son fuertes y pueden muy bien andar a pie.

14 Tú y algunos siervos tuyos podéis serviros de estos cinco animales».

15 Cirenio estuvo de acuerdo, entregó el barco a la tripulación, y él y cuatro de sus siervos montaron los animales de carga de José.

16 En dos horas llegaron a Zoán donde, al entrar, la guardia les exigió que presentaran los salvoconductos. Cuando Cirenio se identificó ante el comandante de la guardia, este ordenó que sus soldados le hiciesen el saludo militar y que preparasen un alojamiento. De esta manera el grupo de viajeros llegó sin contratiempos y aun encontró un sitio bastante confortable para pasar la noche.


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Cirenio compra una casa para la sagrada familia


1 A la mañana siguiente Cirenio mandó un mensajero al jefe de la guarnición para que viniera a verle, pero eso sin llamar la atención.

2 Este vino sin demora y le saludó con las siguientes palabras: «Ilustre representante del emperador en Celesiria y comandante mayor de Tiro y Sidón, ¡hazme saber tu voluntad!».

3 «Apreciado coronel», le explicó Cirenio, «sobre todo evitad toda clase de homenaje porque esta vez he venido de incógnito.

4 Luego me gustaría saber si aquí en la misma ciudad o en sus cercanías hay una modesta casa en venta o por lo menos en alquiler.

5 Pues, la querría adquirir para una familia judía que tengo en mucho aprecio.

6 Resulta que esta familia tuvo que huir de Palestina, pues el sucio Herodes la persigue por motivos que nos son bien conocidos, y ahora busca protección, y justicia constante y estricta acogiéndose a la lealtad romana.

7 Yo mismo examiné todos los pormenores relacionados con ella y aprobé su gran pureza y rectitud. Se comprende que con dichos criterios nadie puede mantenerse ante Herodes; de modo que el monstruoso tetrarca de Palestina y una parte de Judea son los peores enemigos de Roma.

8 Supongo que me habrás comprendido muy bien... Es por ello por lo que busco algo para esta familia, algo que sea sencillo y cómodo.

9 De modo que si sabes de algo, haz el favor de indicármelo. Pues, esta vez no puedo entretenerme aquí porque en Tiro me están esperando asuntos muy importantes. Por eso la tengo que arreglarlo todo hoy mismo».

10 «Excelencia, este asunto tiene fácil solución: Apenas a media milla de la ciudad hice construir una casa de campo bastante confortable que tiene huertas y tres trigales preciosos.

11 Pero resulta que no tengo bastante tiempo para cuidarla convenientemente. Es propiedad legítima mía y está libre de impuestos. Si quieres comprarla, te la vendo por cien libras».

12 Sin rodeos Cirenio le estrechó la mano en señal de conformidad, ordenó a uno de sus siervos que le trajera su bolsa y pagó la casa sin haberla visto; y sin que José se enterase, dejó que el coronel le llevara a inspeccionar su compra.

13 Al verla, Cirenio quedó muy complacido y les dijo a sus siervos que le esperaran allí hasta que volviera con la familia.

14 Luego se fue con el coronel a la ciudad donde este le expidió un salvoconducto para la familia. Se despidió de él y, lleno de alegría, volvió a encontrarse con José.

15 Este, todavía muy preocupado, en seguida le abrió su corazón: «Amigo mío, tengo que dar gracias a Dios por haberte bendecido tanto, pues continuamente me has demostrado tu amistad.


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3 Quiera o no quiera

16 Ahora estoy a salvo y esta noche incluso he tenido un recibimiento formidable. Pero en adelante, ¿dónde me alojaré? ¿Y cómo aseguraré mi sustento? Es preciso que empiece ahora mismo a ocuparme de ello».

17 «Por supuesto», le respondió Cirenio, «por eso di a tus hijos que recojan vuestro equipaje; voy a mostrarte un hogar en las inmediaciones de la ciudad porque, según tengo entendido, más céntrico no hay nada de momento».

18 José quedó muy contento e hizo lo que Cirenio le había indicado.


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José y la sagrada familia en el nuevo hogar. Cirenio, invitado


1 Llegados allí, todos estuvieron encantados. «Noble amigo, una casa como ésta ya me gustaría», reconoció José, «pues no hay lujo de ninguna clase.

2 Hay un jardín lleno de árboles frutales: Hay dátiles, higos, granadas, naranjas, manzanas, peras y cerezas.

3 Hay uvas, almendras, melones y una gran variedad de verduras. Luego hay pasto y tres trigales que se supone que forman parte de la finca.

4 Te confieso que no quiero ningún lujo vano. Pero me gustaría alquilar o comprar algo como esta casa de campo, tan práctica y con todo organizado. Además tiene mucho en común con la nuestra, la que alquilé en Nazaret de Judea».

5 En este momento Cirenio sacó el contrato de compraventa y el salvoconducto.

6 «El Señor, tu Dios, que ahora también es el mío, bendiga esta casa», le dijo, entregándole los documentos. «A partir de ahora eres el legítimo propietario de esta finca que está libre de toda clase de impuestos.

7 Todo lo que ves cercado con arbustos o vallado forma parte de ella. Y detrás hay un corral espacioso para burros y vacas. Encontrarás también dos vacas, pues animales da carga ya tienes suficientes.

8 Si un día vuelves a tu patria, puedes venderlo todo y con el producto te compras después lo que te parezca conveniente.

9 En suma, amigo mío, esta finca es tuya y puedes hacer con ella lo que quieras.

10 En cuanto a mí, aún me quedaré aquí contigo, para que los malvados mensajeros de Herodes tengan que esperarme todavía más.

11 Sólo por mi gran afecto hacia ti disfrutaré esta casa tuya durante unos cuantos días.

12 Pese a que sólo tendría que decirlo para que me prepararan el palacio imperial, en primer lugar porque represento al emperador,

13 y en segundo porque soy pariente próximo suyo.

14 Pero todo lo rechazo por mi gran afecto hacia ti y en particular al Niño al que indiscutiblemente considero hijo de Dios supremo».

15 José quedó tan emocionado ante esta noble y maravillosa sorpresa que no pudo hacer nada sino llorar de gratitud y alegría.

16 A María le pasó lo mismo, sólo que se sosegó antes. Para demostrar su gratitud se dirigió a Cirenio y le puso el Niño en los brazos.

17 «¡Oh, Dios mío! ¿Es posible que también un pecador pueda ser digno de tenerte en sus brazos? Entonces, Señor, ¡ten piedad de mí!», exclamó este, todo conmovido.


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Visita al nuevo hogar. Cirenio se interesa por la historia de Israel


1 Después de haber recobrado su serenidad, José, acompañado por Cirenio, dio una vuelta por el nuevo hogar para inspeccionarlo.

2 María, tras recoger el Niño de los brazos de Cirenio, les siguió. Estaba llena de gratitud ante la gran bondad del Señor que cuidaba tan bien de ellos también en los asuntos terrenales.

3 Después de haberlo visto todo, María comentó sumamente impresionada:

4 «Sabes, José, que soy muy feliz porque el Señor cuida tan maravillosamente de nosotros.

5 Me parece como si el Señor hubiera invertido todo el antiguo Orden.

6 En otro tiempo el Señor guió a los hijos de Israel desde Egipto hacia la Tierra Prometida, Palestina, que entonces se llamaba Canaán;

7 mientras que ahora convirtió de nuevo a Egipto en Tierra Prometida, al huir con nosotros o más bien guiándonos personalmente hasta aquí».

8 «En cierto sentido no estás equivocada», le confirmó José.

9 «Sin embargo, me parece tu observación sólo podemos aplicarla a nuestra situación actual de aquí...

10 Por lo demás tengo la impresión de que el Señor ha hecho ahora con nosotros lo mismo que en su tiempo con los hijos de Jacob cuando, precisamente en Canaán, se produjo el hambre.

11 Desde entonces hasta la era de Moisés el pueblo israelita se quedó en Egipto; pero después lo devolvió de nuevo a su patria a través del desierto.

12 Y a mí me parece que a nosotros nos cabrá la misma suerte: tampoco nos enterrarán aquí; en cuanto llegue el momento, también tendremos que volver a Canaán...

13 Para la vuelta de nuestros antepasados hizo falta inspirar a un hombre como Moisés, pero nosotros ya tenemos con nosotros el Moisés de todos los Moisés.

14 Por lo tanto, pienso que pasará lo que acabo de decir».

15 María guardó estas palabras en su corazón, pues sabía que José tenía toda la razón.

16 Cirenio, que fue testigo de esta conversación, dijo a José que le gustaría que le enseñara algo sobre la historia antigua de los judíos.


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Relato de José sobre la creación de la humanidad y del pueblo judío


1 José dijo a sus hijos que atendieran a los animales y comprobasen la situación de los alimentos.

2 Acto seguido ellos abastecieron los animales y ordeñaron las vacas.

3 Luego fueron a la despensa donde encontraron una gran cantidad de harina, pan y fruta, y también unos cuantos tarros de miel.

4 Pues el jefe de la guardia era un gran apicultor al estilo de los romanos que tenía gran fama por su buena miel y por ello había sido ensalzado hasta en los versos de un poeta contemporáneo de Roma.

5 De modo que trajeron pan, mantequilla, miel y leche, y los pusieron en la mesa en el comedor, delante de José.

6 Este dio las gracias a Dios, bendijo los alimentos e invitó a Cirenio a participar en la comida.

7 Este aceptó con mucho gusto porque también era un gran entusiasta de la leche y del pan con miel.

8 Durante la comida José le contó brevemente la historia del pueblo judío y la de la creación de la humanidad;

9 lo que expuso de una manera tan concisa y lógica que Cirenio quedó plenamente convencido de la veracidad del relato.

10 Estaba muy contento por lo que acababa de aprender. Sin embargo, al mismo tiempo estaba muy preocupado por los suyos de Roma; pues sabía muy bien en que tinieblas andaban, y eso le entristecía.

11 «Mira, José, te considero ahora como el mejor amigo de mi vida.

12 He trazado un plan: Todo lo que acabas de revelarme voy a comunicárselo al emperador Augusto que es casi un hermano mío. Pero se lo presentaré de tal manera que piense que todo lo he oído de la boca de un judío desconocido pero digno de toda confianza.

13 Tu nombre y paradero no serán mencionados. Mi intención es evitar que mi hermano, el emperador Augusto, muera un día sin conocimientos espirituales».

14 Esta vez José estuvo de acuerdo y Cirenio se quedó todavía tres días en Zoán, escribiendo todo el tiempo. El manuscrito le llegó al emperador por medio de un navío especial.

15 La lectura del relato abrió los ojos al emperador y empezó a respetar a los judíos, dándoles incluso la oportunidad de hacerse ciudadanos romanos pagando una tasa razonable.

16 Al mismo tiempo los astutos sacerdotes predicadores del paganismo fueron desterrados de Roma con uno u otro pretexto.

17 Al poeta Olvidio, tan popular en aquella ciudad, le tocó la misma suerte y el motivo de su destierro nunca se hizo público. A partir de entonces el clero pagano tuvo la vida bastante difícil bajo el dominio de Augusto.


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Vuelta de Cirenio y previsiones suyas para la seguridad de la sagrada familia.

Noticias del infanticidio


1 Al cuarto día Cirenio se despidió, después de haber recomendado al comandante de la ciudad que protegiera a aquella familia en las ocasiones que fueran necesarias.

2 Al marcharse, toda la familia quiso acompañarle hasta la mar donde su navío estaba anclado.

3 Pero Cirenio se negó agradecido y dijo: «Vale más que os quedéis en paz aquí;

4 pues nunca se puede saber qué especie de mensajeros habrán llegado ya a mi barco y qué noticias traerán.

5 Aunque ahora estés absolutamente seguro aquí, también es necesario que tenga una cierta prudencia. Pues ninguno de los mensajeros que vengan debe enterarse en manera alguna por qué he visitado Egipto en el mes de enero».

6 José comprendió perfectamente y, bendiciéndole en el pasillo de su casa, se despidió de su bienhechor.

7 Cirenio prometió a José que volvería pronto y, junto con cuatro siervos, se puso en camino a pie.

8 Llegado al navío, fue aclamado con gran júbilo. Pero había algunos mensajeros recién llegados que le recibieron con grandes lamentos.

9 Se trataba de algunos padres que desde las costas de Palestina habían huido de la persecución de Herodes, el infanticida, y que relataron las atrocidades cometidas por el tetrarca en los alrededores de Belén y en todo el sur de Palestina con la ayuda de los soldados romanos.

10 Inmediatamente Cirenio se puso a escribir una carta al prefecto de Jerusalén y otra, en el mismo sentido, a Herodes.

11 Escribió en los siguientes términos: «Yo, Cirenio, hermano del emperador, y gobernador de Asia y Egipto, en nombre del emperador os ordeno que ceséis inmediatamente vuestras crueldades.

12 De lo contrario, consideraré a Herodes como auténtico rebelde y lo castigaré de acuerdo con la ley, la justicia y mi justa ira.

13 El prefecto de Jerusalén tiene que investigar minuciosamente las crueldades de Herodes e informarme inmediatamente para que esa fiera no escape a su justo castigo.

14 Escrito a bordo de mi navío “Augusto” en la costa de Zoán, en nombre del emperador. Cirenio, en representación de Augusto, supremo representante suyo en Asia y Egipto y, por decreto especial, gobernador de Celesiria, Tiro y Sidón».


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Efectos de la carta. El ardid de Herodes. Segunda carta de Cirenio a Herodes


1 El prefecto de Jerusalén y Herodes se asustaron profundamente con la carta de Cirenio, pararon sus atrocidades y mandaron mensajeros a Tiro y Sidón para informar a Cirenio sobre los importantes motivos que les habían obligado a actuar de esa manera.

2 Con colores muy vivos describieron la expedición persa incomprensible y pretendieron haber descubierto intrigas secretas en las que el mismo hermano de Cirenio, Cornelio, estaba comprometido como cabecilla.

3 Pues, se habían enterado de que Cornelio había puesto a ese nuevo rey de los judíos bajo su protección,

4 por cuya causa Herodes ahora estaba dispuesto a mandar mensajeros a Roma, a no ser que Cirenio le diera garantías.

5 De modo que Cirenio debía someter a Cornelio a un interrogatorio severo; de lo contrario el informe al emperador tendría que salir inmediatamente.

6 Cirenio recibió esta carta cuando estaba en Tiro. Y de momento le dejó perplejo, aunque en seguida se calmó.

7 Inspirado por el Espíritu divino, escribió las siguientes líneas a Herodes:

8 «¿Cuál es el texto de la ley secreta de Augusto sobre casos de conspiraciones descubiertas?: Si alguien descubre una, debe mantenerse sereno e informar inmediatamente a la suprema autoridad del país.

9 De ninguna manera un prefecto, y menos todavía un jefe local, tienen derecho a usar las armas sin autorización previa de la suprema autoridad.

10 Muy fácilmente una acción precipitada puede perjudicar al estado porque los conspiradores se retiran

11 para volver a atacar en condiciones más favorables para ellos. Luego, sirviéndose de artimañas aún más eficaces, podrán fácilmente tener más éxito que la primera vez.

12 He aquí la ley que el sabio emperador promulgó al respecto.

13 ¿Acaso actuasteis de acuerdo con este decreto? Mi hermano Cornelio sí lo hizo. Él inmediatamente detuvo al pretendido nuevo rey de los judíos y me lo entregó a mí.

14 Y yo ya he tomado sobre dicho rey de los judíos las medidas justas que me correspondían.

15 Mi hermano os lo explicó todo al respecto, sin embargo habló a oídos sordos.

16 Como auténticos rebeldes y en contra de todas las disposiciones de mi hermano cometisteis un infanticidio. ¡Y encima de todo aún queréis obligarme con increíble descaro a que os preste mi apoyo! ¿Y a eso lo llamáis cumplir con las leyes del emperador?

17 Escuchadme: ¡El emperador ya está al corriente y me autorizó a destituir al prefecto de Jerusalén, pese a que es pariente mío. Y referente a Herodes, me autorizó a imponerle una multa de diez mil libras de oro.

18 El prefecto destituido tiene que presentarse ante mí en cinco días y Herodes tiene que pagar la multa entera en treinta días, de lo contrario perderá sus derechos. Así sea. Cirenio, representante de Augusto».


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Efectos de la segunda carta. Llegada a Tiro de Herodes y del prefecto de Jerusalén. Maronio Pila ante Cirenio


1 Esta carta llenó de angustia al prefecto y a Herodes.

2 Por eso Herodes y el prefecto que se llamaba Maronio Pila se apresuraron a aparecer ante Cirenio;

3 Herodes para regatear su multa, y el prefecto para conseguir que le devolvieran el cargo.

4 Cuando llegaron a Tiro con su gran séquito, el pueblo se espantó: pues todos pensaron que Herodes también iba a realizar allí sus atrocidades, esta vez con el consentimiento de Cirenio.

5 Al principio, como ignoraba el motivo de las manifestaciones del pueblo, Cirenio se asustó.

6 Pero en seguida preguntó al pueblo por el motivo de su alteración y por qué gritaban tanto.

7 «¡Él ha llegado!», oyó gritar, «¡ha llegado el más cruel de los crueles que en Palestina mandó matar a muchos miles de niños inocentes!».

8 Al escuchar los gritos comprendió por qué el pueblo estaba tan asustado. Pero lo supo calmar y se preparó para recibir a los dos personajes.

9 Nada más marcharse el pueblo, aparecieron ambos y pidieron audiencia.

10 Herodes fue el primero en presentarse ante Cirenio, hizo una gran reverencia ante su alteza imperial y pidió permiso para hablar.

11 «¡Habla, tú, para quien el calificativo de infernal es demasiado bueno para que te dé un nombre!», exclamó Cirenio, profundamente alterado. «¡Escoria del más bajo infierno!, ¿qué quieres de mí?».

12 Estas palabras atronadoras le hicieron a Herodes perder el color y con voz temblorosa se atrevió decir: «Señor de la magnificencia de Roma, la multa que dictaste es exorbitante,

¡perdóname la mitad!

13 Porque Júpiter es testigo de que todo lo que hice, lo hice por celo en favor de Roma.

14 No hay duda de que mi acción resultó cruel, ¡pero no había otro remedio! Fue la actitud de la expedición persa la que me obligó a actuar de esta manera porque me engañaron faltando a su palabra».

15 «¡Lárgate de aquí, perverso mentiroso que piensas únicamente en tu propio beneficio!», fue la reacción de Cirenio, «¡firma inmediatamente tu acuerdo con la multa impuesta o ahora mismo haré que te corten la cabeza!».

16 Ante estas perspectivas Herodes aceptó la multa. Aún tuvo que entregar como prenda el certificado de su poder que le fue devuelto el día que la pagó.

17 Cirenio lo despachó e hizo llamar a Maronio Pila.

18 Este, como en la antesala había oído la voz atronadora de Cirenio, parecía más un cadáver que una persona viva.

19 Por eso se sorprendió no poco cuando Cirenio lo recibió con las siguientes palabras: «Pila,

¡recobra el valor! Pues sé que te obligaron. He hecho que te llamen para que me des importantes informaciones. A ti no te espera pena alguna a no ser la penitencia ante Dios».


50

Cirenio interroga al prefecto. Intentos del prefecto de embellecer las cosas.

Confesión y castigo de Maronio Pila


1 Estas palabras de Cirenio hicieron que a Maronio Pila se le quitara un gran peso de encima. Su pulso empezó a volverse normal y pronto estuvo en condiciones de dar explicaciones.

2 Cuando Cirenio se dio cuenta que el prefecto se había repuesto, empezó la investigación:

3 «Te advierto que debes contestarme en conciencia a cada una de mis preguntas, ¡cualquier subterfugio provocará mi cólera!

4 Dime, ¿conoces a la familia cuyo primogénito dicen que va a ser el nuevo rey de los judíos?».

5 «Sí, la conozco personalmente y también por las informaciones que me han dado los sacerdotes de los judíos. El padre se llama José, es carpintero y tiene buena fama en toda Judea y también en parte de Palestina. Vive cerca de Nazaret.

6 Su lealtad es conocida en todo el país, como también en toda Jerusalén. Hace unos once meses el Templo de los judíos, mediante una especie de sorteo, le dio en custodia una joven mujer ya madura.

7 Esta joven, tal vez durante la ausencia del respetable carpintero, debió rendir demasiado pronto homenaje a Venus, la diosa del amor, y quedó encinta. Tengo entendido que eso le ocasionó grandes dificultades ante el sacerdocio.

8 Hasta este punto estoy perfectamente al corriente. En cuanto al parto de esa joven corrieron leyendas sumamente misteriosas entre la gente del pueblo; es difícil hacerse una idea clara de todo ello. Dicen que el carpintero se había casado con la joven antes de que ella diera a luz para evitar la difamación por parte de sus correligionarios.

9 Ella dio a luz en un establo mientras estaban en camino a Belén, con motivo del censo.

10 Todo lo demás me es totalmente desconocido.

11 Según me dijo Herodes esa familia le había resultado sospechosa debido al comportamiento de los persas. Puesto que es bien consciente que tu hermano Cornelio no es precisamente su amigo, está convencido de que habrá intentado ocultársela para disputarle el trono.

12 Esta es la razón por la que Herodes se decidió a cometer tamaña crueldad: más bien para hacer fracasar el plan de Cornelio que para apoderarse de ese nuevo rey.

13 Ante todo Herodes quería vengarse de tu hermano; de modo que no cometió el infanticidio únicamente por miedo al nuevo rey. Eso es todo lo que te puedo decir acerca de esa familia tan particular».

14 «Tus palabras me confirman que has dicho la verdad», le respondió Cirenio. «No obstante, tampoco se me escapa que procuras justificar el procedimiento de Herodes...

15 Pero te digo: ¡El crimen de Herodes no tiene perdón!

16 Déjame que te explique yo ahora por qué Herodes cometió tan inhumana crueldad:

17 Sabemos que es el individuo más despótico que jamás pisó la tierra.

18 Si tuviera el poder necesario, hoy mismo acabaría con los romanos, incluido Augusto, de la misma manera que lo hizo con los niños inocentes. ¿Me comprendes?

19 ¡Cometió el infanticidio únicamente para demostrar a los romanos su sumisión y con qué resolución defiende nuestros intereses! Quería mostrarse así como auténtico patriota romano para que el emperador le otorgue también mi cargo.

20 Con lo que tendría en sus manos, como yo ahora, un tercio de todo el poder romano, resultándole fácil separarse de Roma y reinar como soberano de Asia y Egipto.

21 ¿Me sigues? Tales son los proyectos de semejante monstruo, ahora ya conocidos por Augusto.

22 Dime si sabías algo referente a estos planes de Herodes cuando te convirtió en su instrumento macabro.

23 ¡Habla!, ¡pero ten en cuenta que cualquier mentira o pretexto te costará la vida! Estoy al tanto de todos los pormenores».

24 De nuevo Maronio Pila le cambió el aspecto: parecía más bien un cadáver que de una persona viva. Balbuciendo respondió: «Sí, tienes razón: sabía lo que Herodes estaba tramando.

25 Te confieso que temía su gran facultad de tramar perversas intrigas. Por eso, y con el fin de evitar mayores maquinaciones, tuve que actuar como quiso.

26 Pero no lo conocía tan a fondo como ahora le conozco ahora por lo que me has dicho, de lo contrario Herodes ya no viviría».

27 «Bien, en nombre del emperador te perdono la vida. Pero tu cargo no te será devuelto hasta que tu alma no se restablezca de esta grave enfermedad. Aquí, conmigo, estarás bien cuidado. Tu cargo, de momento, será entregado a mi hermano Cornelio, pues de ti ya no me fío. De modo que te quedarás aquí hasta que estés curado del todo».


51

Confesión completa de Maronio Pila. Cirenio, sabio juez


1 Al oír esta sentencia, Maronio Pila dijo con voz trémula:

2 «¡Ay de mí!, ¡todo se ha descubierto! ¡Soy republicano y el emperador ya está al tanto!

¡Estoy perdido!».

3 Cirenio le dijo: «Sé muy bien qué clase de espíritu os animaba y cuál era el motivo que hizo que te unieras a Herodes para el infanticidio.

4 Por eso que hice lo que hice.

5 Te digo que si no fueras patricio romano como yo, ya habría ordenado de que te corten la cabeza, ¡y eso sin perdón!

6 La única alternativa habría sido clavarte en una cruz... Pero te perdono la vida porque, primero, sé que Herodes te sedujo y, segundo, porque eres uno de los primeros patricios de Roma, como Cesar Augusto y como yo.

7 Pero mientras Herodes siga vivo y tú aún no te hayas curado del todo, no ocuparás tu puesto.

8 Cumplirás estas condiciones sin la menor réplica ejecutando todos los trabajos que te encargue durante tu estancia aquí. Además, te vigilaré rigurosamente.

9 En primavera tendré que hacer un viaje oficial a Egipto a donde me acompañarás.

10 Allí, cerca de Zoán, vive un sabio anciano. Te examinará y descubrirá todos tus males.

11 Y entonces sabremos hasta qué punto puede uno confiar en tus palabras.

12 Prepárate, porque allí encontrarás algo más que el oráculo de Delfos.

13 Allí tendrás que presentarte ante un juez cuya mirada hace que los metales se derritan como la cera. ¡Prepárate pues!».


52

Viaje de Cirenio a Egipto. Las primeras palabras del Niño


1 La primavera no se hizo esperar, pues en aquella región empieza ya a mediados de febrero.

2 Pero Cirenio preparó su viaje para mediados de marzo porque era costumbre romana usar dicho mes para asuntos militares.

3 De modo que dio orden de que preparasen su barco para el día quince de marzo.

4 Esta vez le costó cinco días hasta llegar a Zoán.

5 Como su visita era oficial, fue recibido con todos los honores militares,

6 de modo que tuvo que pasar muchas revistas a las tropas romanas.

7 Por eso la visita de Cirenio causó una gran sensación cuyo eco llegó hasta donde vivía José con su familia.

8 Este mandó a sus dos hijos mayores a la ciudad para que averiguasen la causa del alboroto.

9 Los dos hijos no tardaron mucho en regresar con la buena nueva de que Cirenio había vuelto; también se habían enterado dónde vivía.

10 «Con enorme gratitud visitaremos a este noble bienhechor nuestro», dijo José a María, «y el Niño nos acompañará».

11 «¡Por supuesto!», dijo María, llena de alegría por la buena nueva, «porque precisamente el Niño es el gran favorito de Cirenio!».

12 En seguida le puso ropa nueva que ella misma había confeccionado, y en su amor maternal le dijo:

13 «¿No es así, hijito mío, que Tú también vendrás con nosotros para visitar a nuestro querido Cirenio?».

14 Sonriendo a María, el Niño le respondió, pronunciando sus primeras palabras:

15 «María, te sigo a ti hasta el día en que tú me sigas a mí».

16 Estas palabras causaron una gran alegría en la casa de José, con lo que casi olvidaron que querían ir a visitar a Cirenio.

17 Pero el mismo Niño les recordó que no tardaran porque, esta vez, el gobernador tenía que hacer mucho para bien de los hombres.


53

José y María quieren huir del lugar del desfile.

Encuentro con Cirenio y Maronio Pila


1 En seguida José y María se pusieron en camino. El hijo mayor de José los llevó por el camino más directo hacia la fortaleza donde Cirenio residía.

2 Pero cuando llegaron a la plaza mayor, la encontraron tan llena de soldados que parecía imposible seguir adelante hacia la entrada de la fortaleza.

3 José estaba preocupado. «Lo que para los mortales es imposible, siempre nos será imposible», dijo a María. «Es evidente que no hay forma de abrirnos paso a través de todas estas filas de soldados.

4 Por eso será mejor dar la vuelta y esperar un momento más oportuno.

5 También el Niño mira las filas de tantos rudos guerreros con algo de angustia. Fácilmente podría asustarse y luego caer enfermo y nosotros tendríamos la culpa. Por eso vale más que demos la vuelta».

6 «Espera, José, si mi vista no me engaña, aquel hombre que en este momento está pasando ante la última fila y que lleva un casco brillante, debe ser el mismo Cirenio.

7 Esperemos todavía un poco hasta que se acerque. Tal vez nos verá y nos hará una señal para indicarnos lo que debemos hacer».

8 «Pues sí, tienes razón; también a mí me parece que debe ser Cirenio.

9 Pero fíjate en el otro hombre que le acompaña. ¡Si no es el prefecto tan cruel de Jerusalén, entonces no me llamo José!

10 ¿Qué hará éste aquí? ¿Y si ha venido por nosotros? ¡No puedo imaginarme que Cirenio nos haya engañado de esta manera!

11 Menos mal que el prefecto no nos conoce personalmente; eso nos permitirá poder aún huir al interior de Egipto.

12 Con que nos conozca sólo a uno de los dos, ya estaríamos perdidos; pues está ya tan cerca que fácilmente podría detenernos.

13 ¡Vámonos, rápido, antes de que Cirenio nos vea, porque él ciertamente nos reconocería en seguida!».

14 También María estaba profundamente asustada y quería dar la vuelta para huir, pero la densidad de la muchedumbre había aumentado de tal manera que ya no pudieron dar ni un solo paso atrás.

15 José dijo: «Me parece que tenemos que entregarnos a la Voluntad de Dios. ¡Él no nos abandonará!

16 ¡Tal vez vale más que bajemos la cabeza para que Cirenio no nos vea de frente!».

17 En este momento Cirenio estaba tan cerca de José que tuvo que empujarle un poco para poder pasar. Pero como José no podía retroceder ni un palmo, Cirenio se volvió hacia el hombre que no se apartaba y, desde luego, lo reconoció inmediatamente.

18 Al ver a toda la familia, incluso al Niño que le estaba sonriendo, sus ojos se le llenaron de lágrimas de alegría. Estaba tan feliz que por un momento no pudo ni hablar.

19 Pero en seguida se repuso, apretó la mano de José contra su pecho y le dijo:

20 «Apreciado amigo, perdóname que aún no haya podido visitarte, pero ya ves como mis obligaciones me tienen ocupado.

21 Pero la revista de las tropas ha terminado ahora mismo, de modo que voy a mandarlas a sus cuarteles.

22 Todavía tengo que dar una orden al comandante para mañana, y en seguida volveré cambiado para acompañarte a casa».

23 E inclinándose hacia María y el Niño, lo acarició y le dijo:

24 «Mi vida, mi amor, ¿me conoces todavía? ¿Me quieres, mi pequeño adorable?».

25 Y el Niño tendió los brazos abiertos hacia Cirenio, le sonrió cariñosamente y dijo con voz muy clara:

26 «Por supuesto, Cirenio, te conozco muy bien y te amo porque tú me amas mucho. Ven, acércate, ¡quiero bendecirte!».

27 Fue demasiado para el corazón de Cirenio... Impulsivamente tomó al Niño en los brazos y lo apretó contra su pecho.

28 «Sí, vida mía, ¡contigo en mis brazos voy a conseguir que haya paz entre los pueblos!».

29 Luego Cirenio llamó al comandante. Le expresó su entera aprobación y le dijo que las tropas comieran a cuenta suya4 durante tres días y que ya podía retirarlas. A continuación invitó a algunos oficiales a una buena comida en casa de José.

30 Cirenio, con el Niño en brazos y acompañado por Maronio Pila, José y María, se pusieron en camino hacia la casa de campo.

31 Viendo que el gobernador era tan amigo de los niños, toda la población se entusiasmó con

él.


image

4 de Cirenio

54

José intranquilo por la presencia de Maronio Pila


1 Ante el giro favorable de la situación José estuvo de acuerdo con todo y alabó a Dios de todo corazón.

2 No obstante, todavía le incomodaba la presencia de Maronio Pila, porque aún no sabía qué era, en realidad, lo que ese amigo de Herodes podía buscar allí.

3 Por eso se dirigió discretamente a Cirenio y le preguntó en voz baja:

4 «Amigo mío, este hombre que va delante de nosotros, ¿no es el Maronio de Jerusalén?

5 Si es él, ¿qué puede haberle traído?

6 ¿Acaso se ha enterado que estoy aquí y quiere hacerme preso?

7 Por favor, ¡no me dejes en esta incertidumbre tan horrible!».

8 Cirenio tomó la mano de José y le respondió también en voz baja:

9 «Sí, se trata del prefecto de Jerusalén, pero no le tengas miedo; está destituido de su cargo.

10 Hoy mismo entenderás que tiene mucho más motivos para temerte a ti que tú a él.

11 Ahora es más bien mi prisionero y no volverá a su antiguo puesto antes de que esté curado del todo.

12 Precisamente por tu causa lo traje aquí, porque cuando le interrogué por el infanticidio pretendió conocerte a ti y a María personalmente.

13 Pero ahora es evidente que no os conoce.

14 De modo que ignora que estáis aquí, y por eso tienes que guardar el incógnito.

16 Espera encontrar a un hombre muy sabio que le descubrirá hasta sus propias entrañas.

17 Ya entiendes que se trata de ti. Le he explicado que este encuentro, a fin de cuentas, sería para su propio bien.

18 Ya se está consumiendo de miedo, pues por su palidez debe sospechar que tú eres el hombre elegido por mí.

19 Te digo estas pocas palabras sólo para que puedas tranquilizarte; más tarde te lo explicaré todo detalladamente».

20 José se quedó más aliviado y, muy discretamente, informó también a María y al hijo mayor, para que supieran a qué atenerse con Maronio Pila y para que el plan de Cirenio no fuera descubierto.

21 Caminando muy despacio llegaron a la casa de campo donde los siervos de Cirenio prepararon en seguida un gran banquete.


55

Banquete en casa de José. La sabiduría divina del Niño eclipsa toda filosofía


1 Cuando los invitados llegaron, el banquete estaba ya preparado. Durante todo el camino Cirenio se había dedicado al Niño, jugando con Él y acariciándole. Llegados a la casa, Cirenio devolvió el Niño a su madre y dio la señal para que sus siervos preparasen la mesa.

2 Todos se sentaron a la mesa, menos María porque no tenía ropa elegante. Por eso se fue con el Niño a un cuarto contiguo donde se sentó a la mesa de los hijos de José.

3 Pero en seguida Cirenio se dio cuenta de este detalle y fue corriendo a buscarla.

4 «Mujer de mi vida, qué haces? ¡Precisamente tú y el Niño me importáis más que todos los demás!

5 Tú eres la reina de nuestra asamblea ¿y precisamente no quieres participar en la fiesta de regocijo que hice preparar sólo para ti?

6 ¡Eso no puede ser! Tú vienes a la sala y te sientas a mi derecha; a mi izquierda se sienta tu marido!».

7 «Oh, señor, ¡mira mi pobre ropa y verás que no combina con la tuya esplendorosa!», replicó María.

8 Pero Cirenio insistió: «Querida madre, si sólo te turba mi ropa de gala que para mí, por supuesto, no tiene el menor valor, entonces rápidamente la cambiaré por el uniforme de un simple marinero con tal de no verme privado de tu grata presencia en mi mesa».

9 Ante tal humildad de Cirenio, María volvió y se sentó a su lado con el Niño en brazos.

10 Cuando todos estuvieron ya sentados, el Niño miraba continuamente a Cirenio, sonriéndole. Y también Cirenio, conmovido por tanta muestra de Amor hacia él, tuvo que mirarlo continuamente.

11 Durante unos instantes Cirenio sostuvo su mirada, pero pronto el Amor al Niño se hizo tan intenso en él, que tuvo que preguntarle:

12 «¿No es verdad, vida mía, que te gustaría mucho que te tomara de nuevo en brazos?».

13 El Niño le miró con una sonrisa encantadora y le dijo con palabras muy claras:

14 «Mi querido Cirenio, me gusta mucho estar contigo. Y como me amas tanto, Yo también te amo mucho».

15 Ante esta invitación Cirenio tomó al Niño en los brazos y lo apretó con fervor.

16 Viéndolo, María dijo divertida al Pequeño: «Oye, ¡espero que no ensuciarás la ropa del señor Cirenio...!».

17 Cirenio respondió muy conmovido: «Oh, querida madre, ¡me gustaría ser yo mismo tan puro como este Niño para ser digno de llevarlo en mis brazos!

18 ¡Este Niño nunca puede ensuciarme sólo limpiarme!».

19 De nuevo, dirigiéndose al Niño, le preguntó: «¿No es verdad, amor mío, que todavía soy bastante impuro y por eso poco digno de tenerte en mis brazos?».

20 Y el Niño pronunció con claridad: «Cirenio, quien me ama como tú es puro y Yo le amo como él me ama a mí».

21 Completamente fascinado, Cirenio continuó preguntando: «¿Cómo es posible que con los pocos meses que tienes, puedas hablar tan clara y sabiamente? ¿Te lo ha enseñado tu madre?».

22 El Niño se enderezó completamente en los brazos del romano como un hombrecito.

23 «Cirenio, eso no depende de la edad ni de la enseñanza recibida sino únicamente del espíritu del que uno esté animado. Sólo el cuerpo y el alma tienen que aprender, pero el espíritu ya lo tiene todo dentro de sí mismo, de Dios.

24 Como Yo tengo el Espíritu de Dios dentro de mí... por Él puedo hablar tan precozmente».

25 Esta respuesta hizo que Cirenio y todos los demás se quedaran sumamente admirados, hasta que el comandante exclamó: «¡Por Júpiter!, ¡con tales respuestas este niño eclipsa a todos nuestros sabios! ¿Qué son ante Él Platón, Sócrates y cientos de otros sabios? Me pregunto, ¿qué hará este niño cuando sea mayor?».

26 «¡Seguramente más que todos nuestros sabios e incluso más que todos nuestros dioses!», fue la respuesta de Cirenio.


56

Elevada opinión de Maronio acerca del Niño


1 Poco después de las palabras sorprendentes del Niño, Cirenio se dirigió a Maronio Pila que, desde hacía un rato, se estaba poniendo cada vez más pálido.

2 «Maronio Pila, ¿qué impresión tienes de este Niño?», le preguntó. «¿Acaso viste algo parecido?

3 ¿No es más que nuestro mito de Júpiter, de quien dicen que en una isla mamó la leche de una cabra?

4 ¿No supera la tradición dudosa de los fundadores de Roma, amamantados por una loba?

5 ¡Habla! Por ello te traje aquí: Para que oigas, veas y aprendas algo y después me des tu juicio al respecto!».

6 Maronio Pila se controló en la medida de lo posible y respondió:

7 «Eminente gobernador de Asia y Egipto, ¿qué podría decir yo, un pobre diablo, cuando los mayores sabios de la antigüedad tienen que callar, y cuando la sabiduría de Apolo y de Minerva queda abominablemente aplastada como una chapa quebradiza bajo los martillazos de Vulcano en su yunque incandescente?

8 De esto no puedo decir sino que los dioses se han complacido en elegir a uno de los más sabios entre ellos y lo han mandado a esta Tierra. Y precisamente a Egipto, a la antigua tierra favorecida por todos los dioses, es decir, a la patria de este dios de todos los dioses; una Tierra que no conoce la nieve ni el hielo».

9 «En cierto sentido tienes razón», le respondió Cirenio con una sonrisa en los labios,

10 «pero parece que en un detalle te equivocaste mucho; pues, has llamado a este Niño hijo de todos los dioses...

11 Aquí, a mi lado, están su padre y su madre, y ellos son hombres como tú y como yo.

12 ¿Cómo podría salir de ellos un hijo de los dioses?

13 Además, de esta manera los excelsos habitantes del Olimpo habrían metido claramente un huevo de cuco en su propio nido, que por su gran sabiduría pronto los superará a todos.

14 Así que me parece que tendrás que pensar en otra interpretación; de lo contrario te arriesgas a que por tu audacia todos los dioses te ataquen a la vez, y que, completamente vivo, te lleven ante Minos, Aeakus y Rhadamanthus, para luego entregarte al suplicio de Tántalo».

15 Maronio se quedó desconcertado, pero después de un rato dijo: «Alteza imperial, me parece que eso del juicio de los tres jueces inexorables de almas ya se está acabando y los dioses están en plan de abandonar el Olimpo.

16 Si encontramos bastantes hombres sabios de categoría, pronto podremos aprender a prescindir de los consejos de nuestros dioses.

17 Realmente, ¡las palabras de este niño prodigioso tienen para mí más significado que tres Olimpos repletos de dioses recién fabricados!».

18 «Maronio, si has hablado con toda convicción, que entonces te sea todo perdonado», dijo Cirenio. «En adelante aún entraremos en detalles al respecto. Sin embargo, por ahora, vale ya».


57

Maronio Pila es interrogado sobre la sagrada familia.

Él reconoce su mentira inocente


1 Después de la comida, que con Cirenio nunca duraba más de dos horas, el comandante y los centuriones volvieron a la ciudad con la orden explícita de Cirenio de que no le preparasen ningún homenaje ese día.

2 Sólo cuando se hubieron ido, Cirenio empezó a interrogar a Maronio abiertamente.

3 En presencia de José y María, que de nuevo tenía el Niño en los brazos, le preguntó:

4 «Maronio, cuando en Tiro te interrogué a continuación de Herodes, me dijiste que conocías personalmente a un tal José, carpintero de Nazaret.

5 Y también afirmaste conocer a una tal María que el carpintero había recibido del Templo para esposa o sólo en custodia.

6 Como ahora estamos en casa de mi amigo sin que nos molesten, cuéntame detalladamente el asunto.

7 Pues he sabido que dicha familia debe realmente encontrarse aquí en Egipto, pero parece que no tiene nada que ver con la familia que me entregó mi hermano y que todavía se encuentra bajo mi guarda.

8 Espero que pese a tu complicidad con el cruel Herodes, te quede todavía suficiente sentimiento de justicia y humanidad para reconocer que sería muy brutal guardar a inocentes en prisión sin ninguna necesidad.

9 Así que descríbeme ahora a esa desacreditada pareja lo más exactamente posible, para que pueda buscarla y detenerla porque así lo exigen las severas leyes de nuestro estado.

10 Me veo obligado a exigirte estas informaciones porque tú mismo confesaste ante mí que conocías a esa familia personalmente, y para mí es de la mayor importancia poder detenerla».

11 De nuevo Maronio quedó desconcertado y no sabía qué contestar pues nunca había visto a ninguno de los dos.

12 «Alteza», dijo con voz trémula después de un rato, «apelando a tu bondad e indulgencia,

13 al fin tengo que confesarte que al tal José no le conozco en absoluto ni tampoco a su mujer, María.

14 Mi confesión de Tiro no fue sino un pretexto porque entonces todavía quería engañarte.

15 Me di cuenta de que a ti no se te puede engañar, por lo que cambié de idea y desde entonces te digo la pura verdad».

16 José hizo un movimiento para decir algo, pero Cirenio le hizo una señal de que esperase todavía.

17 «Vaya», dijo a Maronio, «ahora sé a qué atenerme contigo. De modo que aún tendré que vigilarte más de cerca porque veo que eres un individuo peligroso. ¡En adelante contestarás mis preguntas bajo juramento!».


58

Discurso de defensa de Maronio. José como árbitro.

Sentencia noble de Cirenio


1 «Pero alteza», protestó Maronio, «¿cómo puedo ser todavía un sospechoso partidario de Herodes y un peligro para el estado?

2 Ahora ya sé que ese sanguinario sólo aspira a la autocracia en Asia.

3 ¿Cómo iba a apoyarle en eso? ¿Cómo conseguiría sus fines? El puñado de cómplices que tiene en Jerusalén sólo le permite a Herodes atacar a los hijos de los judíos.

4 Y ese acto de violencia le ha perjudicado ya de tal manera que nunca volverá a hacer cosa parecida.

5 No fui más sino una herramienta en sus manos que tuvo que actuar de acuerdo con su voluntad porque me amenazaba con acusarme a Roma.

6 Pero como ya me has explicado claramente la naturaleza del caso, y como ni tengo ni quiero tener poder en mis manos,

7 no veo en manera alguna cómo podría todavía ser un individuo peligroso para el estado.

8 Para garantizar mi lealtad a Roma guárdame contigo como rehén perpetuo y así me harás más feliz que si volvieras a nombrarme prefecto de Palestina y de Judea».

9 Maronio pronunció estas palabras con toda seriedad, sin que hubiera en ellas la menor ambigüedad.

10 Así que Cirenio reconoció: «Muy bien, hermano mío, te creo porque has hablado con toda seriedad.

11 Pero para confirmar definitivamente tus declaraciones necesito todavía algo más: el parecer de ese hombre sabio del que te hablé en Tiro.

12 Y este hombre, oráculo de oráculos, está aquí delante de nosotros.

13 Para Él tus pensamientos más íntimos son manifiestos. Por eso vamos a preguntarle ahora qué opina de ti.

14 Su juicio será definitivo. Si te rehabilita, entonces hoy mismo volverás a ser prefecto de Jerusalén.

15 Pero si tiene motivos para negarte la rehabilitación, entonces seguirás siendo rehén mío».

16 Al ser invitado para que hablase, José dijo: «Noble amigo Cirenio, para mí Maronio es ahora puro y puedes devolverle si reservas su cargo.

17 Y referente a nosotros estamos en las manos del Dios Todopoderoso: ¿Qué poder, entonces, podrá levantarse contra nosotros?».

18 Ante estas palabras Cirenio levantó la mano y concluyó: «De modo que en el nombre del Dios Vivo de este sabio, te juro, Maronio Pila, que desde ahora eres prefecto de Jerusalén».

19 Pero Maronio lo rechazó: «¡Da este cargo a otro y déjame que continúe contigo como amigo, y me harás mucho más feliz!».

20 «Entonces, mientras Herodes todavía viva, sé mi compañero de armas y sólo después serás gobernador de toda Judea».

21 Maronio aceptó la propuesta lleno de gratitud.

59

La corona de sufrimiento de Herodes y su triste fin


1 Luego José se dirigió a Maronio: «Como la Gracia de mi Dios y Señor me ha revelado que ya no tienes malas intenciones,

2 supongo que sabrás en qué estado se encuentra ahora el corazón de Herodes por los niños que mató a causa del nuevo rey de los judíos.

3 ¿No se le ablandó ni por tanta sangre como derramó ni por los gritos de dolor de las madres?

4 Dime: ¿Qué haría si supiese que, pese a haber asesinado a tantos niños, no ha alcanzado al que buscaba?,

5 ¿si supiera que el Niño en cuestión todavía vive por ahí, en Palestina o en Judea, sano y salvo?».

6 Maronio le miró perplejo. «Hombre sumamente sabio», le respondió pensativo, después de una pausa de reflexión.

7 «No puedo decirte otra cosa sino que

8 si quisieras sacar el provecho más indigno de tu sabiduría, exigiéndole diez mil libras de oro por revelarle el actual paradero de ese niño,

9 te digo que te daría dicha fortuna por anticipado.

10 Pues, ante su ambición de poder, el oro no le importa nada,

11 porque tiene tanto oro que hasta podría construirse casas de oro puro. Pero si se trata de asegurar su trono, entonces no le importa tirar todo su oro al mar y matar a la humanidad entera...

12 También a mí quiso sobornarme al principio con oro, diamantes, rubíes y las más grandes perlas.

13 Pero a ese viejo sanguinario se lo impidió mi sangre de patricio romano,

14 lo que hizo que su ira se encendiese aún más y, simulando patriotismo, me amenazara con denunciarme a Roma.

15 Ya no me quedaba ningún argumento y desde entonces me he visto obligado a hacer lo que me exigía. De su misma mano recibí un documento en que asumía toda la responsabilidad ante Roma.

16 Así es como fui obligado a hacer lo que seguramente ya sabes...

17 De modo que puedes tener la certeza absoluta de que, hasta este momento, no hay que esperar nada bueno de su corazón.

18 Ya que eres un gran sabio, no hará falta que te diga nada más acerca de este rey de todas las furias, auténtica cabeza viviente de Medusa».

19 «Maronio, que el Dios eterno único y verdadero te bendiga por tus sinceras palabras.

20 Créeme, y te convencerás de ello, que a esa escoria de la humanidad, que por su ansia de llevar corona se volvió sanguinario, Dios le proporcionará una, todavía en esta Tierra, de la que todo el mundo se espantará».

21 En este momento el Niño levantó su mano y dijo muy claramente: «Herodes, Herodes, no tengo ninguna maldición para ti, y tendrás tu corona, ¡una corona que te atormentará mucho, causándote más dolor que el peso del oro que tuviste que pagar a Roma!».

22 En el mismo momento en que el Niño pronunció estas palabras, Herodes se vio cubierto de piojos y durante el resto de su vida sus siervos casi no tuvieron otra cosa que hacer que limpiarlo de estos bichos que se multiplicaron más y más, hasta el punto de que le ocasionaron la muerte.

60

Ira de Cirenio contra Herodes y palabras de apaciguamiento del Niño Jesús.

El Niño pregunta: ¿Quién tiene el brazo más largo?


1 Cuando Cirenio escuchó el relato de Maronio, seguido por el juicio de José y por el del Niño, montó en cólera.

2 «¡Oh, fuerzas eternas del Señor todopoderoso del infinito!, ¿ya no tenéis rayos para fulminar a ese monstruoso vasallo de Roma?

3 Oh, Augusto César, buen hermano mío, ¿qué furia habrá cegado tu vista hasta el punto de dar el feudo de Palestina y Judea a esa escoria del tártaro inferior, del auténtico orco?

4 ¡No, y otra vez no!, ¡es demasiado! Maronio, ¿por qué no me dijiste todo eso en Tiro cuando estaba interrogando a Herodes?

5 ¡En el mismo momento habría dado orden de que le cortaran su cabeza de Medusa

6 y hace mucho tiempo que tendríamos ya en su puesto un vasallo más digno.

7 ¿Qué puedo hacer ahora? Ya pagó la multa, de modo que no puedo imponerle otra.

8 Pero espera un poco, viejo sanguinario y hiena de las hienas, ¡te prepararemos una caza digna de todas las furias!».

9 Maronio, José y María temblaron ante la ira de Cirenio; pues, no sabían qué medidas sería capaz de adoptar.

10 Y nadie se atrevió a hacerle preguntas porque estaba demasiado excitado.

11 Sólo el Niño no tenía miedo de la voz potente de Cirenio, sino que continuaba mirándole con toda tranquilidad.

12 Cuando se hubo calmado un poco, de repente el Niño le llamó:

13 «Oye, Cirenio, ¡ven y cógeme en tus brazos! ¡Y llévame fuera de la casa donde quiero mostrarte algo!».

14 Estas palabras fueron como un bálsamo para el corazón de Cirenio. Rápidamente se acercó al Niño y lo tomó con mucho cariño en los brazos, y acompañado por María José y Maronio, lo llevó fuera.

15 Una vez al aire libre, en seguida el Niño le preguntó:

16 «Cirenio, ¡a ver cuál de nosotros dos tiene el brazo más largo! ¡Mide el tuyo y compáralo con el mío!».

17 Cirenio se extrañó ante esta invitación y no supo a qué atenerse, porque le parecía demasiado evidente que su brazo era tres veces más largo que los dos brazos del Niño juntos.

18 Viendo la confusión de Cirenio, el Niño tomo de nuevo la palabra: «Ya veo que encuentras que tu brazo es mucho más largo que el mío...

19 ¡Pero te digo que el mío es mucho más largo que el tuyo!

20 ¿Ves allá lejos una columna adornada con un ídolo?

21 ¡Cógela desde aquí con tu largo brazo, derrúmbala y redúcela a polvo con tus dedos!».

22 Aún más perplejo que antes, Cirenio comentó: «Pero, pequeño mío, ¡salvo Dios, nadie podría hacer algo así!».

23 Entonces el Niño extendió el brazo en dirección a la columna que se encontraba a una distancia de unos cien pasos y esta, en el mismo instante, se derrumbó y quedó pulverizada.

24 Y el Niño añadió: «Que la demostración te sirva para no preocuparte por Herodes; ya ves que mi brazo alcanza más que el tuyo. Herodes ya tiene su merecido; pero tú, perdónale como Yo le perdoné, así será mejor para ti. Pues también él es un habitante ciego de esta Tierra».

25 Estas palabras apagaron toda la ira de Cirenio e íntimamente empezó a adorar al Niño.


61

Confesión pagana de Maronio


1 Este hecho milagroso fue causa de que Maronio se espantara sobremanera; todo su cuerpo estaba temblando como las hojas del álamo durante la tormenta.

2 Al saber José la gran aflicción de Maronio, se acercó a él y le preguntó:

3 «Maronio Pila, ¿qué te pasa? ¿Por qué tiemblas tanto?».

4 Y Maronio respondió a José: «Buen hombre, sin igual en este mundo, ¡para ti es todo muy fácil, porque eres un dios y todos los elementos tienen que obedecerte!

5 Pero yo no soy más que un débil mortal cuya vida, tal como la existencia de esa columna, está en tus manos.

6 Simplemente con tu pensamiento puedes destruirme en un solo instante, y la destrucción de un mundo entero no te costará más.

7 ¿Cómo, pues, no voy a temblar ante tu presencia, teniendo en cuenta que has de ser el patriarca más poderoso de todos nuestros dioses, si realmente existen?

8 Desde hace mucho esta columna estaba consagrada a Júpiter Stator, y todas las fuerzas de la naturaleza resultaron siempre impotentes ante ella.

9 Y ahora la aniquiló ¡un niño menor de edad! Y si tu hijo ya hizo esto, ¡qué poder no tendrás

tú!


10 ¡Permite que un pobre e indigno gusano de la tierra te adore!».

11 Pero José en seguida le contestó: «Maronio, escucha, ¡estás totalmente equivocado!

12 ¡Yo no soy más que tú! Es decir, ¡soy tan mortal como tú! Y si sabes guardar un secreto,

entonces te revelaré algo.

13 ¡Pero si no sabes callar, te cabrá la misma suerte que a la columna!

14 Si quieres y si tienes valor para ello, ¡óyeme, pues!».

15 Pero Maronio rogó a José de rodillas que no le contara nada, porque si alguna vez se le escapaba una palabra estaría perdido...

16 «No te preocupes por eso», le tranquilizó José, «¡porque el Señor del Cielo nunca castiga a nadie por casualidad!

17 Por eso puedes escucharme sin preocupaciones. Además, lo que voy a decirte no es ni mucho menos en perjuicio tuyo sino para que perdures, eternamente».

18 Cirenio, todavía adorando y entreteniendo al Niño, se acercó a José y le aconsejó:

19 «Me parece que vale más que, de momento, dejes a Maronio tal como es. Yo mismo voy a prepararle hoy y mañana podrás iniciarlo más profundamente».

20 José estuvo conforme y todos volvieron a entrar en la casa.


62

Empeño amoroso por salvar un alma humana. Por qué los hombres tenemos dos ojos y dos orejas, pero una sola boca


1 Ya estaba oscuro cuando Cirenio se dirigió a José para informarle que no podía quedarse esa noche con él, agregando:

2 «También lamento que mañana hasta la tarde tenga que dedicarme a asuntos oficiales.

3 Pero a la tercera hora volveré con Maronio y después de que le haya preparado un poco, podrás revelarle tu santa palabra.

4 Pues me gustaría mucho que este hombre de amplios conocimientos fuera salvado por la santa escuela de vida de tu Dios, única a la que considero verdadera y viva».

5 «Es una buena idea», reconoció José. «Porque al Señor le agrada mucho que tratemos con amor a los enemigos, cuidando de su bien material y espiritual.

6 Si consideramos a cada pecador como a un hermano extraviado, también Dios nos considerará como hijos suyos extraviados.

7 Mientras que en caso contrario sólo nos considerará como criaturas malévolas, siempre sometidas a su juicio y expuestos a la muerte efímera.

8 Por eso el Señor nos ha dado a los hombres dos ojos y solamente una boca para hablar: Para que con un ojo viéramos a los hombres como hombres, y con el otro los viéramos como hermanos.

9 Si los hombres erran ante nosotros, debemos abrir nuestro ojo de hermanos y cerrar el de hombres.

10 Si los hermanos erran ante nosotros, debemos cerrar el ojo de hermanos y dirigir el los hombres a nosotros mismos, para que, de esta manera, nos miremos ante todo a nosotros mismos como hombres que fallan.

11 Con la boca que tenemos debemos todos reconocer a un Dios, un Señor y un Padre, y Él nos reconocerá a todos como a hijos suyos.

12 Porque también Dios tiene dos ojos y una boca: Con uno de los ojos ve a sus criaturas y con el otro a sus hijos.

13 Si miramos a nuestro prójimo con el ojo de hermanos, entonces el Padre nos mirará con el ojo de Padre,

14 pero si miramos a nuestro prójimo con el ojo de hombres, entonces Dios nos mirará solamente con el ojo de Creador. Y por su única boca manifiesta su Amor sólo a sus hijos, mientras que a las criaturas les comunicará su juicio.

15 De modo que es más que justo que cuidemos de nuestro hermano Maronio».

16 Después de eso José bendijo a Cirenio y a Maronio que, con su séquito, se fueron a la ciudad. Y José se ocupó de sus quehaceres domésticos.


63

Jacobo de niñera; su curiosidad y reprimenda del pequeño Salvador


1 Por la noche María dejó al Niño en una cuna que José había hecho en Zoán.

2 Y, como de costumbre, Jacobo, el hijo menor5 de José, tenía que hacer de niñera. Por eso acunaba al Niño para que se durmiera.

3 María se fue a la cocina para preparar la cena.

4 A Jacobo le hubiera gustado que el Niño al que acunaba se hubiera dormido esta vez un poco antes, porque tenía ganas de juntarse con sus hermanos que estaban admirando afuera la iluminación de un arco de triunfo erigido en honor de Cirenio bastante cerca de la casa.

5 Con esta intención acunó al Niño con mucho empeño, cantando y silbando.

6 Pero, a pesar de todo, el Niño no quería dormir. Cada vez que Jacobo dejaba de acunarlo, en seguida se movía para indicar al niñero que aún no estaba dormido.

7 El niñero ya estaba medio desesperado porque veía que afuera había cada vez más luz por las muchas antorchas encendidas.

8 Así que, pese a que aún no dormía, Jacobo se decidió a dejar al Niño un momento solo para poder contemplar el espectáculo.

9 Pero cuando intentó levantarse, el Niño le detuvo: «Jacobo, ¡si ahora me dejas solo sufrirás las consecuencias!

10 ¿Acaso no valgo más que todo el estúpido espectáculo de ahí fuera y que tu vana curiosidad?

11 Todas las estrellas y todos los ángeles te envidian por el servicio que puedes prestarme, ¿y tú estás impaciente conmigo y quieres dejarme solo?

12 Si lo hicieras, no merecerías tenerme como hermano.

13 ¡Sal, pues, si el espectáculo mundano te interesa más que Yo!

14 Si tu mínimo y fácil servicio te pesa todo el cuarto está lleno de ángeles dispuestos a servirme».

15 Estas palabras le quitaron a Jacobo todas las ganas de salir.

16 Se quedó al lado de la cuna y, acunándole con mucho empeño, rogó al Niño que le perdonase.

17 Y el Niño dijo a Jacobo: «Todo te es perdonado. ¡Pero otra vez no te dejes tentar por el mundo!

18 ¡Porque Yo soy más que el mundo entero, los Cielos y todos los hombres y los ángeles!».

19 Al escuchar estas palabras, por poco Jacobo no se desmaya porque poco a poco estaba percibiendo quién se ocultaba en este Niño.


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5 Jacobo, el primer autor de este libro.

20 En ese momento entraron María y José con sus otros cuatro hijos para sentarse a la mesa. Jacobo les contó en seguida lo que había pasado.


64

José predica sobre el amor a Dios y el amor al mundo


1 Cuando Jacobo hubo terminado su relato, José dio su opinión:

2 «Así es, era y será siempre. Pues hasta en los detalles más ínfimos hay que amar a Dios más que a todas las magnificencias del mundo.

3 ¿Qué provecho pueden traer al hombre sus más llamativas maravillas?

4 Hasta David tuvo que huir de su propio hijo... Y Salomón, finalmente, tuvo que experimentar con amargura que había caído en desgracia ante el Señor por entregarse demasiado a las delicias del mundo.

5 Cada segundo Dios nos regala una nueva vida. ¿Cómo no vamos a amarle hasta en las cosas más ínfimas, más que a todo el mundo perecedero y lleno de inmundicias?

6 Todos nosotros estamos convencidos de que este Niño nuestro viene de lo alto y es hijo de Dios.

7 Por lo que, evidentemente, forma parte de Él. Por eso es justo que lo amemos más que a cualquier cosa del mundo.

8 Fijaos en el pagano Cirenio: El motivo del bien que nos hace es únicamente el Niño; pues la intuición de su corazón le dice que un ser divino supremo tiene que estar en íntima unión con este nuestro Niño, y por ello lo teme y ama.

9 Si un pagano actúa así, ¡cuánto más nos toca a nosotros hacer lo mismo, pues sabemos perfectamente el origen del Niño y quién es su Padre!

10 ¡Por eso dediquemos siempre nuestra atención a este Niño porque Él es más que nosotros y que todo el mundo!

11 ¡Tomadme como ejemplo y veréis los muchos sacrificios que yo, un hombre anciano, hice por este Niño divino!

12 Pero siempre me resultó fácil porque amo a Dios más que al mundo entero.

13 ¿Acaso hemos perdido algo con los sacrificios? Seguro que no; a la larga todos los sacrificios nos han traído siempre beneficios.

14 Pensad y actuad todos de la misma manera y nunca perderéis nada sino que siempre saldréis ganando inmensamente.

15 Además este Niño es de todos modos tan cariñoso que resulta una alegría estar con Él.

16 Raras veces llora. Nunca ha estado enfermo y si alguien se dedica a Él, siempre le sonríe tan cariñosamente que uno se conmueve casi hasta las lágrimas.

17 Y ahora que ya ha empezado a hablar tan de repente, ¡dan unas ganas de estrecharle continuamente con mucho cariño...!

18 Por ello, queridos hijos, tened en cuenta quién es este Niño y cuidadlo con mucho celo.

19 Si se os ocurre apreciar las locuras vanas del mundo más que a Él, nuestro mayor bien, entonces puede ser fácil que os castigue en reciprocidad».

20 Estas palabras de José hicieron que sus cinco hijos se emocionasen y se levantaran para acercarse a la cuna del Niño.

21 Este miró a sus hermanos con gran cariño, los bendijo y les dijo: «Hermanos míos, ¡si siempre queréis ser felices, entonces volveos como Yo». Los hermanos quedaron impresionados y aquella noche ya no comieron nada.


65

El Niño predice una tempestad


1 Los hijos de José no daban muestras de querer separarse de la cuna porque estaban demasiado llenos de amor para con su pequeño y divino hermano.

2 Como la hora estaba ya bien avanzada, José observó:

3 «Vemos que le amáis mucho,

4 pero aun así conviene que os preparéis para descansar, porque ya es muy tarde y la noche se hará corta.

5 El Niño ya duerme. Por eso, con mucho cuidado, poned la cuna al lado de la cama de su madre y retiraos a vuestro dormitorio».

6 Sin embargo, nada más pronunciar José estas palabras, el Niño abrió los ojos y dijo:

7 «Esta noche quedaos todos aquí y dejad vuestro dormitorio para la gente que vendrá buscando refugio.

8 Porque no tardará mucho en levantarse una tempestad de una violencia aquí nunca conocida.

9 Pero no tengáis miedo porque saldréis todos ilesos.

10 Y no cerréis las puertas para que los refugiados puedan salvarse en esta casa».

11 José se asustó por la predicción del Niño y salió corriendo para ver desde dónde se acercaría la tempestad.

12 Pero fuera no se podía ver ni una sola nube; el cielo estaba absolutamente despejado y el aire completamente inmóvil.

13 Un silencio sepulcral cubría toda la región y no había ni el menor indicio de una posible tormenta.

14 De modo que José volvió a entrar y, alabando a Dios, dijo:

15 «Es posible que el Niño lo haya soñado porque no hay ni el mínimo rastro de tormenta.

16 El cielo está totalmente sereno y no se ve nube alguna. ¿De dónde iba a levantarse una tormenta?».

17 Pero apenas pronunciadas estas palabras se escuchó un estruendo como un estallido de mil truenos y la tierra tembló tan intensamente que varias casas y templos de la ciudad se derrumbaron.

18 En el mismo momento se levantó una tormenta tan violenta que desde el mar cercano llegaron olas enormes que amenazaban la ciudad. Todo el pueblo, despierto por el temblor, salió de la ciudad para alcanzar lugares más altos.

19 También Cirenio y Maronio, con su séquito, vinieron a todo correr y contaron a la familia las escenas horribles causadas por el terremoto y la tempestad.

20 Pero José tranquilizó a Cirenio contándole todo lo que el Niño había predicho, con lo que Cirenio volvió a respirar más libremente y la violencia de la tormenta ya no le preocupó, pues se sentía seguro.


66

La tormenta aumenta pero el Niño duerme. Un evangelio de la fe en Dios


1 Cuando Cirenio se hubo tranquilizado del todo, se dirigió a la cuna y, lleno de sublimes pensamientos en su corazón, observó al Niño.

2 Pero este dormía tranquilamente y el terrible furor de los elementos no le perturbaba.

3 Mientras tanto, poco a poco, el huracán fue aumentando de tal manera que Cirenio temió que la casa se derrumbara.

4 «Como la vehemencia de la tormenta aumenta cada vez más, me parece que sería prudente que abandonemos esta casa», dijo el gobernador muy preocupado,

5 «porque una tromba pudiera llevársela muy fácilmente enterrándonos bajo sus escombros.

6 Por eso vale más que huyamos lo antes posible porque nadie puede saber si el desastre de la ciudad se repetirá aquí».

7 En este momento el Niño volvió a abrir sus divinos ojos, reconoció en seguida a Cirenio y le dijo con voz muy clara:

8 «Escucha, Cirenio, cuando estás conmigo no has de temer a la tormenta

9 porque también las tormentas, como el mundo entero, dependen de tu Dios.

10 Pues también las tormentas tienen que existir para ahuyentare al malvado engendro del infierno.

11 Pero a los que están conmigo no los pueden perjudicar, porque también las tormentas conocen a su Señor y no son libres de hacer lo que quieren.

12 Porque el Todopoderoso que es lleno de Amor, tiene las riendas en su manos.

13 Por eso no tengas miedo, Cirenio, porque aquí conmigo nada le pasará a nadie.

14 Esta tormenta sabe muy bien quién vive aquí en esta casa.

15 Esta noche los hombres te han rendido un gran homenaje con muchos fuegos encendidos pese a que no eres más que un hombre.

16 Pero ahora la tormenta rinde homenaje a alguien que es más que un hombre. ¿Te parece injusto?

17 Mira, se trata de un cántico de gloria de la naturaleza, que alaba a su Señor y Creador.

¿Será injusto?

18 Oh, Cirenio, el aire que te acaricia también entiende a Aquel que lo creó y por eso también tiene derecho a alabarle».

19 Con estas palabras el Niño volvió a dormirse y nadie pudo hacer comentario alguno. Cirenio se puso de rodillas y adoró al Niño en la cuna.


67

Noticia horrible de los mensajeros. Petición sedienta de sangre de los sacerdotes paganos. Dilema de Cirenio entre su conciencia y el mundo


1 En la casa de campo entró la tranquilidad sin que nadie se preocupara más de los elementos que bramaban.

2 Pasada una hora, llegaron unos mensajeros y le dijeron a Cirenio:

3 «Alteza, ¡están ocurriendo cosas horrorosas!:

4 En unos cuantos lugares salen columnas de fuego de la tierra,

5 los vientos arrastran enormes lenguas de fuego que destruyen todo lo que está a su alcance y no hay nada que pueda resistir a su violencia.

6 Los sacerdotes declaran que todos los dioses se han irritado

7 y quieren aniquilarnos a todos.

8 Es evidente: se distingue claramente el ladrido del Cerbero... Las furias bailan por todas partes...

9 Vulcano ha dirigido sus chimeneas hacia la superficie de la tierra y sus poderosos cíclopes destruyen casas y montañas...

10 Neptuno ha concentrado todos sus poderes en una sola fuerza;

11 pues, levanta al mar como a una montaña y quiere ahogarnos a todos...

12 Si no ofrecemos grandes sacrificios humanos a los dioses tan profundamente enojados, estaremos todos perdidos.

13 Los sacerdotes ya han escogido mil mancebos y mil vírgenes para tal fin. ¡Y a nosotros nos enviaron a toda prisa para que nos des tu aprobación!».

14 Cirenio, profundamente asustado ante estas noticias, no sabía qué hacer.

15 Por razones políticas no se atrevía a oponerse abiertamente a los sacerdotes,

16 pero aún resultaba más intolerable a su corazón aprobar este sacrificio que oponerse al sacerdocio.

17 Por ello se dirigió al Niño que se había despertado en aquel momento y le pidió consejo.

18 El Niño le dijo: «¡Cálmate, Cirenio, dentro de unos momentos la tormenta cesará y aquellos que querían asesinar a tantos seres humanos ya no existirán!».


68

Aflicción de las dos mil víctimas


1 Mientras tanto, los mensajeros esperaban la orden de Cirenio.

2 Este se levantó de donde estaba arrodillado ante la cuna del Niño y fue a su encuentro.

3 «Id y pedir a los sacerdotes la lista de las vírgenes y de los mancebos destinados al sacrificio porque tengo que comprobar que la selección ha sido justa».

4 Los mensajeros se fueron corriendo.

5 Mientras tanto la tormenta se calmó del todo.

6 Cuando los tres mensajeros llegaron a la ciudad, quedaron casi paralizados al saber que el palacio de los sacerdotes había quedado reducido a escombros. Salvo tres sacerdotes subalternos todos los demás habían quedado allí enterrados.

7 Así que los mensajeros volvieron en seguida a donde estaba Cirenio, para informarle sobre la suerte de los sacerdotes.

8 Ahora, totalmente convencido de las palabras del Niño, de nuevo Cirenio no sabía qué medidas tomar.

9 Iba a volver a dirigirse al Niño, cuando aparecieron los tres sacerdotes subalternos supervivientes

10 y le pidieron que les diera instrucciones porque un temblor de tierra reciente había sepultado en su palacio a los piadosos servidores de los dioses, cuando ya estaban preparados para ejecutar el sacrificio.

11 Le dijeron que las víctimas prestas al sacrificio estaban ya en la plaza donde antes se levantaba la columna de Júpiter que había quedado totalmente destruida.

12 Querían saber cuándo debían empezar a ofrecer el sacrificio, si inmediatamente o si debían esperar a la mañana cuando saliera el Sol.

13 De todos modos habría que hacerlo porque si no, los dioses podrían caer en una ira aún mayor a causa de la ingratitud de los hombres.

14 Cirenio les comunicó su decisión:

15 «De ninguna manera se procederá al sacrificio ni hoy ni después del amanecer, y eso bajo castigo de pena de muerte; sólo se hará cuando yo, personalmente, dé la orden para ello».

16 Los sacerdotes subalternos se fueron hacia la plaza donde las pobres víctimas, angustiadas mortalmente, lloraban y se lamentaban.

17 Cirenio, mientras tanto, casi no podía esperar a la mañana siguiente porque sabía que las asustadas víctimas iban a pasar una noche de espanto.


69

Los tres diabólicos sacerdotes paganos. Justa sentencia de Cirenio: libertad para las víctimas y muerte para los tres sacerdotes


1 Nada más llegar a la plaza del suplicio, los tres sacerdotes subalternos anunciaron a los guardias y a las víctimas muertas de miedo, que el inevitable sacrificio iba a ser ejecutado definitivamente por la mañana, porque así lo había dispuesto el mismo Cirenio.

2 No será necesario describir el estado de ánimo en el que estas noticias pusieron a las dos mil víctimas. Pues quien conoce la tradición histórica sabe que en semejantes sacrificios para pacificar a los diversos dioses, las víctimas también eran torturadas y muertas de las más variadas maneras.

3 Sería demasiado horrible describir las formas diversas de torturas

4 con lo que más vale hacer caso omiso de todo eso y volver a Cirenio, Maronio y José.

5 Muy de mañana los tres se dirigieron a la plaza del sacrificio.

6 Con profunda amargura Cirenio escuchó ya de lejos los gritos de pavor de las jóvenes víctimas.

7 Por eso aceleró sus pasos para acabar lo antes posible con esa escena tan macabra.

8 Al llegar a la plaza, se espantó ante la actitud inhumana de los tres sacerdotes subalternos que esperaban con impaciencia la orden para empezar el degüello.

9 En seguida Cirenio hizo que vinieran los sacerdotes y se dirigió a ellos: «Decidme, ¿no os duele asesinar tan cruelmente a esta preciosa juventud? ¿No tenéis en vuestro corazón ni la menor compasión por ellos?».

10 Y le respondieron los sacerdotes subalternos: «¡Cuando se trata de los sentimientos de los dioses, no caben sentimientos humanos!

11 Para los dioses una vida humana no significa nada, sino abominación. Nosotros, sus siervos en la Tierra, reaccionamos a su manera, ¡por lo que no podemos sentir ni tener compasión!

12 ¡Tenemos por el contrario que sentir placer y júbilo de poder cumplir minuciosamente nuestro servicio para con ellos!

13 De modo que, con suma alegría, estamos preparados para realizar el sacrificio que, de todos modos, los dioses exigen raras veces».

14 La afirmación dio tamaño golpe en el corazón de Cirenio que este empezó a temblar de ira contra los sacerdotes subalternos.

15 No obstante, tras un momento, se controló y continuó interrogándolos: «Pero si el propio Júpiter estuviera aquí y les perdonase la vida, ¿qué haríais?».

16 «Entonces habría que proceder al sacrificio aún con más diligencia porque sólo se trataría de una prueba para comprobar nuestra lealtad sacerdotal.

17 Si en tal caso tuviéramos misericordia de las víctimas, Júpiter nos tomaría por sacrílegos y nos aniquilaría con rayos y truenos».

18 Cirenio insistió: «¿Y en qué habrán pecado vuestros superiores ante los dioses para haber sido enterrados tan cruelmente entre los escombros de su palacio?».

19 Los sacerdotes subalternos respondieron: «¿Acaso no sabes que por encima de todos los dioses y sus sacerdotes reina un hado inexorable?

20 ¡Él fue quien mató a los sacerdotes!, pues a los dioses sólo los ha podido irritar, ya que son inmortales».

21 «Muy bien», concluyó Cirenio lacónicamente, «pues esta misma noche, después de las doce, vino el hado a visitarme y me ordenó perdonar la vida a todos estos jóvenes, y a cambio sacrificaros a vosotros tres, orden que es inexorable como yo me llamo Cirenio y soy hermano de Augusto César, supremo cónsul y emperador de Roma. ¿Qué decís ahora?».

22 Esta noticia hizo que los tres sacerdotes subalternos se pusieran pálidos y que las víctimas recobrasen los ánimos. En seguida el gobernador dio órdenes para que atasen a los sacerdotes subalternos y preparasen todo lo necesario para su ejecución, mientras que anunció a las víctimas su libertad.


70

José trata de intervenir. Los condenados imploran la misericordia de Cirenio


1 En esto José se acercó a Cirenio. «Noble amigo, ¿acaso de veras quieres matar a estos idólatras?».

2 «Sí, amigo mío», le respondió Cirenio con amargura y lleno de ira contra esos tigres en forma humana,

3 «por esta vez deseo que el caso sirva como escarmiento, con el fin de que el pueblo sepa que no hay nada que yo castigue tanto como la absoluta ausencia de amor.

4 Porque un hombre sin amor ni compasión es el mayor mal en este mundo.

5 Comparados con él, todos los animales feroces son como corderos. Y las furias del infierno apenas unos aprendices ineptos.

6 Por eso considero como mi mayor deber exterminar a estas bestias.

7 La primera obligación de los sacerdotes es precisamente el educar al pueblo en el amor y darle un buen ejemplo.

8 Pero si los maestros y guías del pueblo se vuelven furias, ¿qué será entonces de sus alumnos?

9 Por eso, ¡que mueran estas tres bestias! ¡Todavía me queda pensar en la forma de martirio más cruel que merecen. En cuanto me haya decidido, rápidamente doblaré la vara de la justicia sobre ellos».

10 José no se atrevía a intervenir porque Cirenio había pronunciado estas palabras con una severidad impresionante.

11 En el acto, los tres sacerdotes subalternos cayeron de rodillas ante Cirenio, pidiéndole misericordia y prometiendo cambiar de vida. Incluso renunciaron a su puesto sacerdotal.

12 Para obtener el indulto apelaron a la ley sacerdotal que los obligaba a actuar de aquella manera.

13 Pero Cirenio descubrió sus intenciones: «Malvados, ¿acaso creéis que no conozco las leyes del sacerdocio?

14 ¡Escuchad, pues! La ley de los sacrificios extraordinarios dice así: “...Cuando un pueblo se vuelve claramente infiel a sus dioses por su libertinaje, y estos los castigan a continuación con guerras, hambre y pestes, entonces los sacerdotes deben advertirlo y guiarlo a la necesaria regeneración.

15 Si el pueblo no hace caso, entonces los sacerdotes deben bendecirlo y llamarle la atención para que cumplan con su deber de sacrificar oro, ganado y cereales para apaciguar a los dioses. Los sacerdotes bendecirán las ofrendas y prepararán un holocausto con ellas.

16 Pero si se trata de un pueblo obstinado que no admite los consejos y que se burla de los sacerdotes, entonces estos deben detener a los blasfemos, juntos con sus descendientes, y, durante siete meses, educarlos en recintos subterráneos bajo el látigo.

17 Si los blasfemos se arrepienten, entonces hay que devolverles la libertad. En caso contrario, tendrán que morir por la espada y solamente después serán entregados a las llamas para el apaciguamiento de los dioses...”.

18 ¿Acaso la antigua y sabia ley del sacrificio no es así? Y aquí, ¿dónde ha habido guerra, hambre y pestes?... Y esta juventud hermosa, ¿acaso ha sido infiel a los dioses?... ¿La instruisteis antes durante siete meses?... - ¡Nada de eso! ¡Sólo por pura ambición y perversidad queríais matarla! Por eso, ahora, vosotros debéis morir, ¡por ser los mayores infractores de vuestra propia ley!».


71

La simulada condena de los tres sacerdotes subalternos, remedio para su mejora


1 Una vez pronunciada la sentencia de Cirenio, de nuevo José procuró intervenir:

2 «Noble gobernador, yo soy de la opinión de que el castigo de estos siervos paganos, aunque realmente sean unos malvados, deberías volver a ponerlo en las manos del Señor.

3 Créeme, nadie presta un servicio agradable al Señor todopoderoso del Cielo y de la Tierra, matando incluso al mayor malhechor.

4 Por eso deja con toda confianza que el Todopoderoso prepare el castigo que les corresponde a estos tres hombres, a no ser que cambien a fondo de intención y se arrepientan. Y el Señor te bendecirá por tu sabia decisión».

5 Estas palabras encontraron sitio en el corazón de Cirenio y el gobernador empezó realmente a reflexionar qué era más conveniente hacer.

6 Después de un rato decidió hacerles pasar como mínimo un miedo mortal para que supiesen en carne propia los sufrimientos que habían ocasionado a los pobres jóvenes.

7 «Amigo mío, tus palabras me han dado mucho que pensar», reconoció ante José, «y pienso cumplir tu consejo.

8 No obstante, ahora mismo es demasiado pronto. Antes debo todavía doblar la vara de la justicia sobre ellos y condenarlos al suplicio más cruel que tienen merecido.

9 Solamente después de que hayan pasado durante veinticuatro horas unas angustias mortales en el lugar del suplicio, ruégame ante todo el pueblo que les perdone la vida.

10 Entonces atenderé tu ruego públicamente y los tres malvados quedarán con vida dentro del orden de la ley.

11 Me parece que esta decisión es justa. Pues no puedo indultarlos sin más ni más porque descubrí que han violado la ley sacerdotal.

12 De acuerdo con esta ley, tienen que escuchar su sentencia de muerte. Sólo después, en casos muy extraordinarios, el perdón de la vida puede cambiar el veredicto.

13 Ahora mismo voy a proceder».

14 José estuvo de acuerdo y Cirenio llamó a los jueces y a los esbirros, diciéndoles:

15 «¡Traed tres cruces de hierro y unas cadenas! ¡Plantad las cruces en el suelo, encended una hoguera alrededor de ellas y mantenedla durante veinticuatro horas.

16 Cuanto las cruces estén al rojo vivo, volveré para ordenar que suban a ellas a los tres blasfemos. ¡Así será!».

17 Luego Cirenio tomó una vara, la rompió y la tiró delante de los pies de los condenados.

18 «Habéis escuchado el veredicto», dijo Cirenio. «Esta es la muerte que merecéis,

¡preparaos, pues!».

19 La sentencia cayó sobre los condenados como mil rayos. Se pusieron a chillar y lamentarse, llamando a todos los dioses en su socorro.

20 Sin perder tiempo, los guardias los tomaron en custodia y los verdugos fueron a la sala de tortura para buscar los instrumentos de martirio. Cirenio, José y Maronio volvieron a casa.


72

María duda de la Omnipotencia del Niño. Por qué el poderoso león de Judea huyó ante Herodes. Bienaventuranza de los niños degollados


1 Cuando se acercaron a la casa de campo, María con el Niño en los brazos vino a su encuentro.

2 «Decidme, ¿qué les ha pasado a los jóvenes?», preguntó llena de angustia.

3 «Porque si con la ocasión de parecidas tormentas, que aquí tal vez no sean raras, cada vez se practican semejantes sacrificios, entonces también nosotros tendremos que temer por nuestro Niño.

4 Pues pese su gran poder tuvimos que huir de Palestina a causa de Herodes,

5 de lo cual hay que deducir que en ciertos casos el Niño no tiene tanto poder. De modo que es nuestro deber protegerlo de todos los grandes peligros».

6 «Mujer, ¡no te preocupes por eso!», le contestó José,

7 «porque ni la punta de un pelo les fue tocado a los jóvenes destinados a sacrificios tan crueles.

8 Nuestro querido Cirenio en seguida les dio la libertad y en cambio, a los tres sacerdotes subalternos que ayer vinieron a casa para pedirle que diera su consentimiento para degollar a los jóvenes, los condenó al penoso suplicio de la cruz incandescente.

9 Sin embargo, dicho sea en confianza, la condena será simulada. Pues mañana por la mañana recibirán el indulto.

10 Mientras tanto, esta lección les servirá de escarmiento, y en adelante dejarán de proponer parecidos sacrificios.

11 Por eso, ¡queda tranquila y ten en cuenta que el Señor que hasta ahora nos ha guiado con tanta seguridad, tampoco en adelante nos dejará caer en manos paganas».

12 María quedó tranquilizada y su fisonomía volvió a iluminarse.

13 El Niño sonrió a la madre y le dijo:

14 «María, si alguien domesticase un león tan perfectamente que le transportaría como si fuera un animal de carga,

15 ¿acaso te parecería razonable si, sentado en el león, el domador tuviera miedo de una liebre fugitiva?».

16 María se sorprendió de la gran sabiduría de estas palabras, sin embargo no las comprendió.

17 Pero el Niño continuó, aunque esta vez lo hizo con una cara más seria:

18 «Yo soy el poderoso león de Judea y te llevo a ti a cuestas. ¿Cómo, entonces es posible que tengas miedo a aquellos a quienes Yo, con un simple soplo, puedo deshacer como a una brizna de paja?

19 ¿Acaso imaginas que he huido de Herodes para salvarme de su ira?

20 ¡Ni mucho menos! ¡He huido de él para preservarle a él mismo! ¡Porque si nos hubiéramos enfrentado, se habría perdido eternamente!

21 En cuanto a los niños que por mi causa han sido degollados, se encuentran ahora en mi Reino y son inmensamente felices. Todos los días están conmigo y me reconocen como a su Señor eterno.

22 Mira, María, así andan las cosas. Todo esto, por supuesto, lo guardarás para ti. Tú, sin embargo, debes bien saber quién es Aquel al que ya llamaste “hijo de Dios”».

23 Estas palabras penetraron en María y le conmovieron profundamente; y en ese mismo momento percibió muy claramente que estaba llevando al Señor en sus brazos.

24 Pero también Maronio, que se encontraba cerca de María, había oído las palabras del Niño, y se hincó de rodillas ante Él.

25 Sólo en este momento Cirenio, muy ocupado antes en una conversación con uno de los secretarios que le acompañaban, se dio cuenta de la presencia de María.

26 Nada más verla, corrió hacia el Niño, lo saludó y lo acarició. Y este le dijo: «Cirenio, eleva a Maronio; pues, ya está preparado para conocerme. ¿Comprendes lo que quiero decir?».


73

El Niño Jesús pone condiciones a favor de las tres víctimas


1 Cuando el grupo llegó a la casa de campo, Cirenio mandó a su ayudante a la ciudad para que informara al comandante que ni ese día ni el siguiente deberían realizarse desfiles ni revistas de tropas.

2 Porque era costumbre entre los romanos, en general bastante sensatos, que cuando se presentaban acontecimientos extraordinarios,

3 como un eclipse solar o lunar, cometas, aparición repentina de un loco, un ataque de epilepsia, una fuerte tormenta, y hasta ejecuciones a manos del verdugo,

4 no podía haber asuntos de gobierno al mismo tiempo.

5 Para los romanos tales días constaban como días nefastos o más bien días especiales de los dioses que los hombres tenían que respetar, sin abusar de ellos para sus propios fines.

6 Aunque a Cirenio semejantes costumbres vanas le dejaban indiferente, tenía que tenerlas en cuenta ante el pueblo, todavía profundamente apegado a tal género de supersticiones.

7 Cuando el ayudante se fue, Cirenio dijo a José: «Si te parece bien, podemos ahora tomar un desayuno y después ir todos a la ciudad para inspeccionar las devastaciones causadas por la tormenta.

8 Seguro que encontraremos a muchos ciudadanos afectados y les podremos ayudar de una u otra manera.

9 Después también iremos a visitar el puerto para ver en qué estado se encuentran los barcos.

10 Se supone que habrá mucho trabajo para ti y tus hijos a los que nombraré intendentes generales, pues esta ciudad carece de constructores.

11 Porque Egipto hoy día ya no es lo que fue arquitectónicamente hace mil años en tiempos de los faraones».

12 En seguida José cumplió las instrucciones de Cirenio e hizo que preparasen un desayuno frugal que consistió en pan, miel, leche y fruta.

13 Nada más terminar el desayuno, Cirenio y los demás se levantaron para ir a la ciudad.

14 Pero en este momento el Niño le llamó: «Cirenio, veo que quieres ir a la ciudad para ayudar a los necesitados y tu mayor deseo es que Yo vaya contigo.

15 Pues sí, iré contigo, pero bajo la condición de que me escuches y aceptes mis consejos.

16 Mira, quienes están sufriendo más que todos los demás, son los tres hombres que has condenado a veinticuatro horas de angustia mortal.

17 Considera que Yo no tengo satisfacción alguna con el dolor excesivo de los miserables. Por eso vayamos antes allí para socorrer a esos tres infelices. Y después visitaremos en la ciudad y en el puerto a los demás que son menos desdichados.

18 Si me haces caso, entonces voy contigo. De lo contrario me quedo en casa. Porque mira: Yo también, a mi manera, soy señor y puedo hacer lo que quiero sin necesidad de ti. De modo que ya sabes: Iré contigo si aceptas mi consejo».

74

Indulto de los tres sacerdotes subalternos.

Estos mueren de alegría, pero el Niño Jesús los reanima


1 Al escuchar estas palabras del pequeño orador en la cuna, como Cirenio a veces le llamaba, quedó totalmente desconcertado y no sabía qué hacer.

2 Porque, por un lado, se veía profundamente comprometido ante el pueblo que lo consideraría un gobernador vacilante

3 y por otro tenía demasiado respeto al poder comprobado del Niño.

4 Y como tras larga reflexión no pudo llegar a tomar una decisión, dijo más bien para sí mismo: «¡Vaya con el escollo de Escila...! ¡Vaya con el torbellino de Caribdis...! Oh, ¡mito de Hércules en la encrucijada!

5 Aquí estoy yo, ¡el héroe entre el escollo y el torbellino!

6 Aunque escape del uno, ¡seguro que el otro será mi perdición!

7 ¿Qué puedo hacer? ¿Me mostraré por primera vez indeciso ante el pueblo por cumplir con la Voluntad de este Niño tan poderoso?

8 ¿O voy a atenerme a mi propia decisión de por sí ya tan misericordiosa?».

9 A esto el Niño le llamó de nuevo y le dijo sonriendo: «Mi querido amigo, ¡estás mezclando huevos vacíos con nueces huecas!

10 ¿Qué son ante mí Escila, Caribdis y Hércules el héroe? Tú, ¡sígueme a mí y no tendrás que ver nada con semejantes vanidades!».

11 Con estas palabras del Niño, a Cirenio se le disiparon las dudas:

12 «¡Sí, vida mía, mi pequeño Sócrates, Platón y Aristóteles en la cuna! Te satisfaré ¡cueste lo que cueste!

13 ¡Adelante pues, vayamos al lugar del suplicio para que en seguida pueda conmutar la sentencia de muerte en indulto!».

14 En este momento Maronio se acercó a Cirenio.

15 «Alteza imperial, es aconsejable cumplir con el consejo del Niño, porque ahora mismo recuerdo que, en asuntos del clero, la pena de muerte sobre sacerdotes no debe ser pronunciada sin el consentimiento del Pontifex maximus6,

16 a no ser que se trate de un asunto subversivo. Pero en este caso se trata sólo de unos que siguen ciegamente la propia causa.

17 De modo que sería muy conveniente hacerle caso del consejo del Niño».

18 Cirenio se alegró mucho de la observación de Maronio y, junto con todo el grupo, rápidamente se puso en camino hacia el lugar del suplicio.

19 Una vez allí, encontró a los tres sacerdotes subalternos casi inanimados por la angustia de una muerte tan horrible.

20 Sólo a uno de ellos le quedaba todavía suficiente lucidez para pedir a Cirenio una ejecución más misericordiosa.

21 Pero Cirenio respondió, dirigiéndose a los tres: «¡Ved este Niño en los brazos de su madre!

¡Este Niño os devuelve la vida, con lo que también yo os la regalo!, así pues, ¡revoco mi sentencia!

22 ¡Levantaos, pues, sois libres! Y vosotros, guardias, jueces y verdugos, ¡idos y llevaos todos los utensilios! ¡He dicho!».

23 Esta demostración de misericordia arrebató la vida a los tres sacerdotes subalternos de tal manera que murieron. Pero el Niño extendió el brazo sobre ellos y se despertaron. Luego siguieron a su pequeño salvador.


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6 «Máximo constructor de puentes»: Título del sumo sacerdote de los romanos; más tarde título del Papa.

75

Visita a la ciudad después de la tormenta. Cirenio quiere tirar su espada


1 Dejando rápidamente el lugar del suplicio, todo el grupo, incluidos los tres sacerdotes subalternos indultados, se dirigió a la ciudad.

2 Cuando llegaron a la plaza mayor y vieron los montones de escombros que habían quedado del Templo y del palacio de los sacerdotes,

3 Cirenio se llevó las manos a la cabeza y exclamó en voz alta:

4 «¡Cómo ha cambiado todo esto! ¡Sólo puede ser obra de un Dios!

5 ¡A Él no le cuesta nada más que un gesto y con su Omnipotencia reduce todo el mundo a polvo!

6 ¿Y vosotros, criaturas, queréis desafiar a Aquel a quien obedecen los elementos?

7 ¿Vosotros queréis ser jueces en donde la Omnipotencia divina reina, y queréis dominar donde el menor gesto del Señor eterno os destruye?

8 ¡Y yo, insensato, llevo todavía una espada como si tuviera algún poder!

9 ¡Fuera este trasto! ¡Este mismo montón de escombros es el sitio más adecuado para ella!

¡Mi verdadera espada serás Tú, a quien la madre lleva en sus brazos!».

10 Dicho y hecho: Cirenio se quitó la espada junto con el cinturón de honor para lanzarlos con toda fuerza al montón de escombros.

11 Pero el Niño, desde los brazos de su madre, le detuvo:

12 «No, Cirenio, ¡no hagas eso! Porque quien lleva la espada como tú, la lleva con todo derecho.

13 Quien la utiliza como arma, ¡que la tire!

14 Pero quien la lleva como báculo pastoral, ¡que la guarde! Porque así es la Voluntad de Aquel a quien el Cielo y la Tierra tienen que obedecer eternamente.

15 Tú eres un pastor para aquellos que están inscritos en el libro de tu espada.

16 Por lo tanto, vuelve a ceñírtela, para que tu pueblo sepa que eres su pastor.

17 Si tu rebaño consistiera únicamente en ovejas, entonces no necesitarías báculo.

18 Pero entre las ovejas hay muchos carneros por lo que sería más conveniente darte un báculo más que quitarte uno...

19 Es cierto que no existe poder alguno fuera de Dios. Pero si Dios mismo te concede un cierto poder, ¡no lo menosprecies tirando tu espada sobre algo que Dios ya ha juzgado!».

20 Al oír estas palabras, Cirenio volvió a ceñirse su espada, adorando al Niño en silencio.

21 Los tres sacerdotes subalternos quedaron pasmados ante la sabiduría del Niño Jesús.


76

José presenta una breve y buena mitología de los dioses


1 Con el mayor respeto los tres sacerdotes subalternos se acercaron a José y le preguntaron de qué manera este niño había podido llegar a tanta sabiduría y cuál era su edad.

2 José dijo: «No preguntéis antes de tiempo, porque una respuesta prematura podría costaros la vida.

3 Seguid antes nuestro ejemplo, olvidad vuestros muchos dioses y creed que no hay más que un solo Dios verdadero de los Cielos y de la Tierra. Creed que este único y verdadero Dios es Aquel a quien el pueblo de Israel adora y honra en Jerusalén. De esta manera descubriréis en vuestro interior de dónde proviene su sabiduría».

4 «Nos hablas unas cosas muy extrañas», contestaron los tres sacerdotes subalternos.

«¿Quieres decir que nuestros dioses principales

5 como Júpiter, Apolo, Mercurio, Vulcano, Plutón, Marte y Neptuno, Juno, Minerva y Venus son meros productos de la fantasía humana?».

6 «Escuchad, amigos: Todos vuestros dioses fueron creados por la fantasía de vuestros antepasados que todavía conocían al Dios Unico.

7 Eran poetas y cantantes muy originales en las cortes de los antiguos reyes de este país, y con interpretaciones adecuadas, personificaron las cualidades del verdadero Dios único.

8 Para ellos Júpiter representaba la bondad y el amor del Padre, desde la eternidad. Apolo era la sabiduría del Padre y Minerva el poder de dicha sabiduría.

9 Mercurio representaba la omnipresencia del Dios único mediante su Voluntad omnipotente.

10 Venus representaba la gloria, la hermosura y la eterna juventud del ser divino.

11 Vulcano y Plutón representaban el pleno poder del Dios Unico sobre la Tierra.

12 Marte representaba la seriedad divina, el juicio y la muerte para los condenados.

13 Neptuno representaba al Espíritu activo del Dios único en todas las aguas y cómo animaba a la Tierra a través de ellas.

14 Del mismo modo la antigua Isis, como también Osiris, representaban la sagrada santidad divina que, desde todas las eternidades, es el amor y la sabiduría divina en sí.

15 E igualmente todos los demás dioses de menor categoría representaban cualidades del Dios Unico en cuadros correspondientes.

16 De modo que se trataba de una interpretación muy acertada porque entonces se sabía que todo se refería a uno y el mismo Dios único en sus diversas manifestaciones.

17 Pero con el tiempo los hombres quedaron ofuscados y cegados por su egoísmo, amor propio y ambición.

18 Perdieron el espíritu y no les quedó sino la materia, con lo que se convirtieron en paganos; es decir, se volvieron verdaderos materialistas y perdieron al Dios único, royendo las imágenes externas huecas y no comprendidas como perros que con hambre feroz roen huesos ya totalmente descarnados. ¿Me habéis comprendido?».

19 Los tres sacerdotes subalternos se miraron arqueando las cejas y respondieron: «En efecto

¡estás mejor informado sobre nuestra religión que nosotros mismos! ¿Cómo es posible que sepas todo eso?».

20 «Tened un poco de paciencia y el Niño os lo revelará», les indicó José. «Ahora seguidnos y no volváis a reincidir más».


77

Exhumación de los enterrados. Reanimación de los tres guías de las catacumbas aparentemente muertos


1 Los tres sacerdotes subalternos dejaron de hacer más preguntas porque reconocieron en José a un hombre muy iniciado en los antiguos misterios de Egipto, conocimientos que fueron guardados en secreto por los sumos sacerdotes de aquel país.

2 Cirenio preguntó a los tres sacerdotes subalternos sobre cuántos colegas suyos podían haber encontrado la muerte debajo de los escombros.

3 «Señor gobernador, no podemos decirlo con precisión,

4 pero seguramente fueron más que setecientos, sin contar los discípulos de ambos sexos».

5 «En fin», respondió Cirenio, «ya nos enteraremos más detalladamente».

6 Luego le preguntó a José si no sería mejor extraer las víctimas enterradas de debajo de los escombros.

7 «Sin duda alguna», le respondió este. «Es hasta un deber porque aún cabe dentro de lo posible que haya algunos alumnos con vida en las catacumbas».

8 Ante este consejo Cirenio movilizó dos mil obreros para que quitaran los escombros.

9 En pocas horas recuperaron siete cadáveres; se trataba de los cuerpos de los guías de las catacumbas.

10 «Lo siento mucho», dijo Cirenio, «porque sin su ayuda nos resultará imposible orientarnos en las catacumbas».

11 A eso intervino el Niño: «Oye, Cirenio, en las catacumbas encontrarás pocas cosas interesantes

12 porque están abandonadas desde hace varios siglos y repletas de barro y sabandijas de toda clase.

13 Estos siete hombres únicamente tenían el título de guía de las catacumbas, pero no las habían pisado nunca.

14 Y para que creas todo lo que te estoy diciendo, también te informaré de que no han muerto real sino sólo aparentemente. De modo que es posible volver a reanimarlos.

15 Haz que vengan unas cuantas mujeres fuertes para que les froten las sienes, el pecho, la nuca, las manos y los pies, y veréis lo pronto que los siete despiertan de su catalepsia».

16 «Pero si Tú los tocaras, seguro que también se despertarían», dijo Cirenio.

17 «Cumple lo que te dije», insistió el Niño, «porque no debo hacer demasiado si no quiero que la bendición se convierta en un juicio para el mundo».

18 Cirenio no comprendió estas palabras, no obstante, siguió el consejo.

19 En seguida hizo que trajeran a diez mujeres robustas que frotaron a los siete guías.

20 Después de algunos minutos, los siete se despertaron y preguntaron a los presentes qué era lo que les había sucedido y qué estaba pasando allí.

21 En seguida Cirenio dispuso que los llevasen a un buen albergue. El pueblo quedó profundamente admirado por esta resurrección y faltó poco para que venerasen a las diez mujeres.


78

Más reanimaciones. Una tormenta inteligente


1 Los trabajos de excavación continuaron. Cirenio dio la orden de separar los cuerpos menos mutilados, llevarlos a determinada plaza y ponerlos boca abajo, encima de una especie de esteras.

2 «Y sólo a los mutilados los quemáis o los enterráis en el cementerio, a ocho pies de profundidad;

3 de modo que únicamente a los menos mutilados les aplicáis el mismo tratamiento vivificador que a los siete guías.

4 Si alguno de ellos volviera en sí, llevadle al mismo albergue donde están los otros siete».

5 Dadas estas órdenes, Cirenio se fue con su séquito para visitar otras partes de la ciudad.

6 Al constatar que en parte alguna había ninguna casa particular dañada, se admiró sobremanera,

7 y tanto más cuanto que todos los templos paganos habían quedado reducidos a escombros excepto uno pequeño cuya puerta cerrada llevaba la inscripción: «Al Dios desconocido».

8 Una vez que Cirenio y con su séquito inspeccionaron toda la ciudad de unos ochenta mil habitantes, llamó la atención a José sobre su observación:

9 «Te digo en secreto que tengo ganas de reírme del resultado tan extraño del terremoto y de la tormenta.

10 Pues mira: A lo largo de esta misma calle sólo se ven casas construidas muy pobremente con piedras sin argamasa.

11 Se diría que no deben tener solidez suficiente ni para soportar la coz de un caballo fuerte.

12 Lo curioso es que estas casas tan frágiles han quedado todas intactas; no veo ni una sola que esté dañada,

13 mientras que los templos que estaban construidos para durar miles de años y que se encontraban en medio de estas casas frágiles, han sido todos reducidos a montones de polvo.

14 ¿Qué opinas tú acerca de este fenómeno? ¿No es evidente que el terremoto y la tormenta hayan actuado con inteligencia?

15 Tengo que confesarte la impresión que tengo, para mí una gran satisfacción:

16 Si no fue tu hijo el que con sus dedos omnipotentes ha jugado un poco debajo de los templos, entonces no me llamo Cirenio».

17 «Guarda ese secreto para ti», le dijo José, «pues también yo supongo que debe de ser así.

18 Pero de momento me parece que sería conveniente irnos al puerto; tal vez haya allí un trabajo para mí».

19 Cirenio estuvo de acuerdo y, andando por la costa, se dirigieron al puerto.

79

En el puerto y de vuelta a la casa. Desvío al volver a casa


1 Llegados al puerto, en parte estaba construido por la naturaleza y en parte por la mano del hombre, Cirenio quedó bastante sorprendido

2 porque no pudo descubrir daño alguno, a excepción de que en su magnífico barco todos los ornamentos mitológicos estaban completamente destruidos.

3 «Con el buen estado en que están las cosas, tus hijos no encontrarán mucho trabajo aquí», dijo a José.

4 «Ni un solo barco fue dañado, salvo el mío, donde, con mi total asentimiento, parece que los ídolos llegaron a tragar agua salada.

5 A mí me parece muy bien y seguro que nunca más volveré a colocar algo semejante en mi barco.

6 Por eso: ¡Alabado sea tu Dios!

7 No hay duda que habrá que reparar algunos daños insignificantes en los barcos. Pero de todos modos remuneraré a tus hijos como si los daños hubieron sido más graves».

8 «No te preocupes por el jornal de mis hijos», le contestó José.

9 «Mira: te hemos ofrecido nuestra asistencia no por la ganancia sino por la alegría de poder prestarte un buen servicio. Pero vemos que el Señor ya te ayudó, y mejor así porque ya no nos necesitas.

10 Como ya lo hemos visto todo y como es bastante tarde, me parece mejor que nos volvamos a casa. Si aún queda algo más por inspeccionar, podremos muy bien hacerlo mañana».

11 Cirenio estuvo de acuerdo: «Tienes razón; y además la madre me preocupa. ¡Volvamos, pues!

12 Haré traer una litera para que con su Niño la puedan llevar a casa».

13 En este mismo momento el Niño se hizo oír:

14 «Muy buena idea», dijo a Cirenio, «porque mi madre está ya bastante cansada de tener que llevarme todo el tiempo.

15 Pero no toméis el camino de la plaza donde están depositados los sacerdotes,

16 porque si Yo pasara por donde ahora hay unos cien cuerpos tendidos en las esteras,

17 todos resucitarían a la vez, lo que para ti y para todo el pueblo acarrearía un juicio7 de malas consecuencias.

18 Pero si despiertan durante la noche con la ayuda humana y mi influencia secreta,

19 entonces se disimulará la evidencia de un milagro, y tú y todo el pueblo evitaréis el riesgo de caer en un juicio que causa la muerte eterna del espíritu».

20 Cirenio siguió el consejo con mucho gusto. Poco después llegó la litera y María la ocupó con el Niño;

21 y todo el grupo, incluso los tres sacerdotes subalternos, tomaron otro camino para la vuelta y llegaron a la casa de José sin contratiempos.


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7 Lo malo de los hombres cuyas almas todavía son demasiado impuras, es que su facultad de asimilación de lo espiritual se encuentra frenada. Por eso sólo pueden ser enfrentados con todo que esté relacionado con lo espiritual poco a poco y en medidas muy reducida. De lo contrario, por ejemplo en el caso actual en el que se trata de un milagro repentino, ante una evidencia inconcebible quedarían como autómatas «programados» y cualquier criterio propio y absolutamente libre, condición fundamental para el desarrollo espiritual, se paralizaría.

La interferencia violenta en el proceso de libre desarrollo espiritual del hombre puede llevarle incluso a su muerte espiritual; de modo que tal interferencia tendría la característica de algo impuesto, como un juicio.

80

Alegría del Niño al encontrar a Jacobo.

«A los que amo, también les gasto bromas y les pellizco»


1 De vuelta a casa, José se dirigió a sus hijos que ya estaban preparando el almuerzo:

2 «Muy bien hecho, hijos míos, os anticipasteis a lo que os quería pedir. Pero hoy tenemos tres invitados más; se trata de los tres sacerdotes subalternos que esta mañana estaban todavía condenados a muerte.

3 Los trataremos con la mayor atención para que lleguen a ser nuestros amigos y reconozcan a nuestro Padre en el Cielo que,

4 mediante la alianza establecida entre Él y nuestros padres, nos ha elegido como hijos.

5 Tú, Jacobo, sal en seguida para atender a la madre que está muy cansada y encárgate de nuestro adorable Niño.

6 Y llévalo en seguida a la cuna porque parece que tiene mucho sueño».

7 Sin demora Jacobo salió afuera donde, en el mismo momento, María estaba bajándose de la litera. Con gran cariño tomó al Niño de los brazos de la madre.

8 Pero también el Niño manifestó una gran alegría y brincó en los brazos de Jacobo. Sonriéndole, le pellizcó y le tiró de los pelos hasta donde sus manitas alcanzaban.

9 Los tres sacerdotes subalternos que tenían un gran respeto hacia el Niño se alegraron en el fondo de sus corazones al ver algo realmente infantil en él.

10 Uno de ellos se acercó a Jacobo y le preguntó en buen hebreo:

11 «Dime, ¿este niño milagroso siempre es tan travieso como los otros cuando tienen dos o tres años?».

12 Antes de que Jacobo hubiera podido decir algo, el Niño respondió:

13 «Sí, sí, amigo mío, a aquellos que amo también les gasto bromas, y pellizco a todo el que esté a mi alcance. Pero eso lo hago sólo con aquellos que me aman como Jacobo.

14 Pero no les hago daño. ¿Verdad, mi querido Jacobo, que no te hago daño cuando te pellizco y te tiro en los pelos?».

15 Jacobo, conmovido hasta las lágrimas como siempre, le respondió: «Mi pequeño divino hermano, ¿cómo podrías Tú hacerme daño?».

16 «Jacobo, ¡tú me amas de verdad!», dijo el Niño;

17 «y te digo que también Yo te amo, y tanto, que ni aún después de eternidades estarás realmente consciente de lo mucho que te amo.

18 Mira: Los Cielos son inimaginablemente inmensos y contienen incontables y brillantes mundos de luz, portadores de incontables seres de tu especie, seres sumamente felices.

19 Pero entre ellos no hay quien sea más feliz que tú ahora, mi querido hermano. Aunque aún no me comprendas, con el tiempo ya me comprenderás... Y como todos estáis todavía levantados, de momento Yo tampoco quiero dormir, ¡pero sí quedarme contigo!».

20 Estas palabras de nuevo conmovieron a Jacobo de tal manera que lloró lágrimas de alegría y de amor, mientras que el sacerdote que había hecho la pregunta, casi se desplomó por un profundo respeto y alta consideración hacia el Niño.


81

Cirenio desea que el santo Niño también le pellizque.

Una profecía sobre Roma


1 Cirenio que había oído perfectamente esta conversación, en seguida se dirigió al Niño para reclamar con cariño:

2 «Mi amor, ¿entonces a mí no me amas tanto puesto que hasta ahora nunca me pellizcaste ni me diste tirones cuando te tuve en brazos?».

3 «¡No te preocupes, Cirenio! Porque mira: Todas las contrariedades que pasaste por mi causa fueron pellizcos y tirones que venían de mí porque te amo mucho.

4 ¿Entiendes lo que quiero decirte?

5 Aún te pellizcaré muchas veces y, por Amor hacia ti, seré bastante travieso...

6 Pero no tengas miedo de mí porque, como hasta ahora, no te haré daño alguno».

7 «Sí, mi vida, te comprendo muy bien», dijo Cirenio algo perplejo y con el corazón lleno de respeto ante el Niño,

8 «y sé que todo lo que me has dicho es de una gran importancia.

9 ¡Pero aun así me gustaría mucho que me pellizcaras y bromearas un poco conmigo como lo haces con tu hermano!».

10 «Pero amigo mío, ¡no seas más infantil que Yo!

11 ¿Acaso te imaginas que te daría más Amor pellizcándote?

12 Estás muy equivocado, ¡porque amarte más de lo que ya te amo es imposible!

13 Te digo que tampoco tú, aun después de eternidades, podrás percibir ni aproximadamente la inmensidad de mi Amor para contigo.

14 Te digo que no pasará ni un siglo y gran parte de Roma entrará en mi Reino.

15 Aún no ha llegado la hora, pero créeme: estás ante el umbral que dentro de poco muchos traspasarán,

16 bien entendido no física sino espiritualmente, para entrar para siempre en mi futuro Reino».

17 Con estas palabras del Niño todos quedaron boquiabiertos y tampoco Cirenio sabía cómo interpretarlas.

18 Por eso se dirigió a María para preguntarle si había comprendido lo que el divino Niño había dicho.

19 «Si se tratara de un niño corriente, nosotros los humanos le comprenderíamos», le respondió pensativa,

20 pero como es de una naturaleza superior no lo comprendemos. De todos modos guardemos sus palabras dentro de nosotros, y a la hora debida nos será revelado su sentido.


82

José cita el velo de Isis; buena explicación de Maronio


1 Poco después José salió de la casa para invitar a todos a la mesa, pues la comida estaba ya preparada.

2 Pero Cirenio andaba todavía demasiado ocupado con sublimes pensamientos a los que daba vueltas en su cabeza. Por eso Cirenio le llamó y le contó todo lo que le habían dicho el Niño y después también María.

3 De modo que le preguntó a José cómo tenía que interpretar las palabras del Niño.

4 José, al darse cuenta del estado entre emocionado y excitado en que Cirenio se encontraba, respondió a su pregunta con otra:

5 «Hermano, ¿acaso no conoces el mito que cuenta la historia de un hombre que quiso levantar el velo de Isis?».

6 «Por supuesto, ese mito me es perfectamente conocido. Aquel hombre pereció miserablemente.

7 Pero ¿qué relación hay entre este mito y mi pregunta?».

8 «¡Quiero decirte que aquí hay alguien más importante que Isis!

9 ¡Por eso sigue al consejo de mi mujer y siempre andarás bien!».

10 Maronio Pila, que se encontraba cerca de ambos, añadió:

11 «Alteza imperial, aunque en general soy bastante ignorante respecto a estas cosas, por esta vez me parece que he comprendido enteramente al sabio».

12 «Si estás tan convencido, ¡enhorabuena!

13 Yo, de momento, aún no tengo esta suerte...

14 En general mi cerebro no me abandona, pero esta vez se niega a prestarme el servicio debido».

15 «Según mi entender, yo lo comprendo así», continuó Maronio Pila: «¡No extiendas la mano a cosas que están fuera de tu alcance porque tu brazo resultará demasiado corto!

16 Por supuesto, sería un gran honor ser un Faetón presuntuoso;

17 pero ¿qué puede hacer el pobre mortal si el Sol sigue su camino demasiado lejos de él?

18 El débil mortal tiene que conformarse con su luz. Y, conforme o no, ha de admitir que el poder de mover el Sol y el honor de guiarlo corresponden a otros seres que tienen brazos más largos que los suyos.

19 Lo que alcanza el brazo invisible de este Niño, ya lo vimos ayer...

20 Eso es, alteza imperial. ¿Acaso estoy equivocado?».

21 Cirenio le dio toda razón y su corazón empezó a calmarse. Luego todos entraron en la casa para confortarse con la frugal comida.

22 Los tres sacerdotes subalternos casi no se atrevían a levantar sus ojos; pues, estaban convencidos que el Niño era Zeus o el destino en persona.


83

Los tres sacerdotes subalternos paganos quieren huir


1 Después de la comida, cuando todos ya se hubieron levantado de la mesa, uno de los sacerdotes se dirigió con profunda humildad a José:

2 «¡Urano o por lo menos Saturno, padre de Júpiter!, porque eres indudablemente uno de ellos en persona, pese a que en la ciudad procuraste disimular tu Divinidad ante nosotros.

3 Sabemos que lo hiciste únicamente con la intención de ponernos a prueba para ver si te reconocíamos o no.

4 Y durante algún tiempo realmente no te reconocimos, por lo que ahora te pedimos perdón por nuestra gran ceguera.

5 Las palabras de tu hijo nos han orientado y ahora sabemos muy bien a qué atenernos.

6 ¡Concédenos la alegría de indicarnos de qué forma podríamos ofrecerte un sacrificio a ti, a tu divina esposa y a tu hijo, que seguramente es Júpiter rejuvenecido mediante tu omnipotencia».

7 José estaba sorprendido por el cambio de actitud de los tres sacerdotes a los cuales, en la ciudad, les había explicado tan clara y explícitamente el error fundamental de su creencia pagana.

8 Por eso reflexionó sobre lo que debía responderles.

9 Pero el Niño que estaba en brazos de Jacobo, le pidió que lo acercase hasta donde se encontraba José, y una vez a su lado, le dijo:

10 «Deja a estos pobres sacerdotes subalternos y no les hagas ningún reproche; pues son ciegos que duermen y sueñan.

11 Pero retenlos algunos días aquí y mis hermanos ya se encargarán de despertarlos de sus sueños. ¡En cuanto sepan que vosotros mismos rezáis a Dios, dejarán a su Urano, a su Saturno y a su Júpiter!».

12 Estas palabras tranquilizaron a José del todo y sin demora invitó a los sacerdotes subalternos a que por el momento se quedasen en su casa hasta que se encontrara para ellos una función conveniente.

13 Los tres sacerdotes subalternos que, por profundo respeto, casi no tenían valor ni para respirar, menos todavía se atrevieron a rechazar la invitación porque no sabían el terreno que pisaban.

14 Por eso aceptaron. Pero murmuraban entre sí:

15 «Si fuera posible escaparnos de aquí para escondernos en el último rincón de la Tierra,

¡que felices seríamos!

16 Pero nos ha tocado quedarnos en presencia de estos dioses principales... ¡Menudo sufrimiento para nosotros que somos indignos!».

17 Cirenio escuchó lo que los tres sacerdotes subalternos refunfuñaban y se acercó a ellos para reprenderlos.

18 Pero el Niño intervino: «¡Detente, Cirenio, Yo sé muy bien en qué estado de ánimo se encuentran.

19 Su plan es fruto de su ceguera y de su miedo exagerado. Sólo intentan huir de nosotros al rincón más remoto de la Tierra.

20 Eso es todo; de modo que no hay nada que reprocharles.

21 En esta casa la justicia, ¡déjamela a mí! Y puedes estar seguro que nadie será víctima de injusticia alguna».

22 Cirenio quedó conforme y, junto con José, volvió a salir de la casa, mientras que los tres sacerdotes subalternos se fueron al cuarto que se les había asignado.


84

Leyenda sobre el origen de la ciudad de Zoán


1 José y Cirenio conversaron al aire libre sobre diversos asuntos mientras que María se quedó en la casa para atender al Niño.

2 Los hijos de José estaban ocupados en asuntos domésticos y los siervos de Cirenio les ayudaban.

3 Después de haber charlado sobre cosas de menor importancia, Cirenio dijo:

4 «Esta ciudad tiene aproximadamente ochenta mil habitantes, contando también los de los barrios de las afueras.

5 Entre ellos existen muy pocos de tu creencia y religión.

6 Según tengo entendido, en su mayoría son paganos enraizados que profesan la idolatría desde hace miles de años.

7 Tienen todos sus templos en esta antigua ciudad, de la cual una leyenda cuenta que fue construida por el mismo Zeus como monumento a la victoria de los dioses sobre los gigantes de la Tierra, tras una guerra que hubo entre ellos.

8 La leyenda dice que Mercurio recogió los huesos de los gigantes y los hundió en el mar y de esta manera surgió este país.

9 Durante un mes Zeus hizo llover arena y ceniza sobre los huesos y, ocasionalmente, también rocas más o menos pesadas.

10 Luego mandó a la vieja Ceres que fertilizara estas tierras y que construyera una ciudadela y una ciudad no muy lejos del mar, como símbolo de la gran victoria.

11 Zeus mismo la poblaría con el género humano por los tiempos de los tiempos...

12 Con esta leyenda podrás comprender fácilmente que este pueblo, más que cualquier otro del mundo, está convencido que habita la ciudad que los dioses construyeron.

13 Y esa es la razón por la que nadie se atreve a reparar los considerables desperfectos de las casas construidas por los dioses, para no pecar contra ellos.

14 Están convencidos de que la construcción de los templos fue obra de la vieja Ceres, que ella misma puso manos a la obra ayudada por Mercurio y por Apolo.

15 El mito se ha convertido en firme convicción de este pueblo que, por lo demás, es de buena índole, un pueblo extraordinariamente honrado y hospitalario a pesar de su pobreza.

16 Ahora me pregunto qué habría que hacer si se les ocurriera exigir la reconstrucción de sus templos...

17 ¿Deberíamos reconstruirlos o no? ¿O tal vez convendría convertir a los habitantes a tu doctrina?

18 En el caso de una conversión, ¿qué consecuencias traería para los pueblos vecinos que frecuentemente visitan Zoán, ciudad que desde luego hace ya mucho tiempo que más parece un campo de ruinas que una ciudad?».

85

José recomienda una sólida fe en Dios y anuncia el fin de Zoán


1 Todavía dirigiéndose a José, Cirenio continuó: «En este asunto resulta difícil decidir.

2 Si con tu sabiduría verdaderamente divina pudieras darme un consejo, te lo agradecería mucho.

3 Porque cuanto más reflexiono sobre ello, tanto más complicado y confuso se vuelve».

4 «Estate tranquilo, ¡de este apuro puedes salir fácilmente!

5 Porque voy a darte un buen consejo que te mostrará claramente las medidas que tienes que tomar. Óyeme, pues:

6 En tu corazón ya vives la misma fe que yo y amas y honras al mismo Dios único y verdadero.

7 Y ahora te digo: ¡Mientras continúes preocupándote por cualquier tipo de asunto, Dios no hará nada por ti!

8 Pero si le entregas todas tus preocupaciones, y no te inquietas nada más que por llegar a conocer y amar más y más a este Dios verdadero,

9 entonces empezará a ayudarte en todo. Y lo que hoy todavía te parece oscuro, mañana lo tendrás claro.

10 De momento, que continúen limpiando los escombros de la ciudad, pero sólo donde todavía pudiera haber personas enterradas debajo de ellos.

11 Pero en los templos, donde lo más que puede haber son estatuas paganas enterradas, ¡deja las ruinas en su estado actual!

12 Porque este pueblo ignorante cree que fueron los dioses los que destruyeron todo lo que destruyeron los elementos.

13 Y por esa razón no intentarán reconstruir los templos

14 porque piensan que así actuarían contra la voluntad de los dioses que luego los castigarían sensiblemente.

15 En cuanto a los sacerdotes que por su propio interés pudieran pretender haber recibido orden de los dioses para reconstruirlos con el esfuerzo y la contribución del pueblo, ya no existen.

16 Y los que todavía existen, nunca más edificarán templos paganos...

17 Por consiguiente puedes estar totalmente tranquilo; pues el Señor del Cielo y de la Tierra hará lo mejor para ti y para todo el pueblo.

18 De todos modos, en la época actual la misma suerte les tocará aún a más ciudades que, a su vez, quedarán reducidas a escombros. De modo que no llamará la atención que Zoán sea definitivamente una ruina dentro de diez años».

19 Con estas palabras de José, Cirenio quedó bastante tranquilizado y le volvieron sus buenos ánimos.


86

Cirenio y su séquito se despiden de José


1 Los dos volvieron al comedor donde Cirenio dijo a José: «En este momento se me ocurre una buena idea:

2 ¿No piensas que sería conveniente preguntar su opinión sobre lo que hemos discutido fuera a los tres sacerdotes subalternos aquí presentes?

3 ¿Tal vez tranquilizarían mi conciencia definitivamente?».

4 «Si lo que te dije aún no te basta, ¡pregúntales, pues! Aquí, de todos modos, tú eres el jefe y para calmar tu corazón eres libre de hacer lo que quieras.

5 Pero te digo que no sacarás mucho provecho de ellos mientras todavía me tomen por Urano o por Saturno y al Niño por Júpiter rejuvenecido.

6 Si les preguntas sobre lo que te preocupa, ya verás que te mandarán a mí o al Niño».

7 Cirenio entendió que José tenía toda la razón y desistió de su idea.

8 «Ahora todo está claro y me quedo tranquilo», contestó Cirenio al poco. «De modo que puedo volver a ocuparme de mis obligaciones oficiales.

9 Por eso, y como el día ya se declina, volveré con mi séquito a la ciudad.

10 Mañana por la tarde estaré de nuevo contigo. Sólo en el caso de que necesite tu consejo, tal vez haga que te busquen por la mañana».

11 José le bendijo como también a Maronio. Cirenio se dirigió aún a la cuna y dio cuidadosamente un beso al Niño que dormía.

12 Luego se levantó y, con lágrimas en los ojos, salió de la casa y se marchó.

13 Ya alejándose, miró muchas veces para atrás; pues esta casa significaba para él más que todos los tesoros del mundo.

14 José envió una bendición tras otra a Cirenio y a su grupo mientras pudo divisarlos.

15 Sólo cuando ya no pudo ver el menor rastro de ellos, volvió a la casa donde María, como siempre a aquella hora, se encontraba profundamente absorta en sus oraciones.

16 Pero al sentir la presencia de José, en seguida se levantó y le dijo: «El día de hoy me ha impresionado: ¡Pues, veo cada vez más claramente que el mundo no representa ventaja alguna para los seres humanos!».

17 «Eso por supuesto; pero mientras que el Señor este con nosotros, tampoco perderemos nada en el mundo. Por eso ¡ánimo! Mañana el antiguo Sol volverá a salir espléndido como siempre; ¡Dios sea alabado eternamente! Amen».


87

María, ejemplo de humildad femenina


1 María nunca hablaba mucho. Y en contra de la costumbre de las mujeres de querer siempre tener la última palabra, quedó conforme con el simple y conciso consuelo de José.

2 Luego se fue a dormir, mientras que José la encomendaba al Señor en su corazón.

3 Después José se dirigió a sus hijos para decirles: «Hoy hace una tarde magnífica y podemos muy bien salir un poco al aire libre.

4 Ahí, en la inmensidad del santo Templo del Señor, vamos a entonar un cántico de alabanza para agradecerle lo mucho que nos ha concedido desde el principio del mundo».

5 Inmediatamente los hijos dejaron todo como estaba y le siguieron.

6 José los llevó a una pequeña colina a unos cien pasos de la casa. La colina formaba parte de su propiedad y tenía una altura de unas veinte brazas.

7 Los tres sacerdotes subalternos se dieron cuenta del desplazamiento y pensaron que los dioses iban a dirigirse al Olimpo para participar en una reunión con los otros dioses.

8 Por eso los tres salieron de su cuarto para seguir furtivamente al pequeño grupo.

9 Llegados a la colina, se quedaron detrás de una higuera para escuchar desde allí lo que los supuestos dioses iban a decidir en el Olimpo.

10 Pero ¡qué sorpresa se llevaron cuando oyeron que sus imaginarios dioses de primer orden empezaban a adorar y alabar fervorosamente a un solo Dios!

11 Lo que les impresionó más que todo fue el salmo 90 de David:

12 «Señor, Tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la Tierra y el mundo, y desde la eternidad y hasta la eternidad, tú eres Dios.

13 Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: “¡Convertíos, hijos de la Tierra!”.

14 Porque mil años ante tus ojos, son como el día de ayer que pasó como una vigilia en la noche.

15 Los haces pasar como un río, son como sueño; como la hierba que crece en la mañana;

16 en la mañana florece y crece, durante el día se marchita, a la tarde es cortada y se seca.

17 Tu furor nos consume, y tu ira la que nos hace perecer tan repentinamente,

18 Pusiste nuestras maldades frente a ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro.

19 Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un suspiro.

20 Los días de nuestra edad son setenta años; que si en los más robustos son ochenta, y si hemos disfrutado de ella, fue a base de molestias y de trabajo; pues, se fue como si estuviéramos volando.

21 ¿Quién pesa la fortaleza de tu ira, y tu indignación según la que debes ser temido?

22 Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.

23 Vuélvete, Señor, hacia nosotros y aplácate con tus siervos.

24 Sácianos presto de tu misericordia: y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días.

25 Alégranos conforme a los días que nos afligiste, y los años que vivimos mal.

26 Aparezca en tus siervos tu obra, y tu Gloria sobre sus hijos.

27 Y sea la Luz del Señor, nuestro Dios, sobre nosotros: y ordena la obra de nuestras manos; la obra de nuestras manos confirma».

28 Nada más haber oído este cántico, los tres sacerdotes subalternos volvieron a su cuarto.

29 Allí uno de ellos dijo a los demás: «¡Desde luego que no pueden ser dioses, por su manera de rezar a un dios y de reconocer sobre ellos su ira e indignación!».

30 «En eso, en realidad, no veo mucha importancia», respondió otro. «Pero lo que sí resulta escalofriante ¡es que esa oración se refirió plenamente a nosotros!

31 ¡Pero callémonos ahora que los que rezaban vuelven! Mañana estudiaremos este asunto más profundamente. ¡Ya vienen!».


88

Joel muere por la picadura de una serpiente. Resurrección del muerto


1 José dijo a sus hijos que terminaran sus quehaceres y que después se acostaran.

2 Y como él mismo también tenía bastante sueño, se fue igualmente a descansar.

3 Así terminó para ellos esta jornada tan cargada de acontecimientos.

4 Al día siguiente José se levantó, como de costumbre, bastante antes de salir el Sol y despertó también a sus hijos para el trabajo.

5 «Al que madruga, Dios le ayuda», fueron sus palabras. «Pues, en lo que se hace muy de mañana hay más bendición que en todo el empeño del resto del día».

6 Como Jacobo tenía que quedarse de niñero, José se fue al campo con sus cuatro hijos mayores para trabajar la tierra.

7 El hijo mayor trabajó con más empeño que ninguno porque quería adelantar a los demás.

8 Pero cuando estaba removiendo la tierra, de repente, salió una serpiente muy venenosa del suelo.

9 Se lanzó velozmente contra Joel y le mordió el pie.

10 ¡Cómo no iban a acudir sus hermanos corriendo para matarla a palos!, pero a pesar de todo el pie de Joel se hinchó visiblemente. Pronto se desmayó y le sobrevino la muerte.

11 José y los tres hermanos empezaron a llorar y a pedir a Dios que le volviera a la vida.

12 Y José maldijo a la serpiente y exclamó: «¡Nunca más una serpiente se arrastrará en este suelo!».

13 Y, dirigiéndose a sus hijos, continuó: «¡Levantad a vuestro hermano y llevadle a casa!

¡Habrá sido la Voluntad del Señor la que me quitó al primogénito!».

14 Con muchas lágrimas los tres hermanos llevaron al Joel a casa. José rasgó su ropa y les siguió lamentándose.

15 Cuando llegaron, María, asustada por los lamentos, vino a su encuentro con el Niño en los brazos y acompañada por Jacobo.

16 Ambos gritaron de dolor al ver a Joel inanimado y a José con la ropa rasgada.

17 También los tres sacerdotes subalternos acudieron y se asustaron mucho al ver al muerto.

18 Uno de ellos se dirigió a José y le dijo: «Sólo ahora estoy del todo convencido que tú no eres sino un hombre; porque si fueras un dios, ¿cómo podría morir un hijo tuyo sin que en seguida le resucitases?».

19 «¡Estáis todos equivocados!», intervino el Niño, «Sé que Joel está desmayado y duerme,

¡pero no muerto!

20 ¡Traed una cebolla albarrana para apretarla contra la herida, y dentro de poco Joel volverá en sí!».

21 Corriendo José fue buscar la cebolla y se la puso a Joel en la herida.

22 A los pocos momentos, Joel volvió en sí y preguntó qué es lo que le había pasado.

23 Se lo contaron todo y alabaron a Dios por su salvación. Este acontecimiento inspiró a los tres sacerdotes subalternos un gran respeto hacia el Niño; pero aún más grande fue su respeto ante la cebolla...


89

José hace la promesa de un sacrificio. El Niño Jesús protesta.

El sacrificio agradable a Dios


1 Después José fue con su familia al dormitorio donde durante una hora, en voz alta, alabó a Dios,

2 e hizo la promesa de que ofrecería un sacrificio al Señor en cuanto volviera a Jerusalén.

3 Pero el Niño lo criticó: «¿Acaso piensas que al Señor le complace algo así?

4 ¡Entonces estás totalmente equivocado! Escucha: el Señor no tiene agrado ni en holocaustos, ni en la sangre de los animales, ni tampoco en la harina, el aceite o los cereales,

5 sino únicamente en un corazón contrito, arrepentido y humilde que le ama sobre todo.

6 Pero si algo te sobra, dalo a los necesitados y harás un sacrificio agradable a Dios.

7 Por eso te dispenso de tu promesa y de la obligación ante el Templo; pues Yo tengo pleno poder para ello.

8 Un día, en Jerusalén, Yo mismo cumpliré con tu promesa, y de una manera que con ello toda la Tierra quedará saciada para toda la eternidad».

9 José tomó al Niño en sus brazos, lo besó y le dijo:

10 «Mi querido pequeño Jesús, ¡tu José te lo agradece con todo su corazón y reconoce la plena y santa Verdad de tus palabras!

11 Pero mira: Dios, tú y Padre nuestro, ordenó tales cosas a través de Moisés para que nosotros, sus hijos, cumpliésemos con ellas.

12 ¡Oh dime, Hijo mío, si pese a tu origen divino, santo y milagroso, tienes derecho a anular las leyes del gran Padre que mora eternamente en los Cielos!».

13 «José, aunque te dijera Quién soy, no me creerías; pues, no ves en mí nada más que a un hijo de los hombres.

14 Pero aun así te digo: Donde Yo estoy, también está el Padre. Y donde Yo no me encuentro, tampoco se encuentra el Padre.

15 Ahora estoy aquí y no en el Templo; ¿cómo, entonces, podría encontrarse el Padre en el Templo?

16 ¿Entiendes? Escucha: Donde está el Amor del Padre, allí se encuentra también su corazón. El Amor del Padre está en Mí, ¡y por consiguiente también su corazón!

17 Porque nadie lleva su corazón fuera de sí, de modo que tampoco el Padre. Donde se encuentra su corazón, allí también está Él. ¿Me comprendes?».

18 Estas palabras llenaron a José, María y los cinco hijos de José de presentimientos profundos y sublimes. Y todos alabaron en su corazón al Padre tan cercano a ellos.


90

La cuestión de las abluciones. Oposición de los tres sacerdotes a las instrucciones de José. El Niño los lleva a la obediencia


1 María preparó el desayuno que consistía en leche fresca caliente, algo de miel perfumada con tomillo, y pan.

2 María preparó la mesa personalmente y los llamó a todos, incluso a los tres sacerdotes.

3 José se acercó con el Niño en brazos, lo entregó a María y se sentó a la mesa.

4 En seguida entonó un cántico para alabar al Señor. Y cuando terminó, preguntó por costumbre si todos se habían lavado.

5 María y los cinco hijos asintieron.

6 «¡Entonces podéis empezar!», respondió José. Luego preguntó también a los tres sacerdotes: «Y vosotros, ¿también os habéis lavado?».

7 «Nosotros no acostumbramos a lavarnos por la mañana con agua, sino por la noche.

8 Por la mañana nos ponemos aceite para defendernos mejor contra el calor del día».

9 «Eso está muy bien; y si yo estuviera en vuestra casa, haría lo mismo.

10 Pero como ahora estáis en la mía, adaptaos a mis costumbres que son mejores que las vuestras».

11 Los tres le rogaron que les dispensara de tal costumbre.

12 Cuando José dijo que aceptaría sus ruegos, intervino el Niño:

13 «¡Que cada bocado que tomen se vuelva piedra en su estómago, si no quieren lavarse con agua antes de participar en la mesa en la que Yo estoy presente!».

14 Estas palabras bastaron para que los tres sacerdotes rompiesen con su costumbre, pues pidieron agua y se lavaron.

15 De nuevo José los invitó a que participasen en el desayuno.

16 Pero esta vez se negaron; pues no se atrevían porque temían al Niño.

17 A eso el Niño de nuevo les amenazó: «Si ahora rehusáis sentaros a la mesa y tomar el desayuno con nosotros, ¡entonces moriréis!».

18 Estas palabras convencieron a los tres sacerdotes subalternos que se sentaron y comieron con un profundo respecto hacia el Niño.

19 Terminado el desayuno, José se levantó y dio gracias a Dios.

20 En seguida los tres sacerdotes subalternos le preguntaron: «¿A qué dios estás alabando?

¿No es el niño el primero y verdadero dios? ¿Cómo, entonces, es posible que te dirijas a otro para alabarle?».

21 Esta pregunta desconcertó a José de tal manera que no supo que contestar.

22 El Niño le sacó de apuros: «No te intranquilices en vano, José, porque lo que los tres dijeron se cumplirá. Por eso no te preocupes porque de todos modos rezas a un solo Padre y Dios único».


91

El amor, verdadera oración a Dios


1 José besó al Niño impulsivamente y exclamó: «¡Si no estuviera en ti el Corazón del Padre, nunca podrías pronunciar estas palabras!

2 ¿Dónde, en esta Tierra, existe un niño de tu edad, capaz de hablar palabras como estas que jamás pronunció sabio alguno?

3 ¡Ahora dime si debo adorarte tan sólo a ti como a mi Señor y Dios!».

4 Con esta pregunta tan directa dirigida al Niño, José sorprendió a todos los presentes.

5 Pero el Niño, con una sonrisa cariñosa, le respondió con otra pregunta: «¿Sabes, José, cómo debe el hombre rezar a Dios?

6 Ya veo que no lo sabes y por eso voy a explicártelo:

7 ¡Debe rezar a Dios en el espíritu y en la Verdad, y no moviendo los labios como los hijos del mundo que se imaginan que desgastándolos durante algún tiempo le hacen un servicio!

8 Si quieres rezar en el espíritu y la Verdad, entonces ama a Dios en tu corazón. Haz el bien a todos, tanto a amigos como a enemigos, y ante Dios tu oración valdrá como tal.

9 Pero aquel que sólo a ciertas horas determinadas fatiga sus labios ante Dios, y si durante tal empeño está pensando en diversas cosas mundanas que le importan más que esa oración y tal vez más que Dios mismo, dime, ¿acaso se puede llamar a eso una “oración”?

10 Te digo que millones de tales oraciones ante Dios, serán desoídas como una piedra desoye el griterío de un alborotador.

11 Si rezas a Dios con amor, entonces sobra la pregunta de si debieras rezarme a mí como Dios santísimo y Padre.

12 Porque quien reza de esta manera a Dios, está al mismo tiempo rezándome a Mí; pues, el Padre y Yo somos de un mismo Amor y de un mismo Corazón».

13 Con estas palabras del Niño todos llegaron a un más profundo entendimiento, pues comprendieron que Jesús es Hijo de Dios.

14 El pecho de José se llenó de la más pura felicidad celestial

15 y María, en secreto, estaba llena de júbilo por el Niño y guardaba todas esas palabras en su corazón; y lo mismo ocurría con los hijos de José.

16 Pero los tres sacerdotes se dirigieron a José:

17 «Noble sabio de todos los tiempos, nos urge hablar algunas palabras confidenciales contigo; si te parece bien, lo podemos hacer en la colina donde anoche, con tus hijos, rezaste con tanta entrega a tu Dios».

18 En este momento el Niño intervino:

19 «¿Acaso creéis que mis oídos son demasiado cortos para alcanzar vuestras bocas en la colina? ¡Qué equivocación! ¡Sabed que mis oídos tienen el mismo alcance que mis manos! De modo que muy bien podéis hablar aquí en mi presencia».


92

La ceguera e insensatez de los tres sacerdotes al descubierto.

El Templo del corazón


1 Los tres sacerdotes muy perplejos no sabían qué hacer, pues, no se atrevían a descubrir sus intenciones a José ante la presencia del Niño.

2 Pero el Niño los miró y dijo con voz potente:

3 «¿No es verdad que hasta de mí queréis hacer un ídolo?

4 Ya sé que en aquella colina queríais erigir un templo y colocar en él, sobre un altar de oro, una escultura que me representara y ofrecerle sacrificios a vuestra manera.

5 ¡Que no se os ocurra algo parecido porque os advierto que el que para ello dé el primer paso o haga la primera gestión, ¡caerá muerto al mismo instante!

6 Ya que estáis dispuestos a construirme un templo, ¡hacedlo en vuestro corazón, que sea un templo vivo!

7 Porque Yo estoy vivo y no muerto; por lo que quiero templos vivos pero nunca muertos...

8 Ya que parecéis convencidos de que en mí reside la plenitud de la Divinidad en persona, entonces, ¿es que no soy Yo mismo un templo suficiente para vosotros, un templo vivo? ¿Para qué queréis entonces hacerme una escultura de madera y un templo de piedra?

9 ¿Qué puede valer más, Yo mismo o un templo sin sentido con una estatua mía inanimada?

10 Si el que está vivo está con nosotros y entre vosotros, ¿para qué os podría servir uno muerto?

11 ¡Que ciegos e insensatos! ¿Acaso no es preferible que me améis a mí, en vez de erigir mil templos de piedra en los que desgastéis vuestros labios durante miles de años ante imágenes mías con ropajes bordados?

12 Si se os presentara un hombre desnudo que no tiene para comer y beber, y vosotros os dijerais:

13 “Es un semidiós porque estos seres sobrehumanos suelen presentarse así;

14 ¡hagámosle una estatua y coloquémosla en un templo, para que allí podamos adorarle!”,

15 decidme, ¿qué servicio habríais prestado a este pobre hombre, aunque hubierais fabricado su estatua de oro puro?

16 ¿No habría sido más provechoso para él que según vuestro amor lo hubierais vestido y saciado con comida y bebida?

17 Continúo: ¿Acaso Dios no está más vivo que cualquier hombre en la Tierra, si toda vida surge de Él?

18 ¿Acaso Dios podría ser ciego8, Él, que creó el Sol y te dio la vista?

19 ¿O podría ser sordo Aquel que hizo tu oído, o insensible Aquel que te dio la sensibilidad?


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8 Como estatua

20 ¡Qué ideas más absurdas!

21 Ya que Dios es la Vida más perfecta y el Amor más perfecto, ¿cómo es posible que os empeñéis en adorarle y honrarle bajo una forma muerta?

22 ¡Meditad sobre ello para que se os cure vuestra ceguera!».

23 La lección hizo que los tres sacerdotes se desplomasen; pues, percibieron la santa Verdad. Durante aquel día ya no hablaron ni una sola palabra...


93

La mendiga ciega y su sueño. Curación de la ciega con el agua del baño del Niño


1 Después de esta alta manifestación, los sacerdotes se retiraron a su cuarto donde se quedaron hasta la puesta del Sol.

2 Ya no hablaron nada, sino que cada uno de ellos meditó sobre las palabras de aquel Niño que hablaba tan maravillosamente.

3 José alabó a Dios en su corazón y le agradeció fervorosamente por haberle concedido la gran Gracia de llegar a ser el padre adoptivo del Hijo de Dios.

4 Después de que María hubo atendido al Niño, este fue entregado a Jacobo.

5 José, después de dar a María su ropa rasgada para que se la cosiera, se fue con sus cuatro hijos a labrar sus tierras.

6 Mientras tanto María limpió toda la casa para que todo estuviera bien dispuesto para recibir a los invitados que habían prometido venir por la tarde.

7 Terminada la limpieza, volvió a ver al Niño para asegurarse que no le faltaba nada.

8 En seguida el Niño reclamó el pecho y después su baño de agua fresca.

9 Nada más terminar el baño del Niño, una ciega entró en el cuarto de María, quejándose mucho de su desgracia.

10 María le dijo: «Veo muy bien que eres desgraciada, ¿pero qué puedo hacer yo para ayudarte?».

11 «Óyeme, pues esta noche tuve un sueño extraordinario.

12 Vi que tenías un niño muy luminoso que te pedía el pecho y un baño.

13 El baño era de agua fresca muy clara y, al bañar al Niño en ella, se llenó de muchas estrellas luminosas.

14 En aquel momento me acordé de que soy ciega y quedé sorprendida de cómo era posible que yo lo hubiera visto.

15 Entonces me dijiste: “¡Lava tus ojos con este agua y verás!”.

16 Pero cuando quise tomar el agua para lavarme los ojos, me desperté, ciega como antes.

17 Hoy por la mañana alguien me dijo: “¡Sal y busca, y encontrarás a la mujer con el Niño!

¡Y la primera casa en la que entres será la de aquella mujer!”.

18 Aquí estoy ahora, al final de mi camino, un camino lleno de peligros y de angustia».

19 Entonces María dio a la ciega el agua del baño. La mujer se lavó la cara y desde ese mismo momento vio.

20 La mujer no sabía cómo demostrar su gratitud, y en su gran alegría quería pregonarlo a los cuatro vientos en seguida; pero María se lo prohibió terminantemente.


94

La mujer curada predice la veneración a María


1 La mujer rogó a María que le permitiera quedarse una temporada en su casa para servir a la familia que le había hecho tanto bien.

2 María dijo: «No me corresponde a mí darte una respuesta definitiva porque no soy más que una sierva del Señor.

3 Pero si esperas hasta que vuelva mi marido del campo, él te la dará».

4 La mujer se echó a los pies de María y se puso a adorarla como a una diosa; pues como era ciega de nacimiento, consideró su curación como un milagro impresionante.

5 Pero María se lo prohibió terminantemente y se fue a otra habitación.

6 La mujer empezó a llorar porque estaba convencida de haber ofendido a su mayor bienhechora.

7 Jacobo, que estaba en el mismo cuarto jugando con el Niño, miró a la mujer.

8 «¿Por qué lloras como si alguien te hubiera hecho daño?».

9 «Apreciado joven, ¡he ofendido a la mujer que dio vista a mis ojos! ¿Cómo no voy a llorar?».

10 «¡De ninguna manera pienses algo parecido porque la joven mujer que te dio el agua del baño es más mansa que una tórtola! Por eso es imposible que le hayas ofendido.

11 Aunque alguien tuviera la intención de ofenderla, le resultaría imposible.

12 Porque a una ofensa ella contestaría con diez bendiciones, pidiendo al ofensor su amistad de manera que ni siquiera una piedra podría resistirse.

13 ¡Ves que buena es esta mujer! Así que ¡tranquilízate!, pues no me sorprendería que en este mismo momento estuviera rezando a Dios por ti».

14 Y realmente, así era. María estaba rezando para que Él iluminara la mente de aquella pobre mujer, para que entendiera que ella, María, no era sino una débil mujer.

15 Cierto que María procedía de la alta nobleza por ser descendiente del rey David, pero también lo era en el sentido espiritual; pues, cuanto más la humillaban, fuera quién fuera, tanto más satisfacción sentía.

16 Después de un rato María volvió y pidió perdón a la mujer por haberle hablado demasiado rudamente.

17 Este comportamiento de María causó tal emoción a la agradecida mujer que fue arrebatada por un inmenso amor a María.

18 En su arrebato de amor, exclamó:

19 «Oh, alma hermosa de mi sexo, ¡lo que antes tu noble corazón me negó, pueblos enteros lo harán en el futuro!

20 Cierto que entre todas las mujeres de la Tierra tú eres la primera que está en unión con los dioses y aparte de tus virtudes divinas, eres llena de amor e indescriptiblemente amable y bella».

21 «Que después de mi muerte la gente haga conmigo lo que quiera», fue la reacción de María, «¡pero durante mi vida en manera alguna!».

22 En aquel momento José volvió con los cuatro hijos y María le presentó la mujer, contándole todo que había acontecido.


95

Acogida de la curada en la casa de José. Novelesca historia de la mujer


1 Cuando la mujer se enteró de que José era el marido de María, se dirigió directamente a él para preguntarle si podía quedarse en su casa.

2 «Como recibiste tal Gracia según me contó mi mujer en tu presencia, y si por esta razón quieres demostrar tu gratitud, entonces puedes quedarte en nuestra casa.

3 Pues tengo bastantes tierras y también algunos animales domésticos. Y la casa es bastante espaciosa.

4 Por eso no faltará trabajo y hay bastante sitio para alojarte.

5 Aparte de eso mi mujer es de constitución un poco débil. Por ello nos podrías prestar un buen servicio ayudándole en sus quehaceres domésticos.

6 Todas tus necesidades estarán cubiertas; sin embargo no podré pagarte porque no tengo dinero.

7 Si estás de acuerdo con estas condiciones, entonces puedes quedarte aquí hasta cuando quieras, pero ni mucho menos porque tengas obligación alguna».

8 Con estas palabras la mujer se quedó muy feliz y alabó sobremanera la casa en que recibió tanto bien.

9 José le preguntó por el lugar de su nacimiento, por su edad y su religión.

10 «Nací en Roma y soy hija de un poderoso patricio.

11 Mi aspecto de vieja no corresponde a mi verdadera edad, pues no tengo ni veinte años.

12 Nací ciega. Había un sacerdote que aconsejó a mis padres que me llevaran a Delfos porque allí la misericordia de Apolo daría la vista a mis ojos.

13 Entonces tenía diez años y siete meses.

14 Mis padres eran muy ricos y, por ser hija única, me amaban mucho y siguieron el consejo.

15 De modo que alquilaron un barco para llevarme a Delfos.

16 Pero al tercer día se levantó una gran tempestad en alta mar que nos empujó con gran violencia hacia estas tierras.

17 A unas doscientas brazas de la costa según el marinero que me salvó la vida y que me lo contó muchas veces, el navío fue arrojado contra un arrecife

18 y todos murieron, incluidos mis padres salvo yo y el marinero que me salvó.

19 Nunca se me presentó ocasión de volver a mi ciudad natal. El marinero ya murió hace cinco años y ahora soy una mendiga abandonada en esta ciudad, enflaquecida por la miseria y la tristeza.

20 Pero como ahora los dioses me concedieron la gran Gracia de dar vista a mis ojos, puedo contemplar a mis bienhechores y de buen grado olvido mi gran aflicción».

21 Este relato de la pobre mujer hizo llorar a todos. Pero José la consoló: «Pobre huérfana,

¡tranquilízate!, ¡aquí encontrarás a tus padres en muchos sentidos!».


96

Pregunta de la mujer sobre «esos padres». Cree que José es Júpiter


1 La mujer no comprendió las palabras de José. Por eso le preguntó:

2 «Apreciado señor, en cuya casa me fue concedida esta inmensa Gracia, ¿qué significan tus palabras de que aquí voy a encontrar a mis padres en muchos sentidos?».

3 «Te digo que en mi casa, durante toda tu vida, serás tratada como mis propios hijos.

4 En mi casa aprenderás a conocer al único eterno y verdadero Dios, el mismo que te creó y que ahora ha dado la vista a tus ojos.

5 Conocerás a tu Dios personalmente y Él mismo te enseñará.

6 Dentro de poco encontrarás en mi casa a un romano distinguido que arreglará tus asuntos en Roma;

7 se trata de Cirenio, un hermano de Augusto.

8 Es fácil que también haya conocido a tus padres. Y todo esto, en el sentido espiritual y físico, me parece más que si hubieras encontrado a tus padres.

9 Porque si tus padres viviesen todavía, dime, ¿habrían podido hacer más por ti?

10 ¿Habrían ellos podido dar la vista a tus ojos? ¿Acaso habrían podido mostrarte al Dios único, eterno y verdadero?

11 Es cierto que tus padres terrenos te habrían sustentado temporalmente, mientras que aquí tendrás tu sustento eterno si lo quieres admitir.

12 Entonces qué vale más, ¿tus padres terrenales, los que se ahogaron en el mar, o los de ahora, a los cuales, en nombre del único Dios, el mar tiene que obedecer?».

13 La mujer quedó callada, llena de amor y respeto ante José.

14 Como ya había oído rumores de que en alguna parte cerca de Zoán vivía Zeus, ahora estaba convencida de encontrarse delante de él mismo.

15 Pero José en seguida se dio cuenta del error y le dijo:

16 «Hija mía, ¡no me tomes de manera ninguna por algo más de lo que soy, y menos todavía por algo que no existe!

17 Soy un ser humano como tú. Pero por el momento confórmate con todo lo que te he dicho; con el tiempo todo se te aclarará...

18 ¡Ahora traed el almuerzo y después trataremos más asuntos!».

97

José adopta a la ciega curada


1 Los hijos de José salieron para traer el almuerzo.

2 «¿Qué pasa con los tres sacerdotes?», preguntó José, «¿comerán con nosotros o en su cuarto?

3 Id a preguntarles y que coman donde prefieran».

4 Cuando los hijos preguntaron a los tres sacerdotes, estos no hablaron sino que les dieron a entender que antes de la puesta del Sol no hablarían ni tomarían comida o bebida alguna.

5 En seguida los hijos volvieron con estas noticias.

6 «Si de ello hacen un caso de conciencia», respondió José, «entonces sería un pecado que no les dejásemos cumplir su voto.

7 Pero nosotros vamos a sentarnos todos a la mesa y, en nombre del Señor, comamos con gratitud lo que Él nos ofrece».

8 Pero la mujer objetó: «Mi buen anfitrión, tú eres demasiado bueno y yo no soy nada ni nadie. Por lo tanto no me corresponde comer en tu mesa. Con gratitud tomaré en el vestíbulo lo que tu bondad me conceda.

9 Además, mi ropa andrajosa está muy sucia y yo misma también; eso impide que pueda sentarme a la mesa de un señor como tú».

10 Sin demora José dispuso: «¡Llevad cuatro cántaros grandes a la habitación de María.

11 ¡Tú, María, lávala y péinala, y dale tu mejor ropa.

12 Una vez que esté bien arreglada, tráela aquí para que sin reserva alguna pueda participar en nuestro almuerzo».

13 Al cabo de media hora, en vez de una mujer andrajosa se les presentó una joven encantadora, algo tímida y llena de gratitud, en cuya cara apenas podían descubrirse ya rasgos de su antigua tristeza.

15 José sintió una gran alegría por esta joven: «Oh, Señor, te agradezco que me escogieras a mí para salvar a esta pobre. ¡En tu santísimo nombre la acepto como hija».

16 Y dirigiéndose a sus hijos, continuó: «He aquí a vuestra pobre hermana, saludadla como hermanos!».

17 Con gran alegría ellos la saludaron; el Niño también dijo:

18 «De la misma manera como vosotros la aceptáis, también la acepto Yo. Pues, es una buena obra que me causa gran alegría».

19 Cuando la joven oyó al Niño hablar de esta manera, se sorprendió y exclamó: «¡Milagro!,

¿cómo es posible?, ¡este niño habla como un dios!».


98

Cariñosa escena entre la joven y el Niño


1 La joven se acercó en seguida al Niño y dijo:

2 «Oh, ¡que niño más extraordinario y prodigioso eres!

3 Pues sí, eres el mismo niño luminoso con el que he soñado tan maravillosamente que la madre lo estaba bañando y que luego la misma agua del baño daba la vista a mis ojos...

4 Sí, sí, ¡Tú me diste la vista! ¡Tú eres mi Salvador y Tú eres el verdadero Apolo de Delfos!

5 ¡En mi corazón Tú eres más que todos los dioses de Roma, Grecia y Egipto!

6 ¡Qué espíritu más elevado y divino debe morar en ti, para que tan pronto se te soltara la lengua y para que ahora, a través de ti, se manifieste tan milagrosamente!

7 Hombres de la Tierra que vivís como yo en tinieblas y en aflicción ¡la salvación está cercana!

8 Ciegos del mundo, ¡aquí está el Sol de los Cielos que os devolverá la vista como a mí!

9 Oh Roma, gran conquistadora de la Tierra, ¡aquí me está sonriendo el héroe que un día te reducirá a un montón de polvo!

10 ¡Un día Él erigirá su bandera sobre tus murallas y tú habrás de morir! ¡De la misma manera que el viento arrastra una paja, también te dispersará a ti!».

11 El Niño extendió sus manos hacia la joven y quiso irse con ella.

12 Con gran alegría, ella lo tomó en sus brazos y lo apretó contra su corazón con mucho cariño.

13 Jesús jugó con su cabello abundante y le dijo en voz muy baja:

14 «¿Crees realmente en las palabras que hace un momento pronunciaste ante mí, cuando todavía estaba en los brazos de mi hermano?».

15 La joven le respondió también en voz baja:

16 «¡Por supuesto, mi Salvador, mi primer Sol de la aurora; y ahora que me lo preguntas, lo creo aún mucho más profundamente!».

17 «Es para tu propio bien si tu corazón realmente siente lo que han dicho tus palabras.

18 Pero ante todo: ¡Guarda para ti el secreto de esta confesión de fe!

19 Porque nunca el enemigo de toda vida aguzó tanto el oído como precisamente en la época actual.

20 Por eso no hables de mí y no me descubras, de lo contrario ese enemigo te dará la muerte eterna».

21 La joven lo prometió con firmeza y luego empezó a jugar con el Niño. Al verla así, todos se dieron cuenta de que su hermosura juvenil era impresionante. La muchacha no cabía en sí de gozo y empezó a tenerles cada vez más confianza.


99

Llegada de Cirenio y Maronio Pila.

Cirenio se interesa por la hija adoptiva de José


1 Cuando la joven estaba todavía inundada de alegría, llegó Cirenio en compañía de Pila, tal como habían prometido la noche anterior.

2 José y María los recibieron cordialmente.

3 «¿Ha pasado algo importante en mi ausencia?», preguntó Cirenio, «pues, ¡os veo tan contentos!».

4 José le llamó la atención sobre la joven y le dijo:

5 «Mira: ¡Allí está la causa de nuestra alegría, con el Niño en los brazos y arrebatada de felicidad!».

6 Cirenio miró a la joven de más cerca.

7 «¿Es una niñera? ¿De dónde viene esta joven israelita tan hermosa?».

8 Cirenio ardía de curiosidad cuando José le respondió.

9 «Un milagro la trajo a esta casa. Llegó ciega y con aspecto de vieja y paupérrima mendiga.

10 El poder milagroso del Niño le dio la vista. Con eso y arreglarse resultó evidente que no tiene ni veinte años. Como es huérfana, la adopté como hija ¡y ese es el motivo esencial de nuestra alegría!».

11 Cirenio la miraba cada vez con más agrado. Ella, en su arrebato de felicidad, no se daba cuenta de su presencia pese al gran esplendor de su persona.

12 Y Cirenio dijo a José: «Amigo, ¡cuánto lamento ahora ser un encumbrado patricio romano!

13 ¡Te digo que daría todo por ser un judío para poder pedirte la mano de esta maravillosa judía!

14 Ya sabes que soy soltero y que no tengo hijos. ¡Lo que para mí significaría tener una esposa bendecida por ti!».

15 «¿Qué dirías si esta joven no fuera judía, sino romana de familia noble como tú?

16 ¿Y si fuera la hija única de unos patricios que en un viaje a Delfos perecieron en las aguas del mar?».

17 Cirenio le miró con estupefacción y preguntó después de reflexionar un instante:

18 «¿Qué me estás diciendo? ¡Explícate más detalladamente porque me suena que este asunto me incumbe!».

19 Pero José le detuvo: «Noble amigo, ¡cada cosa a su tiempo! Si tienes un poco de paciencia, ya te lo contará todo la misma joven.

20 Por el momento, dime: ¿Cómo va el asunto de los cadáveres encontrados bajo los escombros del Templo?».


100

Relato de Cirenio sobre los doscientos aparentemente muertos.

El triple derecho matrimonial en Roma


1 Cirenio dijo a José: «No te preocupes por los muertos, porque ya hay unos doscientos reanimados. Y toda esta mañana la he pasado preocupándome de su hospedaje.

2 Y si mientras continúen las obras de rescate, si aún se encuentran más cuerpos intactos, recibirán las mismas atenciones que los anteriores.

3 Eso es todo lo que te puedo decir por el momento. Pero mucho más me interesa ahora esta joven que por tu afirmación fidedigna debe de ser la hija de un patricio romano naufragado...

4 Por eso déjame antes que averigüe todo lo que pueda estar relacionado con ella, para que, en seguida, tome las disposiciones necesarias para el bien de esta huérfana.

5 Como ya te he dicho en otra ocasión que estoy soltero y que no tengo descendientes,

¿podría ella casarse más ventajosamente que conmigo, hermano del emperador?

6 Así que todo lo relacionado con esta joven me interesa cada vez más.

7 Permíteme, pues, que ahora mismo pueda hablarle para hacerme una idea».

8 «¡Espera un momento! Ahora mismo me has dicho que estabas soltero, mientras que en Tiro me dijiste que eras casado, aunque no tenías hijos con tu mujer...

9 ¿Cómo debo interpretarlo? Tengo entendido que, como romano, puedes tomar una segunda esposa si la primera resulta estéril. Pero lo que no comprendo es cómo tú, un hombre casado, puedas figurar a la vez como soltero... Eso, por favor, explícamelo».

10 Cirenio sonrió. «Amigo mío», dijo, «veo que no estás muy al día en leyes romanas.

11 Mira: Los romanos tenemos una triple ley del matrimonio: Hay dos formas de matrimonio sin compromiso, y una sola que es obligatoria.

12 Dentro de las dos formas no obligatorias puedo casarme hasta con una esclava. Pero esta no es una esposa definitiva sino más bien una concubina legítima, con lo que todavía sigo siendo soltero y libre para buscarme una mujer conforme a mi condición.

13 La diferencia entre las dos leyes no obligatorias consiste en lo siguiente: En el primer caso puedo buscarme una concubina sin la menor obligación de hacerla mi esposa.

14 En el segundo caso puedo unirme con la hija de una familia conforme a mi condición y con el consentimiento de sus padres, bajo la condición de hacerla mi esposa si tengo con ella entre uno y tres hijos vivos, de los cuales, por lo menos, uno tendría que ser varón.

15 Unicamente en el tercer caso se aplica la ley obligatoria, conforme con la cual ante el altar del Himeneo9 un sacerdote autorizado me une con una esposa legítima; con lo que después ya no sería soltero sino casado.

16 De modo que para los romanos ni las nupcias, ni tampoco el matrimonio a examen levantan el estado de soltero, sino únicamente el matrimonio definitivo. Eso según las leyes de hoy día.

17 Por eso continúo siendo soltero; y más todavía porque de la concubina no me nacen hijos.

18 Pero hasta con hijos continuaría siendo soltero porque los que nacen de un concubinato no tienen derecho a la filiación paterna, a no ser que el padre los adopte con el consentimiento del emperador.

19 De modo que ya lo sabes todo acerca de mi estado civil. Y por eso te ruego que ahora mismo me expliques más en detalle la historia de esta joven, pues estoy decidido a ir con ella directamente al matrimonio definitivo».

20 «Siendo así, voy a informarla personalmente y a prepararla para que tal propuesta no la trastorne».


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9 El dios de las bodas.


101

Un descubrimiento fascinante: Tulia, prima y primer amor de Cirenio


1 En seguida José se dirigió a la joven que todavía estaba ocupada con el Niño, le tiró ligeramente de la manga y le dijo:

2 «Oye, hija mía, ¿es posible que aún no te hayas dado cuenta de quién ha venido a visitarnos? ¡Levanta por una vez la vista y verás!».

3 Entonces la muchacha despertó de su ensueño y vio a Cirenio con su espléndido uniforme, y se asustó.

4 «Padre José, ¿quién es este hombre que me deslumbra tanto?», preguntó con voz tímida.

«¿De dónde viene y qué quiere?».

5 «No tengas miedo, Tulia. Es el bondadoso Cirenio, hermano del emperador y gobernador de Asia y de una parte de Africa.

6 Seguro que te arreglará tu asunto en Roma de la mejor manera; pues desde que te ha visto te ha tomado mucho cariño.

7 Ve a él, ruégale que te preste atención y cuéntale la historia de tu vida. Puedes estar segura que no hablarás a oídos sordos».

8 «A eso no me atrevo, porque sé muy bien que señores como estos examinan con terrible inclemencia en ocasiones así. Y si al final descubren un punto imposible de comprobar, en seguida, te amenazan con la muerte.

9 Lo sé por propia experiencia porque una vez, en mis tiempos de desdicha, un cierto señor empezó a examinar de dónde venía.

10 Después de haberle contado todo, me exigió pruebas irrebatibles.

11 Y como en mi completa soledad y absoluta pobreza no las podía presentar, me ordenó un riguroso silencio y me amenazó con la muerte si continuaba hablando de ello a quien fuera.

12 Por eso te ruego que no me descubras, porque de lo contrario puede que esté perdida».

13 En este momento Cirenio, que había oído de la conversación, se acercó a ella y le dijo:

14 «Tulia, ¡no temas a quien desea hacer todo lo posible para hacerte lo más feliz que pueda!

15 Dime, únicamente, el nombre de tu padre si todavía lo recuerdas. No necesito más.

16 Y aunque lo hayas olvidado, no te preocupes. Porque siempre me importarás mucho por ser ahora hija de este mi mayor amigo».

17 Al escuchar estas palabras, Tulia empezó a cobrar valor y le dijo: «Si la suavidad de tu mirada me engaña, ¡entonces todo el mundo debe ser mentira! Así que, voy a decirte el nombre de mi buen padre:

18 Se llamaba Victor Aurelius Dexter Latii y si tú eres hermano del emperador, este nombre no puede resultarte desconocido».

19 Al oír este nombre, Cirenio quedó visiblemente conmovido y dijo con voz rota:

20 «Ay, Tulia, ¡era hermano de mi madre! Sí, ¡de él sé que con una mujer legítima tuvo una hija ciega de nacimiento a la que amaba sobre todo!

21 ¡Cuántas veces le envidié por su felicidad que, en el fondo, era una desgracia! Pero su hija ciega, Tulia, significaba más que todo el mundo para él.

22 Entonces, pese que no tenías nada más que cuatro o cinco años, ¡yo estaba enamorado de ti! ¡Cuántas veces me juré a mí mismo: “Un día, ésta, y ninguna otra, tendrá que ser mi legítima esposa!”.

23 Y ahora, ¡Dios mío!, encuentro a la misma maravillosa Tulia aquí en casa de mi celestial amigo...

24 Oh, Dios mío, ¡esta es una Gracia demasiado grande para un pobre mortal, con lo poco o nada que yo hice por ti!».

25 Sumamente emocionado, Cirenio cayó en una silla y le costó un buen rato recuperase.

102

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Cirenio pide la mano de Tulia y ella le pone a prueba.

Un evangelio del matrimonio


1 Después de haberse recuperado de su emoción, Cirenio continuó su conversación con la joven: «Tulia, si te lo pido desde el fondo de mi corazón, ¿me darás tu mano para convertirte en mi legítima esposa?».

2 «Y qué harías conmigo si te la negara?».

3 Un poco perplejo, pero siempre con buen humor, Cirenio respondió:

4 «Entonces sacrificaría todo a Aquel a quien tienes en tus brazos y me marcharía de aquí completamente entristecido».

5 «¿Qué harías si pidiera el parecer de Aquel a quien tengo en mis brazos,

6 y si Él me recomendase que renuncie a tu propuesta para ser fiel a la familia que me acogió tan cariñosamente?».

7 Cirenio se quedó un poco desconcertado con esta pregunta.

8 «Pues... Pues entonces, carísima mía, por supuesto tendría que desistir de mi deseo sin réplica alguna.

9 Porque contra de Voluntad de Aquel a quien obedecen todos los elementos, el hombre mortal nunca podría levantarse.

10 ¡Pero pregúntaselo en seguida para que sepa lo antes posible a qué atenerme!».

11 En este momento el Niño se alzó y dijo: «Yo no soy dueño de lo que pertenece al mundo. Por lo tanto, en todo lo relacionado con mundo, sois libres.

12 Pero si en vuestros corazones alimentáis amor puro el uno por el otro, entonces no deberéis romperlo.

13 Porque para mí no cuenta otra ley para el matrimonio que la que con letras ardientes esté escrita en vuestros corazones.

14 Si desde el primer momento que os visteis ya os unisteis por esta ley viva, entonces, si no queréis pecar ante mí, no deberéis separaros.

15 Pues para mí no vale en absoluto la unión mundana del matrimonio, sino únicamente la unión de los corazones...

16 El que rompe con esta ley es un auténtico adultero, ante mí.

17 Tú, Cirenio, regalaste a Tulia tu corazón; de modo que en adelante no se lo quites.

18 Y tú, Tulia, desde el primer momento tu corazón ardía por Cirenio; de modo que ante mí ya eres su esposa, con lo que ya estás casada con él.

19 Aquí no se trata de daros o no un consejo mundano, pues ante mí únicamente cuenta el parecer de vuestros corazones.

20 Permaneced fieles a vuestro corazón si no queréis volveros adúlteros ante mí.

21 Y maldito sea aquel que por razones mundanas va en contra de los asuntos del amor; pues, el amor es asunto mío.

22 ¿Qué puede valer más: El amor vivo que surge de mí o la razón mundana que surge del infierno?

23 Por eso, ¡ay del amor cuyo móvil es el mundo! ¡Sea maldito!».

24 Ante estas palabras del Niño todos quedaron asustados y nadie se atrevió ya a añadir nada respecto al tema del matrimonio.


103

Explicación del Niño sobre la ley viva y continua del matrimonio


1 Como a causa de las explicaciones del Niño todos habían quedado callados, de nuevo Él tomó la palabra:

2 «¿Por qué estáis todos tan tristes alrededor mío? ¡No he hecho mal a nadie!

3 A ti, Cirenio, te di lo que tu corazón anhelaba. Y a ti, Tulia, te di lo mismo. Entonces, ¿qué más queréis?

4 ¿Acaso habría debido aprobar el adulterio del espíritu, mientras que vosotros, hombres, sancionáis al muerto10 con la pena de muerte?

5 ¡Qué exigencia más insensata sería! ¿Acaso no tiene más importancia lo que sucede en la vida que lo que se encuentra en el juicio de la muerte?11

6 ¡Yo diría que debierais más bien alegraros en vez de sentir que las cosas son así!

7 Aquel que ama, ¿ama acaso con la cabeza o con el corazón?

8 ¡A pesar de todo, vuestras leyes matrimoniales son meros productos de la cabeza y en manera alguna del corazón!...

9 Pero la vida se encuentra únicamente en el corazón, desde donde vivifica el resto del cuerpo, incluso la cabeza que de por sí no tiene vida alguna sino que está muerta.

10 Si las leyes que provienen de la cabeza, que junto con la cabeza están muertas, ya las sancionáis con la muerte, ¡cuanto más grato tendrá que ser respetar las leyes vivas y eternas del corazón!...

11 Por lo tanto, alegraos de que Yo, el vivo entre vosotros, cuide las leyes de la vida. Si no lo hiciera, entonces la muerte eterna ya os habría engullido hace mucho tiempo.

12 Vine al mundo para que a través mío todas las obras y leyes de la muerte fueran destruidas y para que fueran reemplazadas por las antiguas leyes de la vida.

13 Si Yo, de antemano, llamo vuestra atención sobre las leyes de la vida y de la muerte, ¿qué mal os hago para que estéis tan desconcertados y me temáis como si os hubiera traído la muerte en vez de la vida?

14 ¡Vaya insensatos! La antigua Vida eterna ha venido desde mí a vosotros, ¿como es posible que estéis tristes en vez de alegraros?

15 Tú, Cirenio, toma a la mujer que Yo te doy y tú, Tulia, al marido que te he traído. ¡Y en adelante no os dejéis!

16 Si un día la muerte física os separa, entonces aquel de los dos que sobreviva será aparentemente libre, pero que su amor continúe eternamente. Amen».

17 Estas palabras del Niño causaron una gran admiración a todos

18 y Tulia, temblando de profunda veneración, dijo:

19 «Oh hombres de este mundo, ¡este Niño no es de aquí sino la suprema Deidad en persona!

20 Porque un hombre de este mundo no puede hablar de esta manera, ¡sino únicamente Dios! Sólo Dios, por ser la Vida fundamental misma, puede conocer las leyes de la vida y las puede despertar dentro de nosotros.

21 En sentido espiritual los seres humanos estamos todos muertos. ¿Cómo podríamos encontrar las leyes de la vida y cumplirlas?

22 Oh, Niño santísimo, ahora percibo claridad lo que antes sólo presentía vagamente: ¡Tú eres el Señor del Cielo y de la Tierra, desde eternidades! ¡Por eso te dedico toda mi adoración!».


104

El Niño exige que Cirenio renuncie a Eudosia. La firme Voluntad del Niño


1 Este lenguaje sublime de Tulia impresionó a Cirenio. Por eso se acercó a ella, que todavía tenía el Niño en los brazos, y, con profunda emoción, dijo a Jesús:

2 «Verdadero Dios de mi corazón, ya que me uniste tan bondadosamente con Tulia, a mí, pobre pecador; ahora también te pido que me des tu bendición, por la que te seré fiel durante toda mi vida».

3 El Niño se alzó y dijo: «Sí, Cirenio, te bendigo junto con tu esposa Tulia.

4 Pero en cambio tendrás que cederme la mujer con la cual estuviste comprometido hasta ahora.


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10 Es decir: al adulterio mundano.

11 Toda vida continua desarrollándose, mientras que la muerte ya no tiene salida, lo que acaba en un juicio.

5 Porque si no lo hicieras, caerías ante mí en el pecado de adulterio, porque la amaste y todavía la amas mucho.

6 Pero si me la entregas totalmente, sacrificándomela, entonces también me entregas tu pecado.

7 Es precisamente por lo que vine al mundo: para cargar con los pecados de los hombres y para que a través de mí Amor se borren para siempre. Amen».

8 Esta sugerencia fue un compromiso considerable para Cirenio; pues su ex-esposa era una esclava griega sumamente bella y comprada por mucho dinero.

9 Debido a su belleza extraordinaria la amaba mucho, a pesar de que no había tenido hijos con ella.

10 Aunque ya tenía treinta años, su belleza era tan llamativa que los paganos la adoraban como a una Venus.

11 Por eso, a Cirenio, la sugerencia le hizo poca gracia y hubiera preferido que el tema no tomara este derrotero.

12 Pero el Niño no se dejó ablandar sino que insistió.

13 Como Cirenio vio que el Niño no cedería, le dijo:

14 «¿Sabes?, a la bella Eudosia le tengo mucho cariño y la echaría mucho de menos.

15 A decir verdad, casi prefiero que te quedes con Tulia para no tener que cederte la bella Eudosia».

16 El Niño le sonrió. «¿Acaso me tomas por un comerciante que canjea objetos? ¡Estás muy equivocado!

17 ¿O me tomas por alguno con quien se puede regatear después de dar una palabra?

18 Si me dijeras: “¡Haz que el cielo y la Tierra12 desaparezcan!”, más fácilmente prestaría oídos a esta petición que revocar la palabra una vez dada.

19 Te digo: El Sol, la Luna, las estrellas y esta Tierra acabarán, ¡pero mis palabras nunca jamás!

20 Por eso, sin demora, dispondrás que traigan a Eudosia y sólo entonces recibirás a Tulia, bendecida por mí.

21 Si te opones, haré que Eudosia muera, pero nunca tendrás a Tulia...

22 Aun así eres totalmente libre de decidir y hacer lo que quieras, porque un acto impuesto carece de todo valor para mí.

23 Si Eudosia muriera quedarías comprometido por el amor que habrías de guardarle, de modo que no podrías casarte con Tulia.

24 Sin embargo, si por mí sacrificas a Eudosia, entonces serás verdaderamente libre y podrás tomar a Tulia como esposa legítima ante mí.

25 Según mi orden dos mujeres es imposible; pues ya en el principio no fueron creados sino un hombre y una mujer...

26 Haz, pues, lo que te dije, para que no caigas en juicio».13

27 Estas palabras del Niño llevaron a Cirenio a la súbita decisión de mandar a buscar a Eudosia.

28 Pues la había traído de Tiro, pero cuidando que nadie la viera para que no fueran tentados por sus grandes encantos.

29 E incluso en la nueva situación no la confiaba a nadie más que al hijo mayor de José y a Maronio Pila.

30 Ambos, acompañados por la guardia de Cirenio, fueron a su residencia y trajeron sin tardanza la bella Eudosia a la casa de José.

31 Ella estaba muy sorprendida y no podía imaginar cómo era posible que Cirenio, por primera vez, la mandara buscar por hombres extraños.


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12 En lo que se refiere a la materia.

13 La caída en el pecado de donde difícilmente podría encontrar una salida.

105

Victoria del espíritu en Cirenio. María consuela a Eudosia


1 Cuando Cirenio vio a Eudosia al lado de Tulia, fue aún más evidente que era considerablemente más hermosa que esta última, y sintió mucho tener que separarse de ella, evidentemente para siempre.

2 Por eso, preguntó al Niño una vez más si no la podría conservar, al menos como criada y compañera de Tulia.

3 «Puedes tomar tantas criadas en tu casa como quieras», fue la respuesta del Niño,

4 «menos a Eudosia. A ésta la tienes que dejar aquí porque así lo deseo por tu propio bien».

5 Cuando Eudosia se dio cuenta de la manera despótica en que el Niño había contestado a Cirenio, se espantó.

6 «Por todos los dioses, ¿cómo hay que entender esto? ¿Un niño menor de edad da órdenes a aquel cuyas sentencias hacen temblar Asia y Egipto?

7 ¡Y el gran soberano oye tímidamente a este pequeño déspota y se somete espontáneamente a su juicio!

8 Vaya, ¡no será tan fácil como lo imagina este pequeño!

9 Para ti, poderoso Cirenio, sería una auténtica vergüenza admitir órdenes de este niño menor de edad. Por lo tanto, ¡sé un hombre y un romano!».

10 Al oír la reacción de Eudosia, Cirenio se alteró:

11 «¡Sí, Eudosia! ¡Precisamente ahora voy a mostrarte que soy un hombre y un romano!

12 Mira, si este Niño me hablase así aunque no fuera de origen divino, le haría caso.

13 Pero lo es y por ello voy a hacerle caso en todo.

14 Tú, ¿qué prefieres?, ¿aceptar lo que quiere este Niño de todos los niños o morir eternamente?».

15 Estas palabras de Cirenio surtieron un gran efecto sobre Eudosia.

16 Aunque de momento empezó a llorar por tener que privarse tan repentinamente de todo lujo y esplendor,

17 pero también sabía que el criterio de un dios sería inalterable; por lo que se sometió a la fatalidad.

18 En esto María se acercó a ella. «Eudosia, ¡no estés triste por este cambio!

19 Cediste un esplendor muy mediocre para recibir algo muy distinto y maravilloso...

20 Mira, también yo soy hija de rey, pero la magnificencia real se acabó hace mucho tiempo. Y ves, ahora soy una sierva del Señor, y en ello hay mayor magnificencia que en la realeza de todo el mundo».

21 Estas palabras surtieron un gran efecto sobre Eudosia que empezó a tener confianza en José y los suyos.


106

El Niño Jesús habla con Eudosia


1 Eudosia preguntó a María cómo era posible que este Niño fuera tan milagroso y tuviera una naturaleza tan sumamente divina,

2 y por qué Cirenio, de repente, dependía tanto de las palabras del Niño.

3 «Mira, Eudosia, no se puede precipitar nada.

4 Cada cosa necesita su tiempo y con paciencia obtenemos los mejores resultados.

5 Cuando pases algún tiempo con nosotros lo comprenderás todo. Por el momento confórmate con saber que este Niño es más que todos los héroes y dioses de Roma.

6 Seguro que anteayer sentiste el gran poder de la tempestad...

7 Pues, surgía de la mano poderosa de este Niño.

8 Todo lo que el poder de la tempestad ha hecho en la ciudad con los templos, también podría Él hacerlo con toda la Tierra.

9 De momento sabes bastante; y a causa de tu propia salvación no conviene decirte más.

10 En la medida en que madures también llegarás a tener más conocimientos.

11 Por eso, y por tu propio bien, tienes que guardar silencio ante todo el mundo; de lo contrario habrás de sufrir las consecuencias».

12 Ya calmada, Eudosia empezó realmente a meditar seriamente sobre lo que había oído.

13 En esto María se dirigió a Tulia para tomar al Niño, y dijo:

14 «A ti, mi hijo ya te ha bendecido en abundancia, con lo que siempre serás feliz.

15 Pero queda todavía la pobre Eudosia que hasta ahora aún no ha sentido el gran bien de su bendición».

16 Algunos momentos después, María entregó el Niño a Eudosia.

17 «Aquí, Eudosia, está la salvación de todos nosotros. Toma al Niño un rato en tus brazos y comprenderás mi felicidad por ser su madre».

18 Con gran respeto Eudosia tomó al Niño.

19 Pero como en secreto lo temía por ser tan misterioso, le faltaba el valor para hacer el menor movimiento.

20 Pero el Niño le sonrió y le dijo: «Eudosia, ¿no irás a tenerme miedo? ¡No voy a destruirte sino a salvarte!

21 En poco tiempo aprenderás a conocerme mejor. Entonces ya no me temerás sino que me amarás como Yo te amo».

22 Estas palabras quitaron a Eudosia todo el miedo y empezó a acariciar y a besar al Niño.


107

Gratitud de Cirenio que quiere confiar ocho huérfanos a José para que los eduque


1 Cirenio se dirigió a José para preguntarle qué le debía tras todo lo sucedido:

2 «Apreciado amigo mío, en tu casa he alcanzado la mayor felicidad en todos los sentidos. Dime, ¿cómo puedo retribuir al menos una pequeñísima parte de todo el bien que me hiciste?

3 Pero no vayas a decirme que con esta casa de campo ya te he dado algo, porque es demasiado insignificante y miserable como recompensa».

4 «Amigo, ¿qué concepto tienes de mí?

5 ¿No pensarás que soy un comerciante que negocia con el bien y que lo hago sólo por la recompensa?

6 Si así fuera te has equivocado por completo.

7 Para mí no existe cosa más repugnante que cobrar el bien.

8 ¡Maldito yo y maldita la hora que nací, si aceptase de ti una sola moneda!

9 Llévate tranquilamente a tu mujer, a Tulia purificada, y todo lo que hagas por ella y por los pobres lo consideraré siempre como la mejor recompensa a lo que hice por ti.

10 Dispensa a esta casa de donaciones de cualquier clase; pues lo que tengo aquí es suficiente para todos nosotros. ¿Para qué, entonces, más?

11 ¿Acaso piensas que voy a cobrar el sustento de Eudosia? ¡Eso de ninguna manera!

12 La he adoptado como hija y la educaré en la Gracia de Dios.

13 ¿Qué padre cobraría la educación de su propia hija?

14 Te digo que Eudosia vale más que todo el mundo, por lo que en todo el mundo no puede haber nada que sea suficiente para ofrecerlo a cambio.

15 La gran recompensa por todo lo que hago está en los brazos de Eudosia».

16 Al conocer el gran altruismo de José, Cirenio contestó profundamente conmovido:

17 «¡He aquí al único verdadero hombre ante Dios y todos los hombres de la Tierra!

18 ¡Alabarte con palabras sería esfuerzo vano porque estás por encima de lo que las palabras humanas pueden expresar!

19 Pero ya sé lo que puedo hacer para mostrarte la gran estima en que te tengo.

20 Te regalaré algo que seguramente no rechazarás:

21 En Tiro mantengo tres hijas y cinco hijos de padres indigentes que ya murieron.

22 Te mandaré a estos jóvenes para que los eduques aquí.

23 Pero queda entendido que me ocuparé de su sustento.

24 ¿Rehusarás?».

25 «No, hermano mío. Esto, claro que no. Mándalos aquí lo antes que puedas; yo cuidaré de ellos y les daré todo lo que precisen».


108

Cirenio se preocupa sobre el reconocimiento de su matrimonio por un sumo sacerdote de Himeneo


1 Cirenio se alegró ante la promesa de José y dijo:

2 «Ahora todos mis deseos se han cumplido.

3 No obstante, resta un solo inconveniente fatal para mi felicidad:

4 Ante Dios la dulce Tulia es ahora mi legítima mujer. Pero como soy romano, y sobre todo a causa del pueblo, tendrá que dar fe de mi matrimonio un sacerdote.

5 Además, para que nuestra unión sea confirmada, tendrá que ser un sumo sacerdote de Himeneo.

6 ¿Qué se puede hacer en este caso? Porque aparte de los tres sacerdotes subalternos ya no hay ninguno aquí».

7 «¿Pero por qué te preocupas de algo tan vano como eso?», le preguntó José.

8 «En cuanto vuelvas a Tiro, encontrarás sacerdotes de sobra que, por dinero, darán fe de tu matrimonio, ya que eso te interesa tanto...

9 Harías mejor, dejando todo como está. Pero, en fin, eres dueño de tu propia ley.

10 Por otro lado, recuerdo haber oído a un romano que en Roma existe un reglamento secreto que dice:

11 Si un hombre escoge a una mujer en presencia de un mudo, de un tonto o de un niño menor de edad

12 que durante el acontecimiento se comporta amistosamente y sonríe a la pareja, entonces el matrimonio es legalmente válido, con la condición de que después habrá que informar al sacerdote competente,

13 en cuyo caso, por supuesto, un adecuado donativo en metálico no deberá faltar...

14 Si este reglamento es cierto, ¿qué más te hace falta?

15 Manda buscar a los tres sacerdotes subalternos que viven en mi casa; ellos testimoniarán que elegiste a Tulia en presencia de un niño de apenas cuatro meses, que te bendijo y que te sonrió.

16 Con ese testimonio verídico y un poco de oro, ¿qué más necesitas para quedar bien ante el pueblo romano?».

17 Cirenio dio un salto de júbilo y dijo a José:

18 «¡Es verdad!, ¡realmente existe un reglamento así!, lo olvidé del todo porque nunca le encontré valor alguno.

19 Ahora, por supuesto, todo está en orden. Haz traer a los tres sacerdotes y tendré una seria conversación con ellos sobre el asunto».

20 Sin tardar, José mandó entrar a los tres sacerdotes que todavía seguían sin hablar.


109

Los sacerdotes ponen reparos. Enlace de Cirenio y Tulia


1 Los tres sacerdotes vinieron en seguida.

2 «Unicamente una orden del gobernador podrá soltarnos la lengua», dijo uno de ellos.

«Pues, esta mañana hicimos promesa de silencio y ayuno.

3 Si un día romperla nos pone en un compromiso, ¡que él responda!».

4 «Vamos, ¡nadie os ha obligado!», observó Cirenio, «pero si eso preocupa vuestra conciencia, yo cargaré con las consecuencias.

5 Pues como aquí estoy en la casa de Aquel a quien incumben tales cuentas, no creo que tenga tantas dificultades en arreglarlas como vosotros imagináis inútilmente».

6 «Arreglado está», le interrumpió José, «explícales a los tres lo que quieres de ellos».

7 Uno de los sacerdotes se adelantó ante Cirenio: «¿En qué podemos servirte?».

8 Con pocas palabras Cirenio formuló su demanda.

9 Los tres asintieron: «Tal ley existe y las circunstancias se corresponden con ella. Pero nosotros no somos más que sacerdotes subalternos y nuestro testimonio no será considerado válido».

10 Cirenio les recordó que en este caso, como allí no había sumo sacerdote alguno, todo sacerdote subalterno tiene el derecho y puede hasta ser obligado a ejercer el oficio de sumo sacerdote.

11 «Esto es cierto. Pero ya ves: Cuando hace dos días estábamos a punto de ejercer el poder del sumo sacerdote, nos condenaste.

12 Por eso nos parece arriesgado volver a ejercerlo ante ti».

13 Cirenio respondió un poco alterado: «Entonces os condené porque abusasteis del derecho del sumo sacerdote ilegalmente, mientras que en el caso presente actuaréis según la ley.

14 Si actuáis conforme a esta disposición legal, por supuesto no tendréis que temer consecuencia alguna por mi parte.

15 Al contrario: Os concederé un donativo que os servirá de sustento para toda vuestra vida. Y también Roma tendrá un donativo considerable».

16 «Estamos de acuerdo, pero ahora ya no pertenecemos a los dioses y no queremos saber nada del paganismo romano.

17 ¿Será reconocido nuestro testimonio en Roma si allí descubren que nos hemos convertido a la religión israelita?».

18 «Sabéis tan bien como yo que por dinero cualquier testimonio es válido en Roma.

19 Por lo tanto, haced lo que os digo. Y de lo demás ya me ocuparé yo mismo».

20 Esta afirmación convenció a los sacerdotes para que prepararan el documento.

21 Una vez que Cirenio lo tuvo, tomó la mano de Tulia,

22 le puso un anillo e hizo que le trajeran de la ciudad un traje regio.


110

Tulia con traje real y pena de Eudosia. El Niño la consuela; lágrimas de alegría de Eudosia


1 Al poco llegó el traje real y Tulia se lo puso.

2 María recogió sus vestidos, los lavó y los guardó para su propio uso.

3 Cirenio también le quería dar a ella ropa regia,

4 pero tanto María como José declinaron el ofrecimiento muy agradecidos.

5 Ver a Tulia vestida con esplendor, causó mucha pena a Eudosia, que empezó a suspirar íntimamente.

6 Pero el Niño le dijo en voz baja: «Eudosia, te digo que no suspires a causa del mundo; más te valdría hacerlo por tus pecados...

7 Porque mira: Yo soy más que Cirenio y que Roma. Y teniéndome a mí, tienes más que si tuvieras el mundo entero.

8 Pero si quieres tenerme del todo debes arrepentirte del pecado por cuya causa te volviste estéril.

9 Y si por amor hacia mí te arrepientes de tus pecados, entonces, en la medida de tu amor para conmigo, sabrás Quien soy en realidad.

10 En cuanto me conozcas estarás más dichosa que si fueras la esposa del mismo emperador.

11 Mira: El emperador tiene que andar con cuidado para que no lo echen del trono.

12 Yo, sin embargo, Yo me basto a mí mismo. A mí me obedecen espíritus, Soles, Lunas, Tierras y todos los elementos, y no necesito guardianes.

13 Y sin embargo dejo que me lleves en tus brazos, a pesar de que eres una pecadora... Así que cálmate y no llores. Pues recibiste lo que Tulia perdió al tener el vestido real.

14 Y es infinitamente más que esa ropa bordada en oro que no tiene vida y trae la muerte.

15 Tú, sin embargo, tienes la vida en tus brazos. Por eso, amándome a mí, nunca sufrirás la muerte».

16 Estas palabras del Niño surtieron un gran efecto en el alma de Eudosia que, llena de alegría y de gran admiración, empezó a llorar.

17 María se dio cuenta de que Eudosia estaba muy conmovida, y dijo:

18 «¿Qué ha pasado para que tengas tus ojos llenos de lágrimas?».

19 Eudosia suspiró de felicidad y respondió:

20 «Oh tú, la madre más feliz de toda la Tierra, ¡tu hijo me ha dicho unas palabras tan maravillosas!

21 Realmente, ¡no es posible que hombres mortales aun del mayor prestigio mundano puedan pronunciar palabras como éstas, únicamente los dioses!

22 María, ahora mi corazón está lleno de sublimes pensamientos y sentimientos que como estrellas brillantes del mar surgen dentro de mí desde una profundidad oculta... ¡Por eso lloro de felicidad!».

23 «Y si tienes un poco de paciencia», añadió María, «verás como después de las estrellas vendrá el Sol en cuya luz verás dónde estás.

24 ¡Pero ahora callemos que Cirenio viene hacia aquí!».


111

El Niño bendice a los recién casados


1 Eudosia tenía todavía al Niño en brazos, cuando Cirenio se acercó y dijo al Niño:

2 «Vida mía, ¡solamente a ti te debo esta gran felicidad mía!».

3 «Es tan poco lo que he hecho por ti... Tú, sin embargo, me has recompensado fabulosamente y has hecho de mí el hombre más feliz de esta Tierra.

4 Yo, pobre pecador, ¿cómo podré jamás agradecértelo suficientemente?».

5 Estirándose, el Niño levantó la mano derecha y dijo:

6 «Mi querido Cirenio Quirino, os bendigo para que ambos viváis felices en este mundo.

7 Pero tengo que advertirte que no estimes demasiado tu dicha en él, sino tómalo más bien, junto con tu bienestar, por escenario de engaño; aprovecharás sabiamente la vida terrena.

8 Porque el mundo entero es precisamente lo contrario de lo que parece. Unicamente el amor, el que nace del fondo del corazón, es verdadero y justo.

9 Donde te parezca que hay vida, pero sin amor, no es vida sino muerte.

10 Pero donde por la paz en que está el amor parece que no hay vida sino muerte, precisamente allí encuentras la vida y nadie puede dañarla.

11 No tienes idea de lo flojo que es el suelo en el que andas. Yo lo sé y por eso te lo digo.

12 Aquí mismo cava la tierra y apenas a una profundidad de mil brazas encontrarás debajo de ti un enorme abismo que te tragará.

13 De modo que no entres demasiado en las profundidades del mundo ni te alegres excesivamente por tus logros tal vez soberbios,

14 porque dondequiera que alguno penetra mucho en el mundo, él mismo se prepara su propia perdición.

15 No te fíes del terreno en que te encuentras; es poco consistente.

16 Ten presente: Todo lo que es del mundo puede destruirte porque lleva la muerte dentro de sí, salvo el amor, si lo mantienes en su pureza.

17 Pero si lo mezclas con asuntos mundanos, entonces hasta el amor se vuelve pesado y puede matarte, tanto física como espiritualmente.

18 Por eso mantente dentro del amor puro y altruista. Ama sobre todo a Dios Único como tu Padre y Creador. Y a los hombres ámalos como hermanos tanto como a ti mismo. Y con tal amor tendrás la Vida eterna... Amen».

19 Estas palabras sumamente sabias del Niño llenaron a todos de un respeto tan profundo que les hizo temblar todo el cuerpo.

20 Tras un poco, José se dirigió a Cirenio para tranquilizarle: «Cálmate, hermano, y regresa a la ciudad con la bendición de esta casa. Pero todo lo que aquí pasó, guárdalo en secreto. Y mañana vuelve para el banquete nupcial».


112

Nueva sorpresa en casa de José: Unos jóvenes desconocidos vestidos de blanco ayudan al trabajo doméstico


1 Ya era de noche, cuando Cirenio volvió a la ciudad.

2 En seguida José repartió el trabajo doméstico que quedaba por hacer y dijo a sus hijos: «...Y cuidad bien las vacas y los burros. Luego podéis prepararnos una buena cena; pues hoy voy a adoptar y bendecir a mi nueva hija en medio de una cena de júbilo».

3 Los hijos se pusieron a la obra sin demora.

4 Pero en el establo les esperaba una gran sorpresa: había unos cuantos jóvenes vestidos de blanco que se ocupaban de los animales con mucho empeño.

5 Los hijos de José les preguntaron quién les había mandado hacer eso, y los jóvenes respondieron:

6 «Somos de siempre los siervos del Señor. Él nos ordenó hacerlo; de modo que cumplimos su Voluntad».

7 «¿Pero quién es vuestro amo y dónde vive? ¿Acaso es Cirenio?».

8 «Nuestro Señor también es el vuestro y vive con vosotros, pero no se llama Cirenio».

9 Los hijos concluyeron que tenía que tratarse de su propio padre, y dijeron a los jóvenes:

10 «Entonces venid con nosotros para que nuestro padre, el amo de esta casa, compruebe que realmente sois sus siervos».

11 «Ordeñad antes las vacas y luego iremos con vosotros para presentarnos a vuestro amo».

12 Los hijos ordeñaron las vacas y consiguieron dos veces más leche que de costumbre.

13 Todos se quedaron perplejos y no se podían explicar por qué las vacas daban tanta leche esa vez.

14 «Muy bien», dijeron los jóvenes. «Como ya habéis acabado vuestro trabajo, podemos entrar con vosotros en la casa donde vive el Señor de todos nosotros.

15 Pero vuestro padre también os encargó que prepararais una buena cena.

16 Tendrá que estar lista antes de entrar en la habitación del Señor».

17 En seguida todos se fueron a la cocina y, gran sorpresa, allí había aún más jóvenes ocupados en preparar una cena deliciosa.

18 Mientras tanto, a José le parecía que sus hijos tardaban más que de costumbre. Por eso salió a ver qué estaban haciendo.

19 ¡Cuál fue su sorpresa, cuando al entrar en la cocina la encontró llena de personas!

20 En seguida quiso dirigirse a sus hijos para preguntarles qué estaba sucediendo, en el nombre del Señor.

21 Pero los jóvenes se adelantaron. «¡No te preocupes, José! Todo lo que aquí ocurre es a causa del Señor. Déjanos preparar la cena antes y luego el Señor mismo te dará más explicaciones».


113

Los ángeles adoran al Niño


1 José volvió al cuarto para contar a María y a Eudosia lo que había visto en la cocina.

2 Las dos se admiraron y María exclamó:

3 «¡Oh, gran Dios! ¡No hay momento en que no lleguen visitas! ¡Apenas acaba una cuando ya se presentan unas cuantas nuevas!

4 Señor, ¿no quieres concedernos sosiego alguno? ¿Es posible que otra vez tengamos que huir, y esta vez para escapar a los romanos? ¿Qué desenlace tendrá este nuevo asunto?».

5 José procuró calmarla: «¡No te inquietes en vano! Recuerda que todos somos peregrinos en este mundo y el Señor es nuestro guía.

6 Sigamos con devoción su santa Voluntad, adonde Él quiera llevarnos. Pues únicamente Él sabe qué es lo mejor para nosotros.

7 Siempre tienes miedo cuando el Señor nos prepara algo nuevo. Yo, sin embargo, me lleno de alegría porque sé que el Señor siempre vela por nuestro bien.

8 Hoy por la mañana me sometió a una prueba muy dura y me entristecí mucho.

9 Pero la tristeza no duró mucho porque la víctima resucitó y vive.

10 Haz lo que yo y te sentirás mucho mejor que con tus miedos infantiles».

11 María se tranquilizó y empezó a sentir curiosidad por ver a los nuevos cocineros.

12 Ya iba a levantarse para ir a la cocina, cuando los hijos de José entraron cargados con los platos. Los jóvenes les seguían con profundo respeto.

13 Cuando estuvieron cerca del Niño, se postraron ante Él y lo adoraron.

14 Pero Jesús se alzó y les dijo: «¡Levantaos, ángeles de mis Cielos infinitos!

15 Atendí vuestra petición. Vuestro amor desea servirme también aquí en mi simplicidad terrena aunque Yo, vuestro Señor desde las eternidades, nunca he necesitado vuestro servicio.

16 Pero como vuestro amor es tan profundo, quedaos tres días terrenales aquí y servid esta casa. Salvo quienes viven en ella que nadie se entere de quiénes sois.

17 Ahora cenad con mis padres terrenales, con esta su hija que me tiene en sus brazos, con los tres investigadores y con mis hermanos».

18 Los jóvenes se levantaron y María tomó al Niño. Todos se sentaron alrededor de la mesa y entonaron un cántico de alabanza, y luego comieron y bebieron llenos de felicidad y de alegría.

19 Y los arcángeles lloraban de bienaventuranza, diciendo:

20 «Eternidades pasaron ante nuestra vista, llenas de supremas delicias,

21 pero todas aquellas eternidades, incluso las más maravillosas, no son comparables con este momento en que estamos a la mesa con el Señor y sus hijos, entre los cuales él se encuentra en toda plenitud... Oh, Señor, ¡permite que también nosotros podamos llegar a ser hijos tuyos!».


114

María habla con Zuriel y Gabriel


1 Cuando terminó la cena, todos cantaron otro cántico de alabanza al Señor y uno de los jóvenes dijo a María:

2 «María, agraciada entre todas las mujeres de esta Tierra, ¿ya no te acuerdas de mí? ¿No recuerdas que fui yo quien en el Templo jugó tantas veces contigo? ¿No recuerdas las veces que te traje cosas ricas para comer y beber?».

3 María se sorprendió y dijo: «Ahora te reconozco, sí, ¡eres Zuriel, el arcángel que tantas veces me gastó bromas cuando hablaba conmigo sin dejarse ver!

4 ¡Cuántas veces tuve que suplicarte para que alguna vez te dignases dejarte ver!».

5 «Bendita Madre, ¡tal fue la Voluntad del Señor que te ama sobremanera!

6 Así como tu corazón, sede del amor, empuja y da empellones a todo tu ser,

7 así ocurre también con el Amor del Señor, que continuamente instiga y excita a sus amados. Precisamente así forma la vida y la hace duradera para la eternidad».

8 María se alegró por esta explicación y alabó la gran bondad del Señor. Luego otro joven se dirigió a María.

9 «Virgen agraciada, ¿acaso tampoco me reconoces a mí? No hace mucho más de un año que te visité en Nazaret».

10 A éste María le reconoció por la voz. «Sí, ¡eres Gabriel! En verdad, eres único, porque fuiste tú quién trajo a la Tierra el más grande de los mensajes: La salvación de todos los pueblos».

11 «Virgen del Señor, te equivocas en una cosa. Porque para realizar la obra más grande, el Señor ya conmigo empezó a servirse de los medios más humildes.

12 Por lo tanto soy tal vez el menor y más ínfimo en el Reino de Dios, y ni mucho menos el mayor.

13 Es cierto que traje la buena nueva más sublime y grandiosa a la Tierra; pero eso no quiere decir que en el Reino de Dios no haya otros iguales a mí, no en grandeza sino en pequeñez».

14 María y José se admiraron de la gran humildad del joven.

15 «Sí, ¡este ángel tiene razón!», añadió el Niño. «Porque al principio el mayor14 era el más próximo a mí.

16 Pero se rebeló y quiso ser igual que Yo y superarme, por lo que se alejó de mí.

17 Eso me motivó a crear el cielo y la Tierra15 y a establecer un orden en el que únicamente lo más humilde sea lo más cercano a mí.

18 Y Yo mismo elegí la más baja condición terrenal para mí. Por eso solamente serán mayores en mi Reino los que como Yo, ante el mundo y ante ellos mismos, sean los menores y más humildes.

19 Tú, Gabriel, y mi madre, los dos tenéis razón según se mire el asunto; eres el mayor porque interiormente eres el menor».

20 Cuando los demás jóvenes oyeron cómo el Niño habló con Gabriel, todos se hincaron de rodillas ante Él y lo adoraron.

21 Eudosia aguzó mucho los oídos, pues no sabía a qué atenerse ya que estos jóvenes tan sumamente hermosos le llamaban mucho la atención.

22 Había escuchado muy bien que les llamaron «mensajeros del Reino de Dios», pero ella creía que tal reino era Palestina o el Alto Egipto. Por eso les preguntó si eran delegados.

23 Uno de los jóvenes se dirigió a ella: «Ten aún un poco de paciencia, Eudosia, nos quedaremos aquí tres días con vosotros. De modo que ya nos conoceremos mejor».

24 Eudosia quedó conforme y después se retiró para dormir.


115

Un asalto de trescientos malvados rechazado por los ángeles


1 José señaló lo avanzado de la hora: «Hijos y amigos, ya es muy tarde y me parece mejor que nos acostemos».

2 «Sí, José, tienes razón», confirmaron los jóvenes. «Todos vosotros que todavía tenéis cuerpos físicos, id a descansar.

3 Sólo nosotros vamos a salir fuera para guardar tu casa.

4 Resulta que el enemigo de la vida supo que el Señor de la Vida mora aquí, y decidió con astucia asaltar esta casa esta misma noche.

5 Por eso estamos aquí. Y en cuanto llegue el enemigo, quedará maltrecho».

6 Todos se asustaron mucho con esta noticia y José decidió:

7 «Si las cosas andan así, no me acostaré sino que velaré durante toda la noche, junto con vosotros».

8 Pero los jóvenes insistieron en que nadie se preocupara: «Somos bastantes y por Voluntad del Señor tenemos poder suficiente para convertir toda la creación en nada.

9 ¿Cómo, pues, íbamos a temer a un puñado de cobardes asesinos pagados?

10 El caso es el siguiente: Algunos allegados a los sacerdotes aniquilados descubrieron mediante el esfuerzo de Satanás que Cirenio se ha vuelto amigo de los judíos gracias a esta familia.

11 Por eso han tramado una conspiración secreta y juraron asaltar la casa durante la noche y asesinar a todos que se encontraran en ella.

12 Pero como tal plan no podía sernos desconocido, vinimos para protegerla.

13 De modo que podéis quedaros absolutamente tranquilos y ya verás mañana como hemos trabajado para ti».


image

14 Lucifer.

15 La caída de Lucifer, degenerado en Satanás. Lucifer, el portador de la luz, fue el primero y más grande espíritu creado por Dios, dotado con sus mismas facultades. Pero Lucifer se rebeló contra Dios y creó su propio séquito malvado. Para detener el proceso, Dios le quitó la omnipotencia originalmente concedida, y para rebajar su grandeza condensó y comprimió su esencia espiritual de tal manera que esta se solidificó, dando origen al macrocosmos, el

conjunto de toda la materia en el espacio infinito, la sustancia de Satanás.

14 José quedó tranquilo con la promesa de protección de los jóvenes, y alabó a Dios.

15 Luego mostró a Eudosia su dormitorio y la bendijo como hija suya. Ella fue la primera que se acostó.

16 María se acostó en el mismo dormitorio; y esta vez se llevó consigo al Niño a la cama.

17 Luego los tres sacerdotes se retiraron, y únicamente José y sus hijos se quedaron en el comedor velando.

18 Sólo los jóvenes salieron fuera y se apostaron alrededor de la casa.

19 Hacia medianoche se oyó un fragor de armas que se acercaba desde la ciudad.

20 A los pocos minutos la casa estaba rodeada por trescientos hombres armados.

21 Cuando los intrusos quisieron entrar, los jóvenes se levantaron y los estrangularon a todos, menos a uno.

22 A este lo ataron y lo vigilaron, para que al día siguiente sirviera de testigo.

23 De esta manera fue milagrosamente salvado el hogar de José; en adelante continuó en paz.


116

Disposiciones para el banquete de bodas.

Reanimación de los asesinos muertos con el agua del baño del Niño


1 Muy de mañana, antes de la salida del Sol, ya había una gran actividad en casa de José.

2 Los jóvenes, junto con los hijos de José, se ocuparon de la cocina y de los animales porque había que preparar muchas cosas para el banquete de bodas de Cirenio.

3 José, acompañado por Zuriel y Gabriel, salió afuera para ver los cadáveres y preguntó a los dos:

4 «¿Qué haremos con ellos? Habrá que enterrarlos antes de que Cirenio vuelva de la ciudad».

5 Pero los jóvenes le dijeron que no se preocupara.

6 «Precisamente el gobernador tiene que conocer el poder que reside en tu casa. Por lo tanto los cadáveres, que se queden de momento como están y luego, cuando Cirenio llegue, él mismo podrá disponer que se los lleven».

7 José estuvo conforme y volvió con ellos a la casa

8 donde María estaba bañando al Niño, en lo que Eudosia le ayudaba como podía.

9 Con el mayor respeto los dos ángeles aguardaron de pie con los brazos cruzados sobre el pecho.

10 Después del baño, y ya arreglado con ropa limpia, el Niño llamó a José y le dijo:

11 «En esta casa nadie ha de perder la vida.

12 Por eso te llamo, para que guardes el agua del baño.

13 En cuanto Cirenio vuelva de la ciudad y después que haya visto a lo estrangulados, tomas esta agua y los rocías con ella. Los muertos se reanimarán y podrán ser presentados al tribunal del estado.

14 Pero atadles antes a todos las manos a la espalda para que cuando se despierten no puedan empuñar las armas y defenderse».

15 Con la ayuda de los dos ángeles, José cumplió inmediatamente la Voluntad del Niño.

16 Y nada más haber atado las manos del último cadáver, Cirenio llegó de la ciudad, en todo su esplendor y con un gran séquito.

17 Al ver los cadáveres atados, se asustó y preguntó con sobresalto qué había pasado.

18 Tras contárselo, José mandó traer el agua de baño del Niño y roció a los muertos con ella; y todos se levantaron como de un sueño profundo.

19 Cirenio, ahora al cabo de todo, mandó los reanimados a prisión.

20 Una vez que se los llevaron, junto con el sobreviviente, Cirenio y su novia entraron en la casa y alabaron al Dios de Israel con gran fervor.

117

Indignación de Cirenio contra los traidores


1 A pesar de que todo había salido bien, Cirenio estaba molesto porque no sabía qué hacer con los traidores.

2 Por eso se dirigió a José para discutir el asunto con él.

3 José le aconsejó que no se preocupara, porque saldría absolutamente indemne de la situación.

4 «No hay duda de que, en este mundo, eres mi mayor amigo y bienhechor. No obstante, la noche pasada, ¿de qué me habría servido toda tu amistad?

5 Estos asesinos pagados habrían podido matarnos de mil maneras y ni te habrías enterado hasta hoy por la mañana.

6 ¿Quién piensas que fue nuestro salvador? ¿Quién era el que, hace tiempo, descubrió los planes secretos de los malvados y nos envió ayuda en el momento oportuno?

7 ¡Fue el Señor, mi Dios y tu Dios! De modo que puedes estar de buen ánimo porque también te encuentras ahora bajo la mano protectora del Señor que no permitirá que sea tocado un solo de tus cabellos».

8 Cirenio le agradeció estas palabras de todo corazón.

9 Mientras tanto Tulia estaba entreteniendo al Niño.

10 En este momento Cirenio descubrió a dos jóvenes y se enteró de que en la cocina había aún más. Por eso le preguntó a José que de dónde venían jóvenes tan hermosos y delicados, o si acaso se trataba de algunas de las víctimas salvadas.

11 «Cada señor tiene sus siervos y ya sabes que mi hijo también es un Señor; estos jóvenes son sus siervos», le respondió José.

12 «Y fueron los mismos los que la noche pasada nos protegieron del exterminio.

13 Pero no trates de adivinar de dónde vienen. Lo que sí es evidente, es que son increíblemente poderosos».

14 Pero Cirenio insistió: «¿Entonces son semidioses como los que nosotros tenemos en nuestra doctrina llena de mitos?

15 ¿Es posible que además del Dios único también tengáis semidioses, destinados a ayudar a los hombres y al Dios principal?».

16 «¡Por supuesto, que no! ¡Ni hablar de semidioses!

17 Pero sí hay espíritus sumamente bienaventurados que antes vivían en la Tierra como tú y yo, y que ahora son ángeles de Dios.

18 Sobre todo lo que te acabo de decir tienes que guardar silencio como si nunca hubieras oído nada. De lo contrario sufrirás las consecuencias».

19 Con el dedo sobre los labios Cirenio juró guardar silencio hasta el día de su muerte.

20 En este mismo momento los dos jóvenes se acercaron y le dijeron: «Cirenio, sal afuera con nosotros y te mostraremos nuestro poder».

21 Cirenio les siguió afuera y vio como a una sola palabra de ellos, una montaña desaparecía a lo lejos.

22 Por tal hecho Cirenio comprendió por qué tenía que guardar silencio, y lo guardó durante toda su vida. Y los demás que estaban con él cumplieron la misma promesa.


118

Diferencia entre el poder del Señor y el de sus siervos


1 Después de la demostración de su poder los dos ángeles y Cirenio volvieron al cuarto donde estaban José, María con el Niño, Tulia, Eudosia, los tres sacerdotes, Maronio y algunos otros del séquito de Cirenio.

2 En seguida José se dirigió a Cirenio y le preguntó:

3 «¿Qué te parecen estos siervos del Señor?».

4 «Oh..., que entre ellos y el Señor hay poca diferencia; pues parece que tienen el mismo poder que Él.

5 Hace poco que el Niño destruyó una gran estatua de Júpiter con un simple gesto.

6 Y estos siervos destruyeron una montaña entera con una sola palabra. ¿Cuál es la diferencia entre Señor y siervo?».

7 «Pues sí, ¡hay una diferencia fundamental!

8 El Señor hace todo eso por sí mismo, desde eternidades. Mientras que sus siervos sólo pueden hacerlo con el poder de Él y cuando Él lo quiere así.

9 Si no lo quiere, entonces ellos no tienen más poder que tú o yo, y no pueden destruir ni la menor partícula».

10 Cirenio comprendió y no precisó más explicaciones.

11 Pero aún quería saber para qué le sirven al Señor siervos que carecen de poder propio, si a fin de cuentas Él mismo lo hace todo...

12 Ahí José tuvo que remitirle al Niño: «¡Pregúntaselo a Él y te dará una respuesta mejor!».

13 Cirenio siguió el consejo de José y el Niño le respondió:

14 «Ahora estás casado y anoche te uniste con tu esposa para tener descendencia.

15 Te digo que tendrás doce hijos. Pero cuando los tengas, dime, ¿para qué te servirán? ¿En realidad para qué los quieres tener?

16 ¿Acaso no puedes desempeñar satisfactoriamente con tus cargos sin ellos?».

17 Cirenio quedo un tanto perplejo y le costó un buen rato responder:

18 «Bueno, en lo que se refiere a mis cargos, todo va como es debido; para eso, por supuesto, no preciso de hijos.

19 Sin embargo, en mi corazón se manifiesta un gran deseo de tenerlos y a este deseo se le llama amor».

20 «Muy bien. Y el día que los tengas y por amor a ellos ¿no los iniciarás en tus asuntos y no les darás poderes porque son tus hijos? ¿Acaso tus hijos no llegarán a ser poderosos siervos tuyos?».

21 Cirenio confirmó que así lo haría.

22 «Mira», continuó el Niño, «si tú, siendo hombre actúas así por amor a tus hijos, ¿por qué entonces Dios, Padre santo, no iba a hacerlo con los suyos por su infinito amor hacia ellos?».

23 Cirenio y todos los demás quedaron profundamente impresionados con esta explicación tan plausible.


119

La ropa festiva de los ángeles


1 No pasó mucho tiempo y los hijos de José entraron para decirle que el desayuno estaba preparado:

2 «Si te parece bien vamos a servirlo en la mesa grande».

3 «Muy bien; y vestíos con vuestra ropa nueva porque vamos a celebrar el banquete de bodas esta mañana.

4 Como estaréis en la mesa habréis de estar vestidos adecuadamente».

5 Sin tardar los hijos cumplieron las órdenes de su padre.

6 En esto los dos jóvenes llamaron a José la atención sobre la ropa que llevaban.

7 «Es nuestra ropa de trabajo. ¿Te parece bien que también nosotros vengamos con traje de bodas?».

8 «Sois ángeles del Señor y esta ropa de trabajo vuestra ya es una ropa de bodas muy hermosa. ¿Para qué cambiaros?».

9 «Mira, José, no queremos contrariar a nadie. Pero como dijiste a tus hijos que se cambiasen, nosotros también queremos presentarnos con nuestro traje de boda.

10 Por eso permítenos que también nos cambiemos de ropa».

11 «Haced lo que os parezca bien. Como sois siervos del Señor siempre conocéis su Voluntad.

¡Cumplidla!».

12 Los dos jóvenes salieron afuera y al poco volvieron acompañados por los otros y por los hijos de José.

13 Los ángeles se presentaron con una ropa luminosa como los colores de la aurora, y sus caras, manos y pies resplandecían como el sol naciente.

14 Cirenio y su séquito se espantaron ante esta demostración esplendorosa.

15 «Apreciado amigo José, ahora estoy al corriente de la infinita Gloria de tu casa», comentó Cirenio en su gran aflicción. «Así que déjame que me vaya porque esta magnificencia me consume.

16 ¿Por qué mandaste a tus hijos que se cambiaran de ropa? Seguro que si no lo hubieras hecho, los siervos del Señor habrían permanecido en su simplicidad anterior, sin brillo, con el aspecto tan agradable que tenían».

17 José, igualmente incómodo por tanto brillo, decidió ordenar a sus hijos que volvieran a ponerse la ropa de diario.

18 Cumplieron la voluntad de su padre inmediatamente y, después de ellos, también los jóvenes se cambiaron.

19 De modo que todos volvieron a su simplicidad anterior.

20 Cirenio se sintió aliviado y se dirigió a la mesa con su esposa y sus compañeros.

21 Él y los suyos ocuparon la cabecera. José, María con el Niño, Eudosia, los hijos de José y los jóvenes se sentaron en los demás asientos. José entonó un cántico de alabanza y luego todos empezaron a servirse.

22 El comandante y algunos oficiales tenían realmente la impresión de estar a la mesa de los dioses en el Olimpo, por cuyo motivo se creó un ambiente de gran alegría. Ignoraban Quién estaba entre ellos.


120

Preocupación de José por la conmemoración de la Pascua, e inconveniente de la presencia de muchos paganos


1 Después del banquete matinal que duró casi una hora, José dio gracias al Señor y todos se levantaron.

2 Como era el día antes del sábado, es decir viernes, y además viernes de la Pascua de los judíos, José estaba en un dilema porque no sabía cómo iba a santificarlo debidamente entre tantos romanos.

3 Sabía que también irían a visitarle el sábado de Pascuas como si fuera cualquier día normal.

4 Como los ángeles eran conscientes del dilema, le rodearon y le dijeron:

5 «José, eres un hombre muy recto; pero en este caso te preocupas en vano...

6 Sabes muy bien que en estas mismas fechas también los ángeles de Dios, es decir, los arcángeles, los querubines y los serafines, siempre se han presentado en Jerusalén.

7 Siempre han estado presentes en el santísimo; y eso lo sabes tanto tú como tu mujer.

8 Sabes que nosotros seguimos al Señor y no al Templo de Jerusalén; por eso no estamos en el Templo.

9 Cuando el Señor estaba en el Templo de Jerusalén, también nosotros estábamos allí.

10 Pero como Él mora ahora aquí, también nosotros, para celebrar la Pascua junto contigo. De modo que ninguno está en el Templo, ahora bastante abandonado.

11 ¿Acaso puede haber manera mejor de celebrar la Pascua que como lo hacemos nosotros?

12 Mañana haremos igual que estamos haciendo hoy... Y estará bien hecho.

13 Tú, junto con nosotros, ¡haz lo mismo! Y santificarás debidamente el sábado y la Pascua en presencia del Señor del sábado y de todas las demás fiestas.

14 Pregúntale al sublime Niño y verás como Él te dirá lo mismo».

15 «Todo eso me parece muy bien, ¿pero qué pasa con la ley de Moisés? ¿Ya no se aplica?».

16 «¡Estás muy equivocado! ¿Acaso Moisés dispuso que hubiera que celebrar la Pascua en Jerusalén?

17 ¿No indicó que había que celebrarla donde el Señor esté, donde esté el arca de la alianza?

18 Pero el Señor ya no está en el arca sino contigo en tu hogar, en persona...

19 Dinos entonces, ¿dónde hay que celebrar realmente la Pascua según Moisés?».

20 «¡Por supuesto que aquí! ¿Pero qué hacemos con todos estos paganos?».

21 «Hijo justo de David, ¡no te preocupes! ¡Haz lo que nosotros hacemos y estará bien hecho!».

22 Entonces el Niño llamó a José, a causa de lo cual todos los jóvenes se postraron en el suelo, y le dijo:

23 «¡Deja de preocuparte por los no circuncidados, porque ahora son mejores que los circuncisos.

24 Te digo que la circuncisión del prepucio no tiene la menor importancia; pero sí la del corazón...

25 Los romanos de aquí son muy nobles del corazón. Por eso voy a celebrar la Pascua con ellos y no con los judíos».

26 Estas palabras devolvieron a José la tranquilidad, y alegremente confió a los jóvenes todos los preparativos de la Pascua.


121

José en apuros; Cirenio le invita a celebrar la Pascua en su palacio


1 Resuelta la cuestión de la celebración de la Pascua, Cirenio se dirigió a José:

2 «Hoy fui tu invitado y todavía me quedaré hasta la noche.

3 Pero mañana daré una pequeña fiesta en mi palacio y te invito con todos los tuyos.

4 Espero que no me niegues esta prueba de amistad...

5 No es ni mucho menos para corresponder a tu invitación, sino simplemente una señal del gran amor y estima que os tengo a todos.

6 Resulta que he de fijar mi vuelta para pasado mañana, porque no puedo quedarme tanto tiempo como había pensado.

7 Hay asuntos urgentes que me obligan a cambiar mis planes.

8 Precisamente por ello es por lo que me gustaría tener la alegría de servirte una vez en mi casa con la dignidad que mereces».

9 De nuevo José no sabía qué hacer porque, al menos el sábado santo de Pascua lo quería celebrar en su casa.

10 Por eso procuró explicarse ante Cirenio:

11 «Mira: Mañana, es el día festivo más importante que tenemos los judíos. Ese día todo judío, si no puede ir al Templo de Jerusalén, tiene que conmemorarlo al menos dentro de su hogar.

12 Si no, yo tendría grandes remordimientos por haber pecado contra esta ley nuestra tan importante.

13 Por eso no puedo hacerte promesa alguna en este sentido.

14 Pero si quieres venir a mi casa que en realidad es la tuya, y celebrar tu fiesta aquí, estaré muy contento».

15 «Vaya, hermano, ¿es posible que tú, según tus propias palabras tengas menos fe que yo, pagano de nacimiento?

16 ¿No es tu hijo, el Señor, de quien proceden todas tus leyes?

17 ¿No son estos jóvenes sus siervos desde los tiempos primordiales? ¿No tiene Él el derecho de hacer y abolir las leyes?

18 Si Él me hiciera caso, ¿acaso, tu día festivo te importaría más que su Palabra divina?».

19 En ese momento el Niño se estiró y dijo: «Sí, Cirenio, ¡muy bien observado! Pero tranquilo, ¡mañana seremos todos invitados tuyos!

20 Porque donde estoy Yo, allí está la verdadera Pascua, ¡porque Yo soy el libertador de los Israelitas de Egipto!».

21 A estas palabras del Niño José abandonó su concepto de la Pascua y aceptó la invitación de Cirenio.

122

José preocupado por el destino de los trescientos asesinos pagados y de los sacerdotes subalternos


1 Luego José se dirigió a Cirenio para preguntarle cómo iban de adelantados los trabajos de descombro de los templos, y qué sabía de los exhumados.

2 Este le confirmó que ya había tomado todas las disposiciones adecuadas.

3 «Los escombros están recogidos hasta la última piedra.

4 Los sacerdotes que habían quedado sepultados y que ya no tenían remedio, ya están enterrados. A los rescatados, mañana los llevaré conmigo a Tiro donde me preocuparé de ellos.

5 Bueno, así andan las cosas. Me parece que todo está resuelto de la manera más conveniente».

6 «Muy bien, porque ni siquiera un padre habría tomado mejores disposiciones para sus propios hijos. Estoy conforme del todo.

7 ¿Pero qué piensas hacer con los asesinos pagados que asaltaron mi casa?».

8 «Como delincuentes de alta traición merecerían la pena de muerte.

9 Pero como ya sabes que no soy amigo de derramar sangre, les perdoné la vida. No obstante, serán esclavos durante el resto de su vida.

10 Me parece que este castigo, comparado con la pena de muerte, no es demasiado severo.

11 Además para aquellos que realmente mejoren, existe la posibilidad de una amnistía sin que lo sepan.

12 Ellos irán igualmente a Tiro donde tomaré las disposiciones adecuadas».

13 «Hermano, también en eso has actuado del todo dentro del Orden divino y tengo que elogiarte por ser un gobernador verdaderamente sabio.

14 Pero todavía hay algo que me preocupa: El destino de los tres sacerdotes subalternos».

15 Pero, también para estos, Cirenio ya había previsto todo lo necesario:

16 «A Maronio, que ahora piensa como yo, le voy a confiar un cargo y ellos se quedarán con él, como funcionarios.

17 ¿Te parece bien? Si mi entendimiento fuera algo más amplio y profundo, sabría tomar disposiciones más acertadas...

18 En fin, actúo con la mejor intención y supongo que tu Señor y Dios bendecirá mi buena voluntad».

19 «El Señor ya bendijo tu entendimiento y tu buena voluntad. Por eso tomaste las mejores medidas.

20 Ahora no me queda más que una sola pregunta: ¿Cuándo vas a mandarme los ocho chiquillos, es decir, los cinco niños y las tres niñas de quienes me hablaste?».

21 «Esa será mi primera ocupación en cuanto llegue a Tiro».

22 A continuación José invitó a todos a salir un poco al aire libre porque hacía un día fabuloso.


123

Excursión a un monte sagrado. Los dos jóvenes celestiales amansan a unas bestias salvajes


1 Cirenio con su séquito, Maronio con los tres sacerdotes, José y María con el Niño, los dos ángeles y Eudosia, se pusieron en camino.

2 María y Eudosia iban montadas en burros que estaban guiados por los dos ángeles.

3 Los demás se habían quedado en casa con los hijos de José, para ayudarles en sus quehaceres.

4 Fuera de la ciudad había un monte de una altura de unas cuatrocientos brazas, cubierto de cedros.

5 Los paganos lo veneraban como santuario, por cuyo motivo nunca se había cortado ni un solo árbol.

6 No existía más que un solo camino, preparado por sacerdotes, que llevaba a la cumbre donde se encontraba un templo abierto, desde el cual se podía apreciar un panorama encantador.

7 Debido al arbolado tan denso, había allí una gran cantidad de bestias feroces que representaban un gran peligro para los visitantes.

8 Los tres sacerdotes conocían este peligro y cuando vieron que Cirenio estaba a punto de subir, se dirigieron a él para advertirle.

9 Pero Cirenio les contestó: «¿Acaso no veis que no tengo miedo?

10 ¿Por qué iba a tener miedo, sabiendo que el Señor de todos los Cielos y mundos se encuentra en medio de nosotros, y con Él dos de sus siervos omnipotentes?».

11 Con estas palabras de Cirenio los sacerdotes recobraron valor y todos continuaron el camino, subiendo la cuesta.

12 Cuando el grupo ya había caminado durante media hora, de repente, saltaron tres leones inmensos de la espesura y le cortaron el camino a Cirenio.

13 Este se asustó sobremanera y pidió auxilio.

14 Inmediatamente los dos ángeles amenazaron a las tres bestias que, rugiendo, se apartaron del grupo;

15 pero no se retiraron a la espesura sino que se pusieron a acompañar al grupo sin hacer mal a nadie.

16 Pero, media hora después, el grupo se vio enfrentado a una manada de leones, panteras y tigres.

17 Al ver a los ángeles, la caravana inquietante de fieras se separó en dos hileras para dejar pasar a los visitantes.

18 A muchos del séquito de Cirenio este encuentro les produjo un gran temor, de forma que casi no se atrevían a respirar.

19 Pero cuando vieron que las bestias se agachaban temblando ante la cercanía del Niño, muchos de los miedosos paganos empezaron a presentir, Quién, en realidad, se ocultaba en Él.


124

Serpientes venenosas en la cumbre. María y el Niño limpian el lugar


1 La caravana de bestias feroces no se detuvo sino, gruñendo, continuó su camino.

2 Eudosia, al lado de María, como Tulia, al lado de Cirenio que andaba delante los burros, casi sufrieron un desmayo por este espectáculo.

3 Pero José y María pudieron inspirarles el valor suficiente como para que se les pasara el miedo.

4 Sin más contratiempos, el grupo continuó su camino hasta a la cumbre del monte.

5 Pero una vez llegados arriba, donde en un claro precioso se encontraba un templo, de nuevo, se les presentó una contrariedad:

6 Cerca del Templo la cumbre estaba infestada de víboras y de serpientes de cascabel altamente venenosas.

7 A centenares tomaban el sol en un amplio claro que rodeaba el Templo.

8 Cuando estos reptiles emitieron sus estridentes silbidos, empezando a cascabelear y a silbar de manera amenazadora, al séquito de Cirenio se le heló la sangre en las venas.

9 Especialmente Tulia que andaba a pie, lo pasó fatal. Le faltaba poco para perder el sentido y ya veía llegado el fin de sus días.

10 Pero no sólo las personas tenían miedo sino que también los tres leones soltaron aullidos de terror y se arrimaron a las personas, tanto como les fue posible.

11 Sólo Cirenio permaneció indiferente, aunque, no obstante, se inquietó a causa de su mujer y de su séquito.

12 Por eso se dirigió a José: «Hermano, ¿por qué no pides a los dos siervos del Señor que echen de aquí a estas serpientes?».

13 «No hace falta, porque mi mujer es maestra en este asunto.

14 Dejémosle a ella que se adelante con su burro

15 y verás como las serpientes huirán ante ella».

16 María, con el Niño, avanzó con su burro

17 y cuando las serpientes vieron que se estaba acercando, huyeron a toda prisa y no quedó a la vista ni una sola.

18 El séquito de Cirenio se asombró y muchos se preguntaban:

19 «¿No será ella Higieia, la misma diosa de la salud, de la cual dicen que hasta las culebras le obedecen a la primera señal?».

20 Pero Cirenio, al oír semejantes disparates, los criticó: «¿Qué estáis diciendo de una Higieia que nunca existió?

21 Aquí hay más que Juno, que tampoco existió: ¡Ella es la mujer que el Dios supremo eligió para este sublime sabio!».

22 Todos los del séquito de Cirenio se quedaron perplejos y no se atrevieron a hacer más preguntas.


125

El Templo peligroso. El enjambre de moscas negras


1 Cuando de esta manera la cumbre del monte quedó limpia de todo bicho, Cirenio llamó a su servidumbre y dispuso:

2 «Haced limpieza en el Templo y cubrid el altar con paños limpios. Luego ponéis encima las provisiones que hemos traído con nosotros.

3 Después, aprovechando de la magnífica vista que hay desde el Templo, comeremos y beberemos algo».

4 Sin demora su servidumbre cumplió con el encargo.

5 Cuando todo estaba arreglado, Cirenio invitó a José y María a que le siguieran al Templo para merendar con él.

6 Pero José le advirtió: «Oye, hermano, si nosotros entramos en el Templo, te arriesgas que se derrumbe antes de que hayas recuperado todas tus cosas; por eso vale más que vuelvan a sacar todo, a toda prisa.

7 Esta construcción, que en sus tiempos sirvió a los sacerdotes para fines viles, está ahora medio desmoronada y es muy frágil.

8 Sólo algunos espíritus malvados la mantienen todavía en pie.

9 Si yo, ahora, entro con mi mujer y el Niño, los espíritus malvados huirán y en seguida todo el Templo se derrumbará sobre nosotros.

10 Por eso te ruego que sigas mi consejo y todo saldrá bien».

11 Cirenio estaba sorprendido, pero hizo en seguida lo que José le había dicho.

12 Pero pese a toda prisa que se dieron, aún no habían recuperado todas las cosas cuando una enorme cantidad de moscas negras abandonó el Templo con un zumbido irritante.

13 José, nada más verlo, llamó en voz alta a los siervos de Cirenio: «¡Salid corriendo del Templo antes de que ocurra una desgracia!».

14 Y todos abandonaron el Templo como arrastrados por una tormenta.

15 Y nada más salir el último, se derrumbó el Templo con un gran estruendo.

16 Todos se espantaron y los tres leones fieles huyeron, aunque volvieron al rato.

17 Todos se preguntaban entre ellos qué podía significar todo eso. Ninguno entre los paganos, con excepción de Cirenio, estaba en medida de dar una explicación.

18 Cuando todo el grupo se hubo recuperado del primer susto, Cirenio le preguntó a José dónde, según él, habría un sitio seguro para poder preparar la merienda.

19 Y José le indicó un pequeño césped con una higuera silvestre, llena de frutos.

20 En seguida Cirenio mandó que limpiaran aquel lugar y que sirvieran la merienda allí.

126

Merienda al aire libre. Incendio del palacio imperial


1 De nuevo Cirenio invitó a José, María con el Niño y a Eudosia para que tomaran la merienda con él.

2 Todos fueron al sitio indicado y José bendijo los alimentos.

3 También los dos jóvenes y el resto del grupo siguieron su ejemplo.

4 Cuando todos estaban comiendo y bebiendo con mucha gana,

5 Maronio se dio cuenta de que por encima de la ciudad de Zoán se estaba levantando una columna de humo

6 y que también algo más lejos, hacia la costa, se veía más columnas de un humo muy denso.

7 En seguida avisó a Cirenio. Este se dio cuenta que se trataba de su palacio que estaba en llamas, y sospechaba que lo que se quemaba algo mas lejos podrían ser sus barcos incendiados.

8 Como si hubiera sido fulminado por mil rayos, dio un salto y gritó:

9 «¡Por Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que esto sean los frutos de mi bondad para los miserables habitantes de esta ciudad de Zoán?

10 ¡Mi bondad se acabó! ¡Voy a transformarla en la ferocidad de un tigre y pagaréis vuestra maldad! ¡Y sufriréis las consecuencias como jamás las sufrió una furia en el tártaro más profundo!

11 ¡Vámonos, amigos!, ¡aquí sobramos! ¡Adelante para vengarnos de los delincuentes!».

12 A este grito de guerra, todo el séquito de Cirenio se levantó de golpe y recogió todo a toda prisa.

13 Sólo José y los suyos continuaron sentados con toda calma sin hacer caso ni mirar hacia donde se veía el fuego.

14 Bastante irritado por este comportamiento, Cirenio preguntó con aspereza:

15 «¿Qué clase de amigo eres tú para que en el momento de mi desdicha puedes quedarte sentado tan tranquilamente?

16 Sabes muy bien que sin ti no puedo volver por este camino debido a la cantidad de bestias que hay en él.

17 ¡Así que levántate y cuida de mi seguridad, de lo contrario me darás motivo hasta para enfadarme contigo!».

18 «Vaya romano irascible, ¡en este preciso momento no te voy a seguir!

19 ¿Qué harás cuando llegues allí dentro de dos horas? ¿No crees que mientras tanto las llamas ya lo habrán devorado todo?

20 Y si es únicamente por la venganza, yo diría que queda todavía mucho tiempo...

21 Si no te hubieras encolerizado tanto se lo habría dicho a los dos ángeles y ellos, en un momento, habrían acabado con él.

22 Pero como te enfureciste tanto, ¡ahora ve tú mismo y apaga las llamas con tu ira!».


127

El poder de la voluntad de los jóvenes apaga el fuego a distancia


1 El tono tan serio de las palabras de José, surtió un gran efecto sobre Cirenio que no supo qué responder.

2 Pero tampoco se atrevió a dirigirse más a él porque le parecía que José estaba un poco excitado.

3 Por eso Cirenio se dirigió a Tulia: «Ve y explícale a este sabio que mi irritación era una consecuencia excusable por mi desgracia.

4 Pídele perdón y asegúrale que en adelante no volverá a ocurrir nada parecido.

5 Pero, por esta vez, que no se me plante sino que me saque del apuro».

6 Como José escuchó estas palabras, se levantó y dijo a Cirenio:

7 «Apreciado amigo, hasta ahora no hemos necesitado intermediarios

8 porque siempre nos lo dijimos todo francamente.

9 ¿Por qué, entonces, te sirves ahora de tu mujer como intermediario, como si nosotros dos no nos bastáramos?

10 ¿Acaso piensas que también yo puedo enfadarme por cualquier cosa?

11 ¡Entonces estás muy equivocado! Si me ves tan serio, es por mi gran amor hacia ti.

12 Mal amigo sería aquel que no fuera capaz de hacer una observación crítica porque no le conviniera.

13 Si hubiera algo de real en lo que ahora te preocupa tanto, entonces, como siempre, ya te habría advertido.

14 Pero no se trata sino de una fantasmagoría de los espíritus malvados que han sido expulsados de aquí.

15 Es simplemente de un acto de venganza de dichos espíritus, ebrios de ira porque los despachamos de su nido.

16 Y eso es todo... Pero no me diste ni tiempo para decírtelo, sino que en seguida te pusiste furioso. No valía la pena ni que te levantases...

17 Pero en seguida confiaste de tus sentidos, y te excitaste en vano...

18 ¡Ahora siéntate otra vez y observa el incendio con sangre fría, puedes estar seguro que el fuego se acabará en seguida!».

19 Precisamente esta explicación no contribuyó a disminuir la confusión de Cirenio.

20 No obstante y pese a haber entendido poca cosa, creyó lo que José le decía.

21 Dirigiéndose hacia los ángeles, José continuó:

22 «¡Mirad también vosotros un poco hacia el lugar donde los expulsados están haciendo de las suyas, para que se acabe el asunto y mi hermano pueda tranquilizarse!».

23 Los dos ángeles cumplieron el deseo de José y ¡menuda sorpresa!, en el mismo momento se acabó toda la farsa del incendio.

24 Sólo entonces Cirenio comprendió el sentido de las palabras de José y recuperó todo su buen humor. No obstante, el incidente aumentó considerablemente su gran respeto a los dos ángeles y a José.


128

Los tirones de pelo del Señor prometidos a Cirenio


1 Una vez restablecida la calma, el Niño se dirigió a Cirenio:

2 «Escucha, hombre de corazón lleno de nobleza, ¿recuerdas todavía cómo le tiré de los pelos al hermano Jacobo?

3 Entonces me pediste que hiciera lo mismo contigo.

4 Te lo prometí, y ya ves que cumplo con mis promesas.

5 Pues, todas las pequeñas sorpresas que has tenido desde entonces, no son sino los prometidos tirones de pelos.

6 Y si en el futuro hay más, recuerda mis palabras y no temas nada. Pero sobre todo: ¡nunca te pongas furioso!

7 No has de perder ni un solo pelo a causa de mis tirones. A quién trato de esta manera, le amo. Y no tiene que temer cosa alguna ni en este mundo ni tampoco en el otro».

8 Con esta explicación del Niño los ojos de Cirenio se llenaron de lágrimas de amor y gratitud.

9 Pero muchos de los paganos presentes también oyeron las palabras del Niño y se admiraron de que un niño de tres meses ya pudiera hablar tan clara y sabiamente.

10 Por eso algunos de ellos se acercaron a José para preguntarle cómo eso era posible.

11 Este encogió los hombros y dijo: «Amigos, en esta Tierra se pueden ver muchos fenómenos maravillosos, especialmente en lo que concierne a la vida.

12 Se manifiestan ante nuestros ojos, pero ¿quién podría desentrañar las leyes secretas con las que el Dios Creador los hace?

13 Nosotros mismos, que somos el mayor milagro, pisamos continuamente milagros y más milagros, y no les prestamos la menor atención.

14 ¿Quién de nosotros sabe cómo surgen todas esas maravillas: las hierbas, el árbol, el gusano, el mosquito y el pez en el agua?

15 ¡No podemos hacer otra cosa que admirar todos estos milagros y adorar y alabar a su santo Creador!».

16 Con esta explicación todos los paganos se contentaron.

17 Y desde ese momento miraron toda la creación con otros ojos.

18 Luego se dispersaron por la cumbre y contemplaron las maravillas de la creación.

19 Pero Cirenio, con disimulo, se dirigió a José para preguntarle si realmente ignoraba la razón de todo eso.

20 Este asintió, aconsejándole: «Si quieres saber más, tendrás que dirigirte al Niño que te dará la mejor respuesta».


129

Pregunta de Cirenio sobre la facultad de hablar del Niño que no tenía sino tres meses


1 Sin perder tiempo y con gran humildad, Cirenio se dirigió al Niño:

2 «Vida mía, aun sabiendo Quién eres, resulta misterioso que Tú, a tus tres meses, sepas hablar tan correcta y sabiamente.

3 Ya que en este monte se han realizado tantos milagros, me gustaría recibir alguna Luz sobre este asunto. ¿Me la darás?».

4 «Allí al lado de José están mis dos siervos. Pregúntales a ellos y te lo explicarán».

5 Cirenio repitió su pregunta a los dos jóvenes que le respondieron:

6 «Mira: este caso es un asunto puramente celestial y aunque te lo expliquemos, no nos comprenderás.

7 Porque los hombres naturales nunca comprenderán lo puramente celestial, porque su espíritu está todavía cautivo de la materia del mundo.

8 También tú, en gran parte, eres material. Por eso no comprenderás lo que vamos a decirte.

9 Pero como te has empeñado y como es conforme a la Voluntad del Señor, te lo explicaremos.

10 Lo que no podemos darte es su comprensión, porque todavía eres un hombre natural.

¡Óyenos, pues!

11 Al Niño, según su condición natural, aún le costará mucho llegar a poder hablar con vosotros de manera natural.

12 Tal vez dentro de un año pueda hablaros de esa manera.

13 Pero en el corazón del Niño reside la plenitud de la eterna Divinidad omnipotente.

14 Si ahora este Niño te habla clara y sabiamente, entonces no es el niño natural y palpable el que te habla, sino que es la Divinidad dentro de Él la que dirige directamente las palabras a tu alma, capacitada para este fin.

15 De esta manera percibes las palabras como si el niño natural te las dirigiera.

16 Pero no es así. Quién te habla es únicamente la Divinidad, invisible para ti.

17 Lo que crees oír a través de tu oído, en realidad lo estás oyendo dentro de ti mismo. E igual pasa con todos los que escuchan al Niño.

18 Para que puedas convencerte de ello, anda y aléjate de aquí hasta que pienses que ya no podrás oír su voz natural.

19 Aun así verás que Él te habla. Y desde allí lejos le oirás igual de bien que si estuviera a tu lado. ¡Ve y haz la prueba!».

20 A pesar de no comprender nada de todo aquello, Cirenio se alejó unos mil pasos, lo que le permitió el terreno.

21 Allí, de pronto, escuchó la voz del Niño que le llamaba claramente:

22 «¡Cirenio, vuelve de prisa porque te has parado encima de una madriguera de tigres!

23 ¡Ya te olfatearon! ¡Corre, pues, y vuelve antes de que te vean!».

24 Cuando oyó esto, Cirenio volvió con la velocidad del viento y luego se detuvo totalmente desconcertado. Todavía quería continuar indagando, pero al fin y al cabo ni él mismo sabía el que podría preguntar, pues la experiencia le resultaba demasiado fantástica.


130

Testimonio claro de los ángeles sobre la naturaleza del Señor y de su encarnación


1 Los dos jóvenes no dijeron nada más. Pero la demostración despertó tanta curiosidad en Cirenio que no se conformó sin seguir preguntando.

2 Después de un tiempo de reflexión, de nuevo se dirigió a los jóvenes:

3 «Apreciados siervos de Dios, vuestra explicación y vuestra demostración sobrepasa en mucho mi entendimiento para que pueda conformarme con ellas; han excitado cada fibra de mi vida.

4 Ahora tengo perfecta conciencia de que soy un hombre material que carece de toda sabiduría elevada y que no entiende mucho más de lo que puede palpar.

5 ¿Acaso os es realmente imposible proporcionarme sólo un poco más de comprensión?

6 Os ruego con toda humildad que estimuléis mi entendimiento con algo más lúcido que, tal vez, ya mora ocultamente en mi interior,

7 para que, por lo menos, aquello que ya me revelasteis lo pueda entender más claramente».

8 «Cirenio, estás pidiendo algo que es imposible antes de su tiempo.

9 Porque mientras todavía estés en la carne, no habrá forma de que entiendas las cosas de la sabiduría divina.

10 Imagínate lo siguiente: Dios el Señor, que ahora habita este Niño en su plenitud infinita y eterna, tiene incontables miríadas de mundos y Tierras maravillosas y enormes, una parte infinitamente pequeña de las cuales puedes ver como estrellas en el cielo nocturno.

11 Entre todos esos mundos habría podido escoger uno para su encarnación. No obstante eligió esta tierra tan árida, que entre todos los incontables astros es la más miserable y la peor, y eso en todos los sentidos.

12 El eterno Señor de la infinitud hizo todo tal como lo vemos, porque así fue de su agrado.

13 ¿Piensas que para hacerlo necesitó consejo o nuestro consentimiento?

14 ¡Estarías muy equivocado! Desde todas las eternidades Él hacía y hace únicamente lo que quiere, y nunca tuvo un consejero.

15 Quién iba a preguntarle: “Señor, ¿qué estás haciendo y por qué lo haces?”.

16 Él mismo es en sí la suma sabiduría, el más profundo amor, la máxima perfección y la suma mansedumbre; y es el supremo poder y la máxima fuerza.

17 Bastaría una sola idea destructiva suya y todo se reduciría a nada.

18 Pero ya ves que, a pesar de todo, Él está aquí en la débil forma de un ser humano y se deja llevar en los brazos de una virgen judía.

19 El que desde eternidades mantiene incontables Soles y mundos, y el que con abundancia alimenta seres de infinita variedad con el alimento adecuado más sabiamente elegido, está en esta tierra tan árida, mamando de los débiles pechos de una virgen de quince años.

20 Siendo la Vida básica de toda vida, se vistió con el ropaje de la muerte y del pecado y se encuentra secretamente detrás de la carne y de la sangre.

21 ¿Qué dices ahora? ¿No te gustaría también que te diéramos una lucidez más profunda sobre este asunto?

22 Así como esto nunca lo comprenderás en toda su profundidad, tampoco comprenderás cómo es que este Niño sublime puede hablar tan precozmente.

23 Ámalo con todas tus fuerzas y no lo descubras a nadie. En ese amor encontrarás algo que ningún Cielo podrá revelarte».

24 Estas palabras llenaron a Cirenio de tamaño respeto por el Niño, que se echó al suelo ante

Él.


25 «Oh, Señor», dijo llorando, «¡ni en toda la eternidad mereceré la Gracia que aquí estoy

recibiendo!».

26 Pero el Niño le respondió: «Cirenio, levántate y no me descubras. Conozco tu corazón; te amo y te bendigo».

2/ Y Cirenio se levantó, temblando de amor y de respeto.


131

Los leones presienten una tempestad y huyen


1 Llegó un momento en el que todos los que se habían dispersado en la cumbre del monte volvieron con caras preocupadas

2 porque habían observado que desde el sudoeste estaban acercándose unas nubes densas y negras de las que siempre anuncian fuertes tormentas,

3 mientras que en el noreste, hacia Zoán, el cielo estaba limpio.

4 Por eso todos sugirieron una vuelta inmediata y rápida.

5 Pero Cirenio los paró: «Estos poderosos sabios que están con nosotros ya nos indicarán la hora adecuada para emprender la vuelta.

6 Mientras que ellos estén tranquilos no hace falta que nos preocupemos».

7 Pero Maronio y el capitán insistieron: «Sube a aquella pequeña colina y cambiarás de opinión,

8 porque eso tiene un aspecto como si todas las furias hubieran abrasado la Tierra».

9 Cirenio se dirigió a José que estaba medio dormido:

10 «Hermano, ¿Has oído lo que estos hombres nos advierten?».

11 «Estaba medio dormido y no sé de qué se trata».

12 «Entonces levántate y acompáñame a la mismísima cima donde sabrás que es lo que ocurre».

13 José se levantó y le acompañó.

14 Cuando llegaron allí, no hizo falta que Cirenio diera más explicaciones.

15 «Ya veo», contestó José, «y ¿qué piensas hacer?

16 ¿Huir? ¿ A dónde? Dentro de un cuarto de hora la tempestad nos habrá alcanzado.

17 Para llegar a Zoán necesitaríamos hora y media. Y antes de que llegásemos a la parte superior del bosque, la tempestad ya estaría encima de nosotros.

18 Y ¿qué haríamos en la quebrada, con una legión de bestias atacándonos, comportamiento muy frecuente en tales ocasiones?

19 Y si encima de todo las lluvias torrenciales nos arrastrasen cuesta abajo, ¿qué haríamos?

20 Por eso me parece más conveniente quedarnos en esta meseta donde a lo sumo nos mojaremos, mientras que en el bosque fácilmente estaríamos expuestos a cualquier desgracia».

21 De acuerdo con el consejo, Cirenio volvió con José bajo la higuera.

22 Pero el séquito de Cirenio se mostró muy preocupado, sobre todo cuando vio que los tres leones se refugiaron de repente en las matas.

23 Dirigiéndose a José, Maronio opinó: «Evidentemente, las tres fieras que se hicieron amigas nuestras han huido presintiendo la calamidad que se nos echa encima. ¿No sería mejor que también nosotros buscásemos protección?».

24 «El hombre no tiene que aprender del animal sino del Señor de la naturaleza.

25 Yo soy de esa opinión y tengo más inteligencia que el animal. Por eso me quedo a pasar la tempestad aquí; sólo me iré después».

26 Todos estuvieron de acuerdo y se quedaron, aunque todavía preocupados por lo que se estaba preparando.

132

Los paganos temen la ira de los dioses.

La tempestad se serena con la palabra poderosa del Niño


1 Todavía no había pasado ni un cuarto de hora, cuando, súbitamente, la cumbre quedó envuelta en una niebla tan densa que lo oscureció todo.

2 El séquito de Cirenio empezó a quejarse.

3 «¡He aquí el resultado!: ¡Júpiter nos dará una buena paliza!

4 Dice el proverbio: “lejos de Júpiter, lejos del rayo”, y ¡mirad lo cerca que aquí estamos de

Él!


5 Por eso, si los mortales queremos continuar sanos y salvos en la Tierra, no deberíamos

acercarnos demasiado a los dioses».

6 «¡Que se vayan a hacer gárgaras, vuestros dioses!», fue la reacción algo sarcástica de Cirenio.

7 «Yo encontré a un Dios mejor al que no se puede aplicar vuestro “lejos de Júpiter, lejos del rayo”,

8 sino todo lo contrario: “Lejos de Él” significa lejos de la Vida, pero cerca del rayo mortal...

9 De modo que “cerca de Él” significa cerca de la Vida y muy lejos del rayo mortal.

10 ¡Por eso estas nieblas no pueden asustarme, porque sé que todos estamos lejos del rayo mortal!».

11 Nada más pronunciadas estas palabras, precisamente delante del grupo, estalló un relámpago con gran estrépito, relámpago que no fue sino el preludio de un gran espectáculo de rayos y truenos.

12 Esto desconcertó incluso a Cirenio y sus compañeros le provocaron: «¿Eso es parte de tu manifestación?».

13 «Sí, porque pese a todo este espectáculo infernal ninguno de nosotros sufrió daño alguno.

14 A mí me parece que vuestros dioses se enteraron de que el hermano del emperador está aquí, y Alguien más. Por eso es por lo que nos rinden semejante homenaje».

15 Un capitán del séquito de Cirenio, todavía dominado por el politeísmo, dijo:

16 «Alteza, ¡no se le ocurra burlarse de los dioses! Porque es fácil que Mercurio pueda avisar velozmente a Júpiter y un solo rayo sería suficiente para acabar con todos nosotros».

17 «Mi apreciado capitán, ¡relájate!

18 Me suena que Júpiter condenó a Mercurio a arresto domiciliario perpetuo. Y el mismo Júpiter se llevó una bofetada tal por parte de una Juno muy particular, que ya no oye ni ve hasta al fin de todos los tiempos.

19 En este sentido, puedes estar absolutamente tranquilo. Pues, desde ahora, Júpiter ya no se dedicará más a mandar rayos y truenos».

20 Pero precisamente en aquel momento la actividad de los elementos aumentó considerablemente, por lo que el capitán comentó:

21 «¡Seguro que su alteza aún tendrá que arrepentirse de sus improperios contra los dioses!».

22 Pero Cirenio mantuvo su sangre fría: «Hoy por cierto que no. Tal vez mañana, si es que encuentro tiempo suficiente para ello.

23 Escucha, si yo temiese a los dioses como tú y otros insensatos, no hablaría así bajo esta lluvia de fuego.

24 ¡Hablo de esta manera porque no los temo en absoluto!».

25 Así fue despachado el capitán que ya no se atrevió a insistir ante su alteza imperial.

26 De repente cayó un relámpago exactamente entre José, María y los dos ángeles.

27 Entonces el Niño se enderezó e intervino: «¡Date a conocer, monstruo!».

28 Instantáneamente todas las nubes desaparecieron y el cielo quedó absolutamente sereno. Sin embargo, aparecieron arrastrándose por el suelo gran cantidad de sabandijas.

29 Y bastó con que los dos jóvenes miraran al suelo para que una parte de las sabandijas quedara destruida; las otras huyeron entre las matas.

30 Lo sucedido hizo que todos se quedasen callados porque estaban totalmente desconcertados.


133

El estupefacto capitán quiere saber. Las leyes de la naturaleza y su legislador


1 Después de un rato de estupefacción, el capitán, muy tímidamente, se dirigió a Cirenio.

2 «Sé que su alteza se ha dedicado mucho a las ciencias naturales, como es costumbre entre los personajes ilustres de Roma.

3 Yo siempre fui más bien un soldado que un naturalista.

4 Pero este fenómeno que se ha presentado ante nuestros ojos me obliga a reflexionar.

5 Pero no encuentro ninguna otra razón sino el muy milagroso e insólito poder de este niño judío.

6 ¿Es posible que no haya otra? ¿Y si hubiera leyes ocultas de la naturaleza que permitieran explicar este acontecimiento como ocurre con la lluvia o con la nieve?

7 Ruego a su alteza que me dé una pequeña explicación al respecto, para que yo también pueda comprender algo y no siga siendo un ignorante».

8 «Oh, amigo, poca suerte tienes dirigiéndote a mí, porque de este asunto no comprendo más que tú.

9 De todos modos no cabe duda de que esto obedece a alguna ley.

10 Pero únicamente el Legislador de la naturaleza puede conocer la naturaleza de tal ley...

11 Otra cuestión es si los mortales estamos autorizados a preguntárselo; de eso no tengo la menor idea».

12 «Pero ahí están el sabio judío, su hijo milagroso y los dos jóvenes tan singulares que esta mañana nos desconcertaron tanto con su vestimenta luminosa.

13 ¿Y, si a propósito de este asunto tan extraordinario nos dirigiéramos a ellos?».

14 «¡Inténtalo tú mismo si te atreves, porque yo no tengo valor suficiente para hacerlo.

15 Pues, ahora veo claramente que son seres de una naturaleza distinta que la nuestra».

16 «No es que me falte el valor,

17 pero si su alteza es de esta opinión, no quiero interferir y me conformo con mi ignorancia».

18 Entonces José se dirigió a Cirenio: «Hermano, ahora conviene que preparemos la vuelta, porque el día empieza ya a declinar».

19 Al poco tiempo todo estuvo organizado y la vuelta se realizó sin contratiempos. De modo que dos horas más tarde el grupo llegó a la casa de campo.


134

Relato de Joel. Los tres leones, guardianes de Cirenio


1 Llegados a la casa, los ángeles que se habían quedado allí los recibieron con mucha atención.

2 Los hijos mostraron a José que habían cumplido sus encargos.

3 El mayor le informó sobre algunos acontecimientos milagrosos ocurridos en los alrededores de Zoán.

4 «Sobre todo», dijo el narrador, «el incendio del palacio residencial asustó a todos los ciudadanos.

5 Pero cuando se pusieron a extinguirlo, el violento fuego se apagó repentinamente y, además, sin dejar rastro alguno.

6 Luego vimos que el monte empezó a cubrirse de nubes de fuego y que miles de rayos se cruzaban.

7 Nos acordamos del monte Sinaí que tal vez tuvo el mismo aspecto en la época de la gran revelación de Dios a nuestros antepasados.

8 De modo que estábamos muy preocupados por vosotros, pero los jóvenes nos consolaron y nos aseguraron que nadie sufriría daño alguno.

9 Pero cuando en el monte la actividad de las nubes, del fuego y de los rayos llegaba a su colmo, aún nos llevamos otro susto:

10 De repente, llegaron del monte tres leones enormes, y se dirigieron directamente hacia nosotros a grandes saltos.

11 Menos mal que los jóvenes en seguida nos calmaron y nos dijeron que no teníamos que temer nada porque estos animales buscaban protección en la morada de Aquel a quien todos los elementos obedecen.

12 Y así fue. Los leones se metieron en nuestra cuadra donde todavía están, absolutamente tranquilos.

13 Después de la tormenta fuimos a verlos acompañados por algunos de los jóvenes.

14 Y las fieras, al vernos, se pusieron de pie como para demostrarnos su sumisión y su afabilidad».

15 «Muy bien, hijo mío, pero no me dices nada nuevo porque también nosotros asistimos a todo ello.

16 Ahora preparad la mesa porque los acontecimientos del monte han agotado nuestras fuerzas y necesitamos reponernos».

17 Con la ayuda de algunos jóvenes todo estuvo preparado en seguida.

18 «Lo que me sorprende», comentó Cirenio a José, «es que las tres fieras en vez de esconderse en sus cavernas, buscaron refugio aquí.

19 A lo mejor se quedan en esta casa y la guardan fielmente, como ya se ha oído decir alguna vez de esta especie de animales».

20 «Todo lo que es del agrado del Señor, también es bueno para mí.

21 También cabe dentro de lo posible que hayan venido para protegerte».

22 «Estoy de acuerdo contigo. No obstante estoy seguro de que el Señor también sabrá protegerme sin estos leones».

23 En ese mismo momento los tres leones salieron y le rodearon, mostrándole de esta manera su amistad.

24 «¡Qué cosa más sorprendente!», exclamó Cirenio, «¡sólo hace falta que pronuncies unas palabras y se realizan!».

25 Entonces los dos ángeles le revelaron que los tres leones le prestarían un gran servicio aquella misma noche.

26 «Porque el Señor siempre conoce los medios más adecuados para ayudar.

27 En muchas ocasiones animales como estos estuvieron ya al servicio divino. Por eso también han sido elegidos ahora para servirte en un asunto en el que vas a tener necesidad de ellos. Así sea».


135

El Niño predice una agresión contra Cirenio


1 Después de aquella conversación, los leones de Cirenio se retiraron a la cuadra.

2 Cirenio sentía curiosidad por saber más detalles, pero justamente en aquel momento los hijos de José anunciaron que la comida estaba ya preparada en la mesa.

3 José invito a todo el grupo a entrar en el comedor.

4 Todos se sentaron a la mesa y se confortaron con la comida bendecida y con agua con un poco de zumo de limón.

5 La comida duró cerca de una hora y después José bendijo a los invitados y le dio las gracias.

6 El Niño quiso hablar a Cirenio que se acercó a Él con gran respeto.

7 «Oye, Cirenio, esta misma noche, en tu dormitorio, te asaltará una cuadrilla de traidores asesinos.

8 Por eso te doy los tres leones. Te lo digo para que los dejes entrar a tu dormitorio cuando te sigan.

9 En cuanto la cuadrilla entre, los leones los atacarán y acabarán con ellos.

10 Pero tú no sufrirás ni el menor daño porque los animales te reconocen como su amo absoluto».

11 Con el corazón lleno de agradecimiento, Cirenio cubrió al Niño de besos. También abrazó a su mujer que no sabía lo que el Niño había hablado con su marido.

12 Por la noche Cirenio se despidió sin olvidarse de repetir su invitación para el día siguiente.

13 Nada más salir por la puerta, los tres leones se unieron a él para acompañarle hasta su casa.

14 Cuando Cirenio y Tulia se acostaron, los leones les rodearon, con los ojos relucientes dirigidos hacia la entrada.

15 De algunos siervos que todavía se movían en la casa no hacían caso.

16 Fue a la hora de la segunda ronda, cuando veinte hombres enmascarados penetraron en el dormitorio de Cirenio y, sin hacer ruido, se acercaron hacia la cama.

17 Cuando sacaron sus puñales, a cinco pasos de la cama, los tres leones se lanzaron encima de ellos y los despedazaron instantáneamente, sin que ninguno de ellos pudiera huir

18 porque no esperaban un ataque y menos todavía de esta clase.

19 De modo que ante el asalto de los leones todos quedaron paralizados sin poder defenderse.

20 Así fue Cirenio salvado milagrosamente.

21 Y por la mañana, cuando se despertó de su profundo sueño, no se asombró poco al ver los cadáveres despedazados.


136

El interrogatorio de la servidumbre de Cirenio. Pánico ante los tres jueces. La justicia del león


1 Inmediatamente Cirenio convocó a toda su servidumbre para interrogarla sobre cómo semejante traición había sido posible.

2 Al ver la escena macabra, se asustaron profundamente y procuraron defenderse ante él.

3 «Justo y poderoso señor, los dioses son testigos de que no teníamos idea alguna de todo esto.

4 Y todos mereceríamos la muerte si hubiéramos estado implicados en el ataque».

5 «Bueno, entonces retirad los cadáveres y enterradlos delante de la ciudadela, en la plaza mayor, para que sirvan de advertencia a aquellos que por desgracia tengan todavía las mismas intenciones».

6 Pero la servidumbre tenía demasiado miedo de los leones que todavía se encontraban junto a la cama.

7 «Señor, no nos atrevemos a tocar cosa alguna porque estas tres fieras podrían acabar con nosotros como lo hicieron con los traidores».

8 «¡Tranquilos! Todos los que tengáis la conciencia limpia, ¡adelantaos y convenceos que estas fieras respetan la fidelidad!».

9 Todos menos uno se adelantaron y los leones permanecieron indiferentes.

10 A éste Cirenio le preguntó: «¿Cómo es que te quedas atrás, viendo que tus camaradas no han sido molestados por los leones?».

11 «Señor, oh señor, ¡ten misericordia de mí!», gimió el servidor, «¡mi conciencia no está limpia!».

12 «¿Y en qué consiste tu mala conciencia? ¡Habla si no quieres que te condene a muerte inmediatamente!».

13 «Ay, desde ayer sabía de esta conspiración y no te informé porque me sobornaron con cien monedas de plata...

14 Pues pensaba que de todos modos saldrías ileso al igual que el viejo sabio quedó salvo allí en la casa de campo. ¡Por eso acepté la plata!».

15 Con brusquedad Cirenio se puso de pie y exclamó: «¡De modo que hasta el mayor bienhechor de la humanidad tiene que tener un diablo entre sus servidores y amigos!

16 ¡Eres un miserable! ¡Ahora mismo te enfrentarás a la justicia de Dios! Si encuentras indulgencia ante este juez , tampoco yo te juzgaré.

17 Pero si no la encuentras, ¡entonces recibirás tu merecido!».

18 Horrorizado por tal sentencia, el servidor se desmayó.

19 En esto uno de los leones se levantó, agarró al servidor por la mano y le arrastró cuidadosamente hacia Cirenio, donde el culpable quedó inmóvil.

20 Luego, con unos cuantos saltos, el mismo león entró en una cámara lateral y volvió trayendo un bulto.

21 Lo deshizo en mil pedazos, y aparecieron las cien monedas de plata que el servidor había recibido por su silencio.

22 Cirenio no se asombró menos por este detalle.

23 Volviendo hasta donde estaba el culpable, el león le arrastró a la misma cámara lateral y le soltó precisamente allí donde el bulto había estado escondido.

24 Luego el animal le dio unos latigazos con la cola que le hicieron volver en sí. Aparte de eso no le ocurrió nada más.

25 Después el león se volvió a juntar con los otros dos y todos permanecieron absolutamente tranquilos.

26 Los servidores se pusieron a recoger los cadáveres y Cirenio alabó al Dios de Israel por haberle salvado tan milagrosamente.

27 Una hora más tarde el dormitorio estaba de nuevo limpio.


137

Tulia despierta de un sueño profundo


1 Cuando Tulia se despertó ya no había rastro de lo que había pasado durante la noche.

2 Cirenio le preguntó si había dormido bien.

3 «He descansado de maravilla», le respondió Tulia, «porque la excursión me había cansado bastante».

4 «Más te vale, porque si te hubieras enterado de los acontecimientos de esta noche, habrías pasado mucho miedo.

5 No hace más de una hora el dormitorio parecía todavía un campo de batalla».

6 Toda sorprendida Tulia preguntó qué había ocurrido.

7 Cirenio señaló a los tres leones y le dijo con voz solemne:

8 «Fíjate en estas tres bestias feroces.

9 Irritadas, manifiestan que son los reyes de la fuerza, de la ira y de la crueldad animal.

10 Y ¡ay del caminante que se aventura allí donde ocupan el territorio!

11 Nada le protege de ellas... Un solo salto y el caminante cae despedazado en el polvo ardiente del desierto.

12 No obstante, existen hombres peores.

13 Precisamente la noche pasada estas bestias nos salvaron a los dos de intrigas humanas, pues acabaron con veinte traidores que penetraron en este dormitorio».

14 Tulia se espantó al oír este relato y preguntó:

15 «¿Pero sabías que eso iba a ocurrir y no me dijiste nada para no inquietarme?».

16 «Sabía que algo iba a ocurrir esta noche,

17 pero no tenía la menor idea de los pormenores. Lo poco que sabía me lo dijo el Niño divino de mi amigo.

18 Y si no te comenté nada es por lo mucho que te quiero.

19 Ahora todo está bien; el Dios de Israel nos salvó milagrosamente de una muerte horrorosa.

20 Por eso, ¡amémosle y alabémosle de todo corazón durante toda nuestra vida!

21 Ahora, ya que estás preparada, iremos al encuentro de la sagrada familia y a recibirla a las puertas de la ciudad».

22 Cirenio recordó a su servidumbre que arreglara todo de la mejor forma para la fiesta.

23 Al servidor traidor le ordenó que le siguiera hasta la entrada de la ciudad.

24 Pero en el mismo momento se presentó Maronio, acompañado por los tres sacerdotes, y le anunció a Cirenio que la noble familia ya estaba acercándose al palacio.

25 Sin más, Cirenio lo abandonó todo y, con el corazón lleno de júbilo, corrió al encuentro de su amigo José que venía con María, el Niño y todo el séquito divino.

138

Amor y piedad valen más que justicia


1 Los dos amigos se acercaron uno al otro con los brazos abiertos y se abrazaron con el mayor afecto. En pocas palabras Cirenio informó a José sobre los acontecimientos de la noche pasada.

2 «Yo ya sabía cómo iba a desarrollarse todo lo que quieres contarme», le respondió este,

3 «pero no debías haber sepultado públicamente los cadáveres despedazados,

4 aunque hayas actuado con criterio político,

5 para que sirva al pueblo de escarmiento ante tales tentativas.

6 El remedio es poco duradero porque nada en el mundo pasa tan rápidamente como el susto, el miedo y la tristeza.

7 Así que un remedio que estimula estos tres factores no es ni un palmo más duradero que ellos mismos.

8 Una vez que la libre voluntad del hombre hace que desaparezcan, empieza a alimentar deseos de venganza y se lanza con ira redoblada contra el juez inclemente.

9 Por eso conduce a los hombres siempre con el amor que es eternamente duradero. Los procedimientos necesarios pero horribles como en el caso presente, procura disimularlos ante el pueblo y siempre disfrutarás de su amor.

10 Te digo que una gota de piedad concedida a tiempo vale más que todo un palacio de justicia inclemente.

11 Porque la compasión mejora tanto al amigo como al enemigo, mientras que la mejor justicia inclemente vuelve al justo orgulloso y engreído.

12 El culpable condenado, entretanto, se llena de ira y trama planes de venganza contra el justo.

13 En fin, lo que hiciste ya no se puede deshacer.

14 Pero recuerda en el futuro esta lema que vale más que oro puro».

15 De nuevo Cirenio abrazó a José, agradeciéndole esta enseñanza como un hijo a su padre.

16 Luego todo el grupo se dirigió al dormitorio de Cirenio que, de acuerdo con la costumbre romana, era una sala muy grande.

17 Resulta que los romanos estaban convencidos de que el hombre, cuando duerme, expulsa sus enfermedades.

18 Y si no encuentran bastante sitio en la sala para disiparse, recaerán sobre la misma persona que, entonces, se pondrá realmente enferma.

19 Por este motivo los romanos más ricos tenían hasta fuentes en sus dormitorios, para que estas purificasen el aire y absorbieran las malas exhalaciones.

20 También en este palacio, el dormitorio de Cirenio era la sala más grande y estaba provista de dos fuentes con piletas anchas en las que flotaban varias cebollas albarranas16.

21 El suelo era de mármol negro y marrón; y toda la sala resplandecía con el antiguo fasto egipcio.

22 Allí se encontraba todo el grupo, discutiendo sobre lo que había ocurrido.


139

Arrepentimiento del traidor. Los tres leones lo compadecen


1 El servidor traidor se había quedado a solas en un rincón de la sala, profundamente arrepentido del pecado contra su patrón.

2 Pero nadie le prestaba atención porque todos estaban absortos en conversaciones más interesantes.

3 Y la servidumbre de Cirenio estaba demasiado ocupada en la cocina y arreglando las mesas.


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16 La cebolla albarrana es conocida en español con varios otros nombres: escila, esquila, ceborrancha, cebolla de grajo, cebolla porrera, etc. Su nombre botánico es Urgínea marítima

4 De modo que tampoco los sirvientes se acordaban de su tan contrito compañero.

5 De repente los tres leones se levantaron, se acercaron a él y le lamieron, para mostrarle así su compasión.

6 Maronio fue el primero que se dio cuenta del comportamiento de los animales y se lo indicó a Cirenio;

7 pues temía que a las fieras se les abriera el apetito con el sirviente.

8 Sólo al percatarse de su delicada situación, Cirenio se dirigió a José para discutir con él sobre el delito del traidor.

9 Y José dijo: «He aquí la prueba de lo que te aconsejé hace poco, avisándote de que más vale una gota de piedad que todo un palacio de justicia.

10 Estos animales te dan un buen ejemplo. Tú, que eres hombre, ve y haz algo aún mejor.

11 En el camino hacia aquí, uno de los ángeles del Señor me habló de lo mucho que esta mañana habías alabado a estos tres animales ante tu mujer...

12 Pero, ¿cómo puede ser que ahora tengan que demostrarte lo que debías haber hecho ya desde el principio?

13 En fin, ya ves como el Señor instruye continuamente a los hombres.

14 Nada en el mundo acontece en vano. Hasta del giro de una minúscula partícula17 se puede inferir una gran sabiduría;

15 pues la partícula está mantenida y su giro controlado con la misma sabiduría y Omnipotencia de Dios que rige el Sol y la Luna.

16 Por lo tanto, puedes considerar el hecho como un poderoso aviso del Señor que te indica claramente lo que debes hacer.

17 ¡Ve y levanta al pobre caído, levanta al hermano triste y profundamente arrepentido!

18 Porque el Señor te lo ha preparado para que se vuelva un fiel hermano tuyo».

19 Cirenio se acercó rápidamente al siervo y, alzándole, le dijo:

20 «Hermano, te comportaste mal conmigo. Pero como veo que estás arrepentido...

¡Levántate!

21 Y, desde ahora en adelante, ya no serás mi siervo sino un hermano fiel a mi lado».

22 Estas palabras le partieron el alma al siervo, por lo que empezó a llorar desesperadamente y a lamentarse de cómo había sido posible que pecara tan vilmente contra tanta nobleza humana.


140

La servidumbre que se queja a Cirenio por celos


1 Conmovido por los remordimientos de su sirviente, Cirenio le consoló:

2 «Mira, todos los hombres somos falibles ante Dios. Pero Él nos perdona nuestras faltas si las reconocemos y nos arrepentimos de ellas.

3 Dios es santo, mientras que todos nosotros somos grandes pecadores ante Él.

4 Ya que Dios perdona, ¿por qué nosotros, los pecadores, no vamos a perdonarnos nuestras faltas unos a otros?

5 Mientras que un hombre no se transforme en una verdadera furia, la Gracia de Dios no le abandonará.

6 Pero si un hombre se vuelve un auténtico demonio en este mundo, entonces Dios le priva de su Gracia y le entrega al juicio del infierno.

7 Por esta misma razón los tres leones despedazaron a los veinte atracadores; eran auténticos diablos.

8 Sólo tú saliste ileso porque te habían engañado y no sabías lo que hacías.

9 Dios el Señor no retiró su Gracia de ti sino que te abrió los ojos, dándote la facultad de reconocer tu error.

10 Como te arrepentiste de tu pecado, Dios te perdonó.

11 Por eso también yo perdono tu pecado contra mí, considerándote desde ahora como amigo y hermano en el Señor.


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17 Se trata del giro de un electrón alrededor de su núcleo.

12 De modo que te alzo y ahora mismo te presentaré a mis queridos amigos.

13 Ten ánimo y sígueme, para que recibas la bendición de mi gran amigo».

14 Estas nobles palabras de Cirenio surtieron un gran efecto sobre el sirviente traidor.

15 Reconfortado se levantó, hecho un mar de lágrimas... Y Cirenio le condujo hacia el grupo.

16 Viéndole llegar, José levantó sus brazos y dijo simplemente: «El Señor esté contigo».

17 Luego Cirenio ordenó que trajeran ropa espléndida para el servidor,

18 le dio un beso fraternal y un título honorífico.

19 Después reunió a toda su servidumbre para presentarle a este nuevo hermano, y les ordenó obedecerle.

20 Pero los servidores se quejaron: «¿Qué clase de juez eres si elevas al traidor, y a nosotros, que siempre fuimos tus fieles servidores, nos rebajas?».

21 «¡Vaya!, ¿os escandalizáis si soy bueno y misericordioso? ¿A quién de vosotros le faltó algo estando conmigo? Y aun así ninguno arriesgó nunca su vida por mi causa.

22 Éste, en cambio, fue siempre el último entre vosotros; pero en un asunto de gran importancia para mí, arriesgó su vida. Pues sólo gracias a su actitud me libré de mis enemigos.

¿Acaso eso no justifica su ascenso?».

23 La servidumbre se conformó con la explicación y volvió a su trabajo.

24 «Así será también en el Reino de Dios», añadió uno de los jóvenes celestes. «Habrá mayor alegría por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que nunca pecaron».


141

Preparativos para un desayuno festivo. Invitación a los pobres.

Comida para los tres leones


1 Entre tanto el desayuno estaba ya preparado

2 y los servidores vinieron para indicárselo a su dueño.

3 Este lo revisó todo e invitó a todo el grupo a la mesa del gran salón.

4 Cuando José entró, se quedó muy sorprendido porque tuvo la sensación de encontrarse en un pequeño templo de Salomón en Jerusalén.

5 Toda la construcción era obra de Maronio Pila que, como ex-prefecto de Jerusalén, conocía bien aquel templo.

6 Lleno de alegría, José exclamó: «Realmente, hermano Cirenio, ¡no has podido tener una idea más acertada que esta!

7 No falta más que el santísimo y el Templo estaría completo.

8 Bueno ¡hasta el velo está! Detrás, claro, faltará el arca de la alianza».

9 «Hermano, yo pensaba que el santísimo lo traerías tú... ¿Para qué pensar en uno artificial?».

10 Con estas palabras de Cirenio José despertó de su sueño y volvió a la realidad.

11 En esto el Niño llamó a Cirenio y cuando empezó a hablar, todos los ángeles se postraron ante Él.

12 «Cirenio, hiciste mucho para prepararle una alegría al hombre más puro de la Tierra. Pero se te ha escapado un detalle.

13 Mira: Hoy das un banquete formidable

14 y ofreces lo mejor y lo más exquisito de los tres continentes.

15 Haces bien. Pues en toda la eternidad no ha habido hogar en ningún otro mundo del espacio infinito que haya recibido mayor honor que ahora el tuyo.

16 Porque te encuentras ahora delante de Aquel ante quien todos los poderes celestiales cubren su faz.

17 José te indicó que el santísimo en este Templo está vacío y tiene toda la razón.

18 No está bien dejarlo así.

19 Por eso manda a tus servidores que vayan a buscar a los pobres, a los ciegos y a los inválidos

20 y que en el santísimo imitado les preparen también una mesa con un festín. Mis siervos los esperarán allí.

21 Así el santísimo cobrará vida y representará al santísimo Padre de manera viva y mucho mejor que el arca de la alianza de Jerusalén que ahora está vacía.

22 Y ordénales también que traigan tres machos cabríos para echárselos a los leones, pues ellos también necesitan alimento».

23 Cirenio besó al Niño y en seguida siguió su consejo.

24 Y en menos de una hora el santísimo testimonial estuvo repleto de pobres y también los leones fueron atendidos.


142

Discusión amistosa entre Cirenio y José sobre la distribución de los asientos


1 Después de que todo estuvo organizado, José levantó los ojos al cielo y dio gracias al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

2 Solamente entonces, con los suyos, tomó asiento en la parte peor de la mesa, regiamente preparada.

3 Pero en seguida intervino Cirenio :

4 «¡Oh, no, amigo mío! ¡Eso no es posible porque la fiesta está dedicada a ti y no a mí!

5 ¡Tu sitio está en la presidencia de la mesa y ni mucho menos aquí, al final de ella!

6 Por eso permíteme que, junto con los tuyos, te lleve personalmente allí.

7 Aquí, al final, se sentarán los que vienen de mi parte porque así lo dispuse».

8 «Mira, Cirenio, precisamente porque soy tu amigo y hermano más sincero, me quedaré con los míos en este sitio.

9 Porque mira: no pierdes nada con que yo me quede aquí.

10 Sin embargo perderás mucho ante los grandes funcionarios del estado si no los colocas en la presidencia.

11 El arreglo no está mal, ¡déjalo así! Que lo mundano tenga en el mundo sus privilegios. En el Reino de Dios la situación será completamente contraria; pues en la mesa de Abraham, Isaac y Jacob, los últimos serán los primeros».

12 «¡Venga, hermano! ¡He esperado este día con tanta ilusión, este día en que a ti, hijo de reyes, pueda honrarte realmente!

13 Que ahora, al verte sentado ahí abajo, mi ilusión ha disminuido a la mitad...

14 ¡Ven y siéntate por lo menos en el centro, más cerca de mí!».

15 «Pero hermano, ¡no seas niño!

16 Sabes perfectamente que siempre he de permanecer dentro del Orden que el Señor me dicta en el corazón.

17 ¿No querrás incitarme a que rompa con este Orden?

18 Deja que a la cabecera se sienten los dignatarios y los ostentosos y tú, como patrón, siéntate donde quieras porque todos los sitios de la mesa te corresponden.

19 Hazlo así. Por la vajilla de oro tus dignatarios comprenderán que les concedes los mejores puestos, incluso el tuyo, y se sentirán muy honrados».

20 A Cirenio le pareció evidente y, con Tulia, tomó asiento en el centro de la mesa.

21 Los demás invitados se organizaron como estaba previsto.

22 Los dignatarios quedaron satisfechos ocupando toda la cabecera, Cirenio estaba contento en el centro

23 y José era feliz porque aun en una fiesta tan pomposa pudo quedarse con los suyos, en el lugar que le correspondía según el Orden de Dios.


143

El capitán curioso desea saber más sobre Dios


1 El banquete matinal duró cerca de una hora y, mientras se comía, se tocaron los más diversos temas.

2 Un capitán que había participado en la excursión a la montaña, se dirigió a uno de los tres ex-sacerdotes subalternos:

3 «¿No es verdad que tenemos una doctrina que hormiguea de dioses donde quiera que uno mire?

4 Aunque yo mismo nunca he sentido presencia alguna ni vi a ninguno de ellos.

5 He soñado con mil cosas diversas , ¡pero nunca con una divinidad!

6 De toda la humanidad actual, ¿quién podría afirmar que ha visto o hablado a Júpiter o a cualquiera de las otras divinidades?

7 ¿No somos humanos iguales a aquellos de quienes dicen que en épocas primitivas tuvieron trato con los dioses?

8 Entonces no comprendo por qué los dioses nos han abandonado ahora de tal manera y permanecen totalmente indiferentes hacia nosotros...

9 ¿No podrías tú, como ex-sacerdote, darme alguna explicación plausible acerca del comportamiento de los dioses?».

10 «Apreciado amigo, ante todo te ruego que no me vengas con disparates como estos.

11 Porque nuestros dioses no son nada más que quimeras surgidas del pantano de nuestra ignorancia.

12 Y como en nuestra ignorancia no vemos otras cosas sino nuestras propias fantasmagorías, nos apegamos a ellas y nos las representamos como dioses,

13 construyéndoles templos en los que, luego, adoramos los productos vanos de nuestra propia insensatez.

14 Esos son los dioses a los que les construimos tantos templos en Roma, que resultan una plaga.

15 Es cierto que existe un Dios verdadero que siempre ha sido santo. Sólo que nosotros, con nuestros corazones tan impuros, no podemos verle, aunque sí vemos sus obras.

16 Si quieres saber más acerca de este Dios único, entonces dirígete a aquel judío tan puro. Te juro que él te hará conocerle mejor».

17 El capitán quedó satisfecho con esta respuesta, pues era la respuesta que buscaba hacía ya mucho tiempo.

18 Por eso se dirigió a José y le formuló su deseo.

19 «Buen hombre», le respondió José, «todo necesita su tiempo. En cuanto hayas madurado, todo esto te será revelado. Pero, de momento, confórmate con esta promesa».


144

José quiere ver la reproducción del santísimo.

El Niño Jesús establece condiciones. Elucidación posterior del capitán


1 Una vez despachado así el capitán que buscaba a Dios, José le dijo a Cirenio:

2 «Hermano, tengo muchas ganas de ver el santuario, ¿entramos ahora?».

3 Cirenio accedió encantado a la demanda de su amigo, al que apreciaba tanto.

4 En esto el Niño, enderezándose, reprendió a José:

5 «Oye, fiel padre nutricio de mi cuerpo físico: Hace un momento tú mismo le has dicho al capitán que busca a Dios: “Todo necesita su tiempo y en cuanto hayas madurado, te será revelado. Por el momento confórmate con esta respuesta...”.

6 Ahora Yo te digo lo mismo respecto a esta imitación ejemplar del santísimo:

7 Esto de entrar en el santísimo requiere su tiempo porque ninguno de vosotros estáis aún bastante maduros para ello.

8 Pero el día que lo estéis, haré que mis ángeles os lo abran.

9 ¡Así que, por el momento, conformaos con esta promesa!».

10 José y Cirenio se miraron con asombro y la perplejidad del uno superaba la del otro.

11 «¡Esto empieza bien!», exclamó José. «¡El Niño, todavía en pañales, me da órdenes!

12 ¿Qué hará el día que tenga diez o bien veinte años?».

13 Ante este reparo María intervino: «Pero José, ¿es posible que también tú puedas vacilar en la fe?

14 ¡Y eso que la sumisión absoluta de los ángeles te demuestra Quién es el Niño!

15 Los muchos milagros que nos rodean también son pruebas incontrovertibles de esta gran Verdad.

16 Yo, por supuesto, percibo perfectamente el sentido de estas palabras del Niño.

17 Haz lo que Él dice y estoy segura que en seguida soplará otro viento».

18 «¿Que haga qué?».

19 «Orienta al hombre que busca a Aquel que le parece tan lejano y demuéstrale sabiamente lo cerca que está».

20 Sonriendo a José, el Niño añadió:

21 «Pues sí, ¡tu mujer tiene toda la razón! ¡Ve y saca de dudas al capitán!

22 Porque mira: A los que piden, buscan y llaman, a ellos hay que abrirles la puerta de mi Reino que durante mucho tiempo estuvo cerrada.

23 No me señales precisamente con el dedo, porque mi hora aún no ha llegado. En fin, tú mismo dijiste que todo necesita su tiempo».

24 José besó al Niño y en seguida se dirigió al capitán.

25 «Ven y escucha, pues voy a cumplir tu deseo».

26 Y el capitán le escuchó con mucha atención.


145

El capitán pregunta por el Mesías venidero. El Templo vivo en los corazones de los hombres


1 José inició al capitán en los principios básicos de la doctrina divina, incluso hizo alusiones al Mesías venidero.

2 Con estas palabras el capitán empezó a meditar y después de algunos minutos le preguntó que para cuándo se esperaba la llegada del Mesías.

3 «El Mesías que liberará a todos los hombres del yugo de la muerte y que unirá la Tierra repudiada con los Cielos, ya está presente».

4 «Si ya ha venido, dime entonces dónde se encuentra y en qué se le conoce».

5 «No me está permitido señalártelo con el dedo.

6 Pero puedo indicarte como estaba anunciada su llegada:

7 “El Mesías será el hijo eternamente vivo de la Divinidad suprema.

8 Será concebido de manera milagrosa por una virgen pura, únicamente por el poder del Altísimo.

9 Nacerá con toda la plenitud de la suprema potencia divina en su carne.

10 Y cuando viva físicamente en la Tierra, sus siervos y mensajeros celestiales descenderán desde los Cielos a la Tierra y le servirán secretamente, aunque a los ojos de muchos hombres, también visiblemente.

11 Con palabras y hechos traerá la felicidad a aquellos que le siguen y actúan de acuerdo con su Palabra; y Él encenderá sus corazones en amor hacia Él.

12 Pero aquellos que no quieran aceptarle serán juzgados por su Palabra omnipotente que Él escribirá en el corazón de cada cual.

13 Sus palabras no serán como las del hombre mortal sino que estarán llenas de poder y de Vida. Y aquel que las acepte, nunca sentirá la muerte.

14 Su naturaleza será mansa como un cordero, será delicado como una paloma,

15 y todos los elementos obedecerán a su más ligero hálito.

16 Bastará con que suavemente mande a los vientos, y estos se desencadenarán, azotando los mares hasta el fondo.

17 En cuanto su vista pase con por encima de las aguas agitadas, éstas quedarán lisas como un espejo.

18 Y en cuanto dirija su aliento hacia la Tierra, esta abrirá sus antiguas tumbas y tendrá que liberar a todos los muertos para que tengan vida.

19 El fuego será un refresco para aquel que lleve viva la palabra del Mesías en su pecho”.

20 Aquí tienes, mi querido capitán, las características esenciales que te permitirán conocer al Mesías. De modo que podrás fácilmente hacerlo.

21 No me está concedido indicarte dónde se encuentra, pero seguro que pronto y fácilmente le encontrarás».

22 Estas palabras de José surtieron tamaño efecto sobre el capitán que casi no se atrevió a abrir la boca.

23 Algo más tarde se volvió hacia el sacerdote con quien había hablado antes y le preguntó:

24 «¿Has podido oír desde aquí, lo que el sabio judío me ha dicho?».

25 «Te digo que cada una de sus palabras penetró profundamente en mi alma maravillada».

26 «Dime, ¿qué será de nuestros dioses en cuanto un Mesías tan particular se presente con su poder divino en plena acción?».

27 «¿No experimentaste hace tres días la fuerza extraordinaria de la tempestad?

28 Y en la montaña, el fin repentino de nuestro antiguo templo de Apolo y las demás señales,

¿acaso no te llamaron la atención?

29 Te digo que dentro de poco también a Roma le tocará la misma suerte: ¡Los templos quedarán reducidos a polvo!

30 Y donde hoy todavía hacen sacrificios a Júpiter, en poco no verás sino escombros. Por el contrario los hombres construirán templos vivos en sus corazones.

31 Dentro de ellos, parecidos a sacerdotes, cada hombre podrá ofrecer sacrificios vivos a su Dios verdadero y único, cuando y donde quiera.

32 Y eso es todo lo que puedo decirte; por lo tanto, no me preguntes más. Si quieres saber más, los jóvenes de allí saben más que yo».


146

El grupo entra en la reproducción perfecta del santísimo


1 El capitán dejó de hacer más preguntas al sacerdote, para dirigirse hacia José.

2 A este le contó todo lo que el sacerdote subalterno le había dicho

3 y le preguntó qué actitud debería adoptar frente a todo ello.

4 José respondió: «De momento, todo lo que te han dicho, tómalo al pie de la letra;

5 todo lo que sigue, espéralo con paciencia y harás bien.

6 Pues mira: El santo Reino del Mesías no consiste en hacer preguntas y recibir respuestas,

7 sino en paciencia, amor y mansedumbre, y en la entrega cabal a la Voluntad de Dios.

8 Nada se consigue de Dios precipitando las cosas, nada por la fuerza y menos aún porfiando.

9 Cuando al Señor le parezca que te conviene, ya te iniciará en revelaciones más elevadas.

10 Ante todo procura desarrollar un amor vivo al Dios que te revelé. A través de tal amor pronto llegarás a donde quieres llegar.

11 Te digo que tal amor en un solo momento puede darte una respuesta más viva que lo que puedas averiguar con un millón de preguntas muertas».

12 «Muy bien, cumpliré con todo lo que me dijiste. Pero aún necesito saber cómo podré llegar a amar a tu Dios, teniendo en cuenta que todavía conozco demasiado poco de Él».

13 «A Dios ámale como amas a tu hermano o como amarías a tu novia,

14 y ama a tu prójimo como hermano o hermana en Dios. Haciendo esto, le amas también a

Él.


15 En donde sea, siempre, procura hacer el bien y la Gracia de Dios estará contigo.

16 Sé misericordioso con todos, y Dios te concederá misericordia verdadera y viva.

17 Sé mesurado en todas las cosas, sé manso y paciente. Rehuye el orgullo y la envidia, como

si se tratara de pestilencia.

18 ...Y el Señor encenderá una gran Llama en tu corazón.

19 La Luz poderosa de esta llama espiritual ahuyentará de ti todas las tinieblas de la muerte, y dentro de ti mismo recibirás una revelación que explicará viva y maravillosamente todas tus preguntas.

20 Pues mira, éste es el camino correcto hacia la Luz y la Vida que emanan de Dios, ¡por él tienes que andar! Así es como se manifiesta el verdadero amor a Dios».

21 Con esta sólida doctrina recibida de José, el capitán dejó de hacer más preguntas y se puso a meditar.

22 En el mismo momento los jóvenes abrieron la cortina ampliamente, con lo que José supo que había llegado el momento de entrar en el santísimo reproducido.

23 De toda la sala les llegó el gran júbilo de gratitud de los pobres saciados.

24 Cuando el esplendoroso Cirenio, y José, y María con el Niño entraron, la alegría de los pobres aumentó aún más.

25 Los tres no pudieron evitar que esta escena les hiciera llorar muchas lágrimas de alegría y de piedad.

26 Había muchos ciegos, cojos e inválidos entre los pobres.

27 María, en secreto, rezó por ellos. Luego tomó el paño que usaba para el Niño y limpió con él los ojos de los ciegos. Instantáneamente recobraron la vista y parecía que las exclamaciones de gratitud no iban a tener fin. Después de un rato, el grupo se retiró a la sala principal.


147

Curación de los enfermos y enseñanza de los ángeles.

El capitán en busca del bienhechor


1 Pasado cierto tiempo, el grupo volvió a la reproducción del santísimo y de nuevo fueron recibidos con la mayor alegría.

2 Los cojos, inválidos y demás achacosos imploraron: «Madre maravillosa que ayudaste a los ciegos, ¡te rogamos que también a nosotros nos libres de nuestros grandes sufrimientos!».

3 «¡No me imploréis a mí porque yo no puedo socorreros, pues no soy más que vosotros, una sierva débil y mortal del Señor!

4 No obstante Aquel a quien llevo en mis brazos, Él sí puede curaros, porque en Él reside la eterna plenitud de la Omnipotencia divina».

5 Pero los enfermos no prestaron atención a las palabras de María sino que gritaron aún más alto: «Oh, madre maravillosa, ¡ayúdanos y líbranos de nuestro sufrimiento!».

6 En esto el Niño se enderezó, extendió su mano sobre los enfermos y en el mismo momento todos se curaron.

7 Los cojos brincaron como los ciervos. Los tullidos se pusieron derechos como los cedros del Líbano y también todos los demás achacosos quedaron curados de sus males.

8 Y los ángeles les impusieron silencio y les anunciaron la llegada del Reino de Dios a la Tierra.

9 Este acontecimiento hizo que el capitán despertara de su meditación y se juntara con los demás en el santísimo.

10 Allí se dirigió a José y le preguntó: «Apreciado amigo, ¿qué ha pasado? Pues ya no veo ni un solo enfermo...

11 ¿Es posible que todos hayan sido curados milagrosamente? ¿O tal vez su lastimoso estado anterior era sólo una quimera?».

12 «Ve y pregúntales a ellos mismos. Seguro que podrán contar mejor lo que les ha ocurrido».

13 El capitán, siempre con ganas de hacer preguntas, siguió el consejo.

14 Pero todos le dieron la misma respuesta: «¡Fuimos curados por un milagro!».

15 Por eso, el capitán volvió a José.

16 «¿Quién de vosotros hizo este milagro? ¿Quién de vosotros tiene semejante poder milagroso? ¿Quién entre vosotros es indudablemente un dios?».

17 «¿No te dije que te dirigieras a los mismos pobres curados?

18 Vuelve allí y ellos te lo dirán».

19 De nuevo el capitán se dirigió a los pobres para sonsacarles algo sobre el sanador milagroso, y estos le respondieron:

20 «¡Dirígete a aquel grupo grande de allí, pues de entre ellos surgió el milagro de nuestra curación!

21 Nos parece que la pequeña judía es la portadora del poder, pero en qué forma, ¡eso sólo lo sabrán los dioses!».

22 Es evidente que con estas respuestas el capitán adelantó poco.

23 Como José se dio cuenta que se encontraba en un atolladero, le aconsejó: «Eres un romano rico... ¡Cuida ahora de estos pobres, por amor a Dios, y recibirás más aclaraciones».


148

El capitán y Cirenio rivalizan en hacer el bien


1 Sin pensárselo mucho, el capitán preguntó a Cirenio:

2 «¿Supongo que su alteza se ha enterado de lo que el sabio judío aconsejó a mi modesta persona?

3 Estoy decidido a seguir inmediatamente su consejo.

4 Por eso ruego a su alteza que me permita admitir y sustentar a todos estos pobres como si fueran mis propios hijos».

5 «Mi apreciado capitán, siento mucho que no puedo concederte ese noble placer,

6 porque ahora mismo yo los he tomado a mi cargo.

7 Pero no te preocupes, porque todavía quedan muchos pobres.

8 Cumple con ellos el consejo que el sabio judío te dio y tendrás el mismo mérito».

9 El capitán hizo una reverencia ante Cirenio y continuó su discusión con José.

10 «¿Qué hago ahora, puesto que Cirenio se me ha adelantado? ¿Dónde buscaré ahora a los pobres? Porque los de Zoán están todos aquí reunidos».

11 Con una sonrisa sutil José le respondió:

12 «Oh, amigo mío, en todas las partes de la Tierra siempre habrá escasez de lo que sea, ¡pero nunca de pobres!

13 No hace falta que sean precisamente ciegos, cojos u otra clase de inválidos...

14 Ve y visita a las familias en sus casas y, en seguida, tendrás oportunidad de convencerte de los diversos apuros en que se encuentran; será muy fácil que encuentres una buena aplicación a tus riquezas.

15 Ya ves que esta ciudad ha quedado más bien como una ruina que como un centro próspero.

16 De modo que bastará con que visites las moradas afectadas y te quedará bien claro que tu preocupación por la escasez de pobres ha sido vana».

17 «Sabio amigo, así mirado, por supuesto que tienes razón.

18 Pero esos pobres poco podrán decirme sobre el Mesías, tanto ellos como yo somos paganos ante ti;

19 mientras que estos de aquí ya han tenido tantas experiencias milagrosas que , poco a poco, habrían podido revelarme algo interesante».

20 «Pero vamos, apreciado amigo, ¿acaso piensas que la revelación espiritual viene de los pobres?

21 ¡Nada de eso! Porque la revelación mora en el amor de tu propio corazón y de tu propio espíritu. Si practicas el amor altruista, entonces, a través de la llama de este amor se te encenderá una Luz , y no por la boca de los pobres».

22 El capitán quedó conforme con esta explicación y en adelante ya no preguntó lo que debía hacer.


149

Un viejo barco cartaginés reparado milagrosamente por los ángeles en sábado


1 Cirenio dio orden al capitán para preparar un barco que al día siguiente pudiera llevar a los pobres a Tiro.

2 Pero este observó: «Alteza, según tengo entendido no hay en el puerto sino un barco cartaginés muy viejo, que debe estar en un estado fatal.

3 Y en esta ciudad no hay constructores navales. No hay más que algunos carpinteros que apenas saben ligar las tablas de una balsa.

4 De modo que hay poca probabilidad de que alguien pueda arreglar ese viejo barco».

5 «¡Espera, verás como en seguida habrá solución!

6 Pues, tanto el sabio judío como sus cinco hijos son carpinteros muy experimentados.

7 Voy a pedirle consejo y estoy convencido que su juicio será el mejor».

8 De modo que Cirenio se dirigió a José y le explicó el asunto; pero este puso en seguida un reparo:

9 «No habría problema si justamente hoy no fuera nuestro gran día del sábado, día en el que no podemos hacer trabajo alguno.

10 Tal vez haya por aquí algunos carpinteros no sujetos a nuestra ley acerca del sábado. Yo les podría orientar sobre lo que tienen que hacer».

11 En ese momento el Niño se enderezó, se dirigió hacia José y dijo: «¡Para hacer el bien un sábado es igual que otro día !

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